Custiones de paz en San Agustín

Agustín comienza a reflexionar en el libro XIX de la Ciudad de Dios, acerca de la importancia de la paz, como uno de los mayores bienes no sólo de la vida eterna, sino también de la vida terrenal: ‘Porque es tan singular el bien de la paz, que aún en las cosas terrenas y mortales no sabemos oír cosa de mayor gusto, ni desear objeto más agradable, ni finalmente podemos hallar cosa mayor.’ Al respecto, nos parece pertinente señalar que, como constante del pensamiento agustiniano, sólo puede haber paz definitiva en la vida eterna, mientras que en la Civitas Terrena la paz la experimentamos, parafraseando al hiponense, como un bien incierto y dudoso. Tal afirmación cobra sentido sobre todo en perspectiva ontológica, en la medida en que el orden de lo creado, en el estado temporal, reviste el sello de la corruptibilidad. Sin embargo, es esencial destacar que ambas paces (celestial-terrenal), si bien son cualitativamente diferentes, no existe una intención por parte de Agustín de divorciarlas o desvincularlas.

En su sentido más general, la paz (pax) es la ausencia de disensiones y conflictos. Como tal, la paz se realiza perfectísimamente en un mundo de absoluta unidad, en un mundo en el que hay “una sola cosa y no muchas”. En el mundo realmente existente, que es un mundo de multiplicidad, la paz se encuentra en la tranquilidad del orden (tranquilitas ordinis), la disposición de las cosas semejantes y no semejantes, de manera que cada una de ellas tenga su lugar apropiado (civ. Dei 19.13.1). La paz entre los hombres nace de la “unidad de corazón” (concordia), que tiene su raíz en el amor de amistad. La paz de un hombre es perfecta únicamente cuando el amor de la persona está bien ordenado y posee todo cuanto desea (en Ps. 84.10; s. 357.2; mor. 1.3.4).

La paz es uno de los conceptos centrales del pensamiento de San Agustín. La fuerza impulsora de toda acción humana es el deseo de felicidad, y nadie puede ser feliz si no tiene paz. No hay nada sobre lo que hablemos tanto, que deseemos más ardientemente, que acojamos tan satisfactoriamente al lograrlo – en una palabra, no hay nada tan bueno – como la paz (civ. Dei 19.11).

La meta de todo hombre es encontrar paz, pero el camino para conseguirla es difícil. La paz depende de una voluntad buena, una voluntad que esté impulsada por un amor ordenado, y en las circunstancias actuales los hombres encuentran que tal amor es difícil de mantener (exp. Prop. Rm. 13-18; en.Ps.121.12).

Aunque en sus primeros años parece que Agustín creía en el poder de la voluntad humana para elegir, sin ayuda, el bien, él llegó a estar luego cada vez más convencido de que la capacidad para elegir rectamente y amar bien dependían de la gracia de Dios. De hecho, en los escritos de San Agustín que hemos estudiado, afirmamos que llegó a la conclusión de que la paz es verdaderamente un don de Dios, y no una realización humana (civ. Dei 15.4). Si los hombres aceptan plenamente ese don, éste los consuela y fortalece en medio de las presiones actuales de la vida y asegura que su vida después de la muerte esté libre de todo conflicto (Jo.ev.tr.104,1).

Si la paz es el objeto primordial del amor de una persona durante esta vida, entonces la codicia se vence y la envidia desaparece (exp. Gal 52). Así sucede, porque la paz es el único bien que puede compartirse con muchos, sin que disminuya la porción propia de cada uno (s.357.1).

Según el Padre de la Iglesia, para que una persona tenga paz perfecta, tiene que haber armonía interna y externa. El cuerpo ha de tener un equilibrio ordenado entre sus partes; el alma, una satisfacción ordenada de sus apetitos. Los apetitos sensuales no han de apetecer ni demasiado mucho ni demasiado poco de las cosas materiales que son necesarias para el sustento de la vida física. Los apetitos intelectuales han de reflejar una correspondencia entre el deseo y los valores morales.

La paz interna de una persona depende del buen orden que exista entre el cuerpo y el alma y la salud en la totalidad del ser vivo. La paz entre los hombres llega con una amistad ordenada o “unidad de corazón” (concordia). La paz en la familia llega cuando tal amistad se refleja en un arreglo armonioso entre la autoridad y la obediencia entre las personas que conviven. La paz entre las personas que viven en una comunidad política se basa en una armonía entre los gobernantes y los gobernados. Finalmente, la paz de la ciudad celestial, la sociedad más ordenada y armoniosa, se realizará al fin de los tiempos, cuando los hombres y los ángeles se gocen en Dios y se gocen los unos en los otros a causa de Dios (civ. Dei 19.13.1).

Resalta Agustín que el esfuerzo por lograr la paz ha de comenzar dentro de uno mismo. No podemos esperar atraer a otros a la paz, a menos que la poseamos nosotros internamente, y aquí al menos, en el ámbito interior, es un poco de verdad aquello de que “amar es poseerla” (s.357.2-3). El crear tal paz será siempre una tarea difícil. Mientras vivimos en nuestro cuerpo que se va desintegrando, debemos hacer frente a nuestra carne inquieta y a nuestro espíritu debilitado. Tan sólo una persona que no tenga ninguna tentación, tan sólo una persona que esté finalmente libre del hambre, la sed, la enfermedad y el cansancio, podrá hallar completa paz dentro de sí misma. Si se carece de eso, habrá que librar siempre una batalla diaria, habrá siempre una amenaza o al menos una distracción de una vida interior sin conflicto (en. Ps. 84.10).

Según el obispo de Hipona, después de haber alcanzado una módica cantidad de paz interna, entonces la persona podrá buscar la paz con otras personas. Hay dos reglas básicas para las relaciones pacíficas con otros. En primer lugar, no tenemos que hacerles daño; en segundo lugar, hemos de tratar lo más posible de beneficiarlos (civ. Dei 19.14). Idealmente la paz con otros se basa en una confianza mutua y serena, como la que  se da entre amigos inseparables (s.357.1), pero realísticamente dependerá a menudo tan sólo de juramentos pronunciados por bárbaros desconocidos (ep. 47.2). Semejante paz con extraños será siempre frágil e incierta; incluso la paz con aquellos a quienes conocemos no sobrevivirá quizás a los cambios que mañana se produzcan en ellos (o en nosotros). (civ. Dei 19.5).

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