Glosa
Antropológica de Realismo Existencial
1. Este ensayo de antropología filosófica desea ser fiel
a su enunciado. Es decir, el esfuerzo de nuestra razón -y sólo
nuestra razón- frente a ese ser que llamamos hombre o mujer. Al
menos para tratar de percibir y ahondar, en lo posible, una parte de
ese problema, la que nos parezca más importante o urgente. Intuimos
que pretender abarcar todos los problemas que nos plantea esta realidad
humana de modo exhaustivo es algo que supera nuestra razón que,
por ser nuestra, es limitada como todo lo que me constituye.
2. Las personas que quieren vivir conscientemente su existencia humana
se preguntan -antes, ahora y también en el porvenir seguramente-, ¿qué es
el hombre? ¿quién soy yo? Y, si tiene sentido existir, ¿cuál
es?
El gran desarrollo de las ciencias del hombre hoy -desde la biología
a la sociología- acucia aún más el plantearse estas preguntas
globales.
Todos los progresos científicos y técnicos no logran despejar
estos interrogantes. Incluso a veces los complican más.
Max Scheler afirmó: sólo contemplando con sumo rigor metodológico
y con extraña maravilla a ese ser que se llama hombre es como podremos
avanzar sobre algún fundamento menos endeble.
Los existencialistas pusieron pasión, tragicidad y desespero, en este
tema. Urge, pues, abordarlo con sosiego, limpidez y, de momento al menos, sin
dejarnos ganar de entrada por el absurdo.
3. Lo primero que uno siente al empezar a reflexionar es la gran sorpresa de
que uno existe. Esto va acompañado de la evidencia de que antes no
existía. ¡Y, sin embargo, he empezado a existir! Y yo, ciertamente,
no me he dado a mí mismo la existencia (¿cómo podría
ser si no existía antes de empezar a existir?)
4. Puede haber gentes que crean que ya existían realmente antes. Pero
he subrayado ex profeso esa palabra del verbo creer para significar que "lo
creen" pero esto cae fuera del ejercicio de la razón. Ésta
no ha aportado ninguna prueba científica de semejante aserto.
La antropología filosófica, para ser fiel a sí misma,
debe dejar de lado ésta y todas las "creencias" por muy respetables
que puedan parecer.
5. De modo que, volviendo al tema, vemos que nuestra sorpresa de haber
empezado a existir se nos transforma espontáneamente en maravilla, ¿cómo
es posible que yo exista?
Maravilla quiere decir suceso o cosa extraordinaria que causa admiración.
Mi maravilla no viene ante todo de verme humano en vez de perro, o de inteligencia
normal en vez de oligofrenia, sino que es causada por aquella sorpresa de existir,
de encontrarme siendo sujeto de existencia, cuando ¡antes "yo" no
existía! Esta maravilla de "ser" es el fundamento y punto
de arranque de seguir de nuevo, quizá, maravillándome de los
otros muchos aspectos que puede ser o tener mi ser.
Pero lo primero es esa sorpresa, esa maravilla ante la realidad: ¡existo!
Este realismo existencial que me asombra es, pues, nuestro punto de partida.
6. Por otra parte, veo a mi alrededor que los seres humanos semejantes
a mí, mueren.
Yo mismo voy palpando progresivamente esta otra realidad en mí mismo
al envejecer. La ciencia histórica y las ciencias en general me lo anuncian
con certeza: moriré.
Es algo que queda por entero fuera de mi voluntad.
Pero esa misma certeza me urge a tratar de encontrar en mi vida, tan limitada
en el tiempo y en el espacio (¡oh, las galaxias!), respuestas asequibles
a aquellas tres preguntas que antes señalábamos.
Si tuviera una eternidad por delante, seguramente me desinteresaría
de planteármelas. Me dedicaría a vivir lo más placenteramente
posible y cada vez mejor si pudiese, y así indefinidamente. Pero me
descubro limitado. De ahí mi urgencia en pensar.
Se comprende que el Existencialismo en nuestro siglo calificara a los hombres
que rehuyen pensar en "su muerte", de inauténticos.
Y si me quedaba absorto y maravillado de haber empezado a existir, no menos
sorpresa y maravilla me causa el tener que desexistir.
7. Algunos filósofos señalan que, al conocer esta finitud ineludible
del hombre, muchos -casi todos- se quedan frustrados, desencantados. Esta constatación
sociológica debe ser correcta. Pero ¿por qué tienen estos
sentimientos tanta gente, tan a menudo?
Una persona, encontrándose siendo, puede caer en el espejuelo de que
habría preferido "ser", sí, pero ser de un modo cualitativamente
distinto: ser un ser para siempre tal cual es. Digo "espejuelo" porque
esto es ya un descontento a priori y además un absurdo.
Hay personas a las que, si les preguntara si están "contentas" de
existir, de encontrarse siendo, nos dirían que sí pero que rechazan
la idea de tener que morir.
Luego, digan lo que digan, no están contentas de tener esta existencia
que es limitada y esta vida que es mortal. Querrían ser como eso que
la gente llama dioses. Pero, por otro lado, no caen en la cuenta de que su única
posibilidad de existir en el universo es ser quienes son, es decir: un ser
humano, porque son hijos de sus padres y fruto de aquel contacto preciso o
no serían ni hombres ni nada. Ellos no existían ni se han dado
el ser.
Rechazar mis límites (y la muerte es la máxima expresión
de todos) es rechazarme a mí mismo, pues soy limitado o no soy. Acaso
pueda haber otros seres racionales menos limitados que yo. Pero son "ellos".
Yo soy yo, o no existiría. Yo con mis límites.
8. Solamente el que se acepta en su realidad existencial -realidad existencial
que es limitada- puede vivir sosegado y contemplador.
Los existencialistas decían que el existir uno es absurdo porque pretendían
ser como lo que se llama Dios, o no valía la pena ser algo tan limitado.
Se dejaban arrastrar por un orgullo óntico. Como si ese ser contingencial
que se tiene se nos subiera a la cabeza emborrachándonos y quisiéramos,
por ser ser, ser nada menos que el ser absoluto, sin límite alguno.
Por el contrario, sólo la humildad óntica puede darnos paz de
ser lo que somos y alegría de existir aun a pesar de sus límites.
Paladear este existir, el único que podemos tener, es la fuente de la
alegría humana, también limitada como todo lo nuestro pero que,
por eso mismo, nos puede llenar sin frustraciones ni desencantos existenciales
respecto a mi único ser posible.
9. Este desencanto lleva a muchos a preguntarse: ¿vale la pena
vivir? Quizá esta actitud sea un snobismo, una "pose".
Porque, si estas mismas personas engendran un hijo, es que creen que
vale la pena existir aun teniendo que morir. Los hijos van a ser, presumiblemente,
los seres que más van a querer. Y como dar la vida es dar la muerte, ¿cómo
se atreverían a dar la muerte, si ésta y la misma vida,
les parecen absurdos?
Hay que descartar que lo hagan como una muy cruel venganza. ¡Ya que yo
me tengo que morir, voy a engendrar a otros que pasen igualmente por esta tragedia!
Si, a pesar de lo que dicen de la vida, engendran seres a los que van a querer
y por los que no dudarán en sacrificarse, es porque en el fondo ven
que la vida vale la pena. Si tan convencidos estuvieran de lo contrario, más
bien se suicidarían que traer a otro ser humano a este mundo. Para ser
coherentes, no realizarían un coito fecundo.
Y no; como ya dije en un libro, "vale la pena existir para ver una rosa,
rozar una mano amiga" y, si más no, para que no vaya sola por el
mundo esa otra persona que tanto amamos.
Cuando se alcanza alegría a fuerza de humildad óntica, se puede
exclamar: ¡qué suerte tener que morir!, porque eso quiere decir
que ¡existo! pues en este mundo sólo no mueren los que no existen.
Y ¡qué sorpresa, qué maravilla existir!
10. Existo y, aunque antes de empezar ya a existir no existía,
no "siento" eso que filosóficamente se llama "nada".
Puedo elaborar este espejismo de concepto. Pero no, como digo, sentirlo.
Soy ser. Y otros seres anteriores a mí me han dado el ser, transmitido
la vida y mi hombría. Han posibilitado mi yo. Y estos seres existían
a su vez. No concibo la nada. Está fuera de mis posibles orígenes.
Si en algún momento no hubiera habido cosa alguna, es decir, sólo "la
nada", ahora no habría nada, porque la nada, por definición
nada es y, por ello, nada puede hacer.
Claro está que esto me aboca a otra pregunta no menos trascendental: ¿por
qué existe algo en vez de nada? Para mi limitado y corto entendimiento,
más lógico me parece que no hubiera nada que no que exista algo.
Pero, por otra parte, no puedo dudar de que existe algo, al menos yo que me
hago esta pregunta.
Estoy inmerso en el ser, soy un ciudadano del existir.
Con esta evidencia se me hace un poco superfluo tratar de pensar en la nada.
Cosa algo difícil por otra parte, pues la nada es la negación
de toda realidad.
Incluso la pregunta de por qué existe algo en vez de nada, la veo también
como un poco alienante. Intuyo que nunca podré responderla. Algunos
dicen: el Ser Absoluto existe porque su esencia es ser existencia. Bueno. Pero
esto no anula aquella posible pregunta. Bien está que acepte que si
no hay "el ser", yo no, ni nadie ni ninguna cosa, existiría.
Pero cabría plantearse aún: ¿Por qué existe este
Ser "a se" en vez de nada? Imposible nuestra respuesta y por ello,
inútil pregunta. ¡Existo! ¡Siempre ha existido algo! ¡Qué sorpresa,
qué maravilla saberlo, sentirlo! Y aceptar humildemente los límites ónticos
de mi razón!
11. Muchos se plantean, impacientemente, desde el principio de su filosofar
este otro interrogante: existir, existir como ser viviente: ¿para
qué?
Ciertamente es una pregunta interesante, pero exige una madurez, una plenitud. ¿Cuál?
Después de la sorpresa y del maravillarse, pasar por el gozo de existir,
paladear con fruición y sin prisas esta joya que tenemos de existir;
somos himalayas resplandecientes frente al no ser.
Más aún, era tan casi cero mi probabilidad de existir (bastaba,
por ejemplo, que mis padres no se hubieran conocido o no hubieran hecho el
amor cuando lo hicieron) que no puedo por menos de entregarme con permanente
gozo a esta vivencia de existir. Sin ella bien asumida, ¿cómo
voy a plantearme correctamente el sentido de la vida?
Me parece que, quienes lo hacen con angustiada premura, es que no están
satisfechos de este tesoro básico del "existir". Les sabe
a poco este existir limitado. No ser el ser absoluto que ambicionan, al menos.
Buscan en el "sentido de la vida" razones válidas que les
convenzan que, en efecto, existir -aun siendo contingentes, es decir, que podían
no haber sido y dejamos de existir- es un gran bien. De modo que, sin estas
razones del sentido -algo que está en cierto modo más allá de
la vida como un faro lo está fuera del mar- que justifique con creces
nuestras limitaciones, creen que no vale la pena vivir porque, al no tener
sentido, es un absurdo existir.
Creo, en cambio, que sólo entusiasmados con el mero hecho de que exista,
es como, por añadidura, veremos quizá un sentido más hondo.
Pero, primero, ¡con pasmo y maravilla vivamos! antes que empeñarnos
a toda costa -incluso la autodestrucción- en no fruir la existencia
por planteamientos "racionales abstractos". Sepamos ser animales
existentes. Seguro que no seremos hombres armónicos si nuestra razón
no asume nuestra animalidad vegetativa y sensitiva y nuestros instintos, con
humildad óntica y enorme alegría.
12. Pero, si existo y yo no me he dado el ser a mí mismo, otros
me lo han dado. A esos "otros" les llamamos padres -o padre
y madre-. Pero lo más importante de esta evidencia es que me lleva
a percibir que, además de mí mismo, en efecto, hay otros
yoes, muchos yoes a mi entorno, es decir, multitud de "otros" fuera
de mí y muy semejantes a mí, tanto que yo procedo de dos "otros".
Eso es como una nueva sorpresa pero muy inmediata a mi primer pasmo, el de
existir en medio de lo existente. Y una nueva maravilla, pues si me esfuerzo
en pensar cómo sería mi existencia de estar completamente solo
en el cosmos, sería tal mi susto y pesadumbre que entonces sí,
quizá, que preferiría no haber existido.
La compañía la descubro como algo consustancial para mí.
Recuerdo que al principio de la astronáutica leí o me contaron
que una astronave, aún de un solo tripulante, perdido el control, se
había adentrado sin retorno en el espacio interestelar.
No me atrevo a imaginar la desesperación de aquel tripulante de verse
solo, definitivamente solo, sin retorno ni posible comunicación alguna.
Estar solo así es dejar de ser hombre completo. Es como una amputación
en la misma raíz vital. Entra en lo posible pensar que aquel solitarísimo
astronauta, tan cercenado, se suicidara.
Parodiando a nuestro hispánico filósofo, podríamos también
decir: yo soy yo y mis otros. A veces los otros son tan lejanos, independientemente
de mi cercanía, que más bien nos parecen fantasmas, seres irreales.
Sólo si me tienen en cuenta, su realidad se hace real para mí.
Y no es eso un radical y soberbio subjetivismo que me lleve a decir: lo que
no pienso, no existe. Más bien sería al contrario. Existen y
soy yo quien para ellos no parece existir. Yo deseaba con todo mi corazón
que su fantasmidad se hubiera humanizado (en cuerpo y sonrisa).
13. Los existencialistas acaso me dirían ante este ejemplo de
la soledad en los espacios, ¿ve como la vida es un absurdo? No
-les respondería-. Lo absurdo es la soledad total y permanente.
Pero ser "ser humano" no es esto. Esto es una contradicción "in
terminis". Ni el hombre ni su vida es eso.
El hombre es otra cosa: ser yo y además ser con otros. Tan es así que,
como ya he indicado, yo no puedo ser si otros no me hacen existir. La "compañía" está en
mi misma raíz, es consustancial de mi modo de ser en el cosmos.
La primera vez que estuve en Nueva York y sin conocer a nadie, me sentí más
solo que nunca. Si hubiera tenido un accidente mortal, nadie se habría
inmutado. Ni siquiera tenía algún enemigo en esa urbe gigante
que, al menos, se hubiera alegrado de mi muerte. Nadie.
14.¿Y por qué los otros a veces -¡tantas veces!-
son tan poco "otros" respecto a mí, y persisten en disfrazarse
de fantasmas? ¿O por qué -muchas veces también-
soy yo el que me enmascaro y como un arlequín logro pasar desapercibido
de los demás, no deseando ejercer de "otro" para ellos?
Me enmascaro... me desnudo... me vuelvo a enmascarar... Descubro que puedo
hacer lo uno o lo otro. Que a veces quiero lo primero y otras lo segundo...
Constato esta realidad y le pongo un nombre. Soy libre. Tengo en mí la
capacidad de "libertad".
Claro que ya antes sabía que podía oler una flor u otra o no
oler ninguna. Pero esta capacidad de elección es mostrenca. La tienen
también los irracionales. Sólo cuando tomo actitudes frente a
los semejante, aquellas triviales elecciones se tornan actos libres. Sólo
en la convergencia de esa capacidad humana -ya sea para lograr sintonía
o rechazo- es cuando -como si de dos polos eléctricos se tratara- surge
la luz de la libertad consciente. Aquel pobre astronauta solitario en su razón,
acabaría siendo prisionero de sus instintos. Y de su instinto de terror.
15. Muchos pensadores de la antropología, desde pronto en sus
planteamientos, afirman que es una urgente e irreprimible necesidad para
el ser humano buscar el significado último de nuestra existencia.
Incluso que esto no es más que una formulación más explícita,
tanto de sentir la libertad de nuestra responsabilidad, como por las relaciones
que tenemos con "los otros".
¡Bueno! Pero esta cuestión de si tienen o no un significado último
nuestro existir, no nos ha de quitar la paz, el sosiego y la alegría de
existir precisamente. Esta "urgencia" que señalan me parece
puede nacer de un no estar cómodos en lo que se es. Que desean apremiantemente
encontrar algunas razones muy válidas para soportar con un poco de tranquilidad
la limitada existencia que tenemos de hecho. ¡Pero si vivir, en sí mismo
ya es una maravilla!
Aunque después de muerto no hubiera nada más para mí ¡vale
la pena existir a pesar de ello! La existencia es estupenda vivirla, tenga
sentido o no en su fin. ¡Es hermoso, como dije, ver una rosa, sentir
una amistad en mi existencia!
¡Cuánta gente viven y viven felices, con todo el quehacer y convivencia
cotidianas, y saben que, por limitados por todas partes, el misterio les rodea!
Intuyen -e intuyen bien- que no tienen fuerzas para penetrarlo (sí así fuera,
no sería propiamente el misterio de aquel "¿por qué existe
algo en vez de nada?)
Y esta gente, abandonándose como en una cuna en el misterio inaclarable,
tratan de vivir lo más posible feliz y hacer felices a "los otros",
a los que quieren en esta sorpresa y maravilla de existir, y encuentran ya
en ello mismo la evidente finalidad intrínseca del vivir.
Se sonríen un tanto escépticos ante los que, angustiados en su
existencia, buscan ansiosamente finalidades más allá y, mientras,
dejan de sonreír y reír cada día frente a la inmensa hermosura
y gozo de existir.
Si despreciamos este terreno acotado correlativo a nuestras posibilidades ónticas, ¿cómo
vamos a encontrar parcelas que nos llenen? Sólo estando llenos de lo
que nos corresponde, es como, o quizá seguramente, "rebosaremos" nuestras
perspectivas y horizontes. No los hallaremos si lo que nos mueve es el desencanto,
la soberbia y la angustia.
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