La responsabilidad histórica de las instituciones

Dr. PERE VOLTES BOU. Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona.

Ponencia presentada durante la campaña: "Semana por la paz en los distritos de Barcelona"
Barcelona, España, 1998.

Una de estas iniciativas, y de las más gloriosas, ha sido hoy, la de sumarse a la campaña por la Carta de la Paz que continúa los propósitos de aquel ejemplar médico que fue el Dr. Alfredo Rubio de Castarlenas. Yo lo llegué a conocer, lo cual me enorgullece, a la vez que lamento que sucediera hace muchos años, cuando el aún estaba estudiando medicina, o justo la había acabado, y yo era demasiado joven para valorar las dimensiones de aquella figura. Cuando me hablaron hace unos meses de colaborar en el apostolado de la paz me gustó recordar aquel encuentro de hace decenios, demasiado superficial, y ahora me parece que continúo, a través de ustedes y de este acto, la conversación con el Dr. Rubio.

El ideal de la paz tiene muchos enemigos escondidos y, curiosamente, muchos de ellos militan bajo la bandera de progreso, como enseguida veremos. Este es un concepto que por sí mismo no se enfrenta nada con el de paz, pero que ha sido tergiversado y manipulado para proteger, en definitiva, la idea de guerra. Me refiero al concepto de selección natural, que ha estado exageradamente atribuido en exclusiva a Charles Darwin y después también ha estado excesivamente simplificado y radicalizado, cargando así a Darwin con parodias y desfiguraciones caricaturescas de su concepción. La misma idea de lucha por la vida ya es una clase de abreviatura y agravio de las ideas de Darwin. Sin duda alguna es una frase peligrosa, porque debajo de la lucha por la vida y el hecho de que en ella tienen que ganar los más capaces, y los más fuertes, todo el mundo se puede creer en el derecho de imponerse a los otros como si contase con las leyes naturales a favor. La idea ecologista actual, con todas sus cosas, resulta mucho más cercana a la defensa de la paz a través de la conservación de las cosas tal como están, que no un lema de "sálvese quien pueda" que declare libre actuación sobre el medio natural, y de aquí pueda pasarse a intervenir fácilmente con agresión en la vida de las personas.

La meditación sobre el futuro de la humanidad es muy antigua, como es bien sabido. Y se podrían sacar indicaciones en la misma Biblia y, evidentemente, en el pensamiento griego y latino. Tucídides ya dijo que el conocimiento de la Historia es una ayuda para la interpretación del devenir y que éste, bien orientado, se parecerá al pasado o será su igual. Al contemplar las diferentes teorías y doctrinas que se han preocupado de un tema tan grande, se me ocurre que se pueden dividir en dos familias que veremos.

Hay, dentro de la primera, desde hace muchos siglos, la teoría de que no hay nada nuevo bajo el sol -como dice Eclesiastés- y eso lleva a creer que los acontecimientos se repiten en ciclos o van cambiando inevitablemente por etapas, que al final vuelven a empezar por donde empezaron. Cosas parecidas ya las dijeron Herodoto y Lecrecio, y el mismo Aristóteles, que afirmaba que cada arte y cada ciencia se han desarrollado hasta el máximo y después han vuelto a caer y a extinguirse y, evidentemente, a empezar.

En tiempos más modernos, Vico, Spegler y Tybee han propugnado concepciones de las culturas y sociedades como organismos vivos que nacen, crecen y mueren. Al ideal de la paz no terminan de convenirle estas versiones, porque en ellas se insinúa de alguna manera la idea de enfrentamiento, desgaste, lucha y final de las instituciones y las personas. Este concepto, en otro lenguaje, se acerca al que nos decía la teoría de la selección natural y la lucha por la vida.

La aspiración de vivir en paz y trabajar la paz como una columna básica de la convivencia, y una norma de la vida, se compagina mejor con el concepto cristiano de la vida, cosa que no necesita demasiadas demostraciones, y que ahora podemos dar por obvia evitando de entrar en una especie de sermón devoto que no soy yo el más indicado para predicarlo. Pero hay otras concepciones de la vida y de la historia que, sin ser esencialmente cristianas, propugnan también una visión lineal de la marcha de la humanidad hacia un destino mejor. Lo sugirió Adam Smith, que era profesor de ética, con su concepción de una economía que podía asegurar una prosperidad infinitamente creciente al que cumpliera sus recomendaciones. Lo afirmó Hegel, con una dialéctica de la historia que señala que el progreso es inevitable e inacabable. Y lo recoge también Marx, discípulo suyo en gran parte, prometiendo también una evolución lineal del hombre hacia un mañana cada vez mejor.

Estas doctrinas tienen de bueno para nosotros el hecho de reprobar en todo caso la guerra y el conflicto como motores necesarios para la marcha colectiva. Y aspirar a una paz, que una vez conseguida, está llamada a ser permanente y fija para toda la eternidad. La idea sí tiene interés en tanto que, rechazar el criterio anterior de los ciclos y las alternativas, sí se nos priva a todos de la excusa de pensar: "bien, eso esta mal, pero como que todo pasa, y todo vuelve, de aquí un tiempo se arreglará solo". Este sofismo sí que es peligroso para el ideal de paz y hace daño a los que lo predican, porque, aplicado a la vida de cada día, viene a representar como un relativismo moral y social en el que todo se despacha, todo se tolera y todo se excusa pensando que todo acabará bien un día u otro sin que nos tengamos que preocupar demasiado.

En contra de la hipótesis de los ciclos y las alternancias, tenemos que exaltar, por lo que hace a una convivencia pacífica y grata, la aportación de la bondad, de la cordialidad y de la amabilidad. Estas no son virtudes puramente ornamentales de la sociabilidad, sino que forman parte íntima y básica. Santo Tomás de Aquino decía categóricamente: "Así como el hombre no puede vivir en sociedad sin la verdad, tampoco puede vivir sin complacencia, porque nadie puede permanecer todo el día al lado de una persona triste, ni con una que no sea amable. Y así el hombre esta obligado a convivir con los otros de forma que le sea agradable". San Ambrosio había dicho: "Suprimid en el trato de los hombres la benevolencia y será como si sacarais el sol del mundo". Y ya que vamos de santos, continuemos con Santa Teresa, que no se cortaba al decir: "En esto me daba el Señor gracia: en dar contento dondequiera que estuviese". Y dice en otro lado: "Así que hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios, procurad ser afables y entender de manera con las personas que os trataren, que amen vuestra conversación, y deseen vuestra manera de vivir y tratar, que mucho hemos de procurar de ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos". Con todo esto nos acercamos a un concepto activo, positivo y dinámico de la paz y del vivir en paz.

Vivimos, ciertamente en tiempo de tanta confusión que uno no se sorprende de oír que un matrimonio sea elogiado porque se entienden muy bien; que se diga que un sitio es placentero porque no se hacen ruidos; que uno aplauda unos amigos, porque no se pelean nunca; o que un profesional sobresalga, porque hace su trabajo bien hecho. Es decir, en resumidas cuentas, que es normal el enfrentamiento, la zaragata, el desorden y la desaprensión, y que hay que alabar la excepción y considerarla como cosa rara. Según este mismo estilo, es habitual considerar la paz como una ausencia de lucha, cosa muy cercana a entender que constituya un puro entreacto entre dos peleas.

En un mundo tan intercomunicado como el que tenemos, tiene más importancia que nunca el hecho de situarse en actitud radicalmente opuesta: es decir, velar por la restitución y la restauración de las condiciones naturales, esenciales y originarias del vivir humano, que consisten en el hecho que la persona sea libre, inteligente y afectiva, cosa que la lleva a vivir en paz y orden con los otros. Un análisis rápido de cualquier conflicto, grande o pequeño, público o privado, encamina muy pronto a la conclusión que intervienen tanto los hechos pasados -los que denominan antecedentes- que se sobreponen al elemental provecho de vivir bien el día de hoy. No hay guerra ni choque, ni pleito que no brote del pasado, a menudo remoto, en forma tan trágica como ridícula, plasmado en resentimientos. Esta misma palabra, dotada de un "re" que contiene un valor de rebrote, rechazo, replica, revisión, rebote, que modifica y envenena el "sentimiento" básico, ya se explica sola como si proclamase que para la persona es natural tener sentimientos, y lo morboso y tuerto es cultivar "resentimientos".

La Carta de la Paz tiene como uno de los propósitos fundamentales el de eliminar aquellos resentimientos entre pueblos, grupos y personas, arreglando y corrigiendo el pasado, si es posible, y si acaso postergarlo a la necesidad de vivir el día de hoy con quietud, afecto y ayuda recíproca. Todo el mundo puede contribuir y los gobiernos tienen como principal función la de abstenerse de crear problemas. Esta tarea es nuestra y muy nuestra, como lo es la elección de pareja, de amigos, de profesión o de recreos. Al fomentar la paz hay que actuar con el mismo amor y espontaneidad que en estas manifestaciones de nuestra persona.

No hay duda que la paz perfecta y completa se tiene que fundamentar en la justicia y nadie se puede extrañar que la paz del mundo actual esté tan llena de grietas y lagunas, cuando también lo está la justicia. El énfasis en la justicia viene señalado en la Carta de la Paz en su punto VIII, que es el que en el programa de estos comentarios en Barcelona toca hoy a Sarrià.

Este punto que ya conocéis indica que los representantes actuales de las instituciones no son responsables de la conducta de las mismas en el pasado, ya que ellos no estaban. Pero propugna que, siempre que se pueda, estas instituciones lamenten públicamente los males y las injusticias cometidos en el pasado. Esta recomendación pide ser bien entendida y bien aplicada porque, si se multiplica como una especie de moda, quedará desvalorizada la correspondiente actitud. Tenemos por ejemplo, el perdón pedido hace poco tiempo por la Iglesia Católica por la persecución de Galileo, que por otra parte fue una persecución bastante suave y Galileo se comportó como un travieso, pero eso robustece el sentido del perdón pedido; y hasta aquí todo va bien.

Se habla de que la Iglesia pida otros diversos perdones y ahora ya no recuerdo en que estado se encuentra esta cuestión. Y tampoco sé si hay otras corporaciones de otro género que también pidan perdón. A lo mejor tendría que ir esto un poco más repartido; y si vemos que España pide excusas por algunos aspectos de su actuación en América, también nos tendrían que pedir a nosotros algunas naciones que en el pasado han expoliado, invadido o perjudicado España. Y como decíamos, tan malo es que lo hagan unos pocos como que se ponga todo el mundo a pedir perdón por todos los hechos de la Historia, lo cual seria grotesco y, al final puramente maquinal, igual que pedir perdón para salir del metro cuando hay aglomeración de gente. Otra cosa es que nosotros mismos o nuestras familias, o corporaciones, o colectivos, estemos aun hoy llevándonos o disfrutando de una situación injusta, pretérita, que exigía pedir perdón y reparar el daño. Acaba de salir ahora en los Estados Unidos un libro de Edward Bowl que exhorta a los blancos a pedir excusas a los negros de allí y reparar los daños que han sufrido. Aquí sí que a lo mejor hay base y ocasión para hacerlo, sobre todo si uno estudia cercanías, familias o colectivos donde aun se vea claro que la gente blanca de un lugar de hoy disfruta de unos beneficios que provienen de haber explotado hasta hace cuatro días a la gente de color.

Todo esto nos acaba de sugerir un aspecto de la paz con el que quiero poner fin a mis palabras. La paz necesita ser estudiada, elaborada, trabajada, vigilada constantemente, porque sus enemigos lo hacen al menos con la misma aplicación. Y así la paz no resulta, no puede resultar, una mera inacción, una simple pasividad, un ir haciendo sin hacer mal a nadie, porque es un bien frágil, delicado, lleno de peligros y amenazas, y en consecuencia exige ser velada y enriquecida sin tregua.