El árbol genealógico

He descubierto que cada vez hay más gente que quiere su árbol genealógico. Quieren saber quienes eran sus antepasados: los nombres y la procedencia. Es normal llegar a muchas casas y ver colgado en la pared del comedor un cuadro donde se recoge esta información, acompañada de sus escudos de armas; es algo que les hace mucha ilusión. Yo también caí en la tentación. Quería regalar a mis padres el árbol genealógico de la familia. Recuerdo que, pensando que era una tarea sencilla, intenté hacerlo personalmente. Pronto me cansé. Decidí encargarlo a algún especialista, pero de un día para el otro la cosa cayó en el olvido y nuestro árbol no fue más allá de los bisabuelos. Pero, mirando los nombres escritos me doy cuenta de que sólo son nombres. No conocía nada de su vida. Tenía unos datos elementales: nombre, apellidos, lugar y fecha de nacimiento, nombre del padre de la madre y, además, la fecha de defunción. Y, cuando más te alejas en el tiempo, más reducidas quedan las anotaciones. Este árbol de mis antepasados, asimismo, no me dice nada de su vida real, de las cosas que hicieron, de las situaciones que tuvieron que sufrir, cómo era su carácter, por qué razones cambiaron de región, etc. Cuando nos ponemos a hacer la historia anterior a nuestro engendramiento, la imaginamos idílica. Todo es normal y correcto. Nunca pensamos que hemos nacido gracias al esfuerzo, a la generosidad y a la firmeza de nuestros antepasados. Pero como no queremos que nadie sufra, no podemos concebir que el sufrimiento haya sido necesario para que podamos haber llegado a existir. Cuando estudiamos la Historia, descubrimos que en el pasado sucedieron auténticas calamidades: guerras, sufrimientos, muertos, inundaciones, cataclismos, etc. Para que nosotros pudiéramos existir; y nos sorprendemos al darnos cuenta de que todas estas cosas eran necesarias para que yo pudiera llegar a existir. Son estas las razones que hicieron que mi bisabuelo dejara su vida de ciudad de natal y se fuera a vivir a la Colònia Güell, donde conoció a mi bisabuela y, gracias a esto, nació mi abuela. Y mi abuelo materno tuvo que dejar la casa solariega porque no era el heredero, y tuvo que espabilarse en Solsona, empezar de nuevo. También gracias a esta concepción familiar tan injusta, conoció a mi abuela, que vivía en la ciudad, y así nació mi madre. Y la Guerra Civil Española desplazó a mi padre a Solsona y, gracias a tener que ir a esta ciudad, conoció a mi madre y, así, ahora yo puedo escribir estas líneas. No deseaba ninguna de estas desgracias de mis antepasados, fueron auténticos males para los que los sufrían, pero todas fueron necesarias para que yo llegara a existir. El ser contingente nace de muchas pequeñas y grandes situaciones dramáticas. Las guerras con Napoleón, las distintas pestes acaecidas a lo largo de los años, las malas cosechas que arruinaron familias y obligaron a desplazarse miles de personas a las ciudades, las guerras civiles… y tantos otros acontecimientos, han posibilitado que yo exista. Así que yo soy fruto de todas las glorias, pero también de todas las tragedias de la humanidad. Éste es el drama del ser contingente. Y, además, debo alegrarme de esta dramática contingencia, porque posibilita que yo exista. Querer existir sin que se haya producido ninguna tragedia es no aceptar ser limitado y, sobretodo, no tener que agradecer a nadie la propia existencia. Por este motivo, muchos quieren creer que la Historia empieza con su nacimiento y no les interesa nada de lo que sucedió anteriormente. Gozan pensando que ellos han aparecido aquí, sin más. Se vuelven ególatras y todo lo hacen girar a su alrededor, según su voluntad y caprichos. A una persona que infla su ser de esta forma, le es muy difícil aceptar que podría no haber existido. Igualmente le va a costar mucho tener que aceptar que un día dejará de ser, lo entenderá como una forma de insulto, ya que él es imprescindible desde el momento en que ha aparecido en la Historia. Es un fútil intento de creer que se puede nacer sin tener Historia. Estudiar mi árbol genealógico. Puede que lo haga, pero de una manera muy distinta. No me interesan tanto los nombres como las histories personales. Quiero conocer para agradecer y, sobretodo, para trabajar en el presente e ir disminuyendo las situaciones injustas que hoy se producen como resultantes de esta misma Historia. Lo mejor que puedo hacer, si quiero hacer actos de generosidad, es trabajar por el bien de los que existen, que son los que realmente podrán gozar de mi esfuerzo hacia ellos.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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