Desarmar la historia

Lo miremos desde el ángulo que lo miremos, somos históricos: somos seres que, para haber empezado a ser, hemos dependido de la historia. Como apunta Rubio, co-autor de la Carta de la Paz dirigida a la ONU, “cualquier cosa distinta de las que incidieron en nuestro origen habría ocasionado que no existiéramos”. Esta evidencia, que se nos muestra tan clara y diáfana, para muchos supone un puñetazo de tal calibre que lo rechazan de lleno.

Y nos encontramos con que muchos de los conflictos que vivimos en la actualidad se perpetúan, precisamente por de no ver esta evidencia: que si la historia hubiese sido distinta el presente sería distinto y nosotros no existiríamos. La Carta de la Paz, en su punto IV señala:

“Es fructuoso conocer la Historia lo más posible. Pero vemos que no podemos volverla  hacia atrás. Vemos también que si la Historia hubiera sido distinta, -mejor o peor-, el devenir  habría sido diferente. Se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros  enlaces; habrían nacido otras personas, nosotros no. Ninguno de los que hoy tenemos el  tesoro de existir, existiríamos.

Esto no quiere insinuar en absoluto que los males desencadenados por nuestros antepasados  no fueran realmente males. Los censuramos, los repudiamos y no hemos de querer repetir- los.

La sorpresa de existir facilitará que los presentes nos esforcemos con alegría para arreglar  las consecuencias de los males anteriores a nosotros”.

El pasado es irrevocable. A pesar del lastre negativo que pueda tener la Historia (injusticias, insolidaridad, matanzas, imposiciones, genocidios, etc.), nosotros somos fruto directo de un conjunto de episodios históricos muy concretos. Podemos desconocerlos, podemos vivir en conflicto con nuestra génesis, pero somos la resultante de un proceso histórico, aunque ello no niega nuestra personalidad y singularidad en la historia, pero es su condición de posibilidad. Es un hecho irrefutable que a ella se debe nuestra existencia, lo cual no significa, como decíamos antes, que seamos responsables de tal situación, ni aun siendo uno de sus efectos directos.  Esta premisa tan sencilla, es la que mucha gente no termina de ver.  Al contrario, algunos creen que si la Historia hubiera sido distinta, ellos hubieran existido de un modo u otro. La evidencia queda ofuscada por la soberbia de ser, no entienden ni aceptan la contingencia del ser.

Si descubrimos la existencia como el mayor bien que poseemos –pues sin ella no pueden darse ningún otro bien posible como la vida, el amor, la amistad, la libertad, la paz,…-,  y aceptamos que somos seres históricos, fruto de esta la historia, concreta, tal y como pasó y no otra… estaremos inmunizados contra cualquier resentimiento histórico que pudiera colarse al hacer un mal uso o abuso de la memoria [histórica]. Entonces, desearemos que nos muestren y enseñen nuestra historia de la manera más objetiva posible.  La historia familiar, grupal, nacional… los aciertos, errores, incluso las maldades y las injusticias,… todo toma otro cariz cuando uno cae en la cuenta que sólo esta historia –y no otra- posibilitó mi existencia.

Sentir esa sorpresa de existir, junto con la vivencia de que podíamos no haber existido, hace que brote de nuestro interior un sentimiento de alegría por el hecho de existir. Aquellos hechos buenos o malos han sido globalmente un bien necesario para nosotros, un bien entendido en sentido óntico, es decir, de nuestro ser, y que ha posibilitado nuestra concreta y real existencia. Dicha sorpresa y alegría son tremendamente exigentes, ya que si estamos contentos de vivir, no podemos rechazar ni quejarnos continuamente por todo aquello que fue necesario y que posibilitó nuestra génesis. Al contrario esa alegría de existir ha de impulsarnos a trabajar con ahínco para reparar en lo que sea posible el presente que vivimos. La alegría de ser con otros, es el motor para la ardua tarea de edificar la paz en el momento presente.

Es importante conocer la Historia, pero es muy distinto conocerla habiéndola aceptado con gozo de antemano, tanto sus alegrías como sus sinsabores, que conocerla enrabiándose y rechazándola.

La Historia es maestra de vida, para que aprendamos a no repetir los hechos nefastos que ocurrieron y que tanto criticamos. Hay que saber filtrar todo  lo positivo y enriquecer este legado con nuestra solidaria actuación en el presente. Queremos creer que sirve de algo recordar, que no está de más el esfuerzo de comunicar lo que acaeció a los que acaban de irrumpir en la Historia. Queremos imaginar que el recuerdo de las víctimas no será en vano, que no es sólo un modo de hacerles justicia, sino de prevenir a las generaciones presentes y futuras del mal que puede arremeter.

Esta aceptación gozosa de la Historia, no implica, ni mucho menos, que no reconozcamos que los males del pasado fueron realmente males. Una cosa es la aceptación óntica y otra muy distinta la aceptación ética de la misma. Es fundamental lamentar públicamente lo ocurrido y que las instituciones que tuvieron especial protagonismo en aquellas atrocidades, sean capaces de lamentarlo de un modo claro y diáfano y no sólo esto, sino que además velen para resarcir los males que derivaron de tales atrocidades. Los responsables actuales de tales instituciones no deben sentirse culpables, porque ellos no fueron responsables de lo que acaeció en el pasado, pero no pueden desentenderse de los males que las instituciones que dirigen ahora causaron en el pasado.

Como afirma el historiador Carlos Martínez Shaw: “Debemos, por tanto conocer el pasado, pero también debemos juzgarlo. No podemos aceptar el relativismo ético. Creemos que hay unos condicionantes para la conducta humana, pero creemos también la libertad del hombre. No podemos extender un manto de indiferentismo moral que cubra el pasado si no lo hacemos para el presente. Si nosotros estamos contentos de existir, y por otra parte, no pudimos intervenir en el discurrir de los hechos pasados –pues no existíamos- entonces es lícito que nos alegremos de que ocurrieran así sin que ello suponga, insistimos, que los justifiquemos éticamente, ya que ello posibilitó que existiéramos (…) Por ello concluye el último párrafo de este punto IV diciendo: “los males desencadenados por nuestros antepasados, los censuramos, repudiamos y no hemos de querer repetirlos”.

[1] del artículo “CONSTRUIR LA PAZ SOBRE CENIZAS DE GUERRA”, Capítulo 3.
J.Cussó, F.Torralba, M.Viñas
España – Barcelona

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