De la enseñanza de la historia

ALFREDO RUBIO DE CASTARLENAS. Médico y autor del libro 22 Historias clínicas del Realismo Existencial..

En las escuelas de todas las naciones se enseñan matemáticas, ciencias naturales, etc., con objetividad, y, aunque los sistemas pedagógicos pueden ser diferentes, el contenido de estas disciplinas todos procuramos que sea lo más científico posible.

La Historia es, por desgracia, una gran excepción. Esta rama del saber, tiene, como es lógico y como pasa con toda ciencia, su metodología propia, pero esto no justifica que los contenidos pretendidamente objetivos difieran tan tremendamente en los libros de textos de unos países a otros. De los hechos infaustos siempre tienen más la culpa "los otros". Las glorias, las victorias e, incluso los inventos técnicos, siempre nos hacen decantarnos hacia nuestros antepasados particulares. Siempre se encuentran buenas razones para las aparentes sinrazones de lo que ha sucedido en nuestros pueblos o patrias, tanto da el tiempo que haga de estos acontecimientos.

Y una historia elaborada y enseñada así, tan subjetivamente, tan en contradicción con otros textos igualmente subjetivos que se imparten en las escuelas de los otros estados, es la que se enseña a los niños, jóvenes, en todos los rincones del mundo.

Estos niños, estos jóvenes, no tienen ni arte ni parte en lo que sucedió antes de su nacimiento. No tienen, pues, porque sentir remordimientos. Ni tampoco resentimientos contra los jóvenes de su generación de otras latitudes, que tampoco tienen ninguna culpa de los avatares históricos precedentes de su país, aunque hubieran sido en contra del nuestro, en tiempos pasados.

Esta falta de resentimientos es lo que puede permitir una solidaridad, una fraternidad, una colaboración gozosa de toda una generación mundial, para hacer una sociedad más solidaria, justa o gratificaste, que supere incluso las lógicas consecuencias amargas de los hechos anteriores que habrá que arreglar entre todos.

No es humano, no es justo, hacer recaer en los que nacen las culpas de sus antecesores con tal que, heredándolas, se hagan rivales los unos de los otros, se peleen e incluso, se maten, sin que ellos tengan ninguna culpa.

Desgraciadamente son muchos los factores de toda clase que crean múltiples tensiones entre los pueblos. Podríamos, por ejemplo, concretar sólo en este factor, no poco importante, de la enseñanza de la Historia. Ojalá que hubiera un tribunal internacional objetivo e imparcial donde poder denunciar los delitos de manipulación interesada o apasionada, y anticientífica de la Historia. Es como poner esta disciplina al servicio de fabricar, tomando como materia prima a los niños, futuros seres odiantes de lo que se hará o, si llega el caso, soldados agresivos y vengativos.

¿Qué se puede hacer por una enseñanza objetiva común de la historia en el ámbito internacional que, sin esconder lo que haya sucedido, sirva en cambio para que las generaciones actuales y futuras no repitan los errores ni los desastres, y que liberando a los jóvenes de las culpas de los antecesores lejanos o recientes, los permita edificar una sociedad humana más amigable y en fiesta?

Y esto no sólo en la enseñanza de la Historia (universal o de cada Nación), sino también en las pequeñas historias: la de las familias, instituciones y los grupos.

Como un primer paso, ojalá que el nacimiento de una Europa unida sea la ocasión para que se estudie una Historia más real de todos los pueblos que la forman y que así sea un estímulo para toda otra Historia en el mundo.

¿Contribuirá positivamente el llamado Bachillerato europeo e Internacional?