“Ser libres de la historia”

“Yo tengo dos nietas. Quiero dejarles amor, no odio”, dice Subasic, casi al final de la conversación, ya terminado su cappuccino. “Quiero que vivan en un país normal, en el que la gente se respete. Quiero que tengan amigas y amigos serbios. Ortodoxos. Y católicos, judíos, romaníes… Que sepan que los seres humanos se dividen tan solo en dos categorías: buenos y malos”. (www.elpais.es)

Admiro la actitud de Munira Subašic, presidenta de la asociación Madres de los Enclaves de Srebrenica y Zepa, por su apuesta por la reconciliación en esas tierras cuyos habitantes sufrieron la guerra serbiobosnia.  Es una apuesta valiente y realista por vivir un presente libre de resentimientos  sobre hechos del pasado de los cuales  no tiene responsabilidad personal. Como indica el punto II de la Carta de la Paz dirigida a la ONU ,¿Por qué debemos tenerlos?

Esta mujer, a pesar de todo el sufrimiento vivido durante la guerra  al perder a muchos de sus familiares más queridos, prioriza  la necesidades de la vida que está creciendo nueva a su lado: la de sus nietas. Quiere que ellas sean libres de esa historia que ya pasó y de la que ellas no tienen ninguna culpa personal. Esto es lo que he leído en una entrevista reciente que le hacía Andrea Rizzi en el Pais.

Ella, víctima de las graves consecuencias de los mecanismos de actuación de los resentimientos históricos en las sociedades, plantea de forma lúcida y concreta una solución que es, a la vez, una vía pedagógica: la lucha serena para que se condene a los responsables de  los crímenes cometidos pero animada por un espíritu pacificado y pacificador.  Su ejemplo es la mejor educación que pueden recibir sus nietas y todos los hijos y nietos que ahora viven las consecuencias de aquella violencia histórica.  Es una pedagogía de acción bastante universal ya que se puede extrapolar a sociedades y personas que viven sentimientos tóxicos a causa de hechos del pasado cuya transmisión ha sido tendenciosa o poco neutra impidiendo que hayan podido ser integrados y valorados de forma objetiva. Normalmente lo que hacen estos sentimientos persistentes y perniciosos, aparte de obnubilar una visión racional de la realidad, limitar la libertad de la persona y restringir la capacidad de amar que tenemos intrínsecamente todos los seres humanos,  es evitar que las heridas del pasado cicatricen al alimentar la ira, el rencor e incluso el odio. Además, encubren un malentendido no  por generalizado menos falso, de que sólo estos elementos son buenos motores para movilizar a las personas a la acción, especialmente cuando se expresan con el lenguaje de la queja o se encarnan en chivos expiatorios.

Los resentimientos históricos colectivos son unos de los obstáculos más arduos y difíciles de superar en la construcción de la paz. Exige esfuerzo personal y colectivo porque, en muchas ocasiones, aquéllos son heredados y transmitidos con un sentido de falsa solidaridad histórica  que crea miedos, remordimientos o culpabilidades. En aras de la misma se sacrifica y olvida la solidaridad debida con todas las personas existentes hoy día, todas ellas descendientes de los avatares de esa historia. De ahí que se haga necesario no sólo cuestionar el qué sino el cómo se enseña y se transmite la historia y su por qué y para qué.

Es alentador que aparezcan en los medios de comunicación, en este caso el Pais, personajes con esta capacidad de apertura, generosidad y  autotranscendencia como Munira Subašic. Su apuesta  intrépida por ir en contra de la cultura del resentimiento en la que hemos sido educados y por no encerrarse en su dolor u odio pasado es un horizonte de referencia para otras personas y colectivos que quieren  trabajar y disfrutar de un ambiente pacífico y pacificador donde desarrollar y hacer crecer la vida.  Saber sanar heridas convirtiendo  sentimientos negativos en útiles de cara al futuro es una expresión de sabiduría y creatividad que libera muchas energías bloqueadas por los mismos.  Todo ello contribuye a que las colectividades  desarrollen sus capacidades de forma  integral no sólo en el presente (que pasa rápido) sino  en el futuro inmediato.

Ángeles González
Instituto de la Paz de Asia Oriental

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