Crisis y renovación de la comunidad . 1. Crisis del mundo moderno y crisis de la comunidad La afirmación menos polémica que uno puede hacer sobre nuestro mundo es que está en crisis. Todos estamos de acuerdo. Todos lo sabemos. Nuestro acuerdo, sin embargo, empieza y acaba aquí. En el momento en que queremos interpretar la crisis, establecer su alcance, dilucidar su dirección, cada cual da respuestas diferentes. Hay pesimistas que ven en la convulsión del mundo contemporáneo el fin de un universo que, con todos sus defectos, es mucho mejor que no el que hoy va surgiendo. Hay optimistas que persuadidos por la fuerza inevitable del progreso, ven una transformación penosa, pero liberadora, que nos ha de llevar a un mundo mejor en todos los sentidos. Están los escépticos, que entienden lo que pasa como una vicisitud más en la complicada y mediocre historia de la humanidad, un punto bajo más, en sus múltiples e incesantes altibajos. Aún hay otros, porque las posibilidades de interpretación de la crisis de nuestro tiempo son muchas y muy diversas. Mi tarea esta noche es la de hacer algunas observaciones sobre un aspecto parcial, aunque esencial de esta crisis general, la crisis de las comunidades humanas y las relaciones comunitarias en el mundo contemporáneo. De hecho, este aspecto particular del fenómeno más general es también suficientemente vasto y complicado. Incluso hay quien identifica una crisis con otra cosa, como veremos pronto, bastante comprensible. Averiguar una es también averiguar la otra. Para seguir adelante me parece que lo mejor que puedo hacer es empezar mis reflexiones con unas puntualizaciones, aunque esquemáticas, sobre la comunidad, y aclarar qué es esta entidad social. Lo ampliaré con una breve referencia a su crisis en el mundo moderno. A continuación, procuraré establecer los límites de esta crisis y detectar los esfuerzos que hacen los hombres contra sus destrucciones así como la aparición de unas posibilidades reales de construcción comunitaria, es decir, de creación de una sociedad solidaria, altruista, progresiva y civil. Esto quizá nos permitirá llegar a algunas conclusiones interesantes e, incluso, no faltas de una cierta confianza en el futuro, y alcanzar, también algún principio de propuesta o solución. Somos todos, ciertamente, en las reuniones y seminarios de trabajo de estas III Jornadas Interdisciplinares los que, comunitariamente, tendremos que elaborar propuestas, soluciones y conclusiones, como resultado de nuestro diálogo y de nuestra reflexión común. Mi función ahora se limita a plantear algunas líneas generales de la problemática con la cual todos juntos, y desde cada una de las Areas de trabajo, nos tendremos que enfrentar. Este es, pues, el talante con el que os quiero hablar. 2. Comunidades y asociaciones ¿Qué es, pues, la comunidad? La comunidad es aquella dimensión de la sociedad que confiere un sentido trascendente a la vida del hombre. Me explicaré. En una sociedad, digamos una sociedad compleja como es ahora la sociedad moderna, hombres, mujeres y niños, viven en el seno de una red de grupos, instituciones y relaciones interhumanas de todo tipo, todas juntas presentan una multiplicidad y variedad que nos podría dejar asustados si las quisiéramos clasificar de una manera rigurosa y sistemática y tuviésemos tiempo para hacerlo. De hecho, su naturaleza cambiante y dinámica, y en muchos casos, de signo múltiple o polivalente hace la tarea difícil y quizás no demasiado útil. Sin embargo, y con intenciones puramente analíticas, podemos comprobar que la maravillosa, e incluso, misteriosa, variedad de las agrupaciones y formaciones se puede reducir a dos modos fundamentales o esenciales de interrelación humana: la comunitaria y la asociativa. En efecto, muy a menudo entramos en relación con nuestro prójimo de una manera directa, emocional, afectiva, primordial. En estos casos entramos en relación con el prójimo por la razón de que es él o ella quien es: padre, hermano, amigo, amante, compatriota, camarada, compañero. Esta forma fundamental de sociabilidad decimos que es comunitaria, porque incluye una comunidad o participación común de vida. Y los grupos que se apoyan en ella son comunidades. Por otra parte, en diferentes ocasiones entran en relación con los otros seres humanos mediatizados por leyes, instituciones, burocracias, corporaciones: entonces el prójimo es para nosotros juez, médico, policía, tendero, cartero, cerrajero. Esta otra forma de sociabilidad decimos que es asociativa y los grupos humanos que están construidos sobre ella los llamamos asociaciones. En toda sociedad avanzada, pues, podremos distinguir, como ha hecho tradicionalmente la sociología dos formas distintas de grupo o agrupación humana: la comunidad y la asociación. En la realidad social, naturalmente, se mezclan e interpenetran, y
aparecen en tensión mutua. La comunidad se cimienta y recibe su
cohesión interna de su participación colectiva en las emociones
primordiales de lealtad, amor y pertenencia común. (Esto, como
veremos, no excluye otros sentimientos, como el odio, la envidia, el
deseo de poder.) La comunidad incluye grupos tan pequeños como
puede ser una familia reducida, una pareja de amantes, un grupo de amigos
y otros tan amplios y difundidos, y, sin embargo, tan poderosos y aglutinadores
de la conciencia colectiva y determinantes de la estructura social, como
es la nación. Como decía hace un momento al definir las comunidades, éstas son las entidades que dan un sentido a la vida del hombre. Aún más, es solamente en su seno donde el hombre puede alcanzar un sentido trascendente en este mundo. Los dioses del hombre son siempre los dioses de la tribu, los de la comunidad. Su moral es, también, la de la vida comunitaria. Sólo nos podemos realizar como adultos responsables y conscientes en la dimensión comunitaria: es allí donde habita el altruismo, la generosidad, el patriotismo, la solidaridad humana y, también, sus mitos y concepciones ontológicas y cósmicas. En cambio, el mundo asociativo es el de la utilidad desnuda, del mercado de bienes y de trabajo, de la eficacia, la productividad, la administración y división de las tareas según criterios funcionales preestablecidos. La comunidad se justifica por sí misma, la asociación, por la eficiencia de sus resultados. De hecho, en una sociedad no siempre encontramos comunidades, por una parte, y asociaciones por otra, sino que encontramos colectividades que presentan un doble aspecto, el aspecto comunitario y el asociativo. Así, la nación es la comunidad del pueblo, mientras que el estado es la asociación, con su administración de la vida pública y, a menudo, interferencia en la privada. Una iglesia, como asociación, puede ser una organización internacional, con su derecho canónico, sus jerarquías, sus circunscripciones episcopales; en cambio la iglesia como comunidad es para sus fieles "el pueblo de Dios", y contiene una "comunión de santos", es decir, una comunidad mística. El socialismo convertido en estado tecnoburocrático, es una asociación; en cambio, el movimiento socialista, con sus luchas, su idealismo, su hermandad, es una comunidad. Un gran hospital moderno, con su tratamiento científico de la enfermedad, la administración de su propio personal, sus complejas jerarquías y servicios, y todos sus aparatos de tecnología avanzada es, esencialmente, asociativo; la relación entre el médico y el enfermo, sobre todo entre un médico de cabecera y de familia y su paciente, es, en cambio, esencialmente comunitaria. 3. La ambivalencia comunitaria He dicho que la comunidad es la fuente de la moralidad y el marco adecuado donde el hombre encuentra un sentido trascendente a su vida. Si la tomásemos aisladamente, esta afirmación nos llevaría a una idealización insostenible de la comunidad. De hecho, sólo es cierta si reconocemos, a la vez, la naturaleza esencialmente ambivalente de toda comunidad. La comunidad tiene dos vertientes. Por una parte, genera la acogida y la identificación que necesita el hombre y que, cuando le faltan, lo hacen solitario, neurótico, agresivo. (Así, los desarraigados, la gente sin comunidad, la buscan a cualquier precio y a veces la encuentran en sucedáneos peligrosos: de la sed de comunidad puede nutrirse el fascismo, el fanatismo sectario, e incluso la inocua demencia de los deportes multitudinarios.) Por otra parte, la comunidad tiende al localismo, al tribalismo, a la ignorancia del mundo externo y al desprecio de los no iniciados. El estigma, la discriminación y el prejuicio sociales, anidan en las comunidades más que en ningún otro sitio. Las castas de la India, que son esencialmente comunitarias, están colmadas de sospecha, desconfianza, temor y odio contra todo lo que no forma parte de cada una de ellas. El mosaico de pueblos del Próximo Oriente, con sus mundos religiosa y políticamente cerrados, en guerra mutua, es otro ejemplo de esta oscura vertiente de la vida comunitaria. Y las sociedades occidentales donde parece que los efectos beneficiosos del universalismo que genera el mundo asociativo con su mejor institución, la ciudadanía política, hayan tenido que erosionar y debilitar el particularismo mezquino y pequeño de muchas comunidades, no están, ni mucho menos, libres del prejuicio racial, de clase o de nación. La ambivalencia de las comunidades humanas es, pues, un hecho que se ha de asumir si queremos reconstruir la vida social con un retorno a los valores comunitarios. Nuestra tarea, a la luz de esta ambivalencia, ha de ser la de construir un universo humano universalista y altruista, cuya estructura ponga un freno constante a la tendencia particularista y clásica del espíritu comunitario. Sobre esta cuestión, que es capital, volveré enseguida. Pero antes averigüemos un poco en qué sentido existe en el mundo contemporáneo una crisis de las comunidades y cuáles son las estructuras sociales que las han desplazado o las han debilitado.
El mundo moderno es el mundo de las organizaciones. Es el mundo de las corporaciones anónimas, jerárquicas, especializadas y funcionales. En él hay países, clases sociales, colectividades étnicas y, naturalmente, todo tipo de comunidades naturales (familias, linajes, grupos de barrio y pueblo) o voluntarias (sectas, movimientos sociales, grupos de reforma social). Lo que caracteriza este mundo, pero, sobre todo aquello que lo vertebra, son las corporaciones: ejércitos, universidades, red de transportes, el modo industrial de producción, la comunicación tecnológica y la manipulación informática del conocimiento, la banca, la sanidad pública, la policía. Esto constituye una inmensa novedad en la historia humana. Hasta hace poco el orden social se apoyaba sobre las desigualdades de propiedad -las clases sociales- y sobre la inmensa fuerza de la religión. El crecimiento continuo del estado moderno durante los últimos dos siglos, juntamente con el de la burocracia y de los servicios públicos, combinado con la gran expansión del capitalismo industrial, ha creado un mundo donde las viejas comunidades se han ido haciendo, en cierta manera, superfluas, mejor dicho secundarias para el mantenimiento del orden social de la modernidad. Por eso los que se quejan, por ejemplo, de la llamada "crisis de la familia" y proponen un retorno a los antiguos valores y a las antiguas piedades del pueblo sin querer abolir, a la vez, el capitalismo y la corporatización de la vida moderna, se equivocan profundamente. Mientras haya un mercado de trabajo que haga innecesaria la economía familiar tradicional -la familia como entidad de producción y de consumo- la estirpe se buscara la faena fuera de casa, del barrio, e incluso del país. Mientras los servicios de sanidad saque al paciente de su casa, las multinacionales destinen a sus empleados a los cuatro puntos del horizonte, y la educación esté en manos de un estado centralista y distante, no será posible ningún retorno al pasado. De hecho, es la imposibilidad de este retorno a un mundo tecnológico y sujeto a un cambio social profundo y rapidísimo, lo que nos ha de hacer replantear el futuro de las comunidades en términos distintos a los tradicionales. El mundo de ayer no volverá más. El éxito inmenso de las corporaciones, es decir, de las asociaciones formales y organizadas, ha sido debido a su rasgo fundamental, la eficacia. Una corporación -una empresa capitalista, un ayuntamiento, una clínica, un cuerpo de ejército- es la máquina más eficiente imaginable para resolver un conjunto de problemas concretos: aumentar la producción y acumular beneficios, administrar una gran urbe, curar a los enfermos de un mal específico, invadir un país y matar al mayor número posible de personas. Todos sabemos que hay empresas que van mal e, incluso, quiebran; que hay ayuntamientos corrompidos y mal llevados; que hay clínicas que son una pesadilla para los enfermos; que hay ejércitos que pierden guerras o que son peligros y parásitos de su propio pueblo. Lo curioso del caso, sin embargo, es que esto no invalida la eficacia de estas instituciones. Ningún otro tipo de organización humana puede mejorarlas, como no sea una de la propia especie, pero menos eficaz. Como veis, estas instituciones corporativas se justifican por su eficacia (real o imaginaria) y no por ninguna sanción religiosa, mística, o trascendental. En este sentido estricto son amorales, y no digo precisamente inmorales, sino que, se encuentran al alcance del poder para hacerlas servir de una u otra manera. Es su disponibilidad y los resultados que se pueden obtener de ellas lo que las hace necesarias en el mundo de hoy. La especialización colectiva en el marco de una corporación es el descubrimiento más grande de la historia moderna. Es lo que ha permitido la expansión de las escuelas y las universidades, la producción de la abundancia relativa para las clases populares, el bienestar físico de la mayoría, y una multitud de servicios públicos modernos, desde la Cruz Roja a los correos y telégrafos. Ha permitido, también, los armamentos nucleares, las cámaras de gas fascistas, los campos de concentración siberianos, y la manipulación de la gente con la propaganda comercial o política. Como podéis ver, lo que he llamado ambivalencia de las comunidades encuentra su paralelo en la ambivalencia de las asociaciones corporativas. En consecuencia, de la misma manera que era necesario preveniros contra toda idealización de la comunidad como situación social de bienaventuranza, haciendo énfasis en su fase negativa, o mejor dicho, en la posibilidad constante de que se desarrolle negativamente, es también necesario subrayar el aspecto beneficioso de las asociaciones. Muchas de éstas -si las circunstancias son favorables- pueden existir para mayor realización y libertad de los seres humanos, para la protección de la intimidad y la vida privada, para el reforzamiento de la pluralidad ideológica y religiosa y para la potenciación de la justicia distributiva y social. Un planteamiento mínimamente realista del tema, pues, ha de tener en cuenta siempre la doble ambivalencia (comunitaria y asociativa) para poder establecer un diagnóstico convincente de la sociedad de hoy y para contemplar con esperanza las tareas humanistas con que se enfrentan los movimientos sociales y las comunidades de nuestro tiempo. El reconocimiento de la ambivalencia de las asociaciones y, especialmente, de las grandes corporaciones modernas no nos han de permitir el eclecticismo. Aunque algunas instituciones corporativas -ciertos tribunales de justicia, ministerios de educación o sanidad- sean beneficiosas para todos (a pesar de sus imperfecciones) permanece el hecho de que hay una excesiva corporatización del mundo social en muchos campos y niveles. De la misma manera que un mundo exclusivamente comunitario es un mundo primitivo y bárbaro, y un mundo excesivamente corporatizado es un mundo primitivo sujeto a una barbarie: la de la impersonalidad, la manipulación, el desarraigo y la deshumanización. Sería un error, ante la progresiva corporativización del mundo reaccionar queriendo, sencillamente, frenarla y, como he dicho antes, menos aún queriendo volver a las comunidades antiguas. Esto no solamente no es posible sino que muchas de las comunidades tradicionales son inherentemente incapaces de enfrentarse con las exigencias de la modernidad sin dejar de ser como son. Quizá los decenios que se acercan dejen un poco de sitio para la tradición. Muy poco habrá, sin embargo, para el tradicionalismo como ideología y nada para la nostalgia y la reconstrucción de lo que ya nunca podrá construirse como era antes. La situación es esencialmente nueva, y es necesario que nos la planteemos como tal, con todas sus consecuencias.
Hechas todas las distinciones y salvedades, no hay ninguna duda que en gran medida, existe una crisis de lo comunitario, y sobre todo del mundo comunitario tradicional, es decir, de las comunidades naturales, heredadas: el mundo de la familia y el del lugar ancestral, la comunidad de habitage. Es imposible negar que, en estos terrenos, las relaciones primordiales entre los hombres han sido socavadas y minadas por las fuerzas del corporatismo, de la cultura técnicamente transmitida (los mass media), por el tratamiento utilitario del prójimo y, finalmente, por la propagación de una manía de gozo fácil y hedonista. No querría ahora pasar revista a las maltratadas comunidades tradicionales ni hacer un inventario de sus males. De esto hemos oído hablar bastante. Parece más interesante, por de pronto, reflexionar un poco sobre las respuestas (en muchos casos creadoras) ante este socavamiento y erosión. A mi entender, las amenazas que pesan sobre la vida comunitaria tradicional han producido una reacción múltiple, proteica, en muchos frentes, hacia la reconstrucción comunitaria. De hecho, desde el primer asalto de la comunidad (en forma de revolución burguesa, seguida de la revolución capitalista industrial) hay una contracorriente comunitaria compleja: desde los movimientos reaccionarios anti-industriales y solariegos que quieren frenar su impulso, hasta los primeros movimientos hacia el comunismo utópico ultrarevolucionario, todos querrían rehacer la comunidad. La misma palabra "comunismo" expresa la idea común de libertarios y socialistas de rehacer la comunidad perdida bajo la expansión capitalista, burguesa e industrial. Hasta las mayores aberraciones de nuestro tiempo, plasmadas sin duda en el totalitarismo, quieren rehacer -a su satánica manera- la comunidad soñada. Dentro de esta reacción múltiple hay dos tendencias de reavivamiento comunitario que son interesantes y significativas: por una parte, los movimientos sociales humanistas e innovadores, anticorporativos; por otra, los esfuerzos de reconstrucción querida y consciente de la comunidad, en forma de comunidades voluntarias de acción humanista. Estas dos tendencias, naturalmente, se pueden encontrar juntas, fundirse y reforzarse mutuamente, pero, para entendernos, podemos describirlas separadamente. Los movimientos sociales innovadores y humanistas, anticorporativos, son un fruto bien característico del mundo industrial avanzado, y políticamente pluralista (o relativamente pluralista) de nuestros días. Sus raíces se hunden en los movimientos progresistas de antaño, pero no se confunden con ellos, porque una de sus características es haber surgido tomando distancias, desmarcándose, de los grandes movimientos políticos hipotéticamente progresistas pero esclerotizados o demasiado comprometidos con el mundo conservador del estado benefactor, tecnoburocrático y esencialmente capitalista. Son movimientos que han querido luchar contra la indigencia cultural y la pobreza imaginativa de los exprogresistas. Son movimientos que han querido reintroducir la aventura y la incertidumbre, el antiautoritarismo y la fraternidad en un universo que, por definición, excluye estas cosas. El ecologismo, el feminismo, la lucha contra la tortura política, la reconstrucción de la democracia de raíz en los barrios y distritos urbanos son ejemplos de movimientos sociales comunitarios de este tipo. Que a veces estén sujetos a los avatares de poca duración, de la demagogia o de la manipulación, es otra cosa: la existencia de estos peligros sólo prueba las dificultades y trampas que esconde nuestra situación. Ninguno de estos movimientos está creado exclusivamente (y menos aún explícitamente) para rehacer una comunidad perdida. Sin embargo, su componente comunitario es esencial. Se lo encuentra en el seno de todo movimiento sindical clandestino antiautoritario, en los anhelos de las naciones oprimidas, en la vida de los militantes ecologistas o pacifistas. Es parte de su subconsciente: su pertenencia y lealtad al grupo y a su causa es lo que les confiere altruismo, dignidad, y, sobre todo, trascendencia. Todos estos movimientos buscan y rehacen vinculaciones primordiales, y, en cierta manera, religiosas de solidaridad. Religiosas, por lo menos, en el sentido de comunión con los otros hombres y con la naturaleza. La otra corriente de reconstrucción comunitaria es la que se encuentra en los grupos voluntarios que se han construido en todo el mundo, de una manera deliberada, para rehacer la vida social según modos alternativos a los de la sociedad corporativa. Sus variedades son muy grandes. Van desde una efímera comuna, más o menos bohemia e intrascendente, hasta las comunidades más sólidas, efectivas y acertadas. Mejor que dejemos a un lado, ahora, las primeras, las guaridas adolescentes o inmaduras, que son más bien un pretexto para pasárselo bien y descubrir brevemente las delicias de la angustia existencial en buena compañía y pocas dobleces. Si detenemos nuestra atención sobre las nuevas comunidades voluntarias, veremos que suelen ser fundamentalmente de dos clases: las comunidades globales de vida, y las de acción especializada. Ambas parecen igualmente importantes. Las comunidades globales de vida han sido creadas como sociedades totales de tamaño reducido, como respuesta crítica y rechazo de la civilización capitalista, tecnocrática y burguesa. Tiene su origen en las primeras reacciones utópicas contra esta civilización, y sus antecedentes, en Europa, son muy remotos. Las que han tenido más éxito son aquellas que, de una u otra manera, han sabido establecer una relación de compromiso mínimo con el entorno económico y político. Pensemos en aquellas cooperativas de producción, consumo y habitage, como ahora la internacionalmente célebre de Mondragón en el País Vasco, que han conseguido una envidiable solidez. Naturalmente, el grado de compromiso con el contexto político-económico da lugar a dificultades importantes. Así, aunque los Kibbutzim israelíes representan uno de los esfuerzos más notables en este sentido, por otra parte plantar su Kibbutz en tierra políticamente ocupada y perteneciente a otro pueblo desvirtúa y profana sin remedio el empuje moral original. La imposibilidad, sin embargo, de que una comunidad voluntaria pueda escapar del todo a las fuerzas políticas de clase y de mercado, no invalida siempre el esfuerzo para construirla. En último término, una sociedad surge siempre de otra. Nunca se ha dado el caso de que una situación posterior a un momento de profundo cambio y transición sea absolutamente diferente al anterior. Todos los estudios de las revoluciones modernas -incluidas las más radicales- descubren continuidades y permanencias importantes entre el mundo de antes y el de después. Lo que es imposible abolir en el tiempo tampoco puede ser abolido en el espacio. Las nuevas comunidades están condenadas a vivir en el mundo que ellas mismas quieren cambiar y negar. Al lado de estas comunidades voluntarias generales -dotadas de una economía, de unas escuelas, de unos servicios médicos, autogobernadas- hay aquellas que quieren reconstruir relaciones comunitarias en una esfera definida de la actividad social. En general, se trata de grupos que quieren rescatar a la sociedad corporatizada una zona de sus actividades, para tomarla en manos ciudadanas. La proliferación de las radios y televisiones locales y comarcales, al margen tanto de las emisoras oficiales como de la publicidad comercial y política, representa un cierto comunitarismo en el terreno de los mass media y una recuperación de la cultura popular al margen de las arrogancias tecnocráticas y económicas. El esfuerzo por crear comunidades de enfermos y médicos en los hospitales, al margen (aunque no necesariamente en contra) de la tecnología médica moderna, es otro ejemplo de esto. En ambos casos tenemos una aceptación sensata de la civilización moderna, de aquello contra lo cual sería absurdo e infantil luchar y una recuperación comunitaria de los espacios que nos había robado la corporatización. Los fracasos que puedan surgir -pensemos en el hecho de las muy democráticas y participativas asociaciones de vecinos catalanes al final del franquismo- no han de distraernos de la importancia capital que tienen estas tendencias en nuestra vida colectiva.
Los hombres de hoy, como ha señalado José L. Aranguren, han estado sujetos a un vasto proceso de des-identificación. A la vez, como reacción, se han adentrado por el camino de la re-identificación, a menudo colectiva. El anarquismo, el marxismo, el nacional-catolicismo, pero también el feminismo, y las subculturas marginales hedonistas, entre otras ideologías, pueden ser entendidas como fenómenos de identificación, según Aranguren. De hecho, como hemos visto, el retorno a la comunidad es un retorno a la identidad, una recuperación del sentido perdido en un mundo que parece no tener sentido. Para probarlo, la filosofía y el arte contemporáneo cultivan la falta de sentido, es decir, cultivan el absurdo y se afanan en su contemplación. Muy a menudo se satisface la necesidad de identificación comunitaria anclando en algún puesto escondido y reducido, a cubierto de las tempestades de mar abierto, y de espaldas a las miserias y locuras de los demás. Me parece que algunas sectas más o menos orientalizantes, más o menos contemplativas, que han ido surgiendo un poco por todas partes, responden a esta solución, a esta huida narcisista dentro del grupo, de abandono de la responsabilidad social. La práctica de la solidaridad egoísta, es decir, de la solidaridad restringida al propio clan, no resuelve el problema del egoísmo general que ha institucionalizado la sociedad moderna. La cuestión de la solidaridad se puede resolver solamente si las nuevas comunidades se asoman al mundo que las rodea, si se legitiman por su servicio a los demás. Esta proyección externa es, también, la única manera de neutralizar la natural tendencia de todo grupo comunitario a absorber toda la atención y las energías de sus miembros, es decir, a cerrarse en el particularismo y en la ignorancia de los demás. Para que todo esto pueda tener éxito medianamente, las nuevas comunidades han de ser muy diferentes de las antiguas. La vieja comunidad no voluntaria, natural de nacimiento, no estaba formada necesariamente por hombres y mujeres adultas. Así, hay una cierta infantilidad en la tribu y una más cierta infantilidad en la horda (peligrosa en este caso) que ilustra esto. En muchas comunidades naturales la responsabilidad moral que es característica de un adulto, de una persona madura y autora moral de sus actos, se desvanece. De la misma manera que la culpa es del grupo, y no del individuo, tampoco éste es un centro de decisión ni de iniciativa: es como un niño. Debemos muchísimo a la moderna civilización individualista y sus viejos lazos con la cultura griega y la religión cristiana: la identificación del hombre individual como ser responsable, y la liberación de la responsabilidad de su raíz tribal. El proceso ha sido lento y penoso. Así, no hace mucho que aún se acusaba a los judíos colectivamente de ser un "pueblo deicida". Y hoy día, en muchas sociedades, grupos étnicos o religiosos enteros son excluidos y perseguidos, como víctimas de un estigma colectivo irracional. Sin embargo, hemos llegado a un punto, en algunos rincones del mundo, donde aquel aspecto beneficioso de la civilización asociativa, burguesa, universalista que he puesto de relieve desde un principio ha dado algún resultado: la responsabilidad es del hombre individual, siempre. Esto significa que las comunidades voluntarias que van surgiendo como respuesta a los problemas y corrientes de nuestra época están a menudo, formadas por gente responsable, que huyen, al mismo tiempo, del infantilismo de las comunidades cerradas y meramente vivenciales y de la falta de responsabilidad, es decir, de gente que reconstruyen su mundo comunitario sin las evasiones del colectivismo. Ser adulto y responsable significa, antes que nada, aceptar lúcidamente los límites y las posibilidades, siempre restringidas, de nuestra realidad. La adultez incluye la sensatez. Esto forma parte del "realismo existencial" que pide Alfredo Rubio para toda intervención social, así como para toda concepción de la vida humana. Y la sensatez no necesariamente excluye la utopía. Si queremos hacer un "mundo mejor" -para usar una expresión más ambigua de lo que parece y un poco estropeado -lo más efectivo es empezar y acabar por nuestro entorno inmediato. El pobre Cándido concluyó, al final de sus vicisitudes, que lo mejor en esta vida era "cultivar su propio huerto". Es la conclusión de los desilusionados y de los "quemados". Y evidentemente ante las catástrofes y estragos que crean aquellos que quieren imponernos fórmulas de salvación generales, esquemas grandiosos de reforma total del mundo, la solución del héroe volteriano merece mucho respeto. Pero estas dos soluciones extremas ante la hostil imperfección y malignidad de la sociedad humana no son las únicas, y ni son tampoco soluciones: una deja el mundo tan mal como lo encuentra, y la otra, sacrifica a los hombres en nombre de una futura bienaventuranza que no llega jamás. La tercera solución, la de la intervención sobre el entorno inmediato de nuestro huerto, me parece la que más posibilidades tiene de producir algunos resultados satisfactorios. Precisamente ésta es la forma de actuación de algunas comunidades voluntarias contemporáneas. Son comunidades, grupos de ciudadanos libremente reunidos para la resolución de problemas concretos, educativos, sanitarios, ecológicos, económicos, problemas que no les afectan exclusivamente a ellos. Muy a menudo estas comunidades adultas voluntarias encuentran sus raíces en una fe sobrenatural, o en una fe secular, o en ambas cosas a la vez. Yo no me sabría pronunciar ahora sobre este aspecto de la cuestión que, de hecho, nos llevaría a otro terreno, muy interesante, pero que no podemos iniciar aquí: el de los valores últimos que impulsan toda acción comunitaria. Porque sólo las instituciones utilitarias e impersonales de la sociedad moderna pueden funcionar sin más legitimación que su eficacia instrumental. Parece que es imperativo velar por la prosperidad y multiplicación de estos grupos espontáneos de intervención humanista en una sociedad como la nuestra, escindida en clases, penetrada por grandes corporaciones y grupos tecnoburocráticos, que toda ella conspira contra la autonomía del ciudadano y sus iniciativas colectivas al margen de la planificación o de los intereses empresariales o corporativos. Desean la prosperidad de las comunidades voluntarias, no significa en ningún caso que soñemos en una sociedad estrictamente comunitaria, que haya abolido del todo las instituciones del mundo contemporáneo. Esta idea responde a una utopía muy simplista y, por tanto, muy popular hoy: consiste en imaginarse una sociedad hecha de comunas, bajo el reino de la fraternidad y de una tecnología casera y de energías renovables, mientras uno sueña en esto, el hambre, la guerra y la enfermedad devastan grandes partes del mundo. El incremento de la población destruye lo salvaje que queda en la naturaleza. Las armas nucleares proliferan y se acumulan. Las máquinas políticas estatales aplastan a los hombres y los confinan en los hospitales psiquiátricos o en los campos de concentración. Es evidente que las nuevas comunidades de acción humanista no pueden resolver directamente estos enormes problemas ni presentarse con fórmulas mágicas. En general, hay que decirlo, no lo hacen. Y es precisamente este realismo, este deseo de dar la mano a los demás sin griterío, para cultivar todos juntos nuestro huerto común, el que nos permite contemplar nuestro difícil mundo con cierta esperanza.
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