Construir un mundo solidario

El Punto tres de la Carta de la Paz dirigida a la ONU tiene una forma interrogativa. En él se sugiere la idea de construir un mundo más solidario, pero parece indicar que la condición de posibilidad para edificar tal mundo exige la eliminación de los resentimientos absurdos. Los resentimientos absurdos son tratados en el Punto dos de la Carta y se refiere a aquellas heridas del alma que tienen su génesis en el pasado, pero que contaminan el presente y el futuro de las personas y de los pueblos. La amistad es una cuestión de voluntad, pero para ello es fundamental purgar los viejos y ancestrales resentimientos.

No tiene sentido alguno que los seres humanos del presente sintamos odio entre nosotros por hechos acaecidos en el pasado. No somos responsables de ello (simplemente, porque no existíamos) y, por lo tanto, no tiene sentido alguno imputarse la responsabilidad. El hijo del verdugo no es el verdugo. El hijo de la víctima no es la víctima, a pesar de que ha sufrido graves consecuencias por el hecho de ser hijo de tal persona. Aún así, no puede, ni debe imputar sus sufrimientos al hijo del verdugo, porque él no causó tales males, aunque sea el hijo del verdugo. Quizás fueron mis compatriotas quienes causaron tales males, pero no fui yo. Quizás fueron mis correligionarios, pero no fui yo. Quizás fueron mis antepasados, pero no fui yo. Yo no pude ser, porque no estaba.

Si no estaba en el mundo, no se me puede imputar tal responsabilidad, pero sí tengo otra mucho más grave: la de evitar que los resentimientos absurdos del pasado se viertan a las generaciones venideras. No puedo ser canal de transmisión, no puedo ser cómplice en la perpetuación del odio, de la ira y de la confrontación entre personas, colectivos, pueblos y naciones. Tampoco puedo convertirme en un dique de contención, porque cuando los diques se someten a mucha presión, explotan. Deberé buscar formas para no intoxicar a las generaciones futuras de los resentimientos heredados del pasado, pero de igual modo, deberé buscar mecanismos de evasión.

La posibilidad de construir un mundo más solidario y gratificante para las futuras generaciones depende, de hecho, de la capacidad de cortar la transmisión, de empezar de nuevo, de darnos colectivamente una nueva posibilidad, de purificar los resentimientos transmitidos y de no perpetuarlos de generación en generación. Esta tarea catártica depende exclusivamente de nosotros, de los hombres y de las mujeres del presente y de cómo gestionemos las informaciones y las desinformaciones del pasado. No hacer nada es pecar por omisión; es convertirse en cómplice de un proceso que tiene consecuencias nefastas para el bienestar y la armonía de la personas. La transmisión de los resentimientos no es un proceso mecánico, ni una fatalidad histórica; es un acto humano y, en cuanto tal, puede ser pensado, valorado y, si cabe, censurado.

¿Qué significa construir un mundo más solidario y gratificante para nuestros hijos? En el sustrato de tal pregunta se parte de la idea que nuestro mundo sufre una grave carencia de solidaridad y que podría ser más grato vivir en él. Todos sabemos que podría ser más grato vivir en este mundo, si en él las relaciones entre las personas fueran de otro modo. Lo que determina una existencia gratificante no es dónde (el lugar) se vive, sino con quién se vive (el inter). La correcta interrelación, la vinculación afectiva y benevolente entre las personas depende de nosotros. No depende del reino mineral, ni vegetal, ni siquiera animal. Depende de los seres humanos y de los modos de vinculación que establezcamos unos con otros.

Tenemos la obligación de construir un mundo más solidario que el presente, más fraterno y más equitativo. Somos responsables de ello. Tenemos que implicarnos para que las generaciones futuras puedan vivir en un mundo mejor. En la Carta no se parte de una visión negativa del mundo, pero se constata que el mundo del futuro puede ser más solidario que el del presente y que ello depende de nosotros.

El término solidaridad está experimentando, durante los últimos años, un ascenso asombroso. Es una idea que evoca la relación o interacción entre diferentes partes que forman un todo y que, precisamente, en cuanto lo forman, se dicen solidarias. La solidaridad no se refiere a un individuo simple, a una persona, sino que se refiere al conjunto. Evoca la vinculación afectiva entre las partes para constituir de este modo la unidad del todo. Esta unidad no niega la particularidad de cada individualidad, sino más bien lo contrario: la presupone.

Construir un mundo solidario no significa edificar un mundo homogéneo, gris, idéntico a sí mismo, una especie de totalidad sin diferencias, sino integrar las distintas entidades que existen en un  todo más grande. Esta idea está ya expresada en la misma doctrina de la Trinidad de Dios. Cada persona está vinculada a las demás y a su conjunto. Ser solidario consiste en sentirse estrechamente vinculado al otro, en una especie de danza universal, de abrazo común, tal y como se expresa en El Himno de la alegría de Friedrich Schiller, sobre el que Beethoven compuso su bella música.

Esta solidaridad es una exigencia humana, pero trasciende el plano humano. Más allá de los vínculos de benevolencia y de respeto activo entre los seres humanos, está la solidaridad óntica, la que se da entre todos lo existentes. A esta solidaridad que trasciende lo humano, se la puede denominar también cósmica. La expresa Ilya Prigogine cuando afirma: “Darwin nos enseñó que el hombre está enmarcado en la evolución biológica; Einstein nos enseñó que también lo estamos en un Universo en evolución. El darwinismo implica nuestra solidaridad con todas las formas de vida, con el universo en expansión, nuestra solidaridad con el cosmos como un todo”.

La solidaridad humana no es un elemento extraño en el conjunto de cosmos, sino una expresión de la misma solidaridad óntica, pero que llega al plano de la consciencia. Somos gracias a los otros y nos debemos a los otros. Cada entidad forma parte del Todo y depende de otras entidades para seguir siendo parte del Todo. La lucha es el motor de la naturaleza, pero también y con igual intensidad la ayuda mutua entre las generaciones. Sobre este punto se tendrá que leer de nuevo el bello texto de Piotr Kropotkin, La ayuda mutua (1902).

En definitiva, la exigencia de construir un mundo solidario y más grato no es un deseo contra la naturaleza, ni una pretensión descerebrada. Se trata de ser lo que somos, de vivir solidariamente con todo lo que hay, de vincularse estrechamente con los otros, pero, para ello, se deben deconstruir los resentimientos absurdos que emanan del pasado.
Francesc Torralba Rosselló (Doctor en Filosofía)
España – Barcelona

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