Casi olvidar la Historia Dr. JOSEP MA. FORCADA I CASANOVAS. Presidente
del Ámbito de Investigación y Difusión María
Corral · Los educadores hablan hoy de un fenómeno demasiado curioso y a la vez dramático: los niños, normalmente, no caen en rivalidades, ni en bandos, ni en afanes de dominar a sus compañeros, hasta que no ven estas cosas en su entorno, en sus padres, hermanos mayores, la gente... Los niños quieren ser felices, acariciar y ser acariciados, que no les peguen ni pegar... La agresividad crece aún más cuando empiezan a saber historia y, sobretodo, la historia de las luchas, de guerras, de subyugaciones. No se trata de pensar en una imagen "rousseauniana" de niño, que en unas idílicas estructuras se va haciendo mayor y cada vez más perfecto; pero sí que se trata en pensar si la información de los hechos históricos que suministramos a las generaciones más tiernas, vale la pena que se haga como se hace y a la edad a la que se da. · ¿Qué le importan, al niño o al menos niño, los matrimonios de un rey, la lista de los hijos, las sucesiones? Aún se quedara más boquiabierto al recordar a los vencedores, los que dejaron triturados a los débiles. En una mentalidad primitiva, siempre se suele asociar al ganador con el bueno. Por tanto, el niño, saca como consecuencia que, lo que de verdad vale la pena es ser vencedor, y cuantas más victorias, dominios, tierras y gente habrá conseguido, más mérito social tiene. Así, el veneno de la historia anihila la posibilidad de valorar a los débiles y las culturas, muchas de las cuales, desgraciadamente, se han anulado en la barbarie y, sobretodo, de reconocer tantas personas que han sido destrozadas por los caprichos de los poderosos. · ¡Cuantos rencores históricos permanecen en la memoria subconsciente de la sociedad! ¡Países que no pueden perdonar las ocupaciones de unos conquistadores de hace cien años!. ¡Tierras que se han sorteado fríamente por azar de las herencias! ¡Patrimonios culturales vendidos por matrimonios no deseados por los pueblos! Y, además de todo esto, unos desaparecidos, unos caídos, unos soldados desconocidos, que hacen gloria de unas lágrimas que no dejan de brotar y que hacen, también, que las heridas estén demasiado abiertas, incluso con el transcurso de los años. · Tal vez, esta acción subliminal permanece en muchas personas porque no saben situarse en la historia sin sentirse esclavos, sin sentirse culpables o herederos de desastres que ni siquiera han causado; o bien, también se sienten protagonistas de soberbias victorias que han sucedido mucho antes que ellos nacieran. Es una mala forma vivir el presente si uno no mira el pasado histórico con cierta ternura, piedad o misericordia, con compresión y perdón mutuo; y mal si uno no sabe olvidar la historia a la hora de tratarse entre los que ahora viven, los cuales, además viven gracias a que la historia pasada fue como fue; ya que, sino, la historia más cercana hubiese sido diferente y ninguno de los presentes hubiera nacido - como dice Alfredo Rubio en su libro de Realismo Existencial -. Olvidar la historia, no para sumergirse en hipócritas catarsis, sino para no caer en esclavitudes. Si uno no perdona la historia, quiere decir que está temerariamente demasiado seguro de su pasado. Vale la pena ser un poco más débiles, compasivos y sinceros, porque es posible que a menudo haya una historia cercana y personal que sólo sirve para evocar y revivir resentimientos y carencias, que restan energías a nuestro propio presente, e incluso, debilitan la generosidad para que nos permitamos el lujo de tener enemigos. |