Perdono pero no olvido

MARÍA VIÑAS I PICH

Artículo publicado en la Columna de Paz No. 26.
Febrero de 2001.

En la segunda mitad del siglo que dejamos atrás, han sido muchos los crímenes contra la humanidad y genocidios. Si horrible y atroz son estos episodios en la historia; compleja y difícil es la tarea de remontar y reconstruir una sociedad que ha vivido el horror. Estrenamos siglo, y para muchos grupos, culturas, pueblos y naciones empieza un nada fácil camino de reconciliación.

¿Es posible olvidar la Historia? ¿es factible el «borrón y cuenta nueva»? ¿quién osaría pedir, ni tan siquiera insinuar, a un pueblo que ha sido masacrado que olvide esa parte de su Historia? ¿Quién se atreverá a pedir que se olviden semejantes atrocidades? Bosnia, Herzegovina, Chile, Sudáfrica, Irlanda del Norte, Rusia, Ruanda, Guatemala, Chechenia... están ante la encrucijada de sentar las bases para una nueva convivencia. Quieren vivir en paz, pero han de construir sobre las cenizas de un pasado reciente aterrador.

No creo que la construcción de una sociedad pacífica pase necesariamente por el olvido, es más, el horror reciente vivido no puede ser olvidado, y es tarea de la humanidad el recordarlo para no volver a repetirlo jamás. Poner en pie, reconstruir sociedades, pueblos, culturas enteras que han padecido una guerra, en muchas ocasiones es más difícil que pactar el final de la contienda.

Terminada la guerra, hay que recomponer, poner en pie...; pero antes de construir, hay que quitar los escombros que obstaculizan el que los cimientos que se pongan puedan sostenerse en suelo firme. Del mismo modo que en las ciudades y pueblos hay que quitar los escombros producidos por la destrucción para poder construir, en las personas, en los grupos, pueblos, etnias... hay que eliminar resentimientos que son el primer obstáculo para construir la paz. Y vemos como el recuerdo de esos acontecimientos se transmite a otras generaciones, cargando con una herencia resentida que les lleva a vivir divididos entre ellos.

Y sin embargo, nos damos cuenta que con la misma fuerza que se nos presentan estos hechos, vemos también que los contemporáneos de hoy no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos. Además de no tener culpa de los males anteriores a nosotros, somos fruto de esa Historia. Y es esa Historia -con sus gozos y sus sombras- la que ha posibilitado nuestra existencia, pues si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, se habrían producido otros encuentros, otros enlaces, hubieran nacido otras personas, pero nosotros no.

Construir la paz no significa de ningún modo tener amnesia. La construcción de la paz pasa por tener memoria, y ser capaz de construir futuro a partir de esta memoria. Es necesario recordar, pero recordar sin resentimientos. Y aunque muchas veces nosotros no seamos responsables de los males pasados, no quiere decir que no los reconozcamos, principalmente para no repetirlos. Para llegar a construir la paz, hemos de conocer la Historia, pero hemos de transmitirla sin resentimiento, sin contagiar a las generaciones del presente las heridas del pasado.

Una persona puede reconciliarse con los males que sufrieron sus generaciones anteriores. Pero ¿cómo puede olvidarlo? Reconciliarse no quiere decir olvidar. El olvido es una precariedad de la memoria, es una debilidad, una fragilidad de la mente humana. La reconciliación, sin embargo implica una actitud activa de voluntad de reconciliación que nos permite vivir realmente la paz. Reconciliarse es ser consciente y tener conocimiento del pasado; y desde aquí ser capaz de descubrir en el hijo recién nacido del verdugo la misma inocencia que en el hijo del masacrado.