Aceptar a los demás tal como son

Quienes conocen a Luis dicen que siempre ha sido una persona complicada, de carácter difícil, incluso algo antisocial. Todos le reconocen que tiene otras virtudes, pero su ironía llega a ser muy desagradable. Pienso que debe ser como una clase de autodefensa que ha ejercitado para poder sobrevivir en un entorno socialmente hostil. De pequeño ya tuvo bastantes problemas, recuerdo que en la escuela y en su casa lo castigaban a menudo. En una escuela donde reinaba la disciplina, la mayoría de días le caía un castigo o una sanción de sus padres. Ahora estoy convencido de que todos aquellos castigos, en lugar de cambiarlo todavía lo radicalizaron más, sobre todo su actitud arisca hacia los demás. De grande, los amigos y la gente en general han optado por marginarlo. Es el castigo que aplicamos a las personas adultas: marginarlos. Cuando las personas no son como nos gustaría que fueran o no se ajustan a los cánones establecidos, simplemente las marginamos. Queremos ayudarlos y optamos por la peor de las maneras: dejarlos al  margen no resuelve ninguna situación, sino al contrario, lo agudiza. Luis sufre considerablemente. Está quemado de todo y de todos. Como es listo tiene un buen trabajo de informático. Este trabajo, pero, todavía lo ha cerrado más en él mismo, con el paso del tiempo se ha vuelto más solitario y poco social. A todo el mundo le pesa su presencia y, sobre todo, sus comentarios irónicos. No sé porque es así. Hemos hablado de ello muchas veces, pero no saco nunca el agua clara. Si ser así lo hace sufrir tanto, bastaría con que cambiara la manera de ser. Pero no es tan fácil. Debo de ser de las pocas personas que él considera amigas, lo cual no me evita tener que aguantar muchos aguaceros. Pero somos amigos de la infancia, nos conocemos de toda la vida y ya estamos curados para todos los disgustos posibles. Me pregunto si una parte del problema no le puede venir de haberle recriminado siempre que fuera cómo es. Él no ha sentido nunca que lo aceptaran con gozo. Ha recibido muchos discursos de la gente que lo quería, pero pocas veces se ha sentido aceptado en su manera de ser. Si a menudo hubiera sentido que nos alegrábamos de su presencia, quizás lo habría ayudado y habríamos tenido la oportunidad de conocerlo más a fondo. La marginación trae al desprecio, a dejar las personas de lado, y cuando uno se siente rechazado y no tiene dónde apoyarse, la vida se hace insoportable. Alguna vez nos hemos encontrado la pandilla de amigos y hemos hablado de las dificultades al integrar a Luis, pero nos cuesta reconocer que el problema pueda ser nuestro. No nos hemos planteado nunca integrarlo y hacer posible que se encontrara a gusto con nosotros, seguramente porque esto nos pedía un esfuerzo más grande a toda la pandilla y preferíamos que se esforzara él. No nos hemos dado cuenta nunca que él, seguramente, no tiene ninguna culpa de ser como es. De todos modos, esto no es cuestión de culpas sino de aceptar a los demás tal y como son. Es un contrasentido la facilidad que tenemos por aceptarnos a nosotros mismos, cada uno con nuestros límites e incongruencias internas y, a la vez, la dureza con qué encajamos el comportamientos de los demás. Si soy capaz de justificar todos mis errores, ¿por qué soy tan intransigente con los demás? ¿No debe ser que los demás son una clase de espejo que me hace descubrir mis propios límites y las cosas que no me gustan de mí? Si estoy contento de existir y de las cosas que han posibilitado mi existencia, también lo debo estar de todos mis contemporáneos, aunque no sean cómo me gustaría que fueran o acontezcan conflictivos por la supervivencia. Hace falta aprender a aceptar la existencia y la manera de ser de cada una de las personas que nos encontramos en la vida. Necesitamos relacionarnos con los demás, somos gracias a los otros, y esto implica una aceptación dichosa de nuestros contemporáneos. Sólo aceptando a los demás, sean quienes sean y como sean, es como mi ser se podrá potenciar y desplegar al máximo. Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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