Libro: Comentarios a la Carta de la Paz dirigida a la ONU

¿Vigen las culpas históricas?

Punto I.- «Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos".»


En la historia de la Humanidad han acaecido muchos males. No solo males físicos que son propios de un universo limitado, sino también males morales, es decir, ocasionados por los seres humanos de modo deliberado, males que podrían haberse evitado. Afortunadamente, también se han hecho muchos bienes.

Para consolidar, en verdad, la paz se ha de ser realistas: el ser humano es un ser capaz de hacer el mal. Esta afirmación, que ya se ha dicho en la Hoja anterior, la número 2, no está basada en ideologías o en pesimismos antropológicos, sino que se deduce al mirar en derredor o al recordar la historia.

Pero este primer Punto de la Carta de la Paz no trata directamente del presente sino "de los males acaecidos en la Historia", en la Historia con mayúscula, es decir, de los males ocurridos en el pasado anterior a nosotros. Y de quiénes son sus culpables. En la Hoja número 10, al comentar el Punto VIII de la Carta de la Paz, se expondrá la razón de que se empiece por tratar los males antiguos, los anteriores a nosotros.

Una evidencia: podíamos no haber existido

Es sabido que a muchas personas les disgusta el saberse mortales. Tenemos un final, un límite en nuestra existencia por su futuro. Esto, que es evidente, sin embargo, lastima nuestro orgullo y amor propio, muchas veces exagerado, que nos llevan a desear vivir más tiempo o, incluso, ser inmortales.

Pero hay otra realidad que es menos sabida que la anterior y que también nos disgusta -más, si cabe- caer en la cuenta de ella: que nuestra existencia tiene un principio, un 'límite' en su inicio. O sea, que antes no éramos, en un momento dado empezamos a ser y podíamos no haber sido jamás (bastaba para ello, por ejemplo, que quienes fueron nuestros padres no se hubiesen encontrado nunca). La Carta de la Paz se apoya, desde su comienzo, en esa evidencia: en el pasado "los contemporáneos ... no existíamos".

Esta evidencia nos hace ser más realistas, abrir los ojos a la realidad en vez de ocultarla o deformarla con subterfugios, muchas veces muy sofisticados. De esta evidencia, de esta "sencilla razón de que [antiguamente] no existíamos", surgen multitud de consecuencias.

Nacemos personalmente libres de culpas

Una de esas consecuencias es que "los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males" anteriores a nuestro engendramiento. Dicho con mayor precisión, de los males anteriores a cuando adquirimos el uso de razón. Y la razón de ello -que es "sencilla", como dice la Carta pero que también es decisiva- es que los que hoy vivimos "no existíamos" cuando se cometieron dichos males. ¿Cómo vamos, pues, a ser objeto de responsabilidad o culpa alguna -tampoco ser sujetos de gloria- por hechos que nosotros no realizamos sino que los hicieron nuestros antepasados?

Alguien puede objetar que sí tenemos responsabilidades, por ejemplo, como nación, como etnia, de los hechos realizados en el pasado por los componentes de la misma nación o etnia en cuanto tales. En efecto, hay responsabilidades históricas institucionales o grupales y éstas, la Carta de la Paz las trata en su punto VIII.

Una segunda consecuencia: nosotros, los actualmente existentes, no podemos hallar en el presente a los responsables de los errores o las maldades ocurridos en la Historia. Esos responsables ya no viven en este
mundo. De modo que nosotros, "los contemporáneos", hemos de renunciar a encontrar y a castigar, hoy, a los responsables de esos males antiguos, cuyas consecuencias, en cambio, sí padecemos en el presente.

Este primer Punto de la Carta de la Paz dirigida a la O. N. U., nos invita, pues, a no ser frívolamente injustos buscando hoy un culpable de las culpas del pasado, cuando sus autores y sus testigos directos, al no existir, no pueden aclarar el error o la injusticia. ¿Nos quedamos más tranquilos al ver y tocar un 'chivo expiatorio'? ¿Acaso lo hacemos para que las futuras generaciones carguen ellas, a su vez, con la responsabilidad de los males que hagamos y nos exculpen a nosotros?

¡Cuántas desavenencias, cuántas venganzas entre familias y entre grupos sociales y hasta guerras entre naciones, han estado motivadas principalmente por ofensas o injusticias anteriores a esos hechos y se hubieran evitado de haber sido consecuentes con esa evidencia! Para construir bien la paz no pueden tergiversarse las responsabilidades sino cada uno responder de las que le atañen.


Un origen de las riñas

Muchas veces, las personas tienden a poseer y a utilizar más espacio, bienes, tiempo, amigos, etc.. de aquellos que les corresponden o les son necesarios. Piensan que ellas son más de lo que en realidad son. O están insatisfechas de cómo ellas son en aquellas realidades genéticas que no se pueden cambiar, y desearían ser distintas. Ello, las más de las veces genera fricciones, conflictos y pendencias. La suma de millones de insatisfacciones de las personas -como infinitas gotas de agua forman una inundación- es uno de los orígenes de las guerras.

Hemos de ser lo más realistas posible con respecto a nuestra existencia. Para ello, la Carta de la Paz rehúsa partir de ideas preconcebidas, de ideologías o suposiciones y busca guiarse por la mayor objetividad que pueda darse, la cual encuentra apoyándose en evidencias.

Pero es sabido que nuestro subconsciente acostumbra jugarnos 'malas pasadas'. Por ejemplo, cuando nuestra inteligencia detecta verdades o realidades que, si somos coherentes, su aceptación nos llevaría a modificar actitudes, estilos o comportamientos propios y esto nos contraría, el subconsciente pone obstáculos y barreras a nuestra atención y comprensión de esa evidencia y nos resistimos a aceptar la existencia de esa realidad.

Un buen camino, pues, para disminuir o evitar nuestras pendencias y guerras es aceptar la realidad de nuestra concreta existencia, aceptar aquello que realmente somos -soy quien soy y como soy, o no sería-; y aceptarlo con gozo. Tanto los individuos como los pueblos y naciones.



No actuar como dioses

Muchas veces, al sentirnos existiendo, surge en nosotros el deseo de haber existido desde siempre. Porque intuimos que, ciertamente, si en algún momento no hubiera habido nada, ahora no habría nada, porque la nada nada es y de ella, por tanto, no puede seguirse nada. Luego siempre ha tenido que haber algo.

Pero no somos dioses. La evidencia de que cada uno de nosotros podía no haber existido nos hace aterrizar en nuestra contingencia, es decir, reconocer que no somos seres necesarios: podían haber existido otras personas en vez de existir nosotros.

Nacemos en un momento concreto de la Historia la cual, hasta ese momento, no ha sido perfecta sino que ha tenido sus luces y sus sombras (este tema se profundizará en la Hoja número 6, comentario al Punto IV). Es obvio que los autores de la cultura y de los adelantos de todo tipo que nosotros hemos heredado y que hacen más agradable nuestra vida, no viven en el presente. No podemos homenajearlos en persona. Lo que podemos hacer en favor suyo es divulgar su historia, levantar monumentos en su honor y acrecentar el legado cultural que ellos nos transmitieron. Igualmente, al no dedicarnos a buscar falsos culpables de los males anteriores a nosotros, quedan libres nuestras energías para reparar en lo posible las consecuencias de esos males e intentar no repetirlos nosotros hoy.

Por todo ello, para construir más y mejor la paz, no es coherente consumir nuestra vida señalando y vilipendiando a unos imaginarios culpables de los males históricos acaecidos antaño ni vanagloriándonos de bienes antiguos que tampoco nosotros hicimos. Nacemos personalmente libres, nuevos, únicos e irrepetibles. Esta es nuestra gozosa condición humana.

Ser realistas y aceptar con gozo las evidencias racionales -como ésta que señala el Punto I de la Carta de la Paz- conlleva multitud de consecuencias -de las que ya hemos visto algunas- que son exigentes y, a la vez, alegres y provechosas si en verdad deseamos construir la paz.