Comulogos y Fraternidad

Los filósofos griegos Heráclito y Parménides discutían hace siglos si todo cambia o todo permanece. También hace siglos, en China, como nos muestran el “Tao Te Ching” y el “I Ching”, le daban vueltas a la misma pregunta, sugiriendo que, probablemente, lo único que no cambia -en este plano de existencia- es que estamos en una dinámica de permanente cambio. Desde diferentes ángulos, o mejor, desde diferentes visiones desde una mesa circular, podríamos decir que todos tienen razón. Hoy constatamos que este cambio permanente se produce ante nuestros ojos, nuestras mentes y nuestros corazones a una velocidad inusitada. A menudo ello nos produce dificultades de asimilación. A veces no tenemos ni tiempo de masticar lo que nos afecta local, regional o globalmente … a veces no hay tiempo tampoco de digerir. Incluso en los tiempos líquidos que describe Zygmunt Bauman nos encontramos con no pocas cosas sólidas –o que parecían serlo- en proceso de transformación. Y aquello que es sólido no puede ser tragado sin más, sino transformado mediante procesos de desmenuzamiento primero, y de digestión después. Hacemos aquí referencia pues a las crisis de aquello que es sólido, semi-sólido o líquido y también a la gestión de dichas crisis o procesos de cambio. Se habla a diario de múltiples procesos de crisis: crisis de modelo de humanidad, crisis de valores, crisis económica, crisis financiera global, crisis alimentaria, crisis de la política -con gente indignada, insatisfecha o indigente en las plazas, calles y en las casas del mundo-, crisis tecnológica, crisis social local-regional-global, crisis de sistemas socio-económicos, crisis regionales o locales (recientemente, crisis del norte de África y mundo árabe), crisis de zonas del mundo que interesa no se reflejen en los medios, crisis por guerras –tráfico de armas incluído- o terrorismo, crisis por narcotráfico y delincuencia organizada, crisis por el impacto de grandes corporaciones multinacionales sobre comunidades humanas y recursos naturales, crisis causadas por empresas multinacionales militares y de seguridad privada con más poder y recursos que países enteros, etc … Todo parece estar en crisis, desde lo más macro a lo más micro. Como decíamos, probablemente ha sido siempre así, pero todo ello se desarrolla a una velocidad de vértigo y con una posibilidades de conocimiento y de difusión desconocidas hasta ahora, potenciado todo ello exponencialmente a causa de los avances tecnológicos, allí donde están al alcance. Desde antiguo la humanidad ha canalizado los cambios o las crisis a través del conflicto. Los procesos conflictivos, en su sentido neutro, constituyen algunos de los instrumentos a través de los cuales operamos los cambios. A menudo, la generación de conflictos, es el único resorte que queda a las personas o las comunidades para provocar cambios de situaciones intolerables. La clave no está, por tanto, en la emergencia constante de conflictos, sino si imprimimos una dinámica violenta o no violenta a esos procesos conflictivos que buscan la producción de cambios. En este contexto hay una ley sagrada que es de sobras conocida pero no por ello menos ignorada: la ley del boomerang o la dinámica de que “se recoge lo que se siembra”. Ello es válido tanto en sentido destructivo como constructivo, y lo sigue siendo tanto en Barcelona como en Madrid, como en Nueva York, Bogotá, Kabul, Sydney, Bagdad, Kigali, Jerusalén, Bombai, Buenos Aires, Pekín o cualquier núcleo de población del planeta. Esta ley invisible, no publicada en ningún boletín oficial, imprime todas las dinámicas: desde el nivel de relación interpersonal, al familiar, a la comunidad de vecinos, al barrio, la aldea, la polis, los sistemas transnacionales o internacionales hasta el nivel planetario. Si los padres de familia, o presidente de la comunidad, o la gerencia de empresa, o dirección de la escuela, o la presidencia del Estado, o la secretaría general de un organismo internacional siembran a la vez autoridad e inclusión, liderazgo y escucha, empatía y autorespeto, responsabilidad y desprendimiento obtendrán frutos relacionados con estas semillas, aunque existan problemas, disputas o conflictos. A la vez que si siembran lo dicho en extremo desequilibrio no será de extrañar recibir impactos de frutos envenenados o diabólicos. Diábolo hace precisamente referencia a dos bolas, o dicho de otra forma, a instalarse en la dualidad –conflictiva- sin trascenderla. ¿Cómo puede tratarse y trascenderse el conflicto, sin hundirse en la dualidad?, ¿cómo pueden encontrarse salidas practicables e integradoras sin una violencia que nos vuelva a golpear tarde o temprano? Una forma la constituye la neutralización y canalización adecuada de los ataques violentos para que no hieran ni al destinatario del ataque ni al que ataca, un reto que propone -entre personas- el arte marcial no violento del aikido. El reto se vuelve aún mayor si el ataque afecta a una comunidad y la respuesta debe ser colectiva. Y otra forma, más cercana, sobre la que también deberíamos proponernos el aprendizaje constante es el diálogo, es decir, el intercambio de dos conocimientos. Diálogo o comulogo, o poner en común varios conocimientos a través de la comunicación. Y aunque conocemos más o menos el instrumento, el diálogo o comulogo no puede aplicarse en cualquier situación. Necesita de unas condiciones, que deben ser creadas o buscadas. A nadie se le ocurriría intentar congelar agua en un desierto a pleno día, sin más. Si no se dan las condiciones adecuadas es mejor no hablar, ya que a veces complica aún más las cosas. El diálogo necesita de un espacio y un tiempo adecuados, también de unos participantes adecuados y de una preparación; precisa de tiempos de expresión de diferentes visiones y tiempos de escucha; requiere de momentos de observación, momentos de inspiración, de momentos de expiración –algunos incluso apasionados-, y también de momentos de silencio, como el espacio que hay entre nota y nota en el pentagrama, vacío que permite valorar la música en su conjunto. En el diálogo no siempre el objetivo debe ser llegar a un acuerdo. A menudo el diálogo es un objetivo en sí mismo. Es obvio que tarde o temprano debemos traducir ese diálogo en cosas concretas que sirvan para avanzar o retroceder o parar. A veces basta con señalar qué visiones concretas han podido ser acordadas –connotando positivamente los avances- y sobre qué puntos no existe acuerdo (todavía) … algunos aspectos pueden ser asimilados y otros productos del diálogo necesitaran de una digestión más prolongada. No todo debería ser “gestión urgente de crisis”. Creo que debemos invitar a la realización de comulogos en las situaciones que vivimos en este momento histórico. Precisamente cuando tenemos más sensación que no tenemos tiempo y que las crisis nos invaden por doquier. También a nivel de la polis. Y precisamente ahora que la política y la democracia están siendo cuestionadas de raíz. En este marco se percibe un cierto agotamiento de los partidos políticos y de gobiernos y oposiciones (¿no podríamos cambiar ya de nombres que no representen particiones dualistas e incitadoras a la instalación degenerativa en el conflicto?). Desde el movimiento que dio origen a la democracia contemporánea –desde explosiones violentas- en sus diferentes formas se construyó a partir de la base situando en el alto del edificio los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Dos siglos después, tras otro conflicto bélico a escala mundial, se desarrollaron todavía más estos tres principios –convertidos ya en derechos- con la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Quizás no todo el mundo conozca que en este instrumento global que establece derechos está contemplado un único deber: el deber del comportamiento fraternal (1). No es por casualidad que se ponga énfasis, sobre todo, en los dos primeros. Y curiosamente la libertad se asocia con postulados supuestamente conservadores y la igualdad con postulados supuestamente progresistas. Y aunque ambos postulados son necesarios para equilibrar adecuadamente y encontrar la vía del “justo medio” si se olvida el principio de la fraternidad (como parece el caso en la actualidad) estamos apartando la misma columna vertebral equilibradora. Y la fraternidad no es una idea, ni un principio. Va más allá de categorías éticas o morales. La fraternidad es una experiencia. Y esta experiencia la tenemos al alcance de la mano los más de seis mil millones de seres humanos que vivimos en el ecosistema tierra, aunque no sea sencillo. Si experimentáramos nuestras vivencias en la polis con los otros –incluso con los que no vemos o están alejados- como una experiencia de fraternidad muchas cosas cambiarían creativamente, positivamente. En ese camino de aprendizaje me encuentro, como muchos y muchas. Es unos de los retos fundamentales de la existencia. Y me siento responsable de mis pensamientos y acciones de la misma forma que sé que si tiro una piedra al estanque, las ondas creadas alcanzarán a muchas personas y las ondas volverán a mi a la orilla en la que me encuentro. Ante los retos que se nos presentan, como personas y como humanidad, podemos optar por experimentar comulogos y fraternidad, orientado todo ello a la felicidad y la fiesta. [1] .- Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. Jordi Palou Loverdós Barcelona – España

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