De la cutura del resentimiento a la cultura de la paz

FRANCESC TORRALBA ROSELLÓ. Filósofo y teólogo. Profesor de la Universitat Ramon LLull.

Ponencia presentada durante la campaña: "Semana por la paz en los distritos de Barcelona".
Barcelona, España, 1998

I. Introducción

En primer lugar, me complace saludar muy cariñosamente una iniciativa como la Carta de la Paz. Ya es mucho que haya, primero, el interés de llevarla a cabo y, segundo, el interés de trabajarlo en la sociedad, con todas las dificultades que siempre hay. Por tanto, antes de ponerme a estudiar uno de los dos puntos, me agradaría felicitar al Ámbito María Corral, la Universitas Albertiana y todos los que desde la buena voluntad miren de difundir una Carta de esta naturaleza.

Y especialmente porque es una iniciativa que emerge de la sociedad civil, lo cual pone de manifiesto que el tema de la paz no es única y exclusivamente un fenómeno que dependa de las instituciones políticas o de los gobiernos, o de los estados, o de las diferentes formas legítimas de representarse, sino que depende de la sociedad civil, de los hombres y de las mujeres que la integran. En primer lugar, porque es positivo que cualquier iniciativa a favor de la paz se lleve a cabo. Pero en segundo lugar, porque emerge de la sociedad civil, del asociacionismo civil y, en este caso, en colaboración con un centro cívico de un barrio que forma parte de un regiduría, y que forma parte de un ayuntamiento.


II. Análisis de los puntos I y II de la Carta de la Paz

Dicho esto, sólo me centraré -tal y como se me pidió- en el punto I y II de la Carta. Pero con una premisa: que no es posible tratar el punto I y II sin referencia al conjunto de la Carta. De hecho, son dos puntos que van muy conectados. Uno es simplemente una proposición, y el otro es una interrogante. Toda la Carta tiene un espíritu y un aire de familia donde se conecta una proposición con la otra, de tal manera que no hay nada gratuito en la Carta, ni tampoco nada que sobre, sino que parece como si hubiera un "hilo de Ariadna" que uniera un punto con el otro de una manera invisible.

Todas las proposiciones son diferentes, pero son complementarias, y forman parte de una entidad. Tiene una gran virtud: que es muy inteligible, que se entiende. Se puede profundizar más o se puede profundizar menos, puede traer más o menos consecuencias, pero es una Carta que se entiende. Y eso ya es mucho, que se entienda. Y que se entienda a un nivel de interlocutor anónimo. Cualquier interlocutor, sea cual sea su nivel de conocimiento, está capacitado para comprender el grueso fundamental del mensaje.

Lo que yo miraré de hacer aquí no es convertir algo que se entiende en algo que no se entiende, porque ésta sería una mala manera de profundizar en los dos puntos mencionados, sino procuraré de "problematizar" sobre alguno de los puntos y después sacaremos conclusiones de orden práctico. Precisamente por eso agradezco de antemano la posibilidad de volver a leer la Carta. Cuando te ves forzado a reflexionar sobre la misma en voz alta, al tiempo que la vuelves a leer, reflexionas y regresas a la reflexión anterior para llevarla más adelante y más alta. Y eso es lo que intentaré hacer, y lo que intentaré compartir con todos vosotros.

El punto I de la Carta es una afirmación. El punto II es una pregunta, pero la interrogante parte de la afirmación anterior y demanda una respuesta. Por tanto, el segundo punto es interpelativo. Es una buena estrategia formal. Una buena estrategia pedagógica. Busca producir una respuesta en el lector y una "presa" puesta delante de la Carta. Si en la Carta hubiera habido sólo proposiciones, como por ejemplo está hecho en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, o en la Declaración Universal de los Derechos del Infante, entonces no habría tenido este carácter estimulante y este carácter interpelativo.

La forma es muy importante en un texto. No es una cuestión puramente estética, sino consubstancial a la finalidad del texto. Este texto tiene la virtud de presentarse de tal manera que interpela, que inquieta, que pide respuestas. El primer punto dice: Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos. Podríamos decir que se trata de una evidencia. Es una evidencia de estas claras y distintas, como diría Descartes. Una evidencia es eso que se ve de una manera clara y distinta, que no necesita explicación, que no necesita comentarios, que no necesita aclaraciones.

Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa o responsabilidad del mal o de los males que acaecieron en la historia, de estos males que se han hecho en la historia: de los males, de las guerras, del los enfrentamientos, de los conflictos, de los genocidios, de las xenofobias, de las desigualdades, de las injusticias, de los colonialismos, de los imperialismos...; de todo eso que se ha hecho en la historia, los contemporáneos no tenemos ninguna culpa. Por una sencilla razón: porque no estábamos. No fuimos artífices ni fuimos motivo de esas atrocidades o de esos males. Es una evidencia.

Pero de esta evidencia viene la pregunta -y aquí se ve el aspecto interpelador del texto-. Punto II: ¿Por qué, entonces -y el entonces liga con la primera afirmación-, hemos de alimentar resentimientos unos contra otros si no tenemos ninguna responsabilidad de lo que aconteció en la Historia?

Si es cierto que nosotros no somos los responsables de los males, de las atrocidades, de las barbaries cometidas en el pasado, al mismo tiempo ¿qué sentido tiene alimentar resentimientos unos contra otros si no tenemos ninguna responsabilidad de lo que sucedió? Aquí utiliza el término "responsabilidad". En el primer punto utilizaba el término "culpa". En el primer punto dice que nosotros no tenemos ninguna culpa de estos males que se cometieron. En el segundo dice que no nos hemos de sentir responsables de estos males porque no estábamos.

Es efecto, no hemos de alimentar resentimientos, no hemos de heredar las heridas del pasado, no hemos de reproducirlas inercialmente, no hemos de trasladarlas a nuestros hijos y a nuestros nietos. No hemos de intoxicar el espíritu de las nuevas generaciones. No hemos de hacerlo, porque nosotros no somos responsables. Ni somos víctimas, por otro lado.


1. Concepción de la Historia

Estos son los dos puntos. Ahora bien, en estos dos puntos, de una manera latente, hay muchas más ideas que me agradaría compartir. La primera idea es la concepción de la historia. Fijémonos que el tema Historia aparece en mayúscula, tanto en el punto I como en el punto II. La Historia aparece en mayúscula, aunque, por otro lado, no es un nombre propio, como Antonio, Marco o Judith, sino que es un nombre común.

En el substrato del texto, hay una filosofía de la Historia, hay una concepción de la Historia. ¿Cuál? La Historia se entiende como un camino, como un itinerario en que hay momentos esplendorosos y momentos trágicos. Es un itinerario que tiene un pasado, un presente y un futuro. Aquí la Historia es el hilo que enlaza el pasado con el futuro. Y precisamente porque nosotros estamos en el presente de esta Historia, no podemos intoxicar el presente del pasado, ni condicionar el futuro con el pasado que han vivido las generaciones anteriores.

La Historia aquí es una especie de hilo, una especie de itinerario que enlaza los momentos del pasado con los momentos del presente y con los momentos del futuro. Y precisamente por eso dice la Carta: como nosotros no estábamos, en el pasado, y no fuimos los responsables de los males, no hemos de alimentar conflictos que vienen del pasado. ¡Hacemos limpieza! ¡Comenzamos de cero! ¡Limpiamos la historia de su pasado! ¡Construimos un futuro partiendo de cero!

En el fondo hay una idea de que la historia es una marcha colectiva y una marcha hacia el bien colectivo, porque cuando la Carta dice Historia en mayúscula se refiere, no a "mi" historia particular, no a la biografía particular de un individuo, sino a la historia colectiva, a la historia social, a la historia de cada uno de los pueblos. Y toda historia tiene, como he dicho, momentos esplendorosos y momentos dramáticos.

La Historia, por tanto, es una marcha colectiva hacia el bien. Aquí hay una idea lineal de la Historia. No una idea circular. El que forjó esta Carta tenía una concepción lineal y progresiva de la Historia. ¿Qué quiere decir lineal? Que hay un pasado, y que el pasado ya ha pasado y no regresa. Y no regresa más. Y no es bueno que lo hagamos regresar. Y, por otro lado, progresiva, porque es una historia que se orienta hacia un bien. Es una historia que va a construir un bien, un horizonte. No es una concepción circular. En la concepción circular no hay progreso, nada más hay retorno a lo mismo, no se avanza ni se retrocede. Todo queda en el mismo lugar. Siempre estamos en el mismo punto. Lo que pasa es que los protagonistas cambian. Cambian los escenarios, cambian las caras, cambian los instrumentos con que se matan. Cambian las personas, cambian los instrumentos de tortura. Pero el mal y el bien continúan peleando en la Historia. Esta es una concepción circular.

En cambio, la Carta expresa una concepción lineal. El pasado es el pasado. Los contemporáneos no tenemos culpa del pasado y por tanto, hemos de construir la historia sin los resentimientos del pasado. Hay una concepción progresiva, pero progresiva no quiere decir ingenua. No quiere decir: ¡vamos hacia un mejor y vamos hacia un mejor de una manera progresiva y lineal y sin interferencias! No. Vamos hacia un mejor, pero para ir hacia un mejor, hemos de construir la paz. Y lo hemos de construir superando las inercias del pasado. Y lo hemos de construir procurando curar aquellas heridas que todavía traemos del pasado. Por tanto, sí que es progresiva, pero es progresiva si el hombre se esfuerza porque sea progresiva.

En la Carta de la Paz hay una concepción esperanzada de la historia. Y esperanzada quiere decir que mediante el esfuerzo y mediante la corresponsabilidad de todos los agentes sociales: cívicos, políticos, educativos, vamos hacia un mejor. Sólo vamos hacia un mejor si somos capaces de borrar el pasado y de borrar las heridas del pasado.


2. Memoria y reconciliación

Dicho esto, hay todavía dos elementos que quisiera distinguir. La Carta nos dice que no somos responsables de los males del pasado y que, por tanto, no tiene sentido construir un mundo y un futuro a partir de los resentimientos. Y aunque no se ha de olvidar el pasado, no hemos de transmitir los resentimientos y los conflictos del pasado. Aquí se ha de distinguir entre "memoria" y "reconciliación" con el pasado. Son cosas diferentes.

Sólo es posible construir el futuro sobre la memoria del pasado. ¿Que quiere decir esto? Quiere decir que la Carta no impide tener memoria respecto a los episodios negros de la Historia colectiva. Construir la paz no quiere decir tener amnesia. Construir la paz quiere decir tener memoria, pero se capaces de construir futuro a partir de esta memoria. Aquí entra la necesidad de recordar. Pero de recordar sin resentimientos. No somos responsables del mal del pasado, pero eso no quiere decir que no lo hayamos de conocer. No somos culpables de los males del pasado, pero los hemos de conocer, hemos de tener constancia.

¿Con qué finalidad? Con la finalidad purificadora: evitar que se vuelvan a producir. Con esta finalidad se ha de conocer la historia. No es pueden olvidar los males de la Guerra Civil, no se pueden olvidar los males y las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Es un deber moral recordarlos. Pero recordarlos no quiere decir transmitir los resentimientos, transmitir las heridas y contagiar a los hombres del presente de las heridas del pasado.

Cabe la necesidad de recordar. Pero de recordar sin resentimientos, sin esperar revancha. El presente no se ha de ver afectado por el pasado, por los rencores del pasado. Pero eso no quiere decir que lo hayamos de olvidar. Lo que quiere decir es que nos hemos de reconciliar con el pasado.

No se puede confundir olvido con reconciliación. Una persona puede olvidar los males que hayan hecho sus generaciones anteriores. Pero ¿cómo podría olvidarlo? Olvidar no es lo mismo que reconciliarse. Porque reconciliarse requiere de una actitud activa de voluntad de reconciliación. El olvido es una precariedad de la memoria, es una debilidad, es una fragilidad de la mente humana que todos, en un momento u otro, sufrimos. La memoria se pierde, o se puede perder. Pero eso no es reconciliarse. Reconciliarse es ser consciente y tener conocimiento del pasado. Desaprobar todo, desaprobar haber sido víctima, desaprobar que mis abuelos, mis bisabuelos y mis padres, hayan sido víctimas de este pasado. Me reconcilio con el pasado, hago limpieza, y no transmito el resentimiento a las generaciones que vendrán. Eso sí que es una virtud.


3. El gran obstáculo

La Carta dice muy bien: los contemporáneos no tenemos culpa de lo que pasó en los tiempos anteriores. Y, por tanto, el punto clave es: ¿por qué hemos de seguir alimentando resentimientos? El resentimiento es el gran obstáculo en la construcción de la paz. Y los resentimientos se pueden describir como una especie de mal del espíritu, como una especie de fenómeno que intoxica al espíritu. Un individuo resentido es un individuo que no ve transparente, que no ve con claridad. Tiene como una especie de cortina que no le permite ver, ni disfrutar, ni percatarse de la realidad de los otros ni de su vida presente. Es un individuo que tiene agrio el corazón. El resentimiento amarga el espíritu.

¿Cómo se transmiten los resentimientos? Los resentimientos no nacen por generación espontánea. Los resentimientos los transmitimos, y los transmitimos a través de la educación, a través de los institutos educativos, a través de la familia, a través de nuestro lenguaje, a través de lo que escribimos o de lo que decimos, a través del lenguaje hablado. Muchas veces no somos conscientes de los resentimientos que estamos transmitiendo.


4. La cultura del resentimiento

Comienzo por la educación. Hay maneras de impartir la historia que son campos de cultivo de los resentimientos. ¿Cuántos libros de texto hemos leído? ¿Cuál historia de España hemos aprendido? ¿Cuál historia de Europa hemos aprendido? ¿Cuál historia del Mediterráneo hemos aprendido? Y ¿cuál han aprendido nuestros padres? Hay maneras de impartir la historia que son completamente inmorales, precisamente porque caen en el fácil maniqueísmo de distinguir bueno y malo, víctima y verdugo, perverso y santo. Y la historia de la civilización es mucho más compleja que un campo de batalla entre buenos y malos.

Determinadas maneras de ensañar el conflicto civil del Estado Español, determinadas maneras de entender la dictadura militar de Francisco Franco, son campos idóneos para el cultivo de resentimientos. Lo primero que hemos de limpiar son estas formas de transmitir el resentimiento mediante la historia y mediante los libros de texto.

La cuestión clave es transmitir la historia con la máxima fidelidad y sin resentimientos. La pregunta inmediata es si es posible recordar sin resentimientos, si es posible expresar la historia sin resentimientos.

Yo creo que sólo es posible eso desde el diálogo y desde la corresponsabilidad. Es posible que un individuo solo, se deje llevar por sus resentimientos. Es posible que cuando un individuo narre la Guerra Civil no pueda dejar de mirar la Guerra Civil desde el bando al cual perteneció o desde sus propias experiencias biográficas. Es muy difícil que olviden lo que han visto sus propios ojos. Cada quien parte de su biografía, de sus experiencias.

¿Cómo se puede superar, en este momento, la posibilidad de recordar sin resentimientos? La única forma es desde el diálogo. Es necesario narrar la historia desde el diálogo, desde la corresponsabilidad. Sólo así podemos conseguir un proceso de máxima objetividad, aunque nunca del todo objetivo.


5. Tipología del resentimiento

Si es verdad que el resentimiento es un obstáculo y que el gran antídoto del resentimiento es el perdón, es la reconciliación, es el hacer limpieza y comenzar de cero. Ahora es necesario bocetar una tipología de los resentimientos a fin de detectarlos.

5.1 El resentimiento intergeneracional

Hay muchos tipos de resentimientos. Algunos ni siquiera nos hemos dado cuenta que existen, pero existen. Hay el resentimiento contra la generación anterior. ¿Por qué? Por muchos motivos. El hombre puede estar resentido contra la generación anterior porque lo han formado de una forma que no le agrada, o porque lo han instruido con muchas deficiencias, o porque resulta que le han transmitido unos valores determinados que no ha podido vivir o que no ha sido capaz de vivir.

El resentimiento intergeneracional es, desde mi punto de vista, el primero que se ha de limpiar. ¿Por qué? Porque es posible que la generación anterior se equivoque en muchas cosas, como, de la misma manera, la generación presente nos equivocamos cuando transmitimos determinadas cosas a nuestros hijos. Pero, reconciliarse con la generación anterior significa valorar lo bueno que ha hecho, la intencionalidad de sus actos, su esfuerzo y su voluntad de construir.

La recriminación intergeneracional es una actitud irresponsable. Toda generación comete errores. También la presente. Por tanto, convertir la generación anterior en Satanás, es una auténtica irresponsabilidad. Más consecuente es intentar hacer limpieza y vivir aquello de buena voluntad que había cuando tu padre y tu madre te expresaban determinadas ideas que a ti, después, te eran difíciles de digerir y difíciles de aceptar.

5.2 El resentimiento político

El resentimiento de tipo político es constante y es visible. El resentimiento político envenena el sistema de participación democrática. La diferencia de opinión es necesaria, la discusión es necesaria, el debate es necesario, porque es la vitalidad de la sociedad democrática. Pero el resentimiento, no. El resentimiento invalida la vida democrática y participativa. El resentimiento entre corrientes políticas opuestas anula la posibilidad de construir el bien común. Una cosa es la diferencia ideológica, la diversidad. Otra cosa es el resentimiento. Es realmente necesario construir una cultura política sobre la diversidad, pero superando el resentimiento.

5.3 El resentimiento social

Los resentimientos sociales han sido la causa de muchos conflictos en la Europa contemporánea, entre la sociedad dominante y la sociedad dominada, entre burgueses y proletarios, entre explotados y explotadores. Una cosa es pelear por la igualdad social y otra cosa es practicar el resentimiento social. Una cosa es pelear porque haya justicia social y otra es el odio y el enfrentamiento por razones sociales. Se entiende que haya resentimientos sociales, pero que se entienda no quiere decir que se pueda legitimar. Quiere decir que se han de encontrar formas de evitarlo. La única forma es la igualdad social. Es evidente que el individuo que está explotado, ligado a una máquina catorce horas al día en pleno siglo XX, objeto de abusos de todo tipo, sin ninguna especie de subsidio ni de vacaciones, sienta resentimientos contra el burgués. Es comprensible. Es necesario estudiar qué mecanismos evitan la generación de estos resentimientos. En el horizonte de una sociedad social y justamente igualitaria, el resentimiento social se desvanece.

5.4 El resentimiento interreligioso

El resentimiento interreligioso es motivo de conflictos continuos en el mundo. El conflicto en la ex Yugoslavia no se entiende, si detrás no hubiera el resentimiento interreligioso. El conflicto en Irlanda del Norte no se entiende, si uno no piensa en el conflicto entre protestantes y católicos. El conflicto que hay en el Medio Oriente entre islámicos y judíos no se entiende al margen del resentimiento interreligioso. Éste es el núcleo de la inmensa mayoría de conflicto bélicos. Y especialmente en las religiones bíblicas, lo cual es todavía más irónico, teniendo en cuenta que tenemos muchos más puntos en común que puntos diferentes, y teniendo en cuenta que participan de la fe de un mismo Dios. Si no somos capaces de transmitir la cultura y la tradición religiosa sin resentimientos, constantemente nacerán nuevos conflictos bélicos de origen interreligioso.

5.5. El resentimiento sexista

Hay el resentimiento sexista, que es el resentimiento de tipo sexual. La historia occidental, la historia de la cultura occidental es una historia sexista. Sólo tenemos que repasar la imagen de la mujer en la cultura, en la literatura, en la filosofía y en la religión para darse cuenta de esto. Este es un tópico que está en todas las antropologías, al menos desde el siglo XIX. Como una consecuencia de este resentimiento contra la mujer, nace el resentimiento contra el hombre. Como una consecuencia de esta historia negra del "femenino", nace el resentimiento contra el "masculino". Lo cual, en lugar de facilitar y favorecer la reconciliación, genera conflictos. Es explicable: son muchos siglos de menosprecio. Es explicable, pero ¿es constructor de paz? Yo creo que no. Yo creo que sólo si hay la reconciliación. Y la reconciliación demanda el arrepentimiento.

5.6 El resentimiento interétnico

Los resentimientos interétnicos van muy asociados a los resentimientos interreligiosos, pero no necesariamente. Estos resentimientos son necesarios de superar cuando antes mejor, sobretodo en sociedades cada vez más pluriétnicas. Si no se superan los resentimientos interétnicos, la posibilidad de fractura civil estará a flor de piel.


6. La construcción del futuro

La historia no sólo se refiere al pasado, sino que se refiere al futuro. Y quisiera acabar con una visión de futuro. La Carta tiene visión de futuro, tiene una visión esperanzadora. El que pensó la Carta tenía muy presente que el resentimiento es el gran obstáculo, porque aparece en los puntos -sobretodo- dos y tres. Fijémonos en el tres: Eliminados estos resentimientos -todos los que hemos dicho: intergeneracional, social, políticos, interétnicos, religiosos-, ¿por qué no ser amigos y poder así trabajar juntos para construir globalmente un mundo más justo, más solidario y más gratificante para nuestros hijos y para nosotros mismos? Sólo es posible la construcción de la amistad con la superación de los resentimientos. Superados los resentimientos, comenzamos a practicar la cultura de la amistad.

Sólo superados los resentimientos se puede construir una nueva cultura. Y por eso digo que la Carta tiene una perspectiva de futuro. Hay un recordatorio para las nuevas generaciones. No nos podemos olvidar de las nuevas generaciones, ni del futuro de las nuevas generaciones. La historia es memoria, pero también es planificación. Es memoria: sí. Se ha de recordar: sí. Se ha de tener memoria de lo que ha pasado: sí. Sin resentimientos: de acuerdo. Pero también se ha de planificar. También se ha de proyectar. También se ha de construir futuro.


7. La Carta de la Paz y la ética de las generaciones futuras

El espíritu de la Carta conecta con un conjunto de obras y de textos que se están publicando mucho y que se refieren a la ética de las nuevas generaciones. Parece, en este sentido, profética. Todo y que la Carta tiene un breve itinerario, lo cierto es que la cuestión de la ética de las nuevas generaciones está muy presente.

¿Cuál es el núcleo de esta ética? Los teóricos de esta ética de las nuevas generaciones o de las generaciones futuras, nos dicen: es necesario ser más cautelosos con las acciones que hacemos en el mundo, es necesario ser responsable de lo que hacemos, porque de esta acción depende el futuro de las generaciones que vendrán. ¡Eres muy responsable de lo que haces! Por decirlo colectivamente: ¡somos muy responsables de lo que hacemos! O de lo que dejamos de hacer. Porque estamos poniendo en peligro la subsistencia de las generaciones futuras.

La ética de las nuevas generaciones nace a partir de los desastres ecológicos. Y ahora, en nuestro país hemos tenido uno que nos hace estremecer. Pero sobretodo se desarrolla a partir de las grandes conferencias ecológicas. ¿Cuántos bosques dejaremos a nuestros hijos? ¿Qué ciudades dejaremos a nuestros hijos? ¿Qué ríos dejaremos a nuestros hijos?

La responsabilidad es central en la ética de las nuevas generaciones. Es necesario superar los resentimientos, es necesario crear una cultura de la amistad. Es necesario ser responsable en la transmisión de la historia; de otra manera se pone en peligro la cultura de la amistad y, si se pone en peligro la cultura de la amistad, no habrá un mundo mejor, no habrá un futuro mejor. La historia está hecha de pasado, pero también de planificación. Y es necesario planificar, es necesario tener en cuenta las generaciones futuras, que son aquellas que no vemos. No nos hemos de limitar a nuestros hijos, a los hijos de nuestro hijos y a los nietos de nuestros hijos.

Queremos que nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos vivan en un mundo más digno y más limpio que el nuestro y, precisamente por eso, hemos de superar el obstáculo fundamental de la cultura de la paz, que es el resentimiento.