Ecoespiritualidad transversal

El día 4 de octubre, día de san Francisco de Asís, participé activamente en una mesa redonda organizada por la Comunidad de San Egidio en el Museo Picasso de Barcelona. El tema que nos convocaba era la conexión entre la ecología humana y la ecología medioambiental. Se trataba de pensar lo que pueden aportar las grandes tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad en la edificación de un mundo más sostenible y saludable no sólo para los seres humanos del presente, sino, también, para las generaciones venideras.

Lo verdaderamente estimulante de la mesa fue la coincidencia a la hora de contemplar la naturaleza como un bien común, digno de ser protegido. Se definió la naturaleza como creación de Dios, como expresión del único Espíritu, como manifestación plural de la única divinidad. Se criticó el uso instrumental de la misma y la reducción de la naturaleza a puro recurso energético y a posesión humana. Con distintas palabras y categorías, cada cual expresión de una cultura milenaria, se definió la naturaleza como don y al ser humano como una parte integrante del todo en un sistema interdependiente, donde no existe ningún ser autosuficiente, absolutamente independiente, sino en el que cada uno desarrolla su función decisiva para el óptimo despliegue de la armonía cósmica.

Lo verdaderamente interesante del diálogo interreligioso que tuvo lugar durante aquella mañana tan conceptualmente franciscana fue la complicidad latente entre los distintos representantes de las religiones y la enérgica defensa del amor, del respeto y del sacrificio como vías de futuro. Más allá de las dificultades lingüísticas y conceptuales, pude constatar, una vez más, que dialogar consiste en un acto de hospitalidad. El receptor acoge la palabra del emisor en su seno, pero, igualmente, el receptor se convierte en emisor y comunica sus pensamientos al receptor con la esperanza que también estos sean hospedados en el interior de su ser. Este intercambio de palabras es algo más que un ejercicio de cortesía y formalidad académica; es un ejercicio de mutua transformación y, en último término, una ocasión para la conversión personal.

Las tradiciones espirituales y religiosas debidamente digeridas pueden ser una ocasión para recuperar la visión sacramental del cosmos, para resacralizar la naturaleza y practicar esa benevolencia universal para con todos los seres de la creación. Una contribución, ésta, decisiva para el futuro de la humanidad. Después de dos siglos de desacralización del cosmos y de explotación tiránica de sus recursos, hemos comprendido que tal relación con el conjunto de la naturaleza es, además, de tóxica, terrible para el mismo ser humano y para las generaciones venideras. Tal y como puso de manifiesto el moderador el acto, Policarpo, el problema ecológico, más allá de sus debates científicos, es un problema de signo espiritual. En este ámbito, escuchar las tradiciones espirituales puede ser un signo de sabiduría. Esta ecoespiritualidad transversal que cruza todas las grandes tradiciones, occidentales y orientales, puede servir de fundamento y, a la vez, de cuerpo doctrinal, a la difusiva sensibilidad ecológica que emerge en la postmodernidad.

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