El deber de entusiasmar a los jóvenes en la alegría de existir

La generación de los niños del deseo
Desde hace unas décadas, podemos decir que ha cambiado bastante la manera de concebir todo lo relacionado con el engendramiento, la natalidad, la procreación, en definitiva, con el don de la existencia. La mayoría de los de la generación que ahora tenemos entre 40 y 50 años, y las anteriores, no hemos sido “planificados”. Quiero decir con esto que entraba dentro de las posibilidades del matrimonio de nuestros padres “que viniesen hijos”. Cuándo y cómo… no se podía afinar tanto… venían y ya está.

Los adolescentes y jóvenes de hoy, se los denomina de diferentes maneras. Hay quien los denomina la generación Peter Pan, otros la generación Einstein… Monique Dagnaud [1], denomina esta generación “la Generación de los Niños del Deseo”. Remarca con este nombre, que los post-adolescentes y jóvenes de hoy son fruto de un “proyecto”, el de sus progenitores, y que su llegada ha sido programada, esperada. Su venida es tan esperada y deseada que está envuelta no sólo de atenciones sino también de muchas  proyecciones.  Los adolescentes y jóvenes de este estrenado milenio son bien conscientes que son fruto de una decisión libre de sus padres. Y esto les permite reclamar: “No pedimos existir, nos trajisteis vosotros. Ahora… ¿qué nos ofrecéis? ¿es este mundo al que nos habéis abocado? ¿este es el mundo que nos queréis dejar?”

El filósofo francés Marcel Gauchet [2], en un artículo en el que habla de los riesgos existenciales de esta generación escribe: “El niño del deseo está llamado a asumir, bajo la mirada de sus padres, la decisión de la que procede”. Cuántos problemas de autoestima, de madurez, etc. tienen en su origen una despreocupación -o claudicación- de los adultos de transmitir a los adolescentes que aunque sí deseaban un hijo [en abstracto], están contentos y felices con el que les ha “tocado” [el hijo real y concreto que ha nacido]. Y que lo quieren a él, a él en concreto. Que si ahora, a los padres nos pusieran ante una tómbola con el ticket del premio en la mano… de entre todos los adolescentes y jóvenes que nos podríamos llevar, lo escogeríamos a ÉL, ¡a él en concreto!
A los adultos, muchas veces, y con una pizca de frivolidad, nos gusta la expresión: “Cuando era pequeño me lo quería comer a besos… ¡ahora me arrepiento de no haberlo hecho!”. Detrás de esta expresión se esconde una no-aceptación de la adolescencia de nuestros hijos. Y ellos lo perciben.

Algunos psiquiatras aseguran que hemos pasado del control de la natalidad a la pretensión del control del producto de la natalidad. Y los que salen perdiendo en esta carrera… son los adolescentes; ya que es en esta etapa de la vida donde se da un paso importante en autonomía y descubierta de uno mismo.

La responsabilidad de los adultos

Hace un año, en la prensa española, se escribió mucho sobre la niña que con 7 años, llevaba más de la mitad de su vida sin querer ver a su padre. Apareció entonces un término nuevo en los juzgados: el síndrome de la alienación parenteral. Y desde entonces se regulan también las posibles interferencias que uno de los progenitores puede causar en las relaciones del otro con sus hijos.
Psicólogos y profesionales de diversas disciplinas hace años que están alertando –no sólo avisando- que lo más básico para un niño no es que él sea querido por su padre y por su madre. Lo más importante es que su engendramiento sea fruto del amor auténtico que une [o unió] a sus progenitores.

Lo que los adolescentes más necesitan no es que los miremos, adulándolos y mimándolos. De poco sirve esto si ellos no ven y no “tocan” el espectáculo de la unidad de los adultos, la armonía y la solidaridad de la sociedad adulta a la que ellos están invitados a ingresar. Ver, tocar, sentir que los adultos viven la solidaridad, el perdón, y todos aquellos valores de desarrollo del ser humano. Esto es lo que posibilita que el adolescente se decida a vivir de cara hacia el futuro, y deje de vivir encarado al pasado, en una perpetua infancia.

El niño puede entender perfectamente que los padres ya no viven juntos, que se separan. Lo que el niño no puede entender y lo que le hace tambalear, son unos padres peleados, que no se quieren y que se molestan todo lo que pueden y más –vivan juntos o no-. Esto es lo que desatina e impide crecer y madurar a una persona: que los adultos no sepan convivir en armonía, en mutua cooperación, etc. Y esto no sólo se limita al ámbito familiar, también en el terreno profesional, laboral y público.

Los post-adolescentes y jóvenes de hoy perciben un mundo adulto que está a bofetadas: la crispación en el mundo laboral y público, el nivel de insultos en la política, la violencia intrafamiliar, el desamor dentro de las familias, en las escuelas: padres y educadores, ya no van a la una sino que están enfrentados, los adultos en los grupos de trabajo criticándose y desautorizándose constantemente, para no hablar de las guerras entre pueblos y naciones. Los post-adolescentes perciben una sociedad adulta donde reina el desamor.

¿Dónde es de la vida en sociedad que los jóvenes tiene la oportunidad de ver el espectáculo de los adultos en concordia? ¿En franca estima cordial? ¿En qué instancias de la vida los adolescentes y jóvenes tienen la oportunidad de ver un grupo de adultos dando un espectáculo de confianza, de cooperación? En aras de la eficacia y los resultados, hemos apartado a los amigos del negocio, hemos apartado a la familia del trabajo… ¿Dónde pueden ver los jóvenes a un grupo de adultos, amigos, trabajando juntos para mejorar el mundo? Si no nos espabilamos para que proliferen este tipo de espectáculos; difícilmente los post-adolescentes y jóvenes se entusiasmarán por entrar en el mundo adulto.

Derechos y deberes humanos

Las sociedades occidentales acomodadas nos hemos convertido en sociedades buscadoras de derechos; búsqueda que muchas veces no es otra cosa que uno busca para legitimar actitudes. Somos una sociedad que busca derechos por todos lados, y que se ha olvidado de los deberes. Y hemos olvidado que no se pueden garantizar los derechos sin los deberes, y viceversa. A cada derecho le corresponde un deber. El ejercicio de derechos y deberes se corresponde en uno mismo. Es decir, no hay unos ejecutores de derechos, y unos ejecutores de deberes, sino que la misma persona es a quien corresponde el derecho y deber sobre una  misma cosa. Como por ejemplo la salud.

El hecho que vivamos en una sociedad centrada en los derechos, no nos hace ningún favor a los adultos, porque la adultez es una etapa en la que se tienen muchas responsabilidades, es más, la adultez es la etapa sobre la que recae la responsabilidad más grande en el trabajo, la familia, y la sociedad. Todo a la vez.

Juan Miguel González Feria definió al adulto como “aquel que vive en un cruce, porque ve que su libertad está ligada, por un lado, por sus hijos, que todavía dependen de él, y por la otra, por sus padres, que se han hecho mayores. Ser adulto es no claudicar de esta opción”. Y esta opción debe ser hecha en libertad.

Pero en una sociedad centrada en los derechos… vivir una etapa de la vida centrada en los deberes es muy difícil de aceptar. Y además, esto hace muy difícil que haya adultos que estén entusiasmados de ser adultos. Y una sociedad que no tiene adultos entusiasmados de serlo, no sólo no conseguirá la armonía ni individual ni colectiva, sino que no será entusiasmante para que las nuevas generaciones quieran ser adultas.

Al inicio del artículo hemos remarcado que nadie ha hecho nada para existir, que es un don, un regalo que nos viene dado. Al adulto le pasa lo mismo que a sus hijos: no ha pedido existir, ni ha hecho nada para llegar a nacer. Pero un elemento propio de la adultez es reconocer esta dimensión de don, de regalo que es la existencia. Porque si bien es cierto que en la mayoría de cosas que tiene, hay su esfuerzo y voluntad, no es menos cierto que las cosas más importantes de la vida le han sido dadas o regaladas.

El adulto que “siente” el don de la existencia, y que es capaz de reconocer en el otro este mismo don, y que vive agradecido ante este hecho, será una persona fundamentalmente agradecida. Ser agradecido es ubicarse en esta existencia como en una realidad que es agradable, es decir: “estoy contento de lo que soy, de los años que tengo y de la vida que he hecho”. El agradecimiento se muestra cuando soy capaz de vivir con gozo el hecho de ser quien soy y como soy y aceptar que es esta la realidad que comporta mi vida.

Pero la aceptación de esto tiene una contrapartida: el adulto es una persona básicamente de deberes. Pero no de unos deberes impuestos como una losa desde fuera, pesados y contrapuestos a mi libertad. Sino bien al contrario: son unos deberes que surgen del reconocimiento agradecido de todo lo que me ha sido dado; y que resulta que es el más importante y fundamental en mi vida.

Del don de la existencia: surge el deber de ocuparse de las nuevas generaciones. Principalmente motivarlos en la alegría de existir. Del don de la cultura: surge el deber de trabajar para mejorar el mundo, principalmente a través de las técnicas y ciencias, y de las artes.

Ser adulto es estar en la etapa del deber, la etapa de dar lo que se ha recibido. Esto, en la vida se refleja que, gozando de lo que se es, se da a los otros con alegría. Esta manera de hacer y obrar puede generar entusiasmo en las nuevas generaciones y deseo de llegar a ser adulto. El adulto capaz de entusiasmar es aquél que acepta con alegría la situación que le toca vivir: que le ha sido dada por sus decisiones y por las decisiones de los demás. Y, desde esta aceptación, hace todo lo posible para mejorar todo aquello que está en sus manos mejorar.

[1]  Monique Dagnaud: directora de investigación en l’École d’Hauts Études en Ciencias Sociales en París.

[2]  Filósofo, historiador y redactor jefe de la Revista “Le Débat”. Director de l’École d’Hauts Études Socials de París.
María Viñas Pich (Trabajadora social)
Portugal – Oporto

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