La paz: un proyecto posible Agradezco al Ámbito María Corral y a la Universitas Albertiana
su invitación a participar en estas Jornadas en las que colaboro
con mucho gusto, porque el marco en el que se dan me resulta especialmente
agradable por dos motivos: uno, porque el motivo de estas Jornadas es
la Carta de la Paz, y todos los que la conocimos y firmamos en su momento
creemos que es un documento importante para el que todo apoyo es poco.
Otro motivo es porque, independientemente del contenido mismo de la Carta
de la Paz, me produce una gran satisfacción que sea un documento
que se dirigirá a las Naciones Unidas. Pienso que las Naciones
Unidas, con todos sus defectos, con todas sus deficiencias, con toda
su necesidad de reforma... es una realidad que hay que tener en cuenta
en el mundo de hoy. Todos aquellos que, de alguna manera, nos proponemos
propiciar un proceso que vaya hacia una cultura de paz, creo que debemos
jugar la carta de las Naciones Unidas, aunque critiquemos determinados
aspectos y pidamos una profunda reforma. Aunque no es el tema de hoy,
quisiera decir que debemos creer que las Naciones Unidas deben tener
un papel fundamental en el desarrollo de una cultura de paz en nuestro
mundo. Antes de empezar propiamente las reflexiones que yo pueda dirigirles, también quisiera hacerme una pregunta: ¿Es inútil esta Carta? ¿Es inútil, por ejemplo, la charla de hoy, nuestra reunión? Creo que es una pregunta que debemos hacernos forzosamente si examinamos el contexto en el que se da esta Carta de la Paz y en que se da esta Carta de la Paz y en el que se hace esta reunión. Quisiera hacer como dos “flashes” de hechos absolutamente conocidos, dos pequeñas noticias -una es una noticia y la otra es un comentario que he leído en la prensa- que me parece que nos sitúan en el mundo que estamos; todos lo conocemos, pero no dejamos de estremecernos cuando a menudo leemos noticias como ésta, que dice simplemente: “Las guerras han matado 1,5 millones de niños y herido a otros 4 millones a lo largo de los últimos diez años, según un informe que difundió ayer en Londres la sociedad Save the Children Found. Millones de menores han sido violados, han visto cómo mataban a sus padres, han perdido sus hogares o han sido forzados a convertirse en soldados, según el documento. Nueve de cada diez personas muertas o heridas en las guerras son civiles, en su mayoría mujeres y niños.” Otra noticia, extraída de unos comentarios sobre el mundo de hoy que leía en la prensa francesa hace pocos días, decía en uno de sus párrafos: “En los últimos treinta días, el abismo que había ya entre países pobres y ricos se ha multiplicado por cinco.” Es decir, que la diferencia, por ejemplo, del Producto Interior Bruto que había hace 30 años entre el país más pobre y el país más rico de la tierra, no sólo no se ha hecho más pequeña, sino que se ha multiplicado por cinco. Es decir, que los los de los países más pobres están mucho más lejos actualmente de los países ricos que hace treinta años. Y sigue: “Aún hoy en día, mil millones de personas viven con el equivalente de cien pesetas/día, dos mil millones de personas no tienen agua potable y unos tres millones de niños mueren de malnutrición cada año.” No hago estos dos flashes para dramatizar las cosas -que todos sabemos cómo están- sino para enmarcar un poco las reflexiones que nosotros haremos. Me parece que no podemos hacer, de ningún modo, reflexiones angélicas o ingenuas estando situados como lo estamos en un mundo que no va bien. Y no sólo que no va bien, sino que incluso se podría pensar -y no soy pesimista, como veréis por todo lo que diré después- que está yendo a peor. Si miramos la situación, por ejemplo en África, veremos
una luz de esperanza muy importante que es Sudáfrica. Así pues, creo que deberíamos prohibirnos ser ingenuos y tener unos planteamientos que no tocaran de pies al suelo cuando hablamos de la paz, sino que debemos partir de unas realidades muy concretas y de la aceptación de la realidad. En algún momento de la Carta de la Paz se dice que no debemos hacer construcciones mentales que sustituyan la realidad, sino que debemos mirar y comprender la realidad, y es a partir de ésta cómo podemos hacer cosas y podemos trabajar. Sirvan, pues, estas reflexiones como marco para prohibirnos, de alguna manera, la ingenuidad. Hago mía una frase de una persona que creo deberíamos tener como maestro del pensamiento, y que es el actual presidente de la República Checa, Havel. Él tiene una frase que da mucho que pensar si la reflexionamos un rato: “Estamos en un mundo en el cual todo parece posible, pero nada parece cierto.” Si la aplico al tema de la paz, yo díria: “Estamos en un mundo en el cual la paz es posible, pero no tenemos ninguna certeza de que se dará.” El título de mi conferencia vendría a decir esto. La paz es un horizonte posible; pero no estamos situados en una evolución que nos conducirá necesariamente a la paz. La paz puede ser que sí sea. Hoy en día, pienso que tenemos esta posibilidad, pero debemos ser muy conscientes que también es posible el paso atrás; también es posible que el mundo evolucione hacia una situación de menos paz y a una situación peor de la que hoy estamos. En este sentido, también querría decir que hay una obra
-que me impresionó mucho y la lectura de la cual recomiendo- de
un novelista libanés, Amin Malouf, que es una especie de parábola:
Un signo después de Beatriz. Es terrible esta sitiación en la que es posible la imagen de estos dos polos. Un mundo dividido en dos sectores absolutamente diferentes: en uno se da una cierta humanidad -cooperación, paz, cultura, artes- y en el otro se da la barbarie. Leí en un periódico de Barcelona este comentario (que traduzco), en un recuadro dedicado a la fabricación de armamento: “Es muy lamentable que los países del Tercer Mundo compren armamento porque tienen otras necesidades. Pero si tienen que comprarlo a alguien, es mejor que nos lo compren a nosotros.” ¿Hacia dónde queremos ir? Esto va exactamente en la dirección de convertir este mundo en un mundo inhabitable. El mismo razonamiento que hacía este señor, lo podía hacer otro diciendo: “Es muy lamentable que los jóvenes se pinchen; pero dado que lo hacen, vale más que me compren a mí la droga que no a otro”, y, en este caso, este señor habría ido a la cárcel. Porque, claro, la droga provoca muchas muertes, muchas desgracias y muchos malestares familiares; pero, ¿acaso la guerra no? ¡Y la guerra se hace con armas! Aquí tenemos el ejemplo de decisión. A veces, tenemos
la impresión de que no podemos hacer nada; pero sí que
podemos hacer algo. Los ciudadanos, por ejemplo, reaccionamos contra
la droga (hay asociaciones de madres contra la droga, polícia
contra la droga), pero no lo hacemos en contra del comercio de armamento. Fijémonos también -y con ello quisiera hacer una afirmación quizá algo dialéctica- que hay cosas a las cuales se les ha cambiado el nombre, pero no han cambiado. En España mismo, antes de la Guerra Civil, el Ministerio que ahora se llama de Defensa, se llamaba Ministerio de la Guerra; ha cambiado el nombre, pero no ha cambiado nada más. Los nombres son importantes para dar una imagen, porque no habrá ningún país que tenga un Ministerio de Ataque, nadie se atrevería a tenerlo, todo el mundo dice que es un Ministerio de Defensa ¡Si todos fuesen de Defensa, no pasaría nada! Lo que propongo es que, entre todos, debemos propiciar el despertar de una nueva conciencia. Debemos hacernos capaces de tener una nueva conciencia. Para dejar este cuadro más bien algo tétrico, quisiera decir alguna cosa muy positiva. Haré una cita de una persona de Barcelona, de un catalán llamado Félix Martí, que tiene un texto que encuentro precioso. Es de una conferencia que dio en la Universidad de la Paz en Sant Cugat, en el año 1984, pero creo que tiene aún toda la validez aunque hayan pasado más de diez años. Dice así -permitidme la cita que es algo larga, pero creo que es muy bonita-: “Objetivamente, podríamos decantarnos, pues, por el pesimismo; pero no nos lo permitimos. No sabemos por qué, pero llevamos en las entrañas nostalgia de paraísos, vocación de fraternidad, coraje por devenir libres, sueños de paz y de amor. Es verdad que también engendramos odios y violencias; pero notamos, sentimos que nuestra realización humana se produce más plausiblemente cuando emergen las pasiones amorosas y fraternales. Esta maravillosa y gratuita irrupción de aspiraciones a la libertad y a la fraternidad debe ser la base de la dignidad humana. Los representantes de las sabidurías religiosas, morales y filosóficas más acreditadas nos han hecho más conscientes de la riqueza de esta dignidad humana; nos han ayudado a confiar más en nosotros mismos. Con un realismo muy profundo nos han ayudado a descubrir, hacia dentro de nuestras miserias personales y colectivas, razones secretas e incondicionales en favor de la vida, de la amistad y de la paz. Lo que puede hacer viable la catástrofe o las crueldades de las guerras limitadas es una crisis de confianza en la dignidad humana. El destino de la humanidad es aún la guerra, y nosotros no aceptamos el destino y estamos dispuestos a entregar la vida para provocar la paz. Intentamos serenamente, gozosamente, burlarnos del destino, tal vez es éste el gesto que nos hace más humanos. En cualquier caso, cada vez que alguien hace esta experiencia, nos sentimos más contentos de formar parte de la especie humana.” Podríamos, pues, resumir este texto diciendo que el orden es -por decirlo así- transgredir el destino. Si hacemos un repaso de la historia de la humanidad, veremos que contiene mucha guerra, muchos odios, mucha violencia, mucha sangre, mucho dolor. Pero, a pesar de todo, hay algo dentro nuestro que dice que no es éste el destino de la humanidad. La humanidad no está llamada a esto. Está llamada a algo distinto. Así pues, este orden de transgredir el destino, es el orden que creo es válido; es el orden que sentimos dentro, y es el orden que nos pone en marcha para iniciativas como, por ejemplo, la de la Carta de la Paz. Después aterrizaré en unas propuestas muy concretas que
creo que son perfectamente articulables con la Carta de la Paz. Pero
antes quisiera hacer una excursión por esta nueva conciencia que
creo deberíamos despertar. El poder no cambiará las cosas, y lo explico un poco: el poder -aunque resulte paradójico- limita. Alguien, muy radicalmente, afirma que corrompe. Yo no diría tanto. Yo diría que el poder limita. Es evidente que si la conciencia colectiva se desvía o desaparece, incluso la democracia pierde entonces gran parte de su potencialidad, y cuando la democracia se debilita, ganan fuerza, a través de mecanismos bien conocidos, las posturas totalitarias contra las cuales hay que estar permanentemente en guardia. Es evidente, también, que si la conciencia colectiva está gravemente deficitária, lo estarán también en el mismo grado los gobernantes y las sociedades. Y ahora sí que estoy dibujando nuestras actuales características. ¿Por qué no estamos contentos de las actuaciones, de las ideas, de las iniciativas del poder? Porque la conciencia que aprieta ese poder -que somos nosotros- no es suficientemente activa. El poder no hace más que aquello que se le pide, y a veces un poco menos; pero nunca hace más de lo que se le pide. El poder gestiona, el poder no tiene ideas nuevas. Los gobernantes tienen miedo de que las cosas vayan peor de lo que van, y se limitan a gestionar las cosas. Pienso que cualquiera de ustedes que haya tenido una cierta responsabilidad de gobierno en cualquier institución entenderá perfectamente lo que digo. Cuando uno tiene la responsabilidad de una institución, aspira a que aquello no vaya mal. Hay ideas un poco arriesgadas que quizá harían que la institución marchara mejor, pero como son un poco arriesgadas, no las hará nunca. El poder, per se, es conservador y no lo digo en el sentido político de la palabra, sino que conserva lo que hay porque sabe que las cosas podrían ir mejor, pero también podrían ir peor y, por lo tanto, es absolutamente conservador. Es por ello que las iniciativas no vendrán del poder, las iniciativas vendrán de ustedes que firman la Carta de la Paz. Las iniciativas vendrán, por ejemplo, de los objetores de conciencia que se declaran como tales antes de que exista una ley de objeción de conciencia. Después, el gobierno hará la ley, cuando ya hay miles, pero no lo hará antes. Es decir, ustedes se pueden imaginar la situación de un gobierno que diga: “No tengo ningún joven que sea objetor de conciencia, pero por si hay alguno, haré una ley.” Esto es imposible. La ley se hace cuando hay miles de jóvenes que hacen objeción de conciencia y el gobierno no sabe qué hacer con ellos y, evidentemente, no los puede encarcelar, porque la sociedad no toleraría miles de jóvenes en prisión porque no quieren hacer el servicio militar. Entonces, ¿qué debe hacer el poder? Pues regular esta situación. Pero la situación la han producido los jóvenes, no la ha producido el poder. Por lo tanto, hay dos puntos que considero importantes para una reflexión. El primero es que el ejercicio del poder limita la capacidad de actuación e, incluso, la imaginación de los gobernantes, sean los que sean. Yo no lo querria ser de ningún modo, pero también quedaría automáticamente limitado y carente de imaginación en el momento que me dieran una rsponsabilidad de gobierno. La segunda afirmación es que, en un sistema democrático,
lo que resulta determinante es la conciencia colectiva, pero me atrevería
a decir que también lo es en un sistema no -democrático,
aunque por unos caminos más difíciles. En el año
1981 vino a Barcelona un personaje que alguno de ustedes quizá conozca,
que es Sean McBride. McBride era un irlandès que en su juventud
había sido militante del IRA, porque los ingleses en el año
1918 ó 1919 habían fusilado a su padre -se tarta de uno
de aquellos resentimientos de los que habla la Carta de la Paz-, y participó en
las luchas por la independencia inglesa. Este hombre, a lo largo de su
vida, evolucionó: fue político, ministro de asuntos exteriores
de la República de Irlanda y fue también -y fue a partir
de este aspecto que contacté con él- fue uno de los co-fundadores
de Amnistía Internacional. McBride vino a Barcelona invitado por
el Colegio Caspe a dar una conferencia y habló sobre carrera de
armamentos. La persona que había preguntado, pensó un momento y dijo: “Estoy
de acuerdo. En un sistema democrático es así. Cuando la
gente se puede expresar y hablar libremente como estamos ahora haciendo
aquí, es cierto que la opinión pública se puede
ir formando y finalmente puede conducir las cosas hacia un cierto punto.” Pero
McBride insistió y añadió: “Yo digo que ello
es cierto incluso allí donde no hay libertad de expresión,
donde no hay democracia. Usted seguramente está al corriente de
que en Polonia existe un sindicato que se llama Solidaridad. Si yo digo que el poder no tiene imaginación, y que la imaginación y las iniciativas nos pertenecen a los ciudadanos, debemos entender que aceptamos una responsabilidad importante de los ciudadanos. Pongo un ejempo. Todos nosotros pensamos seguramente que el sistema democrático es el mejor sistema político que hay, y debemos luchar para que la democracia se mantenga. Pero también estamos de acuerdo, por ejemplo, en que el sistema de captación de votos es, al menos, sorprendente. Recuerdo, por ejemplo, que un candidato francés a unas elecciones tenía como garantía que obtendría votos, no su programa, sino el hecho de que la empresa de creación de imagen que contrató era la misma que había hecho una campaña en favor de un detergente que había arrasado. Yo tengo un amigo -que debe ser anarquista- que dice: “No votaré nunca hasta el día en el que me encuentre en el buzón el programa de todos los partidos. Me los leeré y decidiré a quién voto. Pero mientras intenten arrancarme el voto a base de spots televisivos, de carteles... no votaré.” Pienso que debemos votar, pero lo explico como ejemplo un tanto extremo. Pero, ¿cuándo se acabará esto? ¿Serán
los mismos partidos los que dirán que para la próxima campaña,
en lugar de mil millones, se gastarán veinte? Los partidos no
lo hacen, porque es el único mecanismo que tienen. En lo que se refiere a la segunda afirmación, que lo que resulta determinante es la conciencia colectiva, se podría resumir de la siguiente manera: la política hay que concebirla como una táctica; pero la estrategia radical para conseguir un cambio, este cambio cualitativo del que habla la Carta de la Paz, es la educación de la conciencia. No estoy de acuerdo con una afirmación que a menudo se hace: “El
mundo estará en paz cuando todo el mundo esté en paz individualmente.” Pienso
que la vida del hombre tiene dos caras y entre las dos debe haber un
cierto equilibrio: una faceta personal y una faceta social. El despertar de esta conciencia colectiva, el progresivo despertar de la conciencia humana, creo que es el único camino, el itinerario genuino de humanización. Es el lugar desde donde desplegar todas las potencialidades humanas. La evolución de la conciencia no es una evolución genética. De hecho, el hombre ha necesitado millones de años para llegar a ser como es biológicamente, genéticamente y ahora, creo que estamos en un período de evolución en el que quizá lo más importante no es la evolución genética -que también se está dando-, sino la evolución de actitudes. Empezamos a comprender que el mundo puede ser de otro modo, que la humanidad puede ser distinta; empezamos a comprender -y esto es muy importante- que el mundo podría estar en paz. Vosotros diréis que siempre ha habido gente de paz, que encontraríamos
gente de paz entre los filósofos griegos, los judíos, etc.,
pero hay una diferencia: nadie hasta ahora ha podido tener conciencia
de la globalización del mundo. Es decir, ¿qué podía
hacer una persona en Grecia hace 2.000 ó 3.000 años, por
más bien que hablara o por más que convenciera a sus cuarenta
contertulios, para pacificar la China? Absolutamente nada. Sin embargo,
hoy estamos en unas condiciones totalmente distintas. Esta nueva conciencia que pretendemos despertar debe ser autoconsciente de que es una conciencia evolutiva, es decir, no sabemos cuál es el punto final, si es que lo hay. A diferencia de un revolucionario, que sabe cuál es la sociedad que quiere, qué gobierno, qué cambios quiere provocar, la conciencia evolutiva no lo sabe, porque nadie puede definir cómo sería un mundo en paz, ya que no tiene un modelo, sólo podemos imaginar un camino que nos resulta atractivo: un camino de fraternidad, de solidaridad, un camino no violento, pero adónde nos llevará este camino no lo sabemos. Por lo tanto, estamos dentro de un camino evolutivo. Finalmente, querría decir que la esperanza que hay detrás
de este cambio está en un trabajo humano, en una dignidad humana
y en lo que podríamos denominar una paciencia creadora. No podemos
pensar en un cambio instantáneo, rápido. Una de las cosas
que suceden hoy en día es que no hay ningún sociólogo
que pueda prever cuándo se producirá un cambio. Un escritor
francés, Charles Péguy -que murió en la Primera
Guerra Mundial- decía: “Cuando una idea simple, sencilla,
toma cuerpo social, se convierte en una revolución.” Pensamos,
por ejemplo, que hay civilizaciones que han muerto por no conocer la
rueda. ¿Queréis una idea más simple que la rueda?
Pero su intervención transformó las civilizaciones. Por ejemplo, nunca diríamos que como el cáncer siempre ha existido, no podemos hacer nada más que soportarlo. Al contrario, la humanidad propone dedicar instituciones, personas y dinero para su investigación, y para luchar contra esta enfermedad. Es más, aunque nos digan que el 50% de los procesos cancerosos pueden frenarse con éxito, no estamos satisfechos aún, queremos más. Las vacunas contra la difteria o el tétanos no las hemos encontrado debajo de una piedra por casualidad, nos hemos dedicado a encontrarlas. Estamos buscando una vacuna contra el sida y no creo que nadie dude que en un momento u otro se encontrará, porque sabemos que hay gente que se está dedicando a ello. Nosotros pedimos a los poderes públicos que se investigue sobre estos temas, nos interesa que con nuestro dinero se investiguen estos temas y, por lo tanto, se avanza. Pero yo os pregunto: ¿Cuántos institutos de investigación por la paz conocéis? ¿Cuántas dificultades tienen un departamento de resolución de conflictos? Cuando se ve venir un problema con el exterior, la única preparación que se hace es una preparación militar. ¿Hay diálogos permanentes para solucionar conflictos? Si no sabemos cómo tratar un conflicto, podría haber un instituto dedicado exclusivamente a ello, con la suficiente información de los distintos intereses... Quisiera hacer unas propuestas muy simples que derivan de lo que he dicho y que empalman con las propuestas o con el espíritu de las propuestas de la Carta de la Paz. Son seis propuestas que quisieran ser fundamentadoras del trabajo por la paz. Es curioso que el trabajo por la paz no tiene buena prensa de inmediato, al contrario del trabajo por el cáncer, por ejemplo, porque en ningún caso parece un trabajo fundamental. En cambio, yo creo que el trabajo por la paz es tanto o más serio que otros, y, por consiguiente, tanto o más trascendente y que hay que fundamentarlo sobre unas bases concretas. Son seis propuestas que no creo que sean nada ingenuas; otra cosa es que sean acertadas, pero ingenuas, no. Son las siguientes:
Lo siento si he sido largo o aburrido o poco claro. Lo que quería decir, en definitiva, es que podemos hacer cosas eficaces para hacer que la realidad de nuestro mundo se aproxime al mundo que deseamos.
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