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La paz ha sido siempre un deseo de toda la Humanidad. A pesar de ello, son patentes las trágicas y continuas quiebras de paz entre los distintos pueblos y naciones del mundo a lo largo de la historia. La Carta de la Paz dirigida a la ONU responde a ese profundo deseo de paz que todos albergamos en nuestro interior e indica unos principios que nos puedan ayudar a superar esos obstáculos a la paz y nos ofrece unos fundamentos sobre los que construir más sólidamente la paz.

Durante muchos años se ha intentado construir la paz desde unas bases fundamentadas, sobre todo, en razones de tipo económico y político. La historia nos demuestra que es muy difícil, desde esas únicas razones, impulsar a las personas a trabajar por una unidad entre los pueblos que nos lleve a la paz. Cualquier temblor de incomprensiones mutuas, ambiciones, intereses, egoísmos o de resurgimientos belicistas, ha supuesto una ruptura en el trabajo para conseguir la paz.

Conscientes del momento histórico que estamos viviendo, creemos que es necesaria una tarea urgente para buscar soluciones a los graves problemas planteados, a corto y a largo plazo. Pero toda búsqueda de soluciones será inútil si nuestro mundo no puede hacerlo desde un diálogo entre los diferentes pueblos y naciones. La paz es necesaria, porque sin paz no podríamos pensar en otras realidades como la familia, la cultura, la sociedad, etc.

En un mundo cada vez más técnico, complejo e interrelacionado, sufrimos una crisis global que afecta a todos los ámbitos de la vida humana y que provoca perplejidad y desconcierto. Entramos en el siglo XXI con un gran potencial técnico y humano, se ha logrado una capacidad de recursos inimaginables en tan sólo 50 años, pero la mayoría de los conflictos, problemas, angustias e insatisfacciones, vienen dadas por las realidades de siempre. Todo el mundo tiene la sensación de que los hombres nos hemos olvidado de aquellas cosas que son más elementales para vivir. Son esas realidades que están en la base de nuestra persona, de nuestro entorno. Son esas cosas simples que son tan evidentes.

La Carta de la Paz como documento

La Carta de la Paz es un itinerario de evidencias. Parte de la realidad, de lo que realmente existe, de lo que cada ser humano descubre, siente, palpa y vive. Es precisamente desde este ámbito de realidad existencial, del cual formamos parte todos los existentes sin exclusión, desde donde podremos dialogar y llegar a converger en la construcción de una paz más sólida y firme.

La Carta de la Paz no es fruto de ninguna ideología política, filosófica o económica, ni tampoco de ninguna creencia: se basa sólo en evidencias. Esta es la fuerza y el atractivo principal de este Documento, y el motivo de su aceptación por tantas personas e instituciones. Muchos autores contemporáneos afirman que los racionalistas han hecho agonizar a la razón por haber hecho de ella un absoluto. La razón orgullosa se resiste a aceptar lo que es evidente (por distintos prejuicios, intereses, comodidades o soberbias filosóficas), porque las evidencias no las ha creado ella, sino que le vienen dadas de antemano. Lo que es evidente, no precisa del asentamiento de nuestra razón para seguir siendo evidente; lo acepte o no, seguirá allí. Todos sabemos que la razón no es absoluta sino que, como todas las cosas humanas, es limitada y está interrelacionada con el conjunto de la persona. La razón humana debe reconocer sus límites y aceptar las evidencias porque, éstas sí, son un firme y sólido apoyo para la razón. La razón así entendida sí que se convierte en un instrumento utilísimo para el hombre. También acontece que los hombres, a veces, no queremos ver las evidencias, porque aceptarlas, comporta un cambio de actitud respecto a nosotros mismos, con nuestros familiares y con el resto de nuestros contemporáneos.

Las ideas, las reflexiones, se puede decir que tienen propietarios. Las evidencias, en cambio, nos provocan a todos desde su objetividad y nadie puede apropiárselas en exclusiva: pertenecen al Patrimonio Común de la Humanidad. La Carta de la Paz, precisamente por basarse en evidencias, también es de todos y nadie puede adueñarse de ella. Por todas estas razones, se indica expresamente en la Carta, que firmar este Documento no entraña ninguna vinculación con las dos entidades promotoras: la Universitas Albertiana y el Ámbito María Corral; sino que rubricarla manifiesta, simplemente, que se está de acuerdo con su contenido. De la misma manera que trabajar por la paz no es sólo una tarea de políticos, gobernantes, intelectuales, sino que es una tarea de todos, la Carta de la Paz va dirigida a toda la Humanidad y está abierta a que, todos aquellos que sintonicen con ella, promuevan realizaciones concretas para la paz, a la luz de las evidencias que en ella se enuncian.

La Paz hoy no parece tan evidente, quizás lo sea la dificultad de vivir en paz. Una inundación se forma por la suma de millones de gotas de agua que confluyen simultáneamente y que pueden llegar a arrasar una ciudad, un pueblo. Una guerra se forma por la acumulación de resentimientos, de disconformidades de cada uno consigo mismo, con la familia, con la sociedad. Estos resentimientos convergen y pueden llegar a producir conflictos y guerras. La paz no se hace en un día, sino que es algo que continuamente se ha de trabajar y edificar, que pide diariamente parte de nuestro esfuerzo y atención.

La Carta de la Paz será más eficaz, cuanto más sea como una medicina preventiva. En cambio, cuando han estallado los conflictos bélicos, más difícil será que pueda ser oída, y menos aún que pueda ser aplicada.