De Chiapas vinieron

Tengo unos buenos amigos en Castelldefels, tienen una casa cerca del mar y de vez en cuando, voy a visitarlos. Nada extraordinario, un buen baño y un rato de conversación mientras compartimos la comida y la amistad. En una de estas visitas, me comentaron que esperaban la visita de un cura de Chiapas (Méjico). Ellos no lo conocían, pero unos amigos comunes les pedían si lo podían acoger mientras encontraba un lugar dónde estarse y cursar unos estudios en la Facultad de Teología de Cataluña. Pasados unos cuantos días, recibo una llamada de Marcos y Virpy diciéndome que el Padre Gabriel ya había llegado y estaba en su casa. Hablé con él por teléfono y quedamos en vernos días más tarde en Barcelona. Me pareció una persona tímida pero muy educada y cordial. El día señalado nos encontramos en la Plaza de Cataluña y, tras hacer una visita a la catedral y al barrio gótico, comimos juntos en un restaurante del barrio antiguo. Después de explicarle los platos típicos del país, iniciamos una larga conversación. Al cabo de poco, él fue cogiendo la palabra mientras yo escuchaba, me resultaba muy interesante todo lo que me explicaba sobre sus comunidades y las condiciones con las qué vivían en la selva. Eran situaciones duras y dramáticas. La cara se le iluminaba cuando hablaba de unos y otros. De pronto me explicó que se sentía preocupado porque en sus poblados fue un grupo de personas con la intención de hacer un espacio de formación para gente adulta. A todo el mundo le pareció oportuno y él mismo cedió los espacios de la parroquia para que se llevara a término la actividad. Pero a medida que iba escuchando lo que explicaban los denominados profesores restaba más preocupado. Las clases eran sesiones históricas dónde se explicaba todo lo que habían sufrido los antepasados, las injusticias que habían pasado y las consecuencias que se derivaban de ello. Él notaba que a medida que iba pasando el tiempo, la gente estaba más desorientada; incluso se mostraban hostiles con las comunidades vecinas y pueblos de otros países. Gabriel habló con los organizadores y les hizo saber sus inquietudes. Aquellos le contestaron con toda franqueza: no podemos empezar la revuelta repartiendo fusiles; antes les hemos de contar la historia y las razones por las que deben luchar. Me quedé boquiabierto: ¡la Historia como herramienta para sembrar resentimientos! Lo había oído muchas veces pero nadie me lo había expuesto tan claramente. La Historia es una maravillosa cantera de experiencias, una gran maestra para conocer los aciertos de nuestros antecesores y no repetir sus errores. Pero no la podemos convertir en una herramienta para cargar las glorias o las culpas pasadas sobre los hombros de las personas. No puede ser un instrumento para crear enemigos y convertirnos en víctimas, en esclavos de los acontecimientos. Se puede enseñar lo que ha pasado en el pasado para que aprendamos de ello pero no para hacernos herederos de unas glorias o unas injusticias pasadas. La Historia nos debe ayudar a ser más amigos, porque es desde la amistad que podemos construir una sociedad más justa y un mundo mejor. Debemos ser libres de toda gloria y de toda culpa, y desde aquí trabajar por los demás. La historia debe estar al servicio del hombre para lograr el desarrollo de la fraternidad humana. Hace tiempo que mi amigo Gabriel volvió a Chiapas y continúa trabajando con sus comunidades. Sé por mis amigos de Castelldefels que está contento y que la situación está más tranquila. Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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