Bicentenario El Salvador: Celebración del bicentenario

El Salvador es el país mas pequeño de Centroamérica, ubicado en un punto donde solo le bañan las costas del Pacífico, apenas y llega a los 21.000 km² de extensión territorial, pero posee un índice de densidad poblacional de los mayores de toda América, teniendo en el 2011 casi los 6 millones de habitantes. Hace 200 años comenzó la historia de lo que somos ahora, un 5 de noviembre de 1811, al convertirse en un país independiente que pretendía en aquellos entonces iniciar una nueva identidad.

Hurgar en la historia de esos inicios de identidad por medio de un acto de independencia, nos ayuda a comprender lo que ahora somos como sociedad salvadoreña, en lo positivo y en lo negativo.  Llevamos 200 años de historia construida por una sociedad y que ha afectado de alguna manera lo que es El Salvador en el 2011. Una historia que se hereda y que afecta el presente.

En el acto inaugural del año de bicentenario, llevado a cabo el 25 de febrero de 2011, el presidente de la República de El Salvador, Mauricio Funes, inicia su discurso público con dos cuestiones: ¿Qué somos? ¿Qué queremos para nuestros hijos?. En su respuesta da una explicación sobre la vigencia que dichas preguntas desde 1811 tienen a la fecha. Habla sobre los impedimentos que el desarrollo en nuestra nación ha tenido: “la exclusión de las grandes mayorías y una profunda división política y social.”

El Salvador trae una historia de mucho conflicto, de lucha de poderes, donde el pleno de la población, las grandes mayorías, históricamente no ha sido la prioridad. Esto se ha visto reflejado en estos 200 años, dónde ha habido varios procesos de conflicto, desde el exterminio casi total de la población indígena (en la matanza de 1932), hasta los procesos de exclusión social que ha permitido el sistema y que no ayudan a que la población tenga acceso a las necesidades básicas a las que tienen derecho; son temas que han dañado, pero al mismo tiempo han construido lo que es la nación ahora.

Hay muchos actores que han influido en este proceso de construir El Salvador y que han querido intervenir en revertir esas lógicas de desigualdad, hay una persona que merece ser nombrada, sabiendo que se deja de nombrar a muchos hombres y mujeres ilustres que han sido participes en esta construcción.  Se trata de la figura de Mons. Oscar Arnulfo Romero, asesinado un 24 de marzo de 1980 pretendiendo callarlo por ser la “voz de los sin voz”, mas no se sabían que si le mataban iba a resucitar en su pueblo salvadoreño.  Sus palabras siguen vigentes y son parte de esa historia salvadoreña que inspira a seguir siendo actores que participamos para transformar la realidad en una ilusión de bienestar para todos y todas.

En 1992, después de varios años de conflicto armado, hay un respiro de paz, un aliento, por medio de la simbólica firma de los acuerdos de Paz.  Un acto de querer cambiar el rumbo a la historia.  Desde ahí hay un punto de partida que se recuerda con mucha ilusión, a pesar que los problemas nacionales posteriores, que han retomado otro rumbo llamado delincuencia, en parte, por haber descuidado unas necesidades básicas de una gran mayoría de la población.

El país ha tenido logros, dentro de sus cambios.  El establecimiento de una democracia cada vez con intentos de más transparencia, dónde se empieza a ver la alternancia de poderes, el respeto del voto del pueblo en la elección de sus líderes.  Son esfuerzos políticos que sobresalen al comparar la historia que nos antecede.  Una historia que no podemos cambiar, pero si podemos conocerla y comprenderla, para ser capaces de poder transformarla, con la inspiración de tener un contexto de bienestar para todas y todos los ciudadanos de la nación.

“¿Qué país queremos? y ¿Qué puede hacer cada uno para alcanzarlo? Para mí es claro, trabajar por la unión del pueblo”, dice Mauricio Funes en el final de su discurso; alentando a la población a tener un sueño, no hablar de oportunidades pérdidas, aprovechar la celebración del Bicentenario como motivo para vivir un presente para construir un mejor futuro por medio de la unidad nacional y la inclusión de las mayorías para la búsqueda de un bienestar universal.

Se tiene una responsabilidad para este pequeño país.  Aprender del pasado para conocer sus debilidades y luchar por un futuro que permita tener unas mejores condiciones de vida para sus ciudadanos y ciudadanas, al mismo tiempo para fortalecer una identidad nacional, que merece ser reforzada en este aniversario de los 200 años de aquel grito de independencia.

Ryna Avila. Arquitecta y Maestra en desarrollo local.
San Salvador

El Salvador es el país mas pequeño de Centroamérica, ubicado en un punto donde solo le bañan las costas del Pacífico, apenas y llega a los 21.000 km² de extensión territorial, pero posee un índice de densidad poblacional de los mayores de toda América, teniendo en el 2011 casi los 6 millones de habitantes. Hace 200 años comenzó la historia de lo que somos ahora, un 5 de noviembre de 1811, al convertirse en un país independiente que pretendía en aquellos entonces iniciar una nueva identidad.

Hurgar en la historia de esos inicios de identidad por medio de un acto de independencia, nos ayuda a comprender lo que ahora somos como sociedad salvadoreña, en lo positivo y en lo negativo.  Llevamos 200 años de historia construida por una sociedad y que ha afectado de alguna manera lo que es El Salvador en el 2011. Una historia que se hereda y que afecta el presente.

En el acto inaugural del año de bicentenario, llevado a cabo el 25 de febrero de 2011, el presidente de la República de El Salvador, Mauricio Funes, inicia su discurso público con dos cuestiones: ¿Qué somos? ¿Qué queremos para nuestros hijos?. En su respuesta da una explicación sobre la vigencia que dichas preguntas desde 1811 tienen a la fecha. Habla sobre los impedimentos que el desarrollo en nuestra nación ha tenido: “la exclusión de las grandes mayorías y una profunda división política y social.”

El Salvador trae una historia de mucho conflicto, de lucha de poderes, donde el pleno de la población, las grandes mayorías, históricamente no ha sido la prioridad. Esto se ha visto reflejado en estos 200 años, dónde ha habido varios procesos de conflicto, desde el exterminio casi total de la población indígena (en la matanza de 1932), hasta los procesos de exclusión social que ha permitido el sistema y que no ayudan a que la población tenga acceso a las necesidades básicas a las que tienen derecho; son temas que han dañado, pero al mismo tiempo han construido lo que es la nación ahora.

Hay muchos actores que han influido en este proceso de construir El Salvador y que han querido intervenir en revertir esas lógicas de desigualdad, hay una persona que merece ser nombrada, sabiendo que se deja de nombrar a muchos hombres y mujeres ilustres que han sido participes en esta construcción.  Se trata de la figura de Mons. Oscar Arnulfo Romero, asesinado un 24 de marzo de 1980 pretendiendo callarlo por ser la “voz de los sin voz”, mas no se sabían que si le mataban iba a resucitar en su pueblo salvadoreño.  Sus palabras siguen vigentes y son parte de esa historia salvadoreña que inspira a seguir siendo actores que participamos para transformar la realidad en una ilusión de bienestar para todos y todas.

En 1992, después de varios años de conflicto armado, hay un respiro de paz, un aliento, por medio de la simbólica firma de los acuerdos de Paz.  Un acto de querer cambiar el rumbo a la historia.  Desde ahí hay un punto de partida que se recuerda con mucha ilusión, a pesar que los problemas nacionales posteriores, que han retomado otro rumbo llamado delincuencia, en parte, por haber descuidado unas necesidades básicas de una gran mayoría de la población.

El país ha tenido logros, dentro de sus cambios.  El establecimiento de una democracia cada vez con intentos de más transparencia, dónde se empieza a ver la alternancia de poderes, el respeto del voto del pueblo en la elección de sus líderes.  Son esfuerzos políticos que sobresalen al comparar la historia que nos antecede.  Una historia que no podemos cambiar, pero si podemos conocerla y comprenderla, para ser capaces de poder transformarla, con la inspiración de tener un contexto de bienestar para todas y todos los ciudadanos de la nación.

“¿Qué país queremos? y ¿Qué puede hacer cada uno para alcanzarlo? Para mí es claro, trabajar por la unión del pueblo”, dice Mauricio Funes en el final de su discurso; alentando a la población a tener un sueño, no hablar de oportunidades pérdidas, aprovechar la celebración del Bicentenario como motivo para vivir un presente para construir un mejor futuro por medio de la unidad nacional y la inclusión de las mayorías para la búsqueda de un bienestar universal.

Se tiene una responsabilidad para este pequeño país.  Aprender del pasado para conocer sus debilidades y luchar por un futuro que permita tener unas mejores condiciones de vida para sus ciudadanos y ciudadanas, al mismo tiempo para fortalecer una identidad nacional, que merece ser reforzada en este aniversario de los 200 años de aquel grito de independencia.

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