¡Qué viaje!

Tengo la sensación de que en la vida las cosas son más sencillas de lo que parecen y que ya es suficientemente compleja como para añadirle una enfermedad. No hablo de ninguna enfermedad física, ni tampoco psicológica; hablo de una enfermedad que seguramente se puede curar a partir del reconocimiento por parte del enfermo de que está enfermo y del esfuerzo que haga por solucionar el problema. Si no se cura, puede llegar a vivir la más terrible de las soledades. Hablo de una enfermedad óntica, del ser, de una patología que se llama orgullo. No sé si conocéis a muchas personas orgullosas. Yo conozco algunas y todas tienen en común que no están nunca contentas de nada, que todo les parece deficiente, que están convencidas de que ellas lo hacen todo bien. Mi asombro viene de la conversación mantenida en un viaje de Madrid a Santo Domingo. Me tocó sentarme al lado de un hombre que me explicó durante el vuelo toda su vida y milagros. Era un hombre adulto, abogado y economista, un empresario que se ganaba muy bien la vida. Se había casado y separado varias veces. Hasta aquí nada extraño. Lo que me llamó la atención de aquel hombre –Joaquín, se llamaba- fue una especie de resentimiento interior, una especie de rabia contenida contra todo y contra todos. No es que fuera un hombre agresivo. En mi opinión, bebía en exceso y quizás esto le ayudaba a charlar más de la cuenta. El problema de Joaquín, era que no aceptaba que las personas, las cosas y él mismo pudieran ser limitadas, imperfectas. Él no debía nada a nadie, porque nadie le había regalado nunca nada y sus padres, eran muy poca cosa. Por culpa de ellos, afirmaba, su vida todavía había sido más dura. Tras cuarenta y siete años, estaba muy satisfecho: había logrado aquello que se había propuesto; le había costado mucho, pero como repetía, “valía la pena”. En un momento interrumpí su discurso: “realmente has trabajado de lo lindo para llegar hasta aquí, pero hay una cosa, probablemente la más importante, que no la has conseguido por tú mismo, que te ha sido dada. Gracias a tus padres y al hecho que ellos sean cómo son, tú existes. ¡Sin ellos tú no habrías existido nunca, ni habrías podido lograr estos éxitos personales y profesionales que tan bien te hacen sentir y que hace rato que me cuentas!” Se calló un momento, bebió un trago de whisky y exclamó: “esto que dices es lo que más me fastidia. Ellos no son más que un instrumento que no ha hecho más que complicarme la vida. He llegado dónde soy sin ellos, porque no los necesito para nada; me valgo por mí mismo. Y te diré una cosa: cuanto más pasan los años, menos necesito la gente, sólo son instrumentos necesarios para lograr mis retos. Si no me sirven, los dejo, porque no puedo perder tiempo. A mi lado no quiero personas ineptas; necesito gente como yo, que se hayan hecho a sí mismos, con las ideas claras”. Me preguntaba por qué me contaba todo aquello. Deberían ser efectos del alcohol o que tenía un mal día y debía desfogarse cómo fuera. Y yo que tenía ganas de hacer un viaje tranquilo, y sólo quería leer y dormir… El monólogo se paró cuando las azafatas cerraron las ventanas y nos pasaron la película. Pero acabada la película volvemos. Ahora, más tranquilo, me hablaba de sus negocios, los trabajadores que tenía, el motivo de su viaje. Con paciencia iba escuchando, pero cuando le miraba la cara, veía que sus ojos reflejaban una extraña tristeza. Me preguntaba cómo no se daba cuenta de las barbaridades que me estaba diciendo. ¿Qué no veía que si trataba a los demás así acabaría más solo que la una? Él que era tan inteligente, ¿cómo es que no veía una cosa tan evidente? La gente huiría de su lado. Llegamos a nuestro destino, pasamos los trámites de aduana y recogimos los respectivos equipajes. Él llevaba una maleta pequeña, viajaba por trabajo; yo iba a hacer un seminario en la Universidad, pero me quería quedar más días. Cuando salimos del aeropuerto, me vinieron a recibir mis amigos, tras los abrazos pertinentes, busqué con la mirada a Joaquín. Él había pedido un taxi. ¿Explicaría también al taxista todo lo que me había explicado a mí, o restaría en silencio repasando su agenda de trabajo? ¿Encontraría algún amigo que le hiciera valorar las cosas de la vida y le ayudara a descubrir que la amistad es la verdadera riqueza de esta vida? Historia real d’un protagonista “22 historias clínicas –progresivas- de realismo existencial” (Alfred Rubio de Castarlenas) Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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