Cardona: “Sin justicia social, no hay paz duradera”

SONY DSCEntre los años 2007 y 2008 más de 3.000 jóvenes colombianos, sin ninguna vinculación con la guerrilla, fueron ejecutados extrajudicialmente por el ejército para poder cobrar la recompensa que les había prometido el gobierno del presidente Álvaro Uribe. Muchos de ellos captivados por ofertas de trabajo, se fueron de casa unos días, pero nunca volvieron. Unos meses más tarde fueron hallados en una fosa común. Las progenitoras de algunos de ellos, conocidas hoy como ‘Las madres de Soacha’ – localidad próxima de Bogotá de donde desaparecieron muchos de estos  jóvenes- reclaman ahora justicia. Y con la voluntad que esta historia cruce fronteras, la cineasta Alexandra Cardona acaba de estrenar ‘Retratos de Familia’, documental sobre esta historia.

¿Por qué decidió hacer un documental sobre las Madres de Soasha?

Nosotros, los colombianos, necesitamos que esta realidad se conozca más allá de nuestro país y que en Colombia esta historia deje de ser como un mito. Y con este objetivo cada uno de nosotros ponemos nuestro granito de arena. El mío ha sido hacer un documental.

¿Los colombianos tienen la impresión que estas muertes han sido un “mito”?

Sí, mucha gente no puede creérselo. Pero, de hecho,  a cualquier parte del mundo tendríamos dificultades para aceptar la posibilidad que vendan a un chico para que lo asesinen. Uno piensa que esto es demasiado, porqué no tiene calificativo.

¿Por qué la sociedad aún tiene dudas?

Esta es una pregunta bien compleja. Este documental surge de un proyecto superior, la creación de una Unidad de Memoria y Derechos Humanos en el Archivo Histórico de Bogotá. Y el informe de esta unidad sobre el caso concluye que los  medios de comunicación tuvieron una gran responsabilidad en lo que ocurrió. Ellos replicaron la versión oficial sin investigar, dándole legitimidad, y, además, solo explicaron la histórica de forma fragmentada. Una de les funciones del documental, en este sentido, también ha sido poner todas las piezas en orden.

Usted titula el documental “Retratos de familia” con una intensión muy clara….

Sí, quiero dar rostro y vida a todos estos chicos. Por esto trabajo con la memoria de la familia, la declaración de las madres y los hermanos y mostramos los álbums de fotos de la familia.

Usted ha realizado otros trabajos sobre derechos humanos. ¿Qué le captivó de esta historia?

Empecé a trabajar con este documental en el 2009. Durante este tiempo, aunque yo no he sido amenazada como ellas,  siempre me han animado mucho las propias madres. Ellas han tenido la valentía de enfrentar-se a grandes poderes y denunciar los crímenes perversos realizados contra sus hijos. Cuando las escuchas sientes un gran compromiso con ellas.

¿De algún modo este documental ha cambiado su percepción de las cosas?

Creo que los hechos que tuvieron lugar en Colombia estos años son el nivel máximo de percepción de la guerra. Lamentablemente nos hemos acostumbrado a la violencia. En la televisión nos informan de una matanza, después viene una información sobre el Reinado Nacional de Belleza y pasamos a la telenovela. Pero el hecho que un ser humano sea capaz de comprar a otro para matarlo y exponerlo como un positivo de guerra es el nivel máximo de descomposición social.

Hay un momento, durante la realización del documental, que usted descubre el potencial de este grupo de madres.

Sí. Me doy cuenta que ellas nunca se hubieran  organizado, ni hubieran pedido justicia, si el presidente Uribe no hubiera calificado sus hijos de delincuentes.  Sin estas declaraciones ellas hubieran aceptado sin queja la muerte de sus hijos, porqué en Colombia estamos acostumbrados a crímenes de toda naturaleza. Pero una madre no tolera que nadie ensucie la dignidad de su hijo. Y este es el elemento que despierta el fenómeno.

En esta sociedad tan descompuesta y violenta, ¿cómo se pueden superar los resentimientos?

En Colombia históricamente los resentimientos han pasado de generación en generación. En cambio, en el caso concreto de las Madres de Soacha, ellas piden justicia, pero no venganza. Una reacción hasta hora poco habitual en Colombia. Además su denuncia y exposición siempre está dirigida a pedir que esta historia no se repita. Pero también exigen reconocimiento de los hechos por parte de los culpables  y reparación. Y como consecuencia de esta actitud sus hijos – hermanos de los muertos-, son muchos más serenos que muchas víctimas que yo haya conocido.

Por lo tanto, ¿ellas son una excepción o un brote de un cambio más global en Colombia?

Para mí la grandeza de estas mujeres es que personas comunes, corrientes y procedentes de estratos muy humildes, a raíz de la muerte de sus hijos, acaban transformadas en defensoras de los Derechos Humanos.

Y no tienen ningún respaldo intelectual…

No, primero entienden que son los derechos humanos –algunas han empezado cursos en la universidad-, para que sirven y para qué hay que protegerlos. Y, entonces, con su dolor a cuestas, empiezan su lucha y se convierten un símbolo de defensa de los derechos humanos y un símbolo de protección de los jóvenes. Han crecido desde su desgracia.

En el documental aparece sólo un padre. ¿Cree que el papel de la mujer en los procesos de pacificación es diferente?

En el grupo social que estamos hablando, familias humildes, el padre ejerce de proveedor. Él nunca puede dejar de trabajar, mientras que la madre tiene el tiempo necesario para salir a buscar el hijo y reclamar justicia. Las funciones están separadas, pero el dolor por la pérdida del hijo es compartido. Y, no podemos olvidar, que en estas luchas a largo plazo garantizar el sustento es muy importante.

Sobre la reparación. Algunos militares vinculados a un único caso han sido condenados, pero después puestos en libertad. ¿Tienen esperanza en la justicia? ¿La reparación pasa por los tribunales?

Es muy importante que se haya ratificado la condena de un caso y se haya considerado crimen de lesa humanidad, porqué esto genera jurisprudencia. Respeto los siete casos del documental, algunos estaban listos para condena pero por un cambio de juez se debe empezar de cero y con otros aun ni se ha comenzado el proceso. Nosotros siempre pedimos: verdad, justicia y reparación.

¿Este es el orden?

Sí.  La primera gran necesidad es saber que pasó, porque con esta información podemos limpiar el nombre de la víctima, devolverle la dignidad. Después debe haber justicia y castigo. Y al final llega la reparación integral de la víctima: volver la persona al estado en que estaba antes. ¿Esto es una locura? Sí, pero hasta allá debemos apuntar. Y hablar y divulgar estos hechos forma parte de la reparación.

Una mujer colombiana, en una presentación, les pidió perdón por no haber hecho nada. Un gesto muy simbólico.

Sí, porque todos somos víctimas. No sé como habríamos actuado de saber lo que hacia el ejército, pero por desconocimiento todos somos víctimas. Y por ello, a nosotros mismos, todos nos debemos una reparación. La gente ahora está muy conmocionada y se pregunta: ¿dónde estaba? ¿Qué paso?

Parece que el gobierno colombiano ha iniciado negociaciones con las FARC. ¿Qué esperanzas tienen puestas en este proceso?

Uno tiene la ilusión que el proceso de paz con las FARC pudiera avanzar y consolidarse, pero esto sólo es una parte del problema. Mientras vivamos en un país donde no haya tantos desequilibrios sociales y una corrupción enorme… ¿Cómo podemos lograr la paz? El final de la violencia en Colombia pasa porqué tengamos un país justo socialmente. Sin justicia social, no hay paz duradera. Además, la negociación sólo es con las FARC, no con todas las guerrillas ni con los bacrim (bandas criminales emergentes formadas por paramilitares).

Entonces, ¿cuál es el grado actual de violencia en Colombia?

Ahora la gente se piensa que todo está solucionado, pero no es así. Yo, por ejemplo, ahora tengo más miedo de ir a filmar en algunos lugares que antes. Hace unos años para viajar a las zonas rojas podías pedir protección. Pero hoy,  como se supone que hay paz, no se considera necesaria, cuando en realidad hay localidades en que sigue pasando de todo y existen poblaciones completamente sometidas a grupos que operan al margen de la ley. Durante el gobierno de Uribe nos vendieron el mensaje que estábamos en paz y esto es más peligroso que reconocer el desmadre.

Usted pretende que antes de las elecciones millones de colombianos vean este documental. ¿La construcción de la paz en Colombia surgirá desde la sociedad civil o cuando los políticos obtén claramente por esta opción?

Nos debemos preguntar por qué Colombia es el único país de América Latina que aun no ha sabido acabar con una guerrilla de más de sesenta años. Pues porque aquí el gobierno nunca ha estado dispuesto a ceder en nada, condición necesaria para sentarse a una mesa de pacificación. La paz debe llegar por vía política, pero sólo será así si antes cambia la clase política. Cada día sale a la luz algún escándalo de corrupción o políticos relacionados con paramilitares. La administración no invierte en la gente y por este camino es imposible crear justicia social.

Usted ha comentado alguna vez que toda persona puede ser constructora de paz.

Sí, estoy convencida de ello. Cada persona desde su profesión puede contribuir a la paz. Yo sé escribir y hacer películas, pues lo pongo al servicio de este objetivo. En muchos actos, personas humildes, criadores de gallinas o vendedores, me preguntan: ¿Y yo qué puedo hacer para la paz? Y, mayormente, antes que yo conteste sale otra persona del público para darle una idea. Esto es muy positivo. Cuando la paz llegue en Colombia me dedicaré a hacer otras cosas, pero hasta el momento este es mi objetivo.

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