¿Dónde está la paz?

La experiencia de paz, la construcción cotidiana de hechos de paz con frecuencia pasan desapercibidos a nuestro lado, los ignoramos, no los vemos, pero están ahí y tan están ahí, que cuando nos tomamos el trabajo de observar, nos interpelan. Así lo vivimos en un restaurante de ‘caché’, en la ciudad de Bogotá, en un exclusivo lugar al norte de la ciudad, rodeado de restaurantes muy finos al que asisten profesionales y trabajadores de alto nivel, donde se desea probar un buen plato estilo gourmet; es decir, el tipo de personas que asisten a estos restaurantes son, ‘personas bien’. De pronto aparece una mujer mayor, vestida pobremente, su aspecto triste y desolado. Es una persona que vive de la mendicidad. Pide desde la puerta un plato de sopa. Alguien en el interior, sentada a la mesa con una amiga, observa que el mesero inicialmente ni siquiera la nota. Luego de un rato la persona de la puerta pide con insistencia pero no de mala manera, un plato de sopa. El mesero le trae la sopa servida en un recipiente de icopor –el que utilizan para los almuerzos que distribuyen los pedidos domiciliarios-. La muchacha de la mesa que ya está disfrutando de su almuerzo, cambia la expresión y con una amplia sonrisa, mira a la mujer y le hace una seña para que se acerque a su mesa. Con un ademán característico, llama al mesero, mientras coloca otra silla en su mesa, pide a éste le traiga a su nueva acompañante un plato bien servido de sopa. A lo que accede el que sirve. Muchos de los comensales observamos la escena, unos indiferentes, otros complacidos de ese gesto generoso de este par de muchachas, que con agrado invitaron a la mujer a compartir la mesa y a dialogar distendidamente. Curiosamente nadie protestó por el hecho, quizá unos años atrás esto sería lo previsible. Este hecho que relatamos, es un acto en justicia, es una justicia ejercida desde el amor, la fraternidad existencial y la solidaridad. La dignidad restituida en un momento concreto, este sí que es un buen trabajo por la paz, trabajo que se hace sin mayor esfuerzo en la cotidianidad, si se tiene claridad en el respeto hacia todo ser humano, que merece ser feliz, si se tiene la consciencia que todos podemos contribuir a la alegría de alguien y que las injusticias nos implican en la corresponsabilidad social que nos corresponde. Estamos seguras de que más de uno aprendió algo de éste sencillo pero sentido comportamiento humano, en una sociedad que poco a poco supera los clasismos excluyentes. ¿Cuándo quitamos o damos la paz? Gloria R. y Josefina B. Colombia – Bogotá

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