Libertad y responsabilidad El punto VII de la Carta de la Paz comienza con esta frase: el ser humano es libre, inteligente y capaz de amar. Yo le añado: "Ojalá". Y después continúa: El amor no se puede obligar ni imponer y tampoco se puede exigir. El ser humano es libre, inteligente y capaz de amar. Es muy parecida a la definición que utiliza la OMS (Organización Mundial de la Salud) para definir salud, para definir la entidad del ser humano completo. EL año 1975 se celebró en Perpinya un congreso, que no se ha repetido nunca más -el cambio político, tal vez, no lo creía recomendable- que fue un punto de encuentro de médicos y biólogos de habla catalana, donde el desaventurado Jordi Gol i Gorina, médico barcelonés de reconocido prestigio, definió salud, también, como "la capacidad de vivir la vida autónomamente, con solidaridad, plenitud y lucidez". Esta era una definición de salud que, si nos fijamos, prácticamente es la misma que los redactores de la Carta de la Paz utilizaron para encabezar este punto. Vemos aquí que nos encontramos delante de una reflexión pública -la Carta de la Paz es una reflexión dirigida al público, a las entidades sociales-; y me alegra extraordinariamente que los organizadores de este acto hayan escogido este apartado para que lo pudiera comentar yo, por que ciertamente es el apartado que más está dedicado a la primacía del ser humano. No se me ocurre otra cosa que pudieran hacer los políticos para fomentar nuestra inteligencia y nuestra capacidad de amar, que dejarnos ser libres. Ahora que hemos conseguido la libertad esencial de la democracia, habríamos de dar un paso más adelante y dejar que los políticos se den cuenta que cuando hablamos de libertad no nos referimos nada más a la macrosociedad, a la libertad de poder votar, a la libertad de poder leer lo que queramos, a la libertad de poderte expresar. Esta es la "gran libertad" que se escribe con letra pequeña, es la libertad en minúscula. Es indispensable para la libertad interna de cada uno de nosotros, pero no es la gran libertad a que hemos de aspirar. Esta es la libertad que es necesario potenciar, o que, en todo caso, propongo a querer ver en esta Carta de la Paz, no como una declaración de principios encerrados en ellos mismos, sino como una declaración de intenciones dinámica que, día a día, se puede ir rellenando de nuestras experiencias personales. Si hay algún punto extraordinariamente motivador para ser cultivado en cada uno, es este punto siete, que nos convida a descubrir la libertad, nuestra inteligencia, nuestras capacidades, y que nos invita a experimentar nuestras emociones en el hecho de amar. Y todo eso lo hemos titulado, esta noche, con la correlación "libertad y responsabilidad". Es obvio que, cuando hablamos de libertad, recordamos que no hace muchos años nos manifestábamos reclamándola. Queríamos libertad, amnistía y Estado de Autonomía. Lo queríamos desde que murió el dictador, lo queríamos desde mucho antes. Lo queríamos y lo hemos de querer siempre. Pero eso, una vez lo tenemos, sirve para poder ejercitar la libertad de cada día, la nuestra, la personal.
La primera libertad personal es podernos mirar cada día al espejo, podernos reconocer a nosotros mismos y tener conciencia de cualquier apasionamiento: consciencia de identidad. Sin libertad, te obligan a ser un número, te obligan a pensar lo que quieren, no puedes optar. Eres un número más, una fachada más de las caras que tiene la ciudadanía del dictador (en todos los casos, el dictador sería aquel que arrebata la libertad de los otros). Pero una vez te den la libertad, si tú no te identificas, si tú no optas, si tú no tienes consciencia de ser, si tú no te reconoces y te conoces, la libertad sólo será que te han quitado las cadenas, que te han abierto la puerta de la prisión, pero no has salido, no alzas las manos aunque las dejes de tener amarradas. La libertad nos la dan en la medida que nos quitan el impedimento, pero después cada uno de nosotros la hemos de cultivar.
La responsabilidad es, a menudo, vista como eso que permite al ser humano contraponer los posibles peligros de la libertad. ¡Qué barrabasada! ¡Como si la libertad tuviera que tener peligros! Muchas veces se ha dicho eso de: libertad sí; libertinaje, no. Cuando dices esta expresión de alguna manera dices: "Pónganle alguna armadura a la libertad". Ya es un acto de no-fe en el ser humano, que se le considere libertino por naturaleza, cosa que es, creo, absolutamente incierta. La mayoría de seres humanos son esencialmente buenos. Al presentarme, mencionaba el hecho de que había trabajado en el departamento de peligrosos, aquí, relativamente cerca, a Santa Coloma Gramenet. En el departamento de peligrosos, yo, cada mañana, tenía sentado un joven -que desgraciadamente después murió- que había matado a su padre y a su madre. Era un buen chico. Yo lo dejaba jugar con mis hijos; él les hacia ponerse en cuatro patas como si fueran toros bravos y los toreaba. Mis hijos estaban encantados. Tenía un chico, también, que había violado a su hermana; estaban en mi departamento, porque eran "la flor y nata" de la sociedad. Cuando los mirabas a los ojos y les preguntabas cómo habían pasado la noche, cuando les preguntabas cómo vivían, yo les puedo asegurar que eran buena gente. No estoy defendiendo lo que hicieron; estoy defendiendo que detrás de todo hombre, de toda mujer, hay un ser bueno, a pesar de sus conductas. Esta afirmación nos habría de hacer creer tan profundamente en la libertad como no nos habría de hacer porque, por un exceso de libertad, se cometen actos de libertinaje. Eso permite dejar crecer en los seres humanos la responsabilidad. Pero, cuidado, no la responsabilidad como un mecanismo controlador para compensar la libertad, sino la responsabilidad como un mecanismo para dar más sentido a la libertad, para profundizarla, para conocerla, para amarla, para quererla. Responsabilidad que nos hace conscientes. De hecho, el concepto responsabilidad está directamente ligado al concepto de inteligencia. El ser humano es inteligente. Si habláramos genéricamente diríamos que se nos puede ocurrir fácilmente que la libertad va preñada, vinculada a el impulso, a la emotividad descontrolada, a aquella cosa que se nos ocurra, a la reacción sin control, a eso, al mismo tiempo, tan humano y tan enriquecedor. Diremos que la inteligencia, cuando razona sobre el impulso, la única cosa que hace es rellenar la libertad de responsabilidad. Me agradaría plantearles una responsabilidad que no fuera garante de nada más que de uno mismo. ¿Qué sería responsabilidad? Sería aquel valor del individuo que se aludiría de tanto en tanto, cuando alguien se enfrentara con sus propios hechos y se preguntará "¿qué hago en la política?"; "¿qué hago predicando la paz?"; o "¿qué hago haciendo de psiquiatra?"; o en nuestra vida privada, de nuestros sentimientos, de nuestros amores y de nuestras pasiones, cuando inevitablemente -todos lo hacemos- nos enfrentamos con lo que hacemos, sentimos y somos. La responsabilidad no sería otra cosa que poder decir: "eso, lo firmo, me hago responsable; lo he hecho yo, porque he querido, porque he optado. Asumiendo esta responsabilidad". Al mismo tiempo, desde esta responsabilidad, el hombre ya programa la página siguiente de su libro. Y si hay cualquier cosa que no estemos de acuerdo en "firmar", ya no se puede corregir, por lo menos no hasta ahora. Eso que yo he hecho de mi vida hasta hoy, a esta hora, ya no lo puedo cambiar. Tomar responsabilidad, tomar consciencia, ser un ser inteligente respecto de este hecho, me permite, a partir de ahora mismo, cambiar esa parte de mi libertad que no estoy dispuesto a firmar, que no estoy dispuesto a hacerme responsable.
Veamos como la libertad, con la responsabilidad, nos permite unir la libertad con la inteligencia. Pero si el planteamiento lo dejamos aquí, y nos quedamos sólo con estos dos conceptos, nos encontraríamos con un hombre robotizado. Un hombre o mujer capaz de tener reacciones, reflexiones y un cierto control sobre estas acciones. Pero he aquí que hay un paso más, que es el de amar, que es el descontrol por naturaleza y al mismo tiempo el control por necesidad. Si amamos con control antes que descontrol, pondremos medidas, pondremos barreras a nuestra capacidad de amar. Pero si amamos con absoluto descontrol, nos morimos. Amaremos tan aferradamente lo que amamos, nos desprenderemos tanto de nosotros mismo que no sabremos vivir. Algunas graves despersonalizaciones, las más frecuentes, son las que tienen las madres respecto de sus hijos. Es eso que en castellano dicen "desvivirse por lo hijos"; dejar de vivir no es una buena manera de amarlos. La mejor manera de amar es darte a la gente que amas, no dejando de ser por quién amas. Imaginen vosotras, que son madres, que al momento de parir hubieran hecho la siguiente reflexión: "ahora tendré un hijo; lo amaré con mesura, no vaya a ser que de aquí a un tiempo tenga agobio"; lo encontraríamos completamente desnaturalizado, lo encontraríamos tan racional que no sería humano. Primero, la madre necesita preñarse del ser y preñarse del sentimiento pasional por su hijo. Una vez lo ama con locura -y digo la palabra locura sin inteligencia y sin libertad, que este es otro efecto personal- pierde una porción de su libertad. Si una mujer quiere ser completamente libre, sentirse -no serlo, porque serlo no es eso-, no es una buena opción hacerse madre. La maternidad, así como la paternidad, están reñidas con la sensación de libertad, porque cuando amas te comprometes. Y no eres del todo libre, entre otras cosas porque no puedes no amar antes que nada a aquella persona que amas. La pasión te atrapa también la reflexión y es justamente por la reflexión que se puede volver libre el amor. Es justamente por la responsabilidad que puede volver el amor a su condición de humano, de libertad. Cuando el sentimiento se ha producido, cuando la emoción se ha concretado o se ha disparado, el ser humano, que es corazón y que es cabeza, reflexión y sentimientos, le pone acotaciones, le pone apellidos, le pone calificativos, le pone atributos y, de alguna manera, al ponerle estos atributos, al ponerle algún calificativo, en acotar alguna limitación, puede racionalizar su condición. Es con el razonamiento, que yo puedo pasar de un idioma a otro con mejor o peor fortuna. Así mismo, se llega al hecho que, cuando amamos, amamos con nuestra lengua materna, porque, entre otras cosas, no hablamos en ninguna lengua cuando amamos. Hablamos más con nuestros gestos, con nuestra mirada. Es mucho más importante lo que se denomina lenguaje holográfico, que no el lenguaje verbal. Recogiendo el hilo y recapitulando, hemos hablado de la libertad, hemos hablado de una libertad social exigible pero no completa. Se completa con nuestros actos. Hemos hablado de una razón, de una inteligencia que nos sirve para asumir la responsabilidad de nuestro ser, y hemos hablado de unos sentimientos que quisiéramos que siempre estuvieran impregnados de dos condiciones fundamentales del ser humano: la condición de emotividad y la de locura. He empleado al palabra "locura" con una connotación más de descontrol de la que puede tener el verdadero concepto de locura. Amar locamente sería amar apasionadamente; amar con suficiente dosis de generosidad para admitir nuestro propio descontrol, pero al mismo tiempo con suficiente dosis de razón para que nos pudiéramos hacer responsables de nuestro control.
El encabezado de este apartado de la Carta de la Paz dice: El ser humano es libre, inteligente y capaz de amar; podría haber estado también de esta otra manera -y lo digo nada más para hacer un poco de reflexión: el ser humano es capaz de ser libre, capaz de ser inteligente y capaz de amar. O más lacónicamente: el ser humano es libre, inteligente y ama. ¿Por qué ha habido esta necesidad de poner aquí la palabra "capaz"? El ser humano es libre, inteligente -pone- y capaz de amar. Es decir, no pone por supuesto que ama y, en cambio, se dan por supuestas la libertad y la inteligencia. Esta es un matiz que los redactores, o bien lo han trabajado mucho, o bien lo tienen muy claro ya de manera innata. Ciertamente, es un documento público podemos exigir que se nos den las condiciones para ejercer la libertad y para poder dar paso a nuestra inteligencia. A la inteligencia que todo ser humano tiene, hasta -y aquí hago un paréntesis profesional- la inteligencia de los limitados gravemente. El ser humano más discapacitado es el ser humano más inteligente que cualquier otro ser de la creación. Y, por tanto, los organismos públicos podrán regular algunas de las limitaciones que pueda tener un ser limitado, un ser perturbado o un ser discapacitado, pero nunca considerar que no tiene inteligencia. Sólo está carente de inteligencia el ser humano en coma profundo. Esta carente de inteligencia, en la medida que no percibe ninguna sensación. El ser humano es libre e inteligente. ¿Qué pasa con el amor? Es capaz de amar, sí, es capaz de amar más o menos. No es verdad que el ser humano sea libre, inteligente y ame. Ama más o menos, más o menos gente, es más o menos solidario, es más o menos emotivo, según sus experiencias, según su edad o según sus circunstancias. Una persona con una depresión grave no es capaz de amar y, así mismo, es libre y es inteligente. Es decir, hay condicionamientos que limitan nuestra capacidad de amar. Y, no obstante eso, es posible que nada surja más fácilmente de la libertad y la inteligencia que el amor. Para comenzar, de la libertad y la inteligencia, el reto más inmediato, esta mirada al espejo que les decía al principio, permite volverse a uno mismo, permite ser consciente de decir: "¡Estoy vivo! ¡Existo! ¡Soy una realidad! Haré con mi próximo segundo de vida lo que me plazca".
Proust se entretiene -y se ha hecho broma- con las pequeñas satisfacciones de cada día. Es conocida su tendencia a hablar constantemente de las magdalenas que comía cuando era pequeño y que recuerda cada vez que desayuna. Si fuéramos capaces de sacar de nuestra vida placeres concretos -el gusto por el desayuno, el gusto por hojear el diario, el gusto de la llamada al familiar que estimas, el gusto por el olor del autobús cada mañana diferente de cada tarde, el gusto por el encuentro (un poco diferente según el lugar), el gusto por el buenos días que te dice la gente que amas-, tal vez nos desprenderíamos un poco más de esta necesidad de vincular nuestra satisfacción con grandes acontecimientos. Seríamos más conscientes de la existencia. Por mi profesión, a veces tengo personas delante que, hasta que reciben una noticia muy grave no se dan cuenta de la suerte que tienen. Me decía, a última hora de la mañana una señora: "es muy duro que me hayan tenido que extirpar un seno, para que me diera cuenta del gusto que da desayunar cada mañana y la suerte de tener los hijos sanos y un marido normal". No somos capaces de generar nuestro pequeño paraíso. No somos capaces de decir: "vivo en un país libre, en una sociedad libre; tengo la gran libertad de la calle y la pequeña libertad de conocerme y de modificar las pequeñas cosas de cada día". Deben haber sentido muchas veces que sólo empleamos una pequeña parte de nuestra inteligencia. No confundan inteligencia con sabiduría. El más sabio no es necesariamente el más inteligente. Puede ser el que ha empleado más su inteligencia, pero, de inteligencia, tenemos todos más o menos la misma. Y la utilizamos, si queremos, pero primero que todo es necesario emplearla para lo que vale más la pena: ser feliz, intentar arañar espacios de felicidad. De estas dos correlaciones y de la "fiera" que todos llevamos dentro, surge la necesidad descontrolada de amar a los otros y, si no dejas de ser libre y no dejas de ser inteligente, este descontrol se llama amor. Amor que da, a la pasión, la fuerza y a la inteligencia, la mesura; y de la suma, surge la experiencia vital.
Alguno podrá decir: "¿y todo eso, qué tiene que ver con la paz? Todo eso tiene que ver con la paz interior de cada uno de nosotros. Todo eso tiene que ver con la primera experiencia individual del ser humano: la reconciliación con él mismo. Quien vive en paz genera paz. Les he puesto el ejemplo de esta señora con quien hablaba esta mañana. Me decía que el descubrimiento de su desayuno le había servido para considerar a su marino normal y a sus hijos encantadores. Eso se entiende porque ya llevaba unas cuantas charlas con ella, en las cuales no había manera que dejase de criticarlos. Esperaba que ellos, los otros, le hicieran descubrir el gozo de vivir. Esperar que los otros nos complazcan sólo es el inicio de la mayoría de guerras de los que tenemos la suerte de no estar en guerra y que, desafortunadamente, se acaban el día que realmente hay una guerra. ¡Cuánta gente mientras estamos hablando ahora aquí, están discutiendo en casa por el mando a distancia del televisor! No crean que es tan sutil eso. No es que quieran ver un programa en concreto, sino que quieren que lo demás vean el programa que ellos quieren ver. Y no es que quieran tener el mismo gusto, sino que quieren que tengan la gentileza de dejarlos ver lo que quieren. Es decir: comenzamos el amor a la inversa. Queremos darnos cuenta que los otros nos quieren. Y así, unos detrás de los otros, vemos mal a los que tenemos al costado. De alguna manera nos preocupa tanto que nos quieran, que no dejamos que nos quieran. "Ámame un poco menos y hazme un poco más feliz", se pueden decir algunas parejas o unos hijos a sus padres. Si todos primero fuéramos libres, después inteligentes y, después, de poco en poco, fuéramos amando, discutiríamos mucho menos. El mundo privado sería mucho más relajado. Alguno aquí puede agregar que los seres humanos, por naturaleza, tendemos a ser exigentes, pero también cabe recordar que el amor no se puede obligar ni imponer. El amor se termina obligando e imponiendo de una sola manera: amando. "Si me das, yo te doy". Y, ¿por qué no "Yo te doy, ya me darás"? Es otra forma posible a partir del momento en que uno se lo pasa bien con él mismo. Si uno esta pensando: "¡qué bien que estoy con la magdalena!; la lástima es que al otro no le agraden las magdalenas", ya está condicionando a los otros. Las grandes guerras que ha habido han sido porque unos han querido imponer sus creencias, su forma de vida, su religión, sus pautas, sus fronteras, sus lenguas, sus costumbres a los otros. Y, ¿qué importa si este señor es español o le agrada hablar en japonés? ¡Qué sea feliz con su magdalena! En la medida que cada uno de nosotros encontremos la paz con nosotros mismos; en la medida que encontremos esta dimensión en nuestro reducto familiar; en la medida que este reducto familiar deje de ser reducto y se abra a los demás; en la medida que todos seamos capaces de ser libres e inteligentes y, por tanto, responsables de nuestro día a día, muy probablemente nos importará muchísimo menos lo que haga el vecino, siempre que sea libre, responsable y ame, que es la manera de que él también sea feliz. Es por eso que este punto de la Carta de la Paz es el más personalizado, el más intimista, el que más nos afecta en el mundo privado. Y una cosa que es aún más importante: es el punto en que más podemos hacer, cada uno de nosotros, por conseguir la paz, día a día. Podemos estar más en paz con nosotros mismos, si no nos espantamos delante de la libertad, si no utilizamos la responsabilidad para atenazarnos de angustia por hacer las cosas mejor y si nos damos cuenta que la responsabilidad, que sirve sólo para asumirnos, es el primer paso para darnos a los otros amándolos.
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