Libro: Comentarios a la Carta de la Paz dirigida a la ONU

Las personas y la paz

El Punto VII de la Carta de la Paz es otro de los hitos de este Documento. En él se trata de las tres capacidades principales que vertebran la persona humana en su interior y de cómo, para contribuir a la paz, no se le puede hurtar ni coartar ninguna de ellas sino que, por el contrario, se deben siempre "defender, favorecer, desarrollar" las mismas. Su texto dice así:

Punto VII.- «El ser humano es libre, inteligente y capaz de amar. El amor no se puede obligar ni imponer, tampoco puede existir a ciegas sino con lucidez. Surge libre y claramente o no es auténtico. Siempre que coartemos la libertad de alguien o le privemos de la sabiduría, estaremos impidiendo que esta persona pueda amarnos. Por consiguiente, defender, favorecer, desarrollar la genuina libertad de los individuos -que entraña en sí misma una dimensión social corresponsable- así como su sabiduría, es propiciar el acuerdo cordial entre las personas y, por tanto, poder edificar mejor la paz.»

En algunos lugares de España y de América -también en otros países-, al exponer este punto, hemos visto quedarse lívidos a algunos hombres, especialmente entre los casados. Al escuchar las palabras "siempre que coartemos la libertad de alguien ... estaremos impidiendo que esta persona pueda amarnos", han visto de modo patente la incongruencia del machismo que, desgraciadamente, aún está tan extendido. Nadie puede pretender ser amado a base de menguar la libertad del otro ni por temor, ya que en esos casos no será amor auténtico lo que recibirá. Es decir, "el amor no se puede obligar ni imponer" pues "surge libremente ... o no es auténtico".

Ésta del machismo es sólo una de las muchas aplicaciones que pueden hacerse del Punto VII de la Carta de la Paz. Veamos las 3 partes sustanciales del mismo. Y veámoslas, mejor, en orden inverso a como están expuestas en la Carta, es decir, el amor, la inteligencia y la libertad.


Capaces de amar

Es obvio que no se puede decir a nadie: 'te mando que me ames', pues ese amor sería de esclavitud. Y, sin embargo, según la mayoría de psicólogos, el amor es necesario para el ser humano. Le es muy necesario en la infancia y en la ancianidad pero también lo es a lo largo de toda su vida. Necesita dar amor y recibirlo. Y lo necesita de tal manera que si una persona no se sintiese amada en modo alguno por nadie nunca, llegaría a dejarse morir. Lo mismo ocurriría si alguien no pudiese amar de ninguna manera a ninguna persona jamás. Por otra parte, además, el amor no es sólo necesario para la vida individual de cada persona sino también para la vida social.

La necesidad de una actitud de amor y de amistad para que haya una paz más consolidada entre todos, aparece a lo largo de toda la Carta de la Paz. Y también se comenta en las Hojas núm. 5 (comentario al Punto III), núm. 11 (comentario al Punto IX) y núm. 13 (comentario al resumen-conclusión de la Carta) de esta serie. Por parte del Punto VII que comentamos, en él se dice: "propiciar el acuerdo cordial entre las personas" lleva como consecuencia el "poder edificar mejor la paz".


Una paradoja

El amor -que tiene muchos matices y modos, tantos como relaciones humanas hay- es, como decimos, algo necesario. No es como un suplemento opcional que puede tomarse o no tomarse y ello no cambiaría en nada lo sustancial de la vida, sino que es un elemento esencial de la plenitud del ser humano.

Por tanto, no se ha de reducir el amor al ámbito de la mera familia o de los amigos (donde la mayoría de gente lo vive hoy día) sino que hace falta amor, en el modo y el grado adecuado a cada caso, en las relaciones interpersonales en general (sociales, políticas, culturales, de ocio, de trabajo, de fiesta, etc...) y también en las relaciones intergrupales. El aprecio entre las personas o entre los grupos sociales que no se conocen o no se tratan directamente, es lo que se llama solidaridad.

Aquí aparece la paradoja. Siendo el aprecio cordial algo tan necesario para el individuo y para la sociedad, sin embargo, no puede exigirse, no puede obtenerse por coacción sino que ha de ser dado libremente. Es decir, aunque se tiene derecho a ser amado, sin embargo, este 'derecho' no puede reclamarse con coacción. Una persona es amada en verdad por otra, sólo si ésta lo quiere libremente. Un grupo social será apreciado cordialmente por otro, sólo si ambos lo quieren con libre decisión.

¿Cómo se resuelve esta paradoja? Se ha de deshacer, para ello, un equívoco que se ha producido en nuestra cultura al entender como contrapuestas la libertad y la obligación. Lo contrario de la libertad no es la obligación. Lo verdaderamente contrario a la libertad es la coacción, es decir, el poder, o sea, la facultad que puede tener una persona de que otra haga lo que la primera quiere aunque la segunda no quiera. La coacción es lo que se impone a la libertad humana, la avasalla y la margina. En cambio, el ser humano, con su inteligencia descubre deberes éticos, o sea, actos que él tiene obligación moral de cumplir. Por ejemplo, auxiliar a un herido grave en un accidente, ayudar a un anciano desvalido o defender a un niño de una agresión que le hace un adulto. Pero el hecho de cumplir las obligaciones morales no es un desdoro para la libertad sino que, por el contrario, constituye una manifestación de la madurez de esa persona. Es una pena que alguien haya de cumplir por coacción sus obligaciones morales cuando lo propiamente humano es cumplirlas libremente.


Inteligencia y sabiduría

Pasemos al segundo aspecto. Es sabido que mantener a alguien en la ignorancia, es un grave obstáculo para la paz, pues constituiría una forma de dominio sobre él. La inteligencia humana debe alcanzar en toda persona un mínimo suficiente y digno de desarrollo, de conocimientos, y también de sabiduría de vivir, que es algo más importante y amplio que la mera posesión de conocimientos e información.

La necesidad de poseer unos ciertos conocimientos está ampliamente reconocida en la sociedad y en la mayoría de países ya se propicia una educación mínima para todos. En cambio, la sabiduría en las actitudes y en las relaciones humanas, el hábito de tener en cuenta las verdades evidentes, la maduración de los propios sentimientos y emociones, la educación en los valores -que no ha de ser sólo teórica sino práctica-, realidades todas ellas que han de ser cultivadas principalmente en las familias y en las escuelas, distan mucho de tener un nivel general aceptable y de que su educación se haya generalizado.

Aquí incide lo dicho anteriormente sobre el amor. Éste no puede estar ausente en la educación ni en la enseñanza. Por una parte, muchas familias, en las cuales ciertamente hay amor, no propician tal como debieran el crecimiento de la sabiduría de sus miembros: transmitir la cultura, la tradición, enseñar la creatividad, ... Han renunciado a ello. Hay amor pero con escaso cultivo de la sabiduría. Por otra parte y en sentido contrario, la transmisión de conocimientos realizada casi sin aprecio entre el profesorado y el alumnado, es quizás uno de los fallos principales del sistema educativo actual. Se imparten conocimientos pero valorando poco el amor.

Endiosar la razón humana hasta someter a ella la libertad y el amor -como hizo el racionalismo- ha producido resultados nefastos. Lo contrario, rechazar el valor de la razón -que es el error al que estamos proclives después de la modernidad- tampoco es una actitud inteligente. El amor, además de libre, ha de ser sabio pues, de lo contrario, podría querer el mal para los demás. Se convertiría, así, en una fuerza con posibilidades destructivas. Por ello dice la Carta de la Paz en este Punto: "El amor ... tampoco puede existir a ciegas sino con lucidez".


La libertad

Vayamos a la tercera realidad. Los términos 'libre', 'libertad' son los más usados -7 veces- en el sucinto texto de la Carta de la Paz. Es una muestra de la importancia que esta Carta reconoce a la libertad para que haya paz.

Hay un tipo de libertad que es la primera cualidad del ser humano pues ya la poseen los niños, aún antes del uso de su razón. Éstos son ya libres para adherirse a la belleza, la libertad, el bien; expresan sus gustos, deseos y preferencias, etc. Después, con ayuda de la razón, tendrán otra cosa distinta que es la libertad de elegir y la capacidad de dar respuesta de ello; el libre albedrío.

Ha de educarse a las personas en "la genuina libertad", lo cual es quizás más difícil y se hace menos que educarlas en los conocimientos y en la verdad. Hay muchas personas que piensan que ellos poseen toda la verdad o, al menos, gran parte de ella. En cambio, no son tantos los que se saben auténticamente libres, es decir, los que están libres de influencias tanto externas como internas, libres de complejos, de resentimientos, envidias, los que se mantienen libres ante presiones, coacciones o seducciones, etc. Hay más maestros de la verdad que maestros de libertad.

La libertad, además, como indica la Carta "entraña en sí misma una dimensión social corresponsable". La libertad, si se ejerce con una actitud individualista, fácilmente tratará de sobreponerse a la libertad de los demás o de encerrarse en sí misma, negándose a la sociabilidad y a la solidaridad. Pero no; el ser humano es social por esencia (basta con observar que nace de una pequeña sociedad: la unión de 2 personas, una mujer y un hombre) y, por serlo, es responsable en común de muchas cosas, es decir, es "corresponsable". Sólo así la sociedad es creativa y se desarrollará con vigor.

Al principio de esta Hoja se mencionó la coerción de la libertad de la mujer un tantos matrimonios. Asimismo puede verse constreñida en algunos hijos por parte de progenitores posesivos. También se restringe muchas veces la libertad en los estudios, en el trabajo, en la política, en las relaciones internacionales, ...

En resumen, para que haya paz hace falta cultivar de modo simultáneo las tres dimensiones antedichas de la persona. De lo contrario, resultaría lo siguiente:

* El amor sin libertad sería una esclavitud, una prostitución;

- y el amor sin sabiduría ni inteligencia llegaría a ser algo cansino y rutinario o también loco y dañino; precisamente una 'sinrazón'. ¿Se imagina que alguien le quiera a usted sin saber bien lo que él hace al quererle?

* ¿Para qué poseer inteligencia si no se tiene libertad?, sería una inteligencia esclavizada, sometida a otros;

- y también, ¿vale la pena ser inteligente si no es para amar, si no es para el bien?, ¿para qué entonces?, ¿a qué conduciría una inteligencia fría, sin amor?

* Por último, una libertad sin inteligencia, sin sabiduría sería tonta, caprichosa;

- y ¿para qué ser libre si no es para amar?; una libertad así, podría llevar a la maldad. Una persona libre y dueña de sí misma, e inteligente, pero que no amara, causará miedo en derredor. Ciertamente no contribuiría a la paz global.


Los fundamentos

Estas tres capacidades humanas -"el ser humano es libre, inteligente y capaz de amar"- son los "fundamentos" que se anuncian al principio de la Carta y se les considera tan fundamentales (valga la redundancia) que se explicitan al final de la misma, antes de la posdata, cuando se concluye: "Sin resentimientos (que son los 'obstáculos' a la paz), desde la libertad, las evidencias y la amistad (que son los 'fundamentos' de la misma), puede construirse la paz".

En la persona está el origen de la paz. En el respeto de sus capacidades está el sostén de la misma.