Comunidades sociales adultas, una aportación a la paz JORDI CUSSÓ PORREDÓN. Economista.
Director de la Universitas Albertiana. Los ponentes que me han precedido, han coincidido en subrayar que no es válido cualquier tipo de paz. Hay paz falsa, paz pasiva, paz negativa, etc. Es decir, paz que no es estable ni nos satisface. Por otra parte, todos ya sabíamos o intuíamos que la paz
global comienza por la paz individual. Me ha sorprendido esta coincidencia
por parte de todos los ponentes. No el hecho de que lo hayan dicho, sino
que lo hayan subrayado con tanto énfasis. "No se puede construir
una paz verdadera y humana, si no se comienza por la paz de uno mismo,
en el interior de la persona". Y yo añadiría que tampoco
es paz verdadera aquella que no llegase a consolidar esta paz interior
y personal. Uno de los interrogantes que hoy se plantea es si seremos capaces de construir, consolidar, la paz. Si nos fijamos, podremos observas que las personas acostumbramos a movilizarnos cuando tenemos enfrente a un enemigo común. El historiador Carles Martínez Shaw, en unos coloquios universitarios de verano, organizados por la Universitas Albertiana para estudiar "El salto cualitativo de la democracia", nos comentaba: "En la Historia presente de Europa hubo un grave paréntesis en el caminar democrático, que fue cuando el nazismo, el fascismo y el comunismo se impusieron. Pero fue precisamente en estos momentos cuando las personas más lucharon a favor de la democracia". Parece ser entonces, que cuando tenemos un teórico enemigo ante nosotros, las personas somos capaces de movilizar nuestros esfuerzos, nuestras iniciativas y nuestros conocimientos con el fin de alcanzar aquella meta tan deseada (el término enemigo lo utilizo en su sentido más amplio). Puede ser que para responder y movilizarnos, necesitemos llevar la contraria. Pero cuando estamos bien, cuando hemos conseguido echar a aquel enemigo, parece como si hubiese una conformidad o quien sabe si un cansancio que paraliza momentánea y a veces largamente nuestros esfuerzos, trabajos e iniciativas. Da la sensación como si la solidaridad entre las personas, la amistad entre los pueblos, la justicia, la creación de nuevas estructuras sociales, económicas, políticas, etc., que todos afirman que son tan necesarias, no crean en nosotros una reacción suficiente como para movilizarnos en esta dirección. Si ante la guerra todos se movilizan, en el momento de la paz nos quedamos como bloqueados, como quietos, como si trabajar por alcanzar una serie de retos positivos -como la paz, la amistad, la justicia, etc.-, no tuviesen un contenido suficientemente fuerte como para que la sociedad se lance a la aventura de conseguirla. Como si conseguir estos retos no fuese en sí mismo, una aventura suficiente para movilizarnos. Más vale movilizarnos para consolidar la paz que para frenar la guerra. Es necesario cuestionarse si esta década de paz sabremos plantearla como un reto bastante importante como para que todos se entusiasmen en este trabajo. Si sólo somos capaces de hacer grandes esfuerzos en los momentos de la catástrofe o de la guerra, nuestra tarea está hecha "a base de hipos". ¡Nos paralizamos con mucha facilidad y cuesta tanto volverse a poner en marcha! Perdemos muchos recursos, esfuerzos y sobre todo tiempo, lo cual casi siempre comporta desencanto y frustración. Siempre estamos igual lo que es equivalente a decir: siempre somos los mismos. El trabajo de consolidar, desarrollar, la paz debe ser el más motivador. Velar, trabajar, para que el enemigo o el ladrón no entre a mi casa, es trabajar desde el temor, la desconfianza y eso nos impide construir, pues la única construcción que nos parece válida es la defensiva (bunquers). Además, estamos en una perenne tensión -no nos referimos a las tensiones positivas de las que hablan algunos autores- estéril y producida por el temor. Un temor que bloquea y se convierte en un factor de «antipaz». Y esta misma TENSIÓN, es la que impide la paz. Pero para construir la paz, para trabajar por la amistad, la solidaridad, la justicia, también nos hace falta estar en tensión. En una tensión que es fruto de la alegría y el gozo. Porque es entre la alegría y el gozo donde nace el entusiasmo por el trabajo por la paz. La alegría de acabar la guerra, nos ha de llevar al gozo de vivir la paz. Y es este itinerario desde donde se ha de trabajar con entusiasmo por alcanzar la paz. Es, precisamente, de este itinerario desde donde parte la iniciativa de la "Carta de la Paz, dirigida a la ONU". Si un mundo en paz no genera entusiasmo social, difícilmente habrá algo capaz de provocarlo.
El punto VII de la CP subraya la libertad. Sin libertad no hay paz. No sólo hablamos de la libertad individual, de la persona, sino también de la libertad de asociarse y agruparse. Nos damos cuenta que la familia nos viene dada, y que la sociedad en general también: nos la encontramos constituida. Precisamente las comunidades sociales adultas son: a) De libre configuración (los grupos pueden hacerse o no) Del punto VII de la CP, podemos pasar al X: los grupos políticos simultáneos dentro de un estado plural. No podemos olvidar, sin embargo, que los grupos, cuerpos sociales, etc., deben tener una ética, tanto en su interior, como en relación con otros grupos. ¿Cómo estructurar todo eso para que sean origen y fundamento de paz? El respeto, y más aún el cultivo (cultura quiere decir cultivo) de las comunidades sociales adultas comporta el respeto y el cultivo de la libertad. Ya que en estas, las personas que las integran lo deben hacer libremente, deben poderse dar de baja e integrarse en otro grupo por propia decisión. El respeto y el cultivo de la libertad son uno de los ejes transversales de la Carta de la Paz. Para introducir este tema me basaré en la aportación que hizo el Dr. Salvador Giner en las Jornadas que el Ámbito María Corral organizó en el año 1983, con el título: "Comunidades sociales adultas". Sociológicamente podemos establecer que las relaciones que se dan entre las personas pueden resumirse en dos tipos fundamentales. Una que es la comunidad (grupo primario o asociación primaria) y el otro, la asociación o grupo secundario, que denominaré corporación. La comunidad sería la forma fundamental de sociabilidad. Los sociólogos dicen que se da cuando yo entro en relación con otra persona, con alguien que es mi prójimo, de una manera más directa, más afectiva, más primordial. Es cuando el prójimo es para mí, mi padre, mi madre, mi hermana, mi compañero, mi esposa, mi hijo. Esta comunidad, este grupo, se cimienta y recibe cohesión interna, en la medida en que yo puedo participar, o en la medida en que nosotros podemos participar de estas emociones primordiales como la lealtad, el afecto, el amor, la pertenencia en común, una vida en común. No haremos tampoco una idealización, en contra también se dan otras emociones como la envidia, los celos, el egoísmo, etc. Se dan todos estos sentimientos juntos. Las comunidades incluyen grupos que van desde una familia reducida, una pareja, un grupo de amigos, a un grupo mucho más amplio que nos reunimos por una afición cultural, por una afición musical, o hasta un concepto tan amplio como una nación. Las comunidades son aquellas entidades que dan sentido a la vida del hombre. En cambio, la asociación o corporación, es relación con otros seres humanos, mediatizados por leyes, instituciones, burocracias, corporaciones... Es decir, el prójimo ya no es mi padre o mi hermana; es el médico, el juez, el policía, el tendero, el bombero, etc. Ya no es tanto por lo que es, sino por el lugar que la persona ocupa en la corporación. El eje de la estructura social de estas corporaciones es independiente de los individuos. Para el gerente de un banco, el eje de su pertenencia está en su utilidad, en su eficacia, en su resultado. Es el mundo de la utilidad, el mercado de los bienes y de trabajos, de la eficacia, de la productividad, de la administración, de la división de tareas, según criterios funcionales y preestablecidos. Lo que ha sucedido en la modernidad es que las corporaciones han asumido el papel más importante, mientras que las comunidades han pasado a ocupar un segundo nivel. Lo que hoy predomina en nuestra sociedad son las corporaciones, y los valores dominantes son los de estas corporaciones. Mientras que la vida comunitaria, en el sentido más amplio de la expresión, queda reducida a un segundo término. Con el tiempo tampoco hemos desarrollado suficientemente el ámbito de la comunidad social, aquella que realmente integra nuestra vida y que permite encontrar un sentido a todo lo que hacemos.
Ya se ve y se intuye que estas comunidades sociales, cubren las necesidades que son las más esenciales de la persona. Cubren aquellas necesidades sin las cuales todos quedamos un poco desestructurados: la del afecto, la intelectual, la necesidad material donde nos podemos desarrollar, la identificación personal, el crecimiento, una mayor integración social, mayor participación de la vida, etc.
Con la industrialización, con la multiplicación de las grandes ciudades y la aparición de las grandes urbes, la cuestión aún se hace más compleja. Las previsiones apuntan que en el año 2025, la mitad de la población mundial vivirá en grandes urbes. Ciudades con más de 20 millones de habitantes. Eso comporta que cambien los parámetros de convivencia humana. Es decir, que surgen en el interior de la sociedad otros grupos, la unión principal de los cuales, no sea sólo la consanguinidad, sino que sea la decisión libre de unirse por un objetivo, por unos ideales, por estar juntos, por ayudarse, o por otros motivos razonables. Que tengan el valor de asumir muchos de los retos que hoy se aplican en su totalidad y casi exclusividad a la familia o a la sociedad.
1.- Un enlace libre y respetuoso, entre la familia de origen (consanguinidad) y las comunidades sociales adultas. Hay que saber hacer este enlace para que la persona pase de su hogar a la gran sociedad a través de un grupo intermedio, donde pueda comenzar a vivir muchas de las cosas de las que participan ambas áreas o ámbitos. Para el desarrollo humano, correcto y feliz, el Dr. Corbella distingue la paz en la relación dual, la familia, y de grupos sociales, antes de hablar de la paz pública. Por tanto, para alcanzar la paz son necesarios estos grupos de ciudadanos, libremente unidos para la resolución de problemas concretos: educativos, sanitarios de justicia, ecológicos, políticos, económicos, o reunidos por otros objetivos sanos. Problemas que no me afecten sólo a mí y a mi pareja e hijos, sino que nos afectan a un grupo más amplio de personas. Quiero hacer una referencia al punto V de la Carta de la Paz cuando dice que la fraternidad existencial es la base para la formación de estos grupos sociales (familia, comunidades sociales adultas sean grupos abiertos y no cerrados en sí mismos). 2.- La adecuada interpelación entre estos grupos sociales intermedios es el segundo enlace necesario para poder consolidar la paz social. Si en el primer nivel podríamos alcanzar la paz privada, este segundo enlace contribuiría a la paz pública o social. 3.- El enlace entre las comunidades sociales adultas y las corporaciones, con el fin de alcanzar una paz global, entre pueblos. El enlace idóneo entre las familias y los cuerpos sociales intermedios, el enlace de los cuerpos sociales entre ellos, y de todos ellos con las corporaciones o asociaciones, es un paso fundamental si queremos alcanzar una paz sólida. Los diez puntos de la Carta de la Paz no son otra cosa que unos principios que, basados en las evidencias, ayudan a que aquellos enlaces, se lleven a término de manera que sean vertebradores de una sociedad en paz.
El Club de Roma en el informe denominado "La primera revolución mundial" del año 1991 nos recordaba: "No podemos esperar que este cambio lo den las corporaciones anónimas, las jerarquías especializadas y funcionales. El mundo está vertebrado por corporaciones, universidades, redes de transporte y comunicación, módulos industriales de producción, por la informática, la banca, el ejército, la policía, etc. Está vertebrado por todas estas corporaciones. Además el estado de bienestar ha facilitado aún más esta vertebración, en detrimento del aspecto más comunitario, como la forma más idónea de mantener el orden social. La persona humana es un ser social por esencia y, como signo de eso, ya en su origen es fruto de un hombre y de una mujer, de la unión de un hombre y de una mujer. Pero eso no quiere decir que se haya de deificar la sociedad, como si ésta fuese la que tuviese que suministrarnos todas las cosas y, además, tuviese que hacerlo de una manera indefinida. Son también los ciudadanos los que deben construir la sociedad, los que deben organizarla y darle cuerpo. Lo deben hacer de una manera corresponsable, juntando la libertad de los diferentes grupos y cuerpos sociales con la libertad de todos. A pesar de los problemas que hay planteados, precisamente porque deseo la paz, renuncio a dimitir, a decir que no se puede hacer nada y me agrupo para vivir responsable y corresponsablemente. Esta es la tarea denominada sociedad civil, lo que en Latinoamérica se denomina tercer sector, saberse vertebrar en comunidades sociales adultas creadoras de paz, de convivencia, de desarrollo solidario.
Creo que una de las maneras más sólidas de trabajar por la paz es que las comunidades sociales adultas, cultiven y ejerciten la paz. Que la vivan en su seno, que la hagan un eje vertebrador de su propia identidad. Que independientemente de la cosmovisión o ideología que les reúna, del ámbito exterior e interior se pueda disfrutar de la paz. Hay que entusiasmar a las personas a la paz. No porque haya un enemigo común y eso nos movilice, sino porque el espectáculo social que ofrecen las personas, las familias, las comunidades sociales y las diferentes corporaciones, entusiasme a vivir y consolidar la paz. Este no es un discurso que se haga en palabras, sino desde hechos y en compromisos concretos. Probablemente no entre por el oído, pero sí por ósmosis, por contacto y eso hace mucho más fácil que después los diferentes ciudadanos, pequeños, jóvenes, adultos y ancianos puedan articular con mayor frecuencia la palabra Paz. 2. Aunque parezca una cierta contradicción, todo eso no se podrá hacer sin una cierta "violencia" Con la violencia ocurre parecido a lo que pasa con los conflictos. Violencia -que quiere decir fuerza, energía-, es una realidad neutral ni mala ni buena. La violencia es necesaria en la vida cotidiana. Empleamos violencia cuando debemos salir del metro y todo el mundo entra, yo no puedo bajar, y se me pasará de largo la estación. Utilizan violencia los padres que hacen presión insistente para encontrar lugar en las escuelas para su hijo que realmente lo necesita. Ejercen violencia -no me refiero a los piquetes-, los trabajadores cuando hacen una huelga; los que hacen una acampada delante de Hacienda porque se dé el 0,7% a los países necesitados. Violencia es un término neutro. No se puede construir un mundo con más paz, justicia, solidaridad, sin energía, sin esfuerzo. Es necesaria la violencia, comenzando por la violencia con uno mismo. Con la comodidad, con el esfuerzo mínimo, no se alcanzará la paz. La sociedad debe hacer un cambio, una conversión: la paz no llega sola. "Muchos son los obstáculos", dice, de forma muy real, el comienzo de la Carta de la Paz. Muchos son los obstáculos individuales y sociales, personales y estructurales. ¿Cuál es la "piedra de toque" para distinguir la violencia refutable de la aceptable? Este es un punto que se ha de tener muy claro. La piedra de toque hace referencia a dos realidades: hacia las personas (especialmente a su libertad y dignidad), y hacia las cosas: la violencia refutable mala es aquella que abate, doblega, avasalla la libertad de las personas, y es aquella que destruye las cosas. Por el contrario, la violencia que necesitamos para construir la paz en el mundo es aquella que respeta y acepta la libertad humana y que respeta también y cuida las cosas, el arte, la belleza, etc. Se deben conjugar muchos esfuerzos, energía, voluntad, decisiones, para alcanzar una paz duradera, justa, que sea base e instrumento para un mundo feliz. Si dejamos que los antisociales, los de talante guerrero, los beligerantes monopolicen el término "violencia", nos quedaremos sin recursos para poner en pie el mundo de la paz, al cual se oponen "muchos obstáculos". Deben articularse esfuerzos constructivos, solidarios en una lucha, en una clase de "guerra", de conquista, con las dos características que he dicho y que repito: Respetar la libertad de las personas y respetar las cosas.
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