China y los resentimientos

Los resentimientos son realmente un obstáculo fundamental a la hora de vivir y trabajar una paz positiva en esta sociedad contemporánea china donde vivimos.

Hay muchos resentimientos personales fruto de males habidos en las décadas anteriores debido al caos y violencia experimentada. Aunque mucho se ha hecho para paliar ese daño y sufrimiento, aún las heridas permanecen, especialmente entre la gente mayor, que es la generación que se siente más desplazada, al no poder ir al mismo ritmo de los espectaculares cambios que se están experimentando en esta sociedad.

También hay resentimientos colectivos por prejuicios y estigmatizaciones sociales que se hacen, sin ningún fundamento racional, hacia personas de otras provincias, especialmente si son pobres o están habitadas por grupos minoritarios de otras razas. Las políticas que se van creando e implementando intentan integrarlos, brindarles los mismos derechos y oportunidades al mismo tiempo que proteger su rico patrimonio cultural. Supone un gran reto, en un país tan grande como China, el hacer que la brecha entre provincias costeras, más desarrolladas económicamente, y las del interior, con menos recursos e infraestructuras, no se ahonde y suponga un desequilibrio poblacional más grande así como una amenaza a la estabilidad social y al equilibrio territorial.

Estos resentimientos colectivos, a menudo, tienen como trasfondo fenómenos que, gradualmente, han ido erosionando valores identitarios fundamentales en esta cultura de tradición confuciana, budista y taoísta. Recuperar y resaltar estos valores éticos es una necesidad ineludible para que no arraiguen más éstos y otros recelos. Las relaciones diplomáticas de China con otros países vecinos se están normalizando y pacificando, lo que supone un hito histórico, ya que muestra una apuesta política por superar los recelos ante las amenazas, la intimidación y el miedo frecuente que se respiraba durante la Guerra Fría. Refleja también un intento de, teniendo unas relaciones equilibradas, reconocer los errores del pasado y dejarlos en ese tiempo pasado para que no afecten negativamente el presente y no se repitan en el futuro. Y es que muchos de los actuales resentimientos que se viven con las personas contemporáneas de los países que han tenido conflictos con China, son absurdos pues la mayoría de los responsables de las invasiones y guerras sufridas por China ya murieron. Es injusto que se haga recaer la responsabilidad de lo acontecido en los presentes porque éstos no tienen culpa ni responsabilidad sobre ello,  porque es inútil revivir y releer esa historia en clave de presente y porque hace daño.

Es cierto que, en esta sociedad tan centralizada y monopolizada por el poder político, son éstos los que tienen mayor responsabilidad a la hora de enfocar estos temas de historia nacional y vecinal que tanto afectan a la armonía social, por eso, deberían seguir implicándose más, y renunciar a usar los resentimientos como arma fácil para conseguir otros fines. Hay conceptos y fines comunitarios hechos de arcilla y pueden valer para murallas pero no son adecuados como cimientos sociales. Estas murallas hacen un flaco favor a que las relaciones entre esas colectividades y grupos sean fructíferas y creativas, al contrario, enfrentan, dividen y cierran espacios de encuentro entre las personas de los mismos.

Ya Confucio lo apuntaba en sus Analectas: todos tenemos que cultivar la humanidad. La humanidad, para él, significa compartir la responsabilidad por el estado de la comunidad. Realmente tanto los filósofos taoístas como confucianistas no se cansaron de insistir en lo importante que es tener una buena ubicación en el espacio y en el tiempo, ya que una mala ubicación en él no permite vivir con solemnidad el presente, con todas las potencialidades y virtualidades que contiene. Si uno está bien ubicado, le es más fácil situar los hechos pasados, y sus responsables, en la historia. Si queremos dejar hablar o recuperar la memoria histórica (en los manuales de historia, museos de historia, etc.) para el bien del presente, primero tendremos que contener la indignación y la ira porque éstas ciegan e incitan a la acción inmediata. Con el apasionamiento es fácil promover visiones unilaterales que no permiten escuchar otras voces diferentes.

Recuperar y reintegrar los valores éticos y morales en la vida social y política es urgente si se quiere curar esta grave enfermedad y que no penetre más profundamente atacando a todo el cuerpo social. Es bien sabido en medicina tradicional china que cuando un órgano pierde demasiada energía, por un gasto excesivo de la emoción que le gobierna, se crea un vacío en el cual se introduce un agente patógeno externo o bien la energía de otro órgano vecino. Esta plenitud es patológica y surge como consecuencia de un vacío ocasionado previamente. Saber tener paciencia, temple y gobernar, con calma, las propias emociones y deseos es fundamental para prevenir este desequilibrio energético nada saludable para la globalidad de la persona y del conjunto colectivo. Grandes filósofos de esta tradición asiática, como Lao Zi o Confucio, ya insistieron en que la ira y el odio eran los alimentos preferidos de la violencia y ésta no resuelve ningún tipo de problema. Además, no permiten ser conscientes de las responsabilidades que tenemos en el presente, que es donde realmente vivimos. El no dejarnos llevar por el vértigo de la ira y los deseos primarios sino por el amor y la compasión o grandeza de corazón (incluso con los enemigos) son las mejores medicinas que proponen las enseñanzas budistas ya que tienen el poder de liberar nuestra mirada y trascender nuestro egoísmo. También permite tener un pensamiento correcto para abandonar las “tres vilezas de la mente: codicia, resentimiento y malas intenciones” así como las “cuatro vilezas de la boca: mentira, perfidia, calumnia y lenguaje inadecuado”.

Alimentar la amabilidad y la generosidad para con todos, incluso para con la naturaleza, es lo que hace la persona sabia, la que ha alcanzado la plenitud y madurez suficiente para aceptarse, aceptar la realidad tal como es ahora y adaptar nuestros deseos a ella y no al revés. Liberar la vida ordinaria de emociones negativas permite contemplar el conjunto de la riqueza de la misma y sus innumerables disponibilidades, por eso, quizás, sorprende más que poderosos determinantes sociales o intereses políticos traten de atarnos de continuo al pasado o al porvenir, enredándonos el presente, ¡con lo breve que es!

Irene González (Profesora)
China – Xian

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