La paz: un proyecto posible

ALFONS BANDA TARRADELLAS. Presidente del Patronato de la Fundación por la Paz.

Ponencia presentada en las XV Jornadas Interdisciplinares: CONVIVENCIA EN EL SIGLO XXI. LA CARTA DE LA PAZ, organizadas por el Ámbito de Investigación y Difusión María Corral.
Barcelona, España, 1998.

Agradezco al Ámbito María Corral y a la Universitas Albertiana su invitación a participar en estas Jornadas en las que colaboro con mucho gusto, porque el marco en el que se dan me resulta especialmente agradable por dos motivos: uno, porque el motivo de estas Jornadas es la Carta de la Paz, y todos los que la conocimos y firmamos en su momento creemos que es un documento importante para el que todo apoyo es poco. Otro motivo es porque, independientemente del contenido mismo de la Carta de la Paz, me produce una gran satisfacción que sea un documento que se dirigirá a las Naciones Unidas. Pienso que las Naciones Unidas, con todos sus defectos, con todas sus deficiencias, con toda su necesidad de reforma... es una realidad que hay que tener en cuenta en el mundo de hoy. Todos aquellos que, de alguna manera, nos proponemos propiciar un proceso que vaya hacia una cultura de paz, creo que debemos jugar la carta de las Naciones Unidas, aunque critiquemos determinados aspectos y pidamos una profunda reforma. Aunque no es el tema de hoy, quisiera decir que debemos creer que las Naciones Unidas deben tener un papel fundamental en el desarrollo de una cultura de paz en nuestro mundo.

Cuando digo Naciones Unidas, me refiero también a todos los organismos derivados de éste, como, por ejemplo, la UNESCO.

Antes de empezar propiamente las reflexiones que yo pueda dirigirles, también quisiera hacerme una pregunta: ¿Es inútil esta Carta? ¿Es inútil, por ejemplo, la charla de hoy, nuestra reunión? Creo que es una pregunta que debemos hacernos forzosamente si examinamos el contexto en el que se da esta Carta de la Paz y en que se da esta Carta de la Paz y en el que se hace esta reunión.

Quisiera hacer como dos “flashes” de hechos absolutamente conocidos, dos pequeñas noticias -una es una noticia y la otra es un comentario que he leído en la prensa- que me parece que nos sitúan en el mundo que estamos; todos lo conocemos, pero no dejamos de estremecernos cuando a menudo leemos noticias como ésta, que dice simplemente: “Las guerras han matado 1,5 millones de niños y herido a otros 4 millones a lo largo de los últimos diez años, según un informe que difundió ayer en Londres la sociedad Save the Children Found. Millones de menores han sido violados, han visto cómo mataban a sus padres, han perdido sus hogares o han sido forzados a convertirse en soldados, según el documento. Nueve de cada diez personas muertas o heridas en las guerras son civiles, en su mayoría mujeres y niños.”

Otra noticia, extraída de unos comentarios sobre el mundo de hoy que leía en la prensa francesa hace pocos días, decía en uno de sus párrafos: “En los últimos treinta días, el abismo que había ya entre países pobres y ricos se ha multiplicado por cinco.” Es decir, que la diferencia, por ejemplo, del Producto Interior Bruto que había hace 30 años entre el país más pobre y el país más rico de la tierra, no sólo no se ha hecho más pequeña, sino que se ha multiplicado por cinco. Es decir, que los los de los países más pobres están mucho más lejos actualmente de los países ricos que hace treinta años. Y sigue: “Aún hoy en día, mil millones de personas viven con el equivalente de cien pesetas/día, dos mil millones de personas no tienen agua potable y unos tres millones de niños mueren de malnutrición cada año.”

No hago estos dos flashes para dramatizar las cosas -que todos sabemos cómo están- sino para enmarcar un poco las reflexiones que nosotros haremos. Me parece que no podemos hacer, de ningún modo, reflexiones angélicas o ingenuas estando situados como lo estamos en un mundo que no va bien. Y no sólo que no va bien, sino que incluso se podría pensar -y no soy pesimista, como veréis por todo lo que diré después- que está yendo a peor.

Si miramos la situación, por ejemplo en África, veremos una luz de esperanza muy importante que es Sudáfrica.

Este país parece haberse encaminado bien, desde una situación dificilísima y que podía haber acabado de una forma muy trágica, y parece -y debemos esperar que sea así- que está bien enfocada y que se está resolviendo correctamente una situación que parecía imposible resolver bien. Como situación, de hecho, parece más difícil la de Sudáfrica -con toda su mezcla de etnias, lenguas y religiones- que la de Yugoslavia. Pero mirad lo que ha ocurrido en los países centroafricanos, o todo lo que está pasando en Argelia. Por lo tanto, no tenemos unos motivos claros, experimentales, racionales para decir que vamos bien, que estamos en una dinámica que va bien. Quizá habrá quien haga esta lectura de la realidad, pero creo que también estaríamos autorizados a hacer la otra.

Así pues, creo que deberíamos prohibirnos ser ingenuos y tener unos planteamientos que no tocaran de pies al suelo cuando hablamos de la paz, sino que debemos partir de unas realidades muy concretas y de la aceptación de la realidad. En algún momento de la Carta de la Paz se dice que no debemos hacer construcciones mentales que sustituyan la realidad, sino que debemos mirar y comprender la realidad, y es a partir de ésta cómo podemos hacer cosas y podemos trabajar. Sirvan, pues, estas reflexiones como marco para prohibirnos, de alguna manera, la ingenuidad.

Hago mía una frase de una persona que creo deberíamos tener como maestro del pensamiento, y que es el actual presidente de la República Checa, Havel. Él tiene una frase que da mucho que pensar si la reflexionamos un rato: “Estamos en un mundo en el cual todo parece posible, pero nada parece cierto.” Si la aplico al tema de la paz, yo díria: “Estamos en un mundo en el cual la paz es posible, pero no tenemos ninguna certeza de que se dará.”

El título de mi conferencia vendría a decir esto. La paz es un horizonte posible; pero no estamos situados en una evolución que nos conducirá necesariamente a la paz. La paz puede ser que sí sea. Hoy en día, pienso que tenemos esta posibilidad, pero debemos ser muy conscientes que también es posible el paso atrás; también es posible que el mundo evolucione hacia una situación de menos paz y a una situación peor de la que hoy estamos.

En este sentido, también querría decir que hay una obra -que me impresionó mucho y la lectura de la cual recomiendo- de un novelista libanés, Amin Malouf, que es una especie de parábola: Un signo después de Beatriz.

Explica de forma más o menos ingeniosa que evolucionamos hacia un mundo donde existe una especie de mundo protegido en el que se puede -vivir que sería el mundo en el que nosotros vivimos- y un mundo imposible de habitar en el que no hay más que guerras, epidemias, en el que la barbarie se apodera de todo de tal modo que la gente que vive en el primer mundo -por decirlo así-, se va desinteresando de él progresivamente. Es decir, ya ni se considera como lugar posible para hacer negocios, ni para ir de viaje, ni para hacer turismo, porque es un mundo absolutamente salvaje, absolutamente peligroso.

Fijémonos que ello no está demasiado lejos de algunas cosas que pasan hoy. Es posible que alguno de ustedes haya estado en Egipto. Pero hoy en día, la decisión de ir no se toma con la misma tranquilidad con que se hacía hace unos años; sabemos que hay atentados, violencia...

¿Quién iría a Argelia en este momento? ¿Quién iría a Ruanda, por ejemplo? ¿Quién iría a Liberia? ¿Quién iría a Rusia en coche, por libre? ¿Quién haría estos viajes, ya no digo por placer, sino por obligación profesional?

Aquí se nos plantea una perspectiva absolutamente inquietante; es una perspectiva de un pequeño núcleo de la tierra habitable, habitado por mil o dos mil millones de personas, y en el que se dan la educación, el desarrollo, la cultura, las artes, etc., y una inmensa parte del mundo, habitada por cuatro, cinco, seis... diez mil millones de personas en el que no hay nada que hacer, donde es absolutamente peligroso ir, en el que no sabemos ni cómo se muere la gente ni cómo se matan. Ése es otro horizonte.

Es terrible esta sitiación en la que es posible la imagen de estos dos polos. Un mundo dividido en dos sectores absolutamente diferentes: en uno se da una cierta humanidad -cooperación, paz, cultura, artes- y en el otro se da la barbarie.

Leí en un periódico de Barcelona este comentario (que traduzco), en un recuadro dedicado a la fabricación de armamento: “Es muy lamentable que los países del Tercer Mundo compren armamento porque tienen otras necesidades. Pero si tienen que comprarlo a alguien, es mejor que nos lo compren a nosotros.” ¿Hacia dónde queremos ir? Esto va exactamente en la dirección de convertir este mundo en un mundo inhabitable. El mismo razonamiento que hacía este señor, lo podía hacer otro diciendo: “Es muy lamentable que los jóvenes se pinchen; pero dado que lo hacen, vale más que me compren a mí la droga que no a otro”, y, en este caso, este señor habría ido a la cárcel. Porque, claro, la droga provoca muchas muertes, muchas desgracias y muchos malestares familiares; pero, ¿acaso la guerra no? ¡Y la guerra se hace con armas!

Aquí tenemos el ejemplo de decisión. A veces, tenemos la impresión de que no podemos hacer nada; pero sí que podemos hacer algo. Los ciudadanos, por ejemplo, reaccionamos contra la droga (hay asociaciones de madres contra la droga, polícia contra la droga), pero no lo hacemos en contra del comercio de armamento.

El comercio de armamento es una cuestión de Estado y los ministros hacen sus transacciones comerciales, la industria de armamento está protegida, es un secreto de Estado, y no sabremos nunca adónde van las armas ni de dónde vienen, ni qué caminos siguen. Entonces, ¿por qué no lo denunciamos? Porque aún no tenemos suficiente conciencia de las cosas. No la tenemos. Yo tampoco. Si nos hicieran decir, por ejemplo, qué parte de nuestros impuestos se destinan a educación o cuál se dedica a la preparación de la guerra, seguramente no lo sabríamos: nunca hemos echado la cuenta.

Fijémonos también -y con ello quisiera hacer una afirmación quizá algo dialéctica- que hay cosas a las cuales se les ha cambiado el nombre, pero no han cambiado. En España mismo, antes de la Guerra Civil, el Ministerio que ahora se llama de Defensa, se llamaba Ministerio de la Guerra; ha cambiado el nombre, pero no ha cambiado nada más. Los nombres son importantes para dar una imagen, porque no habrá ningún país que tenga un Ministerio de Ataque, nadie se atrevería a tenerlo, todo el mundo dice que es un Ministerio de Defensa ¡Si todos fuesen de Defensa, no pasaría nada!

Lo que propongo es que, entre todos, debemos propiciar el despertar de una nueva conciencia. Debemos hacernos capaces de tener una nueva conciencia.

Para dejar este cuadro más bien algo tétrico, quisiera decir alguna cosa muy positiva. Haré una cita de una persona de Barcelona, de un catalán llamado Félix Martí, que tiene un texto que encuentro precioso. Es de una conferencia que dio en la Universidad de la Paz en Sant Cugat, en el año 1984, pero creo que tiene aún toda la validez aunque hayan pasado más de diez años. Dice así -permitidme la cita que es algo larga, pero creo que es muy bonita-: “Objetivamente, podríamos decantarnos, pues, por el pesimismo; pero no nos lo permitimos. No sabemos por qué, pero llevamos en las entrañas nostalgia de paraísos, vocación de fraternidad, coraje por devenir libres, sueños de paz y de amor. Es verdad que también engendramos odios y violencias; pero notamos, sentimos que nuestra realización humana se produce más plausiblemente cuando emergen las pasiones amorosas y fraternales. Esta maravillosa y gratuita irrupción de aspiraciones a la libertad y a la fraternidad debe ser la base de la dignidad humana. Los representantes de las sabidurías religiosas, morales y filosóficas más acreditadas nos han hecho más conscientes de la riqueza de esta dignidad humana; nos han ayudado a confiar más en nosotros mismos. Con un realismo muy profundo nos han ayudado a descubrir, hacia dentro de nuestras miserias personales y colectivas, razones secretas e incondicionales en favor de la vida, de la amistad y de la paz. Lo que puede hacer viable la catástrofe o las crueldades de las guerras limitadas es una crisis de confianza en la dignidad humana. El destino de la humanidad es aún la guerra, y nosotros no aceptamos el destino y estamos dispuestos a entregar la vida para provocar la paz. Intentamos serenamente, gozosamente, burlarnos del destino, tal vez es éste el gesto que nos hace más humanos. En cualquier caso, cada vez que alguien hace esta experiencia, nos sentimos más contentos de formar parte de la especie humana.”

Podríamos, pues, resumir este texto diciendo que el orden es -por decirlo así- transgredir el destino. Si hacemos un repaso de la historia de la humanidad, veremos que contiene mucha guerra, muchos odios, mucha violencia, mucha sangre, mucho dolor. Pero, a pesar de todo, hay algo dentro nuestro que dice que no es éste el destino de la humanidad. La humanidad no está llamada a esto. Está llamada a algo distinto. Así pues, este orden de transgredir el destino, es el orden que creo es válido; es el orden que sentimos dentro, y es el orden que nos pone en marcha para iniciativas como, por ejemplo, la de la Carta de la Paz.

Después aterrizaré en unas propuestas muy concretas que creo que son perfectamente articulables con la Carta de la Paz. Pero antes quisiera hacer una excursión por esta nueva conciencia que creo deberíamos despertar.

¿Qué significa una nueva conciencia? Desde mi punto de vista pienso -y quisiera hacer algunas afirmaciones que quizá serán dialécticas y que ustedes pueden, evidentemente, contradecir después- que no es necesario esperar ya más pruebas para saber que es inútil confiar en iniciativas tomadas desde el poder. Es decir, muchas veces nos preguntamos: “¡Es que nosotros no tenemos poder! ¡No podemos cambiar las cosas.! Pero yo digo que sólo nosotros podemos cambiar las cosas.

El poder no cambiará las cosas, y lo explico un poco: el poder -aunque resulte paradójico- limita. Alguien, muy radicalmente, afirma que corrompe. Yo no diría tanto. Yo diría que el poder limita. Es evidente que si la conciencia colectiva se desvía o desaparece, incluso la democracia pierde entonces gran parte de su potencialidad, y cuando la democracia se debilita, ganan fuerza, a través de mecanismos bien conocidos, las posturas totalitarias contra las cuales hay que estar permanentemente en guardia. Es evidente, también, que si la conciencia colectiva está gravemente deficitária, lo estarán también en el mismo grado los gobernantes y las sociedades. Y ahora sí que estoy dibujando nuestras actuales características. ¿Por qué no estamos contentos de las actuaciones, de las ideas, de las iniciativas del poder? Porque la conciencia que aprieta ese poder -que somos nosotros- no es suficientemente activa. El poder no hace más que aquello que se le pide, y a veces un poco menos; pero nunca hace más de lo que se le pide. El poder gestiona, el poder no tiene ideas nuevas. Los gobernantes tienen miedo de que las cosas vayan peor de lo que van, y se limitan a gestionar las cosas. Pienso que cualquiera de ustedes que haya tenido una cierta responsabilidad de gobierno en cualquier institución entenderá perfectamente lo que digo.

Cuando uno tiene la responsabilidad de una institución, aspira a que aquello no vaya mal. Hay ideas un poco arriesgadas que quizá harían que la institución marchara mejor, pero como son un poco arriesgadas, no las hará nunca.

El poder, per se, es conservador y no lo digo en el sentido político de la palabra, sino que conserva lo que hay porque sabe que las cosas podrían ir mejor, pero también podrían ir peor y, por lo tanto, es absolutamente conservador. Es por ello que las iniciativas no vendrán del poder, las iniciativas vendrán de ustedes que firman la Carta de la Paz. Las iniciativas vendrán, por ejemplo, de los objetores de conciencia que se declaran como tales antes de que exista una ley de objeción de conciencia. Después, el gobierno hará la ley, cuando ya hay miles, pero no lo hará antes. Es decir, ustedes se pueden imaginar la situación de un gobierno que diga: “No tengo ningún joven que sea objetor de conciencia, pero por si hay alguno, haré una ley.” Esto es imposible. La ley se hace cuando hay miles de jóvenes que hacen objeción de conciencia y el gobierno no sabe qué hacer con ellos y, evidentemente, no los puede encarcelar, porque la sociedad no toleraría miles de jóvenes en prisión porque no quieren hacer el servicio militar. Entonces, ¿qué debe hacer el poder? Pues regular esta situación. Pero la situación la han producido los jóvenes, no la ha producido el poder.

Por lo tanto, hay dos puntos que considero importantes para una reflexión. El primero es que el ejercicio del poder limita la capacidad de actuación e, incluso, la imaginación de los gobernantes, sean los que sean. Yo no lo querria ser de ningún modo, pero también quedaría automáticamente limitado y carente de imaginación en el momento que me dieran una rsponsabilidad de gobierno.

La segunda afirmación es que, en un sistema democrático, lo que resulta determinante es la conciencia colectiva, pero me atrevería a decir que también lo es en un sistema no -democrático, aunque por unos caminos más difíciles. En el año 1981 vino a Barcelona un personaje que alguno de ustedes quizá conozca, que es Sean McBride. McBride era un irlandès que en su juventud había sido militante del IRA, porque los ingleses en el año 1918 ó 1919 habían fusilado a su padre -se tarta de uno de aquellos resentimientos de los que habla la Carta de la Paz-, y participó en las luchas por la independencia inglesa. Este hombre, a lo largo de su vida, evolucionó: fue político, ministro de asuntos exteriores de la República de Irlanda y fue también -y fue a partir de este aspecto que contacté con él- fue uno de los co-fundadores de Amnistía Internacional. McBride vino a Barcelona invitado por el Colegio Caspe a dar una conferencia y habló sobre carrera de armamentos.

Alguien del públco le preguntó: “Yo estoy muy de acuedo en intentar frenar la carrera de armamentos; pero yo no puedo hacerlo. ¿Qué se puede hacer?”
McBride respondió: “Si usted no puede, no puede nadie, porque el poder no lo hará. Por lo tanto, o lo hacen los ciudadanos o no lo hará nadie. Si entre los ciudadanos hubiera realmente un consenso, una conciencia de que esto no puede ser y, por mil caminos -a través del voto, de conferencias, de charlas, de libros, de artículos de prensa, de cartas al periódico... de lo que sea-, se manifiesta progresivamente en contra de ello... Ésta es la única manera que tenemos. Piense que el poder de la opinión pública es un poder enorme, es el poder mayor que hay. En definitiva, muchas veces el poder político no es más que un poder en función de la opinión pública, y la batalla política a menudo no es más que apoderarse de la opinión pública.”

La persona que había preguntado, pensó un momento y dijo: “Estoy de acuerdo. En un sistema democrático es así. Cuando la gente se puede expresar y hablar libremente como estamos ahora haciendo aquí, es cierto que la opinión pública se puede ir formando y finalmente puede conducir las cosas hacia un cierto punto.” Pero McBride insistió y añadió: “Yo digo que ello es cierto incluso allí donde no hay libertad de expresión, donde no hay democracia. Usted seguramente está al corriente de que en Polonia existe un sindicato que se llama Solidaridad.

Era el año 1981, este sindicato es clandestino y su líder es el Sr. Walesa. No tiene acceso a la prensa, a la radio ni a la televisión, porque el régimen de Polonia es absolutamente autoritario; pero Solidaridad tiene algo mucho más importante: la opinión pública. Esté atento a lo que pasará en Polonia y a lo que pasará con su presidente.” Cuando después de diez años el Sr. Walesa era Presidente de la República de Polonia -y todavía lo es- realmente uno se queda algo sorprendido y piensa que sí es cierto. El poder es de la opinión publica.

¿Quién ha tirado el muro? Son muchos los factres que lo han derribado: la economía entre ellos, pero también, y principalmente, el hecho de que los ciudadanos que había detrás del muro no estaban de acuerdo con él. Y no lo podían expresar, pero se lo podían decir mientras tomaban un café, en las reuniones familiares, y todo el mundo sabía que aquello no era más que una ficción y que aquello se apoyaba exclusivamente en la fuerza, pero que detrás no había ninguna opinión. Y vimos como, sin que nadie pudiera preveerlo, todo aquello se hundió de golpe. Uno o dos años antes, en el referéndum de la OTAN, aún se nos hablaba del enorme peligro que significaban unos países que después se ha visto que eran unos fantasmas de países, sin capacidad práctica para nada.

Si yo digo que el poder no tiene imaginación, y que la imaginación y las iniciativas nos pertenecen a los ciudadanos, debemos entender que aceptamos una responsabilidad importante de los ciudadanos. Pongo un ejempo. Todos nosotros pensamos seguramente que el sistema democrático es el mejor sistema político que hay, y debemos luchar para que la democracia se mantenga. Pero también estamos de acuerdo, por ejemplo, en que el sistema de captación de votos es, al menos, sorprendente. Recuerdo, por ejemplo, que un candidato francés a unas elecciones tenía como garantía que obtendría votos, no su programa, sino el hecho de que la empresa de creación de imagen que contrató era la misma que había hecho una campaña en favor de un detergente que había arrasado.

Yo tengo un amigo -que debe ser anarquista- que dice: “No votaré nunca hasta el día en el que me encuentre en el buzón el programa de todos los partidos. Me los leeré y decidiré a quién voto. Pero mientras intenten arrancarme el voto a base de spots televisivos, de carteles... no votaré.” Pienso que debemos votar, pero lo explico como ejemplo un tanto extremo.

Pero, ¿cuándo se acabará esto? ¿Serán los mismos partidos los que dirán que para la próxima campaña, en lugar de mil millones, se gastarán veinte? Los partidos no lo hacen, porque es el único mecanismo que tienen.

Sólo lo harán en el momento que los ciudadanos digamos no y rechacemos de alguna manera (a través de nuestra opinión, de nuestras cartas...) todo este sistema. Porque el voto no depende de que salga mejor o peor maquillado el candidato en televisión, ya que no votamos a quien es más guapo. Esto no sería democracia, sino una cierta perversión que hay que ir corrigiendo. Repito, esto no lo cambiarán los partidos, debe ser una reacción de los ciudadanos. Por parte del poder esto no se producirá nunca.

En lo que se refiere a la segunda afirmación, que lo que resulta determinante es la conciencia colectiva, se podría resumir de la siguiente manera: la política hay que concebirla como una táctica; pero la estrategia radical para conseguir un cambio, este cambio cualitativo del que habla la Carta de la Paz, es la educación de la conciencia.

No estoy de acuerdo con una afirmación que a menudo se hace: “El mundo estará en paz cuando todo el mundo esté en paz individualmente.” Pienso que la vida del hombre tiene dos caras y entre las dos debe haber un cierto equilibrio: una faceta personal y una faceta social.

Es cierto que sólo aquel que esté en paz con él mismo y con los demás puede ser agente de paz y puede crear cultura de paz, y que este elemento personal es absolutamente necesario; pero también es cierto que el hombre está inmerso dentro de una sociedad y que cuando uno va a la guerra no lo hace generalmente por odios personales, sino porque forma parte de un engranaje, de un engranaje social. Se ha dicho que la guerra la hace gente que no sabe el porqué, en lugar de otros que no la hacen y sí lo saben. Así pues, no hay que confiar sólo en la conversión de la conciencia personal sino también en ir variando unas estructuras que hacen posible que alguien decida enviar 300.000 personas a la otra punta del mundo para matar a otras que ni siquiera conocen, como en el caso de la guerra del Golfo.

El despertar de esta conciencia colectiva, el progresivo despertar de la conciencia humana, creo que es el único camino, el itinerario genuino de humanización. Es el lugar desde donde desplegar todas las potencialidades humanas. La evolución de la conciencia no es una evolución genética. De hecho, el hombre ha necesitado millones de años para llegar a ser como es biológicamente, genéticamente y ahora, creo que estamos en un período de evolución en el que quizá lo más importante no es la evolución genética -que también se está dando-, sino la evolución de actitudes. Empezamos a comprender que el mundo puede ser de otro modo, que la humanidad puede ser distinta; empezamos a comprender -y esto es muy importante- que el mundo podría estar en paz.

Vosotros diréis que siempre ha habido gente de paz, que encontraríamos gente de paz entre los filósofos griegos, los judíos, etc., pero hay una diferencia: nadie hasta ahora ha podido tener conciencia de la globalización del mundo. Es decir, ¿qué podía hacer una persona en Grecia hace 2.000 ó 3.000 años, por más bien que hablara o por más que convenciera a sus cuarenta contertulios, para pacificar la China? Absolutamente nada. Sin embargo, hoy estamos en unas condiciones totalmente distintas.

Si hoy en Tokio se produce una reunión de empresarios, pueden crear mañana en Barcelona 20.000 puestos de trabajo o destruir 20.000; la paz social de Barcelona puede decidirse en el otro extremo del mundo en una pequeña reunión. Esto no había pasado nunca antes.

Estamos en un mundo distinto que se ha hecho independiente, que ha pasado de ser fraccionado a ser independiente y, por lo tanto, hoy en día es posible pensar en una pacificación o en una guerra universal.

Desgraciadamente, sabemos que existen las armas necesarias para destruir a toda la humanidad, pero debemos pensar que también existen los instrumentos para provocar cambios postitivos en toda la humanidad.

Esta nueva conciencia que pretendemos despertar debe ser autoconsciente de que es una conciencia evolutiva, es decir, no sabemos cuál es el punto final, si es que lo hay. A diferencia de un revolucionario, que sabe cuál es la sociedad que quiere, qué gobierno, qué cambios quiere provocar, la conciencia evolutiva no lo sabe, porque nadie puede definir cómo sería un mundo en paz, ya que no tiene un modelo, sólo podemos imaginar un camino que nos resulta atractivo: un camino de fraternidad, de solidaridad, un camino no violento, pero adónde nos llevará este camino no lo sabemos. Por lo tanto, estamos dentro de un camino evolutivo.

Finalmente, querría decir que la esperanza que hay detrás de este cambio está en un trabajo humano, en una dignidad humana y en lo que podríamos denominar una paciencia creadora. No podemos pensar en un cambio instantáneo, rápido. Una de las cosas que suceden hoy en día es que no hay ningún sociólogo que pueda prever cuándo se producirá un cambio. Un escritor francés, Charles Péguy -que murió en la Primera Guerra Mundial- decía: “Cuando una idea simple, sencilla, toma cuerpo social, se convierte en una revolución.” Pensamos, por ejemplo, que hay civilizaciones que han muerto por no conocer la rueda. ¿Queréis una idea más simple que la rueda? Pero su intervención transformó las civilizaciones.

Por lo tanto, si nos atrevemos a hacer el descubrimiento de que no es imposible renunciar a la violencia para resolver los conflictos sociales, esto cambia el mundo.
Pero tenemos que querer hacer este descubrimiento; lo tenemos ante los ojos, pero de tan a la vista que lo tenemos, no lo vemos. No podemos decir que, como guerras siempre las ha habido, siempre las habrá, ya que en otras cosas, en cambio, no tenemos este pensamiento.

Por ejemplo, nunca diríamos que como el cáncer siempre ha existido, no podemos hacer nada más que soportarlo. Al contrario, la humanidad propone dedicar instituciones, personas y dinero para su investigación, y para luchar contra esta enfermedad. Es más, aunque nos digan que el 50% de los procesos cancerosos pueden frenarse con éxito, no estamos satisfechos aún, queremos más. Las vacunas contra la difteria o el tétanos no las hemos encontrado debajo de una piedra por casualidad, nos hemos dedicado a encontrarlas. Estamos buscando una vacuna contra el sida y no creo que nadie dude que en un momento u otro se encontrará, porque sabemos que hay gente que se está dedicando a ello. Nosotros pedimos a los poderes públicos que se investigue sobre estos temas, nos interesa que con nuestro dinero se investiguen estos temas y, por lo tanto, se avanza. Pero yo os pregunto: ¿Cuántos institutos de investigación por la paz conocéis? ¿Cuántas dificultades tienen un departamento de resolución de conflictos? Cuando se ve venir un problema con el exterior, la única preparación que se hace es una preparación militar. ¿Hay diálogos permanentes para solucionar conflictos? Si no sabemos cómo tratar un conflicto, podría haber un instituto dedicado exclusivamente a ello, con la suficiente información de los distintos intereses...

Quisiera hacer unas propuestas muy simples que derivan de lo que he dicho y que empalman con las propuestas o con el espíritu de las propuestas de la Carta de la Paz. Son seis propuestas que quisieran ser fundamentadoras del trabajo por la paz. Es curioso que el trabajo por la paz no tiene buena prensa de inmediato, al contrario del trabajo por el cáncer, por ejemplo, porque en ningún caso parece un trabajo fundamental. En cambio, yo creo que el trabajo por la paz es tanto o más serio que otros, y, por consiguiente, tanto o más trascendente y que hay que fundamentarlo sobre unas bases concretas. Son seis propuestas que no creo que sean nada ingenuas; otra cosa es que sean acertadas, pero ingenuas, no. Son las siguientes:


1. Donde hay personas, hay conflictos. Creo que es una afirmación realista.
Por lo tanto, la aspiración de cualquier persona que quiera influir sobre la
paz, no es aspirar a un mundo sin conflictos; tenemos que ponernos un
horizonte más cercano. A lo que podemos renunciar no es a la existencia
del conflicto, sino a su resolución violenta. De hecho, en muchos casos los
ciudadanos hemos renunciado a la resolución violenta de los conflictos,
reccorriendo a la vía constitucional, etc. Quienes no lo han hecho, han sido
los Estados.


2. La construcción de la paz es un proceso histórico.
No se trata de un
proceso episódico -como podría serlo una manifestación reivindicativa-,
sino que se podría comparar con la implantación de la democracia, o la
revolución tecnológica.


3. No es posibe vivir sin aceptar un cierto riesgo.
El afán de considerar
y de eliminar todos los riesgos nos vuelve neuróticos. Por ejemplo, si yo
quisiera eliminar todos los riesgos posibles de mi vida, no daría la mano en
prevención de la enfermedad que pudiera contagiarme, no íria a comer a
ningún sitio porque no sabría si han lavado bien los platos, no caminaría por
la calle para evitar que me atropellaran... Los ciudadanos normales hemos
aceptado la propuesta de civilizarnos y aceptamos, por ejemplo, no llevar
armas encima, aun con el riesgo de que nos ataquen, y confiaremos en una
polícia que no estará cuando nos ataquen y en una justicia que será lenta. A
pesar de ello, hacemos un acto de fe, no llevamos armas y la ciudad es
mejor. Los Estados, en cambio, se arman hasta los dientes en prevención
de lo que pueda pasar, aun siendo esto mucho más peligroso que si
todos los Estados estuvieran desarmados.


4. La paz no es gratuita. La paz es un bien precioso y los bienes preciosos,
normalmente, no son gratuitos. Pondré un ejemplo: ¿Verdad que nuestra
sociedad se ha informatizado? ¿A costa de qué? ¿Cuánto dinero ha
dedicado cada empresa a informatizarse? ¿Cuántas horas hemos puesto
los ciudadanos para aprender una cosa que en la escuela no nos
enseñaron? ¿Cuántos ordenadores hay en las casas, debajo de las camas,
porque ya no funcionan? Pero hemos tenido la voluntad de apostar por una
cosa que hemos pensado que era interesante. Así, hasta que no
decidamos que la paz es interesante...

La paz -que, como decimos, no es gratuita- requiere dos tipos de trabajo:
un trabajo solitario hecho hacia el interior de la persona, y un trabajo
solidario hecho hacia la sociedad. No se puede construir la paz sin estos
dos trabajos. Si alguien hubiera tenido la idea de la Carta de la Paz, pero
no la hubiera comunicado y dado a firmar a miles de personas, se habría
quedado sólo en una gran idea. El trabajo por la paz es hacia dentro de una
persona que piensa y tiene una idea, y también hacia afuera, cuando la
comunica e intenta que sea una cosa social.


5. Hay que crear estrategias para la paz. Debemos reconocer que no
tenemos respuestas válidas para ciertas cosas y que hay que potenciar la
investigación por la paz. Por ejemplo, una cosa a estudiar sería la
posibilidad que en un plazo de tiempo, lo ejércitos nacionales, estatales,
pasaran al control de las Naciones Unidas; evidentemente nadie lo estudia.


6. Hoy no podemos entender el mundo si no es desde la comprensión
del concepto de interdependencia.
Hoy día no podemos pensar en que
haremos una sociedad catalana en paz, española en paz, europea en paz...
¿Cómo podemos pensarlo estando rodeados de miles de millones de
miserables? ¿Estos miserables se conformarán siempre en serlo, o pedirán
algún día aquello a lo que tienen derecho? Debemos pensar en un mundo
en paz, con una perspectiva global.


Hay una palabra “mágica” que lo resumiría todo: el diálogo. Es la herramienta que tenemos los hombres para entendernos, prescindiendo del grupo al que pertenecemos o de cuáles sean nuestros intereses. Muchas veces sucede que incluso cuando hablan los contrarios, ven que sus intereses llegan a ser compatibles. Con esto recuerdo algo que dicen los no violentos, y que he oído en boca de Lluís M. Xirinachs, y es que cuando se trata de girar un volante hacia la derecha, la mano derecha va hacia abajo, y la mano izquierda hacia arriba. Si las dos giraran hacia arriba o hacia abajo a la vez, el volante no giraría; es necesario el esfuerzo de la derecha hacia abajo y el esfuerzo de la izquierda hacia arriba. Para ir de acuerdo, deben hacer lo contrario. Esto es lo que resulta más difícil de descubrir, que dos personas con intereses contrarios o dos grupos con intereses opuestos, pueden dialogar y que a través del diálogo es posible llegar a soluciones. Y no únicamente soluciones de pacto, que ya son deseables, sino a verdaderas soluciones armonizadoras.

Lo siento si he sido largo o aburrido o poco claro. Lo que quería decir, en definitiva, es que podemos hacer cosas eficaces para hacer que la realidad de nuestro mundo se aproxime al mundo que deseamos.