Libro: Comentarios a la Carta de la Paz dirigida a la ONU

Somos históricos

El punto IV de la Carta de la Paz es otro de los temas nucleares de dicho documento. De este punto se derivan, en cascada, multitud de consecuencias, sorprendentes, alegres y también exigentes para cada uno de los seres humanos.

Este punto contiene tres temas diferentes que comentaremos por separado. Veamos:

Punto IV, primer tema: «Es fructuoso conocer la Historia lo más posible. Pero vemos que no podemos volverla hacia atrás. Vemos, también, que si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, el devenir habría sido diferente. Se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros enlaces; habrían nacido otras personas, nosotros no. Ninguno de los que hoy tenemos el tesoro de existir, existiríamos.»

La gran frontera de la Historia está situada entre lo que ya ocurrió y lo que aún no ha ocurrido. Lo primero, ya está hecho y es inmodificable, es decir, no puede ocurrir ya de otra manera: la Historia, "vemos que no podemos volverla hacia atrás". Lo segundo, lo que aún no ha ocurrido, está, por tanto, sin determinar y aún puede acontecer de una manera o de otra.


Podíamos no haber existido.

Esta evidencia, podemos aplicarla a los seres humanos. Antes de que cada uno de nosotros fuera engendrado había muchas probabilidades de que hubieran existido otras personas y nosotros no. Si cualquier hecho anterior a nuestro engendramiento y que influyó en él, hubiera ocurrido de modo diferente a como de hecho ocurrió, hubiera ocasionado que no existiéramos; para ello hubiera bastado, por ejemplo, que nuestra madre y nuestro padre no se hubiesen conocido. Es decir, que cada uno de nosotros podía no haber existido. Es lo que en filosofía se denomina ser seres 'contingentes', o sea, no somos necesarios, no somos dioses.

Es, realmente, una "sorpresa" encontrarse existiendo, cuando, además, sentimos con claridad que ninguno pudimos nada para lograr existir pues, antes, no existíamos. Da casi vértigo caer en la cuenta de ello. Por otra parte, sentir la "sorpresa de existir" pudiendo, además, no haber existido, facilita que vivamos y valoremos la existencia como un "tesoro". Este tesoro nos ha sido dado en una especie de original 'lotería sin azar' en la cual ha habido 'beneficiados' -quienes existimos- y, en cambio, nunca hay 'perdedores' por la sencilla razón de que los seres que hubieran podido existir -de haber sido otro el devenir de la Historia- y no han existido, no pierden nada, simplemente no existen.


Numerosas consecuencias inesperadas

De lo anterior se deducen multitud de consecuencias. Pongamos algunos ejemplos. Un hijo ha de aceptar que su padre y su madre sean tal como son en aquello que ellos no pudieron cambiar (carácter, modo de ser, cultura y situación social recibidas, etc. ); ya que si ahora fueran de otra manera, también lo habrían sido antes (cuando se conocieron), es casi seguro que no se hubieran gustado, unido, ... y, en consecuencia, ni sus hermanos ni él hubieran existido. Otro caso: si un país o pueblo se hubiera desarrollado con diferente grado -mayor o menor- de paz y prosperidad, la vida de sus gentes, familias, etc., hubiera sido diferente y, en consecuencia, hoy hubiera habido otros habitantes distintos de los que de hecho existen en él. Y, así, muchas otras situaciones y circunstancias.

Al sentir la sorpresa de existir junto a la estremecedora vivencia de que podíamos no haber existido jamás, surge en nuestro interior la "alegría" de existir y de seguir existiendo. Dichas sorpresa y alegría excluyen la frivolidad. Y son, por otra parte, como dije al comienzo, exigentes pues, por ejemplo, si estamos contentos de existir -la inmensa mayoría de personas ciertamente lo está, aunque no viva siempre las consecuencias de ello-, no podemos estar descontentos ni rechazar todo aquello que, de hecho, fue necesario para que se dieran las condiciones precisas que posibilitaron nuestro engendramiento.


Ni tiranos ni esclavos de la Historia

De lo anterior se deduce que no podemos constituirnos en jueces ónticos de la Historia, peligro que, por ejemplo, tienen algunos niños y jóvenes. Éstos, ante las dificultades de relación con sus padres que puedan haber, los rechazan y desearían haber nacido de otros progenitores. Lo hacen porque no han vislumbrado las evidencias que antes hemos señalado. Sus padres tendrán defectos, como tiene todo ser humano; pero ónticamente, es decir, en el plano del mero existir, esos defectos -junto a las cualidades que también tengan- fueron necesarios e insustituibles para que ese hijo exista. Es incoherente, pues, erigirse en tirano o juez condenador de la manera en que ocurrió el pasado.

Por otra parte, el título del presente folleto reza: "Somos históricos", o sea, somos seres que, para haber empezado a ser, hemos dependido de la historia. Como dice el texto citado al comienzo de esta hoja: "Si la Historia hubiera sido distinta, ... habrían nacido otras personas, nosotros no". Es decir, cada uno de nosotros somos quienes somos y como somos -exactamente nosotros, con nuestro 'yo'; con nuestras capacidades y carencias, con nuestra raza, nuestra estatura, color de cabello, nuestro sexo, complexión física, nuestra psicología, código genético, etc..; nacidos en nuestro país y no en otro, en esta época y no en otra- o no existiríamos. Con otras características y circunstancias, sería otra persona, no nosotros.

Pero, si no somos condenadores de la Historia, tampoco somos esclavos de ella. Precisamente los 3 primeros puntos de la Carta de la Paz, señalan que toda persona existe libre de culpas personales por hechos históricos anteriores a ella y, por tanto, nace nueva y libre; no es mera consecuencia de sus antepasados ni del pasado, sino que es ella, original e irrepetible.

La aceptación óntica de la Historia es, sorprendentemente, lo que nos libera del peso indebido del pasado que pudiera caer sobre nuestros hombros al nacer y lo que permite que podamos dedicar nuestras energías para mejorar el presente y vivirlo con gozo.


Conocer la Historia

¿Lo anterior quiere decir que hay que desconocer u olvidar la Historia?, ¿que da igual lo que haya ocurrido? Todo lo contrario. La Carta de la Paz, al comienzo de este mismo párrafo, afirma que: "Es fructuoso conocer la Historia lo más posible". Pero es muy diferente conocerla habiéndola aceptado con gozo de antemano, tanto sus alegrías como sus sinsabores (de otro modo, lo señalo una vez más, no hubiéramos existido), que conocerla para entristecerse de ella y hasta rechazarla.

A veces, algunas personas, en situación de discusión o debate acalorado, utilizan los datos históricos negativos que conocen acerca de alguien, sea de una persona, de una familia o de una nación para arrojarlos contra el adversario a modo de proyectiles demoledores. En cambio, cuando una persona acepta -ónticamente- con gozo la historia anterior a él, desea casi con vehemencia que le descubran y enseñen esa su historia familiar, nacional, etc., sea cual sea -con sus aciertos y sus errores- del modo más objetivo posible; él estará contento de que haya discurrido así, pues de esa manera se posibilitó que él existiera. Esconder o deformar la Historia, tanto la familiar, de los grupos o de los pueblos, es un grave obstáculo para edificar la paz.

Punto IV, segundo tema: «Esto no quiere insinuar en absoluto que los males desencadenados por nuestros antepasados no fueran realmente males. Los censuramos, repudiamos y no hemos de querer repetirlos.»

Lo dicho hasta el momento, acerca de la aceptación gozosa de un hecho de la Historia, se refiere a su aceptación óntica, es decir, en cuanto a que tal hecho ocurrió. En el caso de un hecho reprobable, su aceptación ética es una cuestión bien diferente, pues ella comportaría dar por bueno moralmente dicho hecho, lo cual significaría hacerse cómplices del mismo, aunque sea a posteriori.

Si nosotros estamos contentos de existir y, por otra parte, no intervenimos en la realización de dichos hechos antiguos -pues no existíamos-, podemos lícitamente alegrarnos que ocurrieran así (sin que ello suponga, insistimos, que los justifiquemos éticamente), ya que ello posibilitó que existiéramos.

El pasado ya ocurrió, y de los hechos anteriores a nuestro uso de razón no somos personalmente responsables; en cambio, del presente y, en parte, del futuro sí somos responsables y debemos actuar siempre con la mayor ética posible. Por ello concluye este párrafo diciendo que "los males desencadenados por nuestros antepasados ... los censuramos, repudiamos y no hemos de querer repetirlos."

Punto IV, tercer tema: «La sorpresa de existir facilitará que los presentes nos esforcemos con alegría para arreglar las consecuencias actuales de los males anteriores a nosotros.»

Los males cometidos en la Historia pasada repercuten en el presente con consecuencias, unas gratas y otras dolorosas. Entre las gratas está nuestra existencia y también todo aquello que nos ayuda a vivir hoy con dignidad; las dolorosas pueden ser variadas: guerras, rencores, devastación de la ecología, incultura, pobreza, etc.

Sería incoherente aceptar las consecuencias positivas -nosotros- y rechazar las que nos dificultan la vida, pues todas son (somos) 'consecuencias' conjuntas de los mismos hechos históricos, buenos o malos; es decir, los que vivimos hoy somos como una especie de 'hermanos' de todas las otras consecuencias del pasado, sean gratas o ingratas.

Ni la Carta de la Paz ni la aceptación óntica de la Historia que ella propugna, nos llevan a la pasividad en el presente sino bien al contrario. Por ello se concluye que "la sorpresa" y "la alegría" de existir, "facilitará que los presentes nos esforcemos ... para arreglar las consecuencias actuales de los males anteriores a nosotros".