La verdadera y falsa solidaridad histórica

LETICIA SOBERÓN MAINERO. Psicóloga.

Se dice, y con razón, que las personas y los pueblos han de conocer su propia historia, estudiarla, aprender de ella pero no cometer las equivocaciones. Que se han de vincular con sus propias raíces.

También se dice que hemos de ser "solidarios" con aquellos antepasados nuestros que, más o menos acertadamente, actuaron en su época según las normas de entonces. Comprender sus razones y asumir las consecuencias de lo que hicieron y, a partir de esto, trabajar por un presente mejor.

Pero este conocimiento y esta solidaridad histórica han de estar establecidos correctamente. Han de ser verdaderos, en el sentido de realistas, ya que un mal vínculo con la historia pasada puede hacernos esclavos y condenarnos al rencor o a la vanagloria y, finalmente, llevarnos a la repetición de sus errores.

Como afirma Alfredo Rubio en su visión realista existencial, la consecuencia primera y básica que tiene la situación histórica actual para los presentes es que, si cualquier cosa hubiese sido diferente, nosotros no existiríamos. Nuestra única posibilidad de existir se ha dado precisamente gracias a que los acontecimientos - buenos o malos - que han sucedido hasta nuestro engendramiento fueron exactamente como fueron. Este es el lazo vital que nos une con la historia. Por eso podemos verla tal como fue, sin tener que ignorar o esconder ninguna parte.

Además, como antes no existíamos, no somos responsables en absoluto de lo que hicieron nuestros antepasados. No podemos sentirnos culpables de lo que ellos hicieron de malo, ni tampoco enorgullecernos de sus glorias de las cuales no formamos parte. Aquí está la fuente de muchas confusiones. Asumir como propias estas gestas pasadas es una forma falsa y estéril de vivir la historia. Una actitud que, desgraciadamente, es muy común y que se manifiesta en frases tan vacías como "ustedes nos invadieron", pronunciada, por ejemplo, por un americano a algún europeo y referiendose a los hechos de quinientos años atrás. Ni "ustedes" ni "nosotros", ya que no existíamos ni los unos ni los otros. Fueron los antepasados de los dos.

Una de las consecuencias graves de esta confusión es que asumir glorias o culpas del pasado como propias de los presentes, hace que perduren los rencores de generación en generación. Y, además, en aras del deseo de "solidarizarse con la Historia", se olvida la solidaridad debida con todas las personas -estas, sí- existentes hoy, hasta con los descendientes de los enemigos de nuestros bisabuelos.

Otra consecuencia es que, al sentirse los presentes participes y responsables "solidariamente" de los errores del pasado, paradójicamente se les reduce el deseo de soportar y arreglar las consecuencias penosas de hoy. Se sienten molestos y como tratados con injusticia ante el mundo que les ha tocado vivir.

En cambio, con una verdadera solidaridad con la Historia, al alegrarse existencialmente cada uno de todo aquello anterior a su engendramiento - ya que posibilitó que existiera -, esta alegría es la mejor fuente de energía para asumir con paciencia las consecuencias negativas actuales de aquellos errores y para esforzarse en arreglarlas.

Digo paradójicamente, porque lo es, ya que sólo cuando sabemos que no somos responsables de los actos anteriores a nosotros, es cuando quedamos libres y con impulso para soportar y paliar los resultados dolorosos de la Historia: ellos y nosotros somos consecuencia de los mismos hechos.

Hemos de conocer la historia, estudiarla, abrazarla. Verla en su realidad desnuda y sin traumas. Vivirla con alegría, porque gracias a ella existimos. Sólo así quedaremos libres de viejas ataduras fantasmales, y nos encontraremos con nuestros contemporáneos de una forma nueva. Nueva y, ahora sí, realmente solidaria.