Construir la paz, desde la paz JOAN VIÑAS BONA. Comunicador. Introducción Es cierto que hoy vivimos un momento histórico, que muchos calificamos de apasionante, tenemos un potencial extraordinario en nuestras manos. Hemos sido capaces de conseguir retos que hace cincuenta años parecían imposibles: progresos científicos, médicos, tecnológicos, etc. Pero seguimos teniendo planteados problemas graves tanto a corto, como a largo plazo. Fruto de esta preocupación e incertidumbre nacen muchas iniciativas en todo el mundo a favor de la paz. Entre ellas, surge la "Carta de la Paz, dirigida a la ONU". Esta, recoge un itinerario de evidencias que parten de la realidad, de lo que descubrimos, sentimos, palpamos y vivimos. De aquello que siendo más elemental, si lo olvidamos, todo lo que construyamos encima, se derrumbará. Y es en medio de todo este entramado de acontecimientos, que uno tiene la sensación que los hombres hemos olvidado las cosas que son más elementales para vivir. Entramos en el siglo XXI con una sofisticación que nos deslumbra, hasta nos impide ver la realidad; pero la mayoría de problemas, de inquietudes, de angustias, de insatisfacciones vienen dadas por las realidades de siempre; aquellas que están en la base de nuestra persona, de nuestra psicología, de nuestro entorno familiar, etc. De hecho, son aquellas cosas que todo el mundo sabe, aunque nadie las vive del todo; que todo el mundo conoce pero que no se acaban de formular nunca; diríamos -utilizando un sentido positivo del término- que son sencillas, que son muy simples, evidentes, pero que son las que nos ayudan o impiden a ser más felices y vivir en paz. Son aquellas cosas que decimos que son evidentes en sí mismas. Y es precisamente en estas evidencias que se quiere fundamentar la Carta de la paz, para construir la paz desde la paz.
Podríamos pensar por ejemplo, en como se produce una inundación.
La suma de millones de gotas de agua de lluvia confluyendo simultáneamente
pueden llegar a arrasar una ciudad, un pueblo. De igual manera, la suma
y convergencia de resentimientos, disconformidades y frustraciones de
millones de personas consigo mismas, con la familia, en el trabajo, pueden
producir una devastadora riada de insatisfacción y violencia.
Así, desde la Carta de la Paz se hace una declaración realista y sincera: la Carta sola no consigue la paz, ni tampoco lanza o catapulta a la paz, es decir, ella no es la varita mágica delante de la cual nosotros podemos permanecer pasivos. Ella indica la necesidad y la importancia de señalar algunos principios y ofrecer unos fundamentos a partir de los cuales, con la tarea y el esfuerzo de cada uno, de cada grupo y de cada entidad, podamos superar los obstáculos que impiden la paz y a la vez construirla más sólidamente. Es verdad que en cada época surgen nuevos obstáculos que se oponen para conseguir la paz y que, por otro lado, debido a los ataques contra ella, se ha hundido o se ha roto, con lo cual, cada vez se tienen que buscar fundamentos más sólidos.
Hay que ayudar a la paz personal e interpersonal en todos los ambientes y niveles. La paz no viene de fuera, como un elemento extraño que se impone; nosotros mismos somos la paz, somos el origen de la paz. La paz global empieza con la paz con uno mismo y ésta se basa en la aceptación alegre de la propia realidad, porque soy quien soy o no sería. En consecuencia, para construir la paz, conviene no dar entidad a aquello que nosotros ideamos, suponiéndolo tan real o más que la propia realidad, sino vivir la aceptación de uno mismo y de la historia concreta tal y como ha sido. Una aceptación que, para que sea auténtica, tiene que llevar al desdoblamiento de las virtualidades contenidas en la misma realidad. La aceptación gozosa de la propia realidad -es decir, la evidencia de que soy quien soy- y de la propia historia -porque si no, no existiría- es el punto de partida de la Carta de la Paz, el motor que nos lleva a trabajar y a construir un mundo en paz. Por el contrario, la no aceptación de la realidad nos lleva a cerrarnos en nosotros mismos, a buscar continuamente a los culpables de nuestra situación, aquellos que han sido la causa de mi existencia precaria. Si estos aún existen, me volveré agresivo contra mis padres, hermanos o contemporáneos. La no aceptación se convierte en el humus necesario para que arraiguen los resentimientos. Aceptar con alegría la realidad crea, como decíamos, la base necesaria para que arraigue la paz, el gozo, la capacidad de amar, el deseo de trabajar para hacer un mundo mejor. Vivir con gozo la existencia, lo que soy, aceptar con gozo la realidad tal como es, es el motor del entusiasmo que me mueve a hacer todo lo que haya que hacer. Pero no podemos invitar a las personas a hacer alguna cosa escamoteando las dificultades que ésta comporta y prometiendo engañosamente unos resultados rápidos y fáciles. No podemos ser ingenuos. La Carta es sincera y por eso avisa: La paz no es una tarea fácil. Hay muchos obstáculos... y estos obstáculos son tanto internos como externos a cada persona. Decir que los seres humanos tenemos una cierta tendencia al dominio y a la explotación de los otros o a su marginación y hasta a su aniquilación, no es un pesimismo antropológico, sino realista, fruto de constataciones históricas y sociológicas. Tienen razón los que dicen que el ser humano es un ser capaz de hacer el mal. Sólo hay que mirar dentro de nosotros y a nuestro alrededor, cerca y lejos. Y no podemos olvidar esta realidad cuando nos disponemos a trabajar por la paz. Si olvidamos esta dimensión, el trabajo por la paz se convertirá en conseguir una meta más o menos lejana en el tiempo, pero sin una base real. El hecho de contemplar esta realidad antropológica es darse cuenta que la paz es algo que siempre se tiene que ir construyendo y fundamentando y que continuamente hay que quitar y superar obstáculos. La paz se construye y se fundamenta desde la misma paz y nunca podemos dormirnos, sino que continuamente tenemos que velar para mantenerla.
O también algunos hijos o hijas, que sus padres tienen grandes desavenencias entre ellos; si estos hijos son frívolos, preferirán que los conflictos entre sus progenitores no se solucionen nunca y así, ellos podrán seguir bajo la autoridad débil que les permite continuar su vida caprichosa y arbitraria. Igualmente no desean a fondo la paz muchos de los que promueven negocios, empresas o servicios que se sostienen, en buena parte, con situaciones de desasosiego, incomprensión, incomunicación o lucha dentro de la sociedad, como son entre otros y para nombrar los casos más notorios, los productores y contrabandistas de armas, agentes de prostitución forzada, etc. La mayoría desea la paz, pero la desean en lo más profundo de su ser, que es ciertamente donde las personas pueden tomar sus decisiones más firmes. Pero a lo mejor muchos de esta mayoría no desean la paz en lo más superficial y cotidiano, porque la paz, que supone que haya justicia, no se consigue sin esfuerzo ni sin la aportación por parte de todos; es decir, que para conseguirla, cada uno tiene que modificar algunas actitudes y comportamientos propios, cosa que requiere esfuerzo y rectificación constante. Construir la paz desde la paz es trabajar continuamente en esta dirección para que el ambiente y el entorno en el que vivimos, ayude a vivir en una actitud gozosa, que es la única garantía que tenemos para poder vivir en paz.
Nuestra dignidad más grande no consiste en ser la parte de una totalidad, ni en ser un ser perfecto. Nuestra dignidad primordial consiste en ser una persona humana -y en tanto que humana, limitada- y eso es suficiente. Somos nuevos y libres, pero no somos los primeros de la Historia; somos herederos de una Historia, de sus glorias y de sus calamidades. No tenemos que olvidar la historia, sino al contrario: hay que conocerla muy bien y no repetir los errores del pasado, procurando lo mejor para los que hoy existen. Y, la Carta de la Paz, lo que hace es invitarnos a renunciar a buscar culpables del mal de la historia pasada. No somos ángeles justicieros ni vengativos, con pretensiones de poner en orden el desorden, no ya del presente, sino de toda la Historia. Algunas personas piensan que la venganza es como limpiar la historia, limpiar nuestra ascendencia, para así poder estar limpios y vivir con honor. Firmar la Carta es renunciar a buscar culpables constantemente y admitir la humildad de asumir las consecuencias de todo lo malo que sucedió en el pasado. En el fondo, tener y alimentar resentimientos es como cargar pilas,
porque cuando llegue una situación propicia (en el aspecto económico,
social, deportivo...) podamos descargar contra alguien.
La Carta reconoce que hay cosas que nos diferencian, que hay diversidad de etnias y de culturas, pero también que el hecho de existir nos une a todos. De algún modo puedo decir que soy tan hermano de un chino como de mi hermana, porque si no existiera, no podría ser hermano, padre o hijo de nadie. Fundamentar la sociedad sobre aquello que nos diferencia, crea desde el principio todo tipo de divisiones y discordias. Si convertimos la familia carnal, tribal o nacional, en el único elemento básico de la sociedad, por encima de la persona, estamos haciendo divisiones entre los seres humanos. Si, además, estos grupos permanecen cerrados en sí mismos y luchan por intereses, esto comporta competencias desmesuradas, toda clase de enfrentamientos, y en demasiadas ocasiones, guerras. Fomentar una sociedad que, por un lado nos aglutina, y por otro nos hace diferentes, es construir una sociedad a la defensiva, que se mueve por intereses grupales y que en definitiva acaba comportando insolidaridad a corto o largo plazo. Lo que la Carta de la Paz nombra fraternidad existencial es una vacuna preventiva contra enfrentamientos étnicos, nacionales o tribales. Es una base sólida desde la cual podemos sostener las diversas relaciones humanas. Ayuda a establecer diferentes estructuras sociales sobre unas unidades que, respetando la idiosincrasia de aquel pueblo o nación, permanezcan abiertas a aquella savia del existir común de todos en la tierra.
Es un camino a seguir. Salir de la amistad para llegar a la amistad. Partiendo de una relación entre personas y grupos basada en la consanguinidad, la justicia, la historia, para llegar a una relación basada en la libertad y el amor. Para construir la paz no es suficiente conformarse con el origen de nuestro ser: he nacido en una familia, en un pueblo, en un país, pensando que eso ya crea los lazos suficientes. Tenemos que mirar hacia delante y entender que hay que conseguir una amistad desde la libertad, que nos permitirá construir un lazo sólido y solidario. La obligación, la imposición, la queja, el fatalismo, la resignación, la norma, no son una base lo bastante sólida como para edificar la paz. Cualquier interés personal o situación atípica, siempre comporta tener que apelar a las leyes establecidas y éstas, demasiado a menudo, son interpretadas y manipuladas en función de intereses personales. La solidaridad no se consigue sólo con acuerdos y negociaciones, ni tampoco para una concreta finalidad. En este caso, o se llegará a conseguir esta finalidad, o en caso de no llegar nunca a conseguirla, nos cansaremos porque los otros no nos permitirán llegar. Los hermanos, los vecinos, los amigos, los conciudadanos, los contemporáneos, con sus limites, sus cosas, sus intereses, sólo si se aceptan libremente, se pueden amar. La libertad es una buena base para la amistad. Después de vencer la tentación de la guerra y buscar el deseo de paz, podemos ser amigos. Los amigos trabajan juntos. Tenemos que construir un mundo más solidario y gratificante y no cada uno para sí mismo. Hay que trabajar conjuntamente para hacer del mundo una globalidad. Hoy, más que nunca, los países no pueden dedicarse sólo a buscar su propio bien sin colaborar en el bien de todos porque, entre otras cosas, los países restantes no dejarán que lo consigan. Hay una tarea educativa que nos enseña la Historia, no partiendo del esquema de "vencedores-vencidos", según el sentido de gloria y de honor, sino con rigor y fidelidad a la veracidad de los hechos. Amigos sin resentimientos, para ser amigos de verdad.
Sin embargo, la Carta de la Paz nos recuerda que a veces la paz en sí es poca cosa, es algo casi negativo: el hecho de no estar en guerra, de haberla terminado. La paz es tan sólo un medio para algo más. Así, la mera paz sería quietismo, una contemplación vacía. Claro que se tiene que saborear la paz después de la pesadilla de una lucha cruenta. Pero después viene la acción, el trabajo cotidiano, el hecho de pensar en una reestructuración del presente, pensando a la vez en el futuro próximo. La guerra es algo que escapa fuera de toda sensibilidad y control. Es un chasquido, una regresión antidialogante, una canallada titánica y destructora. Por eso, lo que es opuesto a la guerra también tiene que estar más allá de la otra frontera opuesta. También tiene que salir de aquello corriente, de lo que es lógico y de lo que es previsto. Este punto opuesto a la guerra, no es sino la fiesta; saber vivir la fiesta, saber vivir en fiesta. ¡La vida es fiesta! A pesar de la dureza y los conflictos. Si los padres, los pedagogos, los gobernantes, creen que es suficiente con ofrecer paz a los que viven, se encontrarán con que, atendido el aliento vital lleva necesariamente a la acción, si además, en este vivir no se les promueve la fiesta, la gente usará sus fuerzas para aquella clase de lucha que vence, que doblega y que obliga a los otros, ya que sus energías y su trabajo no desembocan en gozo festivo, sino en tedio y aburrimiento. La Carta de la Paz nos invita a construir la Paz como engendradora de fiesta, de convivencia. Una vez dejados los resentimientos, desde la fraternidad existencial y la libertad, podemos empezar a trabajar para generar la fiesta. La paz no tiene que ser tan sólo el fundamento para una construcción pesada y para planear la revancha, sino sobre todo una posibilidad para vivir la gran fiesta que es la vida. Construir la paz desde la paz, según la Carta de la Paz, es poner las bases para trabajar y construir la fiesta
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