Cosas que no se olvidan

El Ámbito María Corral ha dedicado la última edición de su Seminario Interdisciplinario a la “Adolescencia: romper la incomunicación”. En la última sesión, el profesor y escritor Jaume Cela, en una brillante ponencia sobre “la adolescencia en positivo”, para ilustrar su tesis, pasó una secuencia de la película del director y productor de los Estados Unidos, Todd Solondz, denominada Cosas que no se olvidan. [1]

En la gran pantalla de la sala de conferencias apareció una típica familia americana dispuesta a compartir la cena.

Uno de los hijos cuenta –para distender el ambiente cargado que rodea la mesa- que en el instituto están estudiando el holocausto. La madre se interesa por el tema y pide al hijo que le explique cuál es la opinión del profesor. El hijo cuenta que tienen que hacer una entrevista a algún superviviente de un campo de concentración y pregunta a su padre si sabe de alguno.

La madre salta enseguida:
“- Tu abuelo es un superviviente!
– ¿Cómo?, ¿el abuelo? Si, él se vino a América…
– Bien, vino a América huyendo de Hitler. Se salvó porque huyó. Si no hubiera huido habría muerto en los campos de concentración, como su hermano y sus hijos.”
El hijo mayor, que todavía no había abierto la boca, dice:
“- ¿Y él es un superviviente?
– Si, claro… tuvo que huir.
– Habría sido superviviente el tío que fue al campo de concentración, si hubiera conseguido salvar su piel.
– Tu abuelo y nosotros… todos somos supervivientes…”

Silencio. Ambiente tenso.

El hijo mayor dice:
“- Pero, si Hitler no hubiera perseguido a los judíos, el abuelo no habría huido a América y tu no habrías conocido a papá… Si no hubiera sido por Hitler… yo no habría nacido!”

El padre, atónito, lo hecha de la mesa:
“- ¡Vete!, ¡Vete!, ¡Fuera de la mesa!”

Sea cuál sea el ángulo desde el que nos lo miremos, somos históricos: somos seres que, para empezar a ser, hemos dependido de la historia. Como apunta Rubio, coautor de la Carta de la Paz dirigida a la ONU, “cualquier cosa diferente de las que incidieron en nuestro origen habría ocasionado que no existiéramos”. [2] Esta evidencia, que se nos muestra de forma tan clara y diáfana, supone para el padre de este adolescente un puñetazo tan grande que lo único que se le ocurre decir es: “¡Vete! ¡Fuera de la mesa!”.

La Carta de la Paz, en el punto IV, señala: “Es fructuoso conocer la Historia lo más posible. Pero vemos que no podemos volverla hacia atrás. Vemos, también, que si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, el devenir habría sido diferente. Se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros enlaces; habrían nacido otras personas, nosotros no. Ninguno de los que hoy tenemos el tesoro de existir, existiríamos. Esto no quiere insinuar en absoluto que los males desencadenados por nuestros antepasados no fueran realmente males. Los censuramos, repudiamos y no hemos de querer repetirlos. La sorpresa de existir facilitará que los presentes nos esforcemos con alegría para arreglar las consecuencias actuales de los males anteriores a nosotros.”

Si descubrimos la existencia como el bien más grande que poseemos –porque sin ella no puede haber ningún otro bien posible, como la vida, el amor, la amistad, la libertad, la paz…–, y aceptamos que somos seres históricos, fruto de esta historia, concreta, tal como pasó y no de otra, estaremos inmunizados contra cualquier resentimiento histórico que pueda esgrimirse en hacer un mal uso o abuso de la memoria (histórica). Entonces desearemos que nos muestren y nos enseñen nuestra historia de la forma más objetiva posible. La historia familiar, grupal, nacional… los aciertos, los errores, e incluso todas sus maldades e injusticias…, todo toma otro aire cuando uno se da cuenta de que sólo esta historia –y no otra– ha hecho posible mi existencia.

Hoy en día nadie niega que conocer la historia sea bueno y necesario. Pero no por eso tenemos que dejar de tomar precauciones sobre los abusos que de ella se puedan hacer. Tzvetan Todorov afirma que nos encontramos en una época en la que los occidentales, y más concretamente los europeos, parecemos estar obsesionados por el culto a la memoria. También señala que, a pesar de que hay que procurar que el recuero se mantenga vivo, la sacralización de la memoria es discutible. Tenemos que estar alerta para que no haya nada que nos pueda apartar del presente, y también para que el futuro no se nos escape de las manos. [3]

Otro autor contemporáneo, el historiador francés Jacques Le Goff, experto en la Edad Media y con una gran trayectoria interdisciplinaria, nos recuerda que la memoria intenta preservar el pasado sólo porque sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para someterlos. [4]

En un momento como el actual, en el que en tantos lugares del mundo se están haciendo leyes para la recuperación de la memoria histórica, esta evidencia que señala la Carta de la Paz en el punto IV es el marco por donde podemos recuperar la historia, estudiarla, profundizarla, pero “vacunados” de todo resentimiento histórico que nos encienda y aparte de nuestra finalidad primordial, tal como señalan Todorov y Le Goff: el presente.

[1]. Tellingstories. Director: Todd Solondz. EEUU (2001).
[2]. Rubio, A. 22 històries clíniques –progressives- de realisme existencial. Edimurta, (1985).
[3]. Todorov, T. Los abusos de la memoria. Paidós (2000).
[4]. Le Goff, J. Histoire et mémoire. Paris: Gallimard (1988).
María Viñas Pich (Trabajadora social)
España – Barcelona

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