Bebes libres, inteligentes y capaces de amar

La llegada de un bebé al seno familiar viene siempre acompañada de un sinfín de preguntas referentes a su educación. Desde las primeras horas de vida ya nos cuestionamos sobre nuestros actos, si no antes.  Me refiero a preguntas  como ¿le ponemos chupete? ¿le doy el pecho? ¿a demanda o con horarios? Son preguntas simples, pero nuestra respuesta definirá una forma de hacer que marcará de alguna manera el desarrollo de nuestro hijo o hija. También hay preguntas más profundas: ¿cómo lo educo en libertad? ¿Qué límites son necesarios y cuáles son sólo producto de una autoridad mal entendida? ¿El amor que le demuestro con besos, abrazos y atenciones debe tener un límite? ¿Debo cortar sus travesuras con una bofetada a tiempo?
La Carta de la Paz nos recuerda, en su séptimo punto, que el ser humano es libre, inteligente y capaz de amar. Son condiciones que poseemos por el mero hecho de existir. Y las desarrollamos en relación con los demás. Desde recién nacidos somos totalmente dependientes del adulto y necesitamos del contacto amoroso como del alimento y del sueño. Aprendemos a amar teniendo como referencia el amor que nos han dado desde la infancia nuestros progenitores. Y creo que ese amor es indispensable para una vida en paz. Un amor que nos propine una alta autoestima, un sentimiento de seguridad, de paz interior. Y que nos deje ejercer nuestra capacidad de amar a los demás, por no tener nada que reprochar ni que reclamar, ya que nos sentimos saciados a nivel afectivo.

Sin embargo me sorprende que, según la campaña española “Educa, no pegues”, coordinada por Pepa Horno, psicóloga de Save the Children, entre el 50% y el 60% de los padres consideran que hay que pegar a los niños de vez en cuando. También me extraña que tengan tanto éxito mediático métodos según los cuales, en pocas palabras, se debe acostumbrar a los bebés a dormirse solos mediante el aterrador sistema de dejarlos llorar en su habitación hasta que se cansan.

El uso de la violencia sólo trae consigo más violencia. Y no me refiero únicamente a la violencia física, sino también a las imposiciones, a los chantajes emocionales, a los castigos inapropiados, a los insultos, los gritos, las ausencias, la indiferencia, las amenazas… ¿Qué mensaje recibe nuestro hijo? Que no le queremos, que lo abandonamos, que no nos importa lo que siente… Todo esto deja una huella en él que influirá en su manera de entender la vida, de relacionarse con los demás, de afrontar sus vivencias personales… Todos queremos que nuestros hijos sean felices, pero preguntémonos si así lo estamos consiguiendo.

También hago referencia a la permisividad absoluta, que es perjudicial por privar de límites que den seguridad a los niños para que crezcan con un cierto equilibrio. La vida nos ofrece multitud de oportunidades en que debemos poner freno a nuestros pequeños, como en situaciones peligrosas o inoportunas. No hace falta inventarlas. Sólo debemos estar atentos a no caer en el consentimiento de caprichos dañinos o ilimitados, sin confundirlos nunca con los mimos y demostraciones afectivas, indispensables para el sano desarrollo de nuestros hijos.

Existen dos estilos bien diferenciados en lo que respecta a la educación de los bebés, y muchísimos matices con los que se concretan en el caso real de cada familia. Y opino como el Dr. Carlos González, pediatra, que considera que la diferencia clave entre ellos radica en la concepción que se tiene de los hijos: como aliados o como enemigos. Las expresiones “te quiere tomar el pelo” o “te tiene tomado el pulso” son ilustrativas de la segunda opción. Sin embargo, los bebés son seres humanos indefensos, y sus referentes adultos somos su último refugio, su protección, en quien ellos más confían. ¿Cómo no vamos a ser nosotros los primeros en velar por su bienestar?

No tenemos derechos sobre ellos, como no los tenemos sobre ninguna persona, porque son libres. Creo que es un buen ejercicio comparar a nuestros hijos con personas adultas, para las que no consentiríamos actuaciones vejatorias, por más educativo que fuera el objetivo; incluso con nosotros mismos. Nos daríamos cuenta de la cantidad de injusticias que permitimos que caigan sobre los niños sólo por el hecho de ser menores o por considerarlos una propiedad de sus padres. Si el objetivo es educarlos, ¡eduquémoslos con el ejemplo! Que nuestra herramienta más preciada sea la comunicación, tan necesaria tanto en la pareja como con los hijos.

Para vivir la paz ya en el seno de la familia no es suficiente con eliminar la violencia, sino que es necesario también promover un ambiente de amor y de serenidad que nos lleve a vivir con alegría y entusiasmo. Nuestros hijos se contagiarán de nosotros y crecerán seguros de sí mismos y del amor de sus progenitores, y sabrán compartirlo porque lo habrán visto hacer en casa. El núcleo familiar es la primera célula de la sociedad, así que estaremos dando un primer paso para favorecer un mundo más en paz.

Julieta Bazán Kenny (Psicopedagoga)
España – Barcelona

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