Dejar de lado los disfraces

Participé como profesor en la Universidad de Sonora (Hermosillo), donde impartí un curso sobre la Carta de la Paz dirigida a la ONU. El primer día de curso, me recibió el vicerrector de la Universidad. Después de unas breves palabras de cortesía, me invitó a un café. Me quedé solo en el despacho, sentado en una silla, delante de su mesa, y observando en el fondo una pared llena de cuadros; cada cuadro de ellos era un título que certificaba unos estudios realizados por el vicerrector de la Universidad. Había de muchas clases, un par de licenciaturas, un doctorado, algún postgrado y muchos cursos que no sé como calificar o nombrar, pero que una vez realizados dan derecho a algún título o certificado. Ahora tengo una duda: ¿me ofreció un café para dejarme solo para que pudiera ver sin prisas todos los títulos alcanzados en la vida y me diera cuenta de la valía de su persona? La verdad es que de entrada me había parecido una persona excelente y no tenía necesidad de aquel protocolo de títulos para valorarlo positivamente. Mientras pensaba en todo esto, entró con los cafés, hicimos una pequeña broma sobre el tiempo y nos sentamos. No me pegaba aquella persona, su tracto amable y atento, con aquella demostración de “titulitis”. Muchas veces he reflexionado sobre esta anécdota, sin descartar que podía haber hecho una valoración equivocada de esa persona, con el paso del tiempo he visto que esta actitud es bastante común en nuestra sociedad. Nos cuesta aceptar quién somos y cómo somos, por este motivo tenemos la tendencia a vestirnos de lo que no somos. Necesitamos ser persones con títulos, títulos universitarios, tareas bien remuneradas, belleza física o cualquier otra cosa que nos haga sentir valiosos a los ojos de la sociedad en que vivimos. En vez de vivir dichosos y tranquilos con nuestros propios límites y defectos, aquellos que hacen que seamos realmente quien somos, los miedos y la inseguridad nos hacen vivir buscando que los demás nos valoren, aunque sea con un disfraz. La nuestra, es la mejor forma de desenvolver nuestro ser; todo lo demás es una especie de engaño que acabará desmontándose con la convivencia o el simple paso del tiempo. Jordi, por ejemplo, es un conocido de Barcelona al que fui a visitar hace poco en el hospital de Can Ruti. Tiene mi edad, unos cincuenta años, su mujer y sus hijos estaban con él haciéndole compañía. Lo he saludado y me ha correspondido con una sonrisa, se nota que no tiene ganas de hablar. “Vengo sólo a saludarte y a hacerte un rato de compañía”, le digo. Hablamos y después de unos prudentes momentos me despido de él hasta la próxima visita. Su mujer me acompaña a la salida un poco triste porque los amigos de Jordi  no habían ido a verlo. “Parece que se hayan esfumado, y nos sentimos un poco solos”. Le digo que no sufra, que hablaré con sus compañeros y que entre todos haremos lo posible para poner una solución a esta situación. Mientras volvíamos a casa pensaba que era la primera vez que veía a Jordi sin sus vestidos habituales. Lo recordaba siempre con el cuello y la corbata trabajando en la oficina del banco, hasta cuando ibas a verlo a casa seguía con la camisa blanca y bien vestido. A menudo te quedaba la sensación de que detrás de aquel discurso se escondían algunos complejos y defectos que no quería enseñar. Ahora, después de ver a Jordi en el hospital, lo he sentido más cercano; era una persona, un ser humano que afrontaba el momento de la muerte. Ahora no tenía que demostrar nada; no quería espectadores, quería amigos. ¿Qué sociedad es esta que continuamente nos obliga a demostrar que valemos mucho o como a mínimo alguna cosa? Debemos ser alguna cosa, y cuanto más mejor, si no, no seremos nunca apreciados y a lo mejor nos marginarán. Y queremos demostrar que somos ejerciendo una profesión, con un estatus social determinado o un título académico. El problema está en que esta profesión nos suba a la cabeza y nos creamos que somos un banquero, un regidor, un periodista o quién sabe qué, antes que un ser humano. De hecho, la gente, poco después de saludarte et pregunta: “¿y tu qué haces?”, como si eso te pudiera dar la razón de ser. Si ser, cuando podía no haber sido nunca, es la dignidad más grande que tenemos, ¿qué necesidad hay de ponerse otros distintivos que sólo logran que nos separemos los unos de los otros? Debemos aprender todos juntos que en la vida no es necesario demostrar nada para ser querido; es suficiente con ser lo que somos para que nos quieran. De este modo llegaremos a ser más felices, y seguramente los demás también lo serán.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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