Dos soldados

En una trinchera destrozada hay seres terrenos esparcidos, defensas caídas… Apoyando sus espaldas en un pequeño muro hay dos soldados heridos en el suelo, separados por un trecho. Tienen uniformes distintos y rotos por la metralla… Hay humaredas en el horizonte. Silencio. De cuando en cuando se mueven con manchas grandes de sangre en sus ropas y en la cabeza, entre apagados quejidos. Los dos soldados hablan. —¿Te duele?— dice uno. —Sí, …, si no, no me quejaría… Le responde el otro. —Por lo menos aquí nos entendemos algo. Tú hablas como los tuyos y yo como los míos, —y ríe con ironía— aunque unos y otros hablamos algo, mejor o peor, en lo que nos entendemos… Como estamos solos, no queda más remedio…¡ah! En el suelo se ve el bulto informe de un hombre muerto semienterrado por los escombros. El soldado lo señala y pregunta. —¿Le conocías? —Si. Era un buen amigo mío. Buen compañero de todos. Se quedó detrás para ayudarnos en la retirada. Y… ya ves, se quedó él. —Y nosotros. —¿Tú crees que vendrá alguien a auxiliarnos? —No lo sé. —Aunque mejor no vengan ni los tuyos ni los míos. Rematarían a uno y a otro. Qué carga inútil. —Sí, mejor que se acuerde la Cruz Roja. —No perdamos la esperanza… Revolviendo en un bolsillo, saca una arrugada caja de cigarrillos. Enciende uno y sacando otro lo ofrece al otro soldado sin hablar. —¿Mi odio a vosotros me permitirá aceptar este pitillo? —Prueba. Lo coge y lo enciende con el del otro soldado. Fuman despacio, gustando de algo en ese lugar. —Todavía tenemos alguna fuerza y armas cerca. Podríamos seguir matándonos… —No hace falta… seguro que nos moriremos espontáneamente. Yo pierdo fuerzas. Hasta fumar me cuesta trabajo. —Cuando yo era chico mi abuelo me sentaba en sus rodillas y me contaba las atrocidades que, en su tiempo, nos hicisteis en una guerra. No recuerdo por qué fue esa guerra, pero me recordaba que tenía que odiaros toda la vida… y que tenía que vengarnos. —¡A mí también mis dos abuelos! —¿Recuerdas qué pasó en esa guerra de hace más de 60 años? —Mi abuelo no lo explicó demasiado. Le bastó que yo entendiera que os tenía que odiar siempre. —Nosotros no habíamos nacido. Tú, que yo sepa, nunca me has  hecho ningún daño. ¡Hasta me has dado un cigarrillo! —Yo tampoco te había visto nunca, y aun así me pareces una buena persona. El otro soldado consigue alcanzar una cantimplora abollada. Desenrosca el tapón para beber, pero se detiene. Antes le ofrece al que le dio el pitillo. Éste bebe y se la devuelve. —Gracias, bebe tú también. Darme agua es más que un cigarrillo. ¡Tenía tanta sed! Eres una buena persona. Me has dado más de lo que yo te he dado a ti… mero humo, como el de las bombas… —(…)No viene nadie. Ni se acuerdan de nosotros —Si nosotros no habíamos nacido ni nos habíamos hecho ningún mal y estamos ahora charlando juntos y nos sentimos medio muertos y hasta amigos, ¡¿por que repuñetera razón tenemos que odiarnos?! —Estúpido, en verdad. ¡Qué ciego he sido! Si todos hubiéramos sido amigos como lo era con este —dice señalando al muerto— nos hubiéramos ayudado mutuamente para ir mejor todos… —¿Cómo te llamas? —Ivanovich. —Yo Hamed. Uno tiende la mano al otro y el otro la acepta. Así pueden alcanzarse. Aumentan los ruidos de motores. Se acercan aviones. Miran con afán al cielo. —¡Son bombarderos! —¿De qué bando? —Si nos bombardean, ¡¿qué más da?! Ambos estallan en carcajadas histéricas. Se oye un silbido agudo y una bomba cae muy cerca de ellos. Ellos quedan mortalmente heridos y se desploman  por el propio peso, medio abrazados. Alfredo Rubio (Coautor Carta de la Paz) España – Barcelona

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