El don de existir. Tomar conciencia

La conciencia de existir es un acto reflexivo que aparece después de estar un tiempo en el escenario. Es difícil fijar el momento. Cada persona es un universo y la conciencia de existir no obedece a patrones generales. Esta toma de conciencia exige una cierta capacidad de pensar, de distancia crítica, de reflexión y, por esto mismo, nunca es simultánea al nacimiento, sino que aparece bastante tiempo después. Llega un día en que, por la razón que sea, el actor principal se da cuenta de que existe y que no ha realizado ningún mérito para ello. Toma conciencia de su existencia, queda maravillado, sobrecogido, incluso, al sentirse alguien en medio del Gran Teatro. Entonces, por primera vez, siente que su vida es un regalo, una posibilidad única y, al mismo tiempo, una responsabilidad.

Cuando el actor toma conciencia de estar en el escenario del mundo; se da cuenta, del mismo modo, que podría no haber estado nunca, que su existencia no era necesaria, que si sus padres no se hubieran conocido y amado, él sencillamente no hubiera nacido. Se da cuenta de que es fruto de la casualidad de una serie de encuentros, de un íntimo encuentro que tuvo lugar tiempo atrás y que podría, ciertamente, no haberse producido nunca. Por primera vez, capta que su existencia es relativa, heterónoma, que no se dio la vida él mismo, sino que se la dieron los otros. Toma conciencia de que existe gracias a los otros, que el do lo ha precedido. Entonces aprende que está en deuda, que a pesar de los avatares y las difíciles vicisitudes que ha vivido y que tendrá que vivir, le han concedido la posibilidad de existir.

En los momentos más dramáticos de la obra, el actor sentirá, como Job, el asco de haber nacido; deseará como Segismundo no haber salido nunca del útero de su madre; incluso deseará dejar de ser, aniquilarse. Pero en los momentos de máxima belleza, de bondad, de unidad y de armonía, en  el gozo del amor correspondido y en la primavera de los sentidos, experimentará la infinita gratitud de existir. Tal vez no la expresará, pero sentirá la necesidad de comunicarla, de agradecer a los que lo trajeron al mundo el do de la vida, la inmensa posibilidad de existir, incluso, a pesar de sus progenitores. Tal vez no estaba ni en la mente, ni en el corazón de sus padres que él comenzase a existir, pero, sea como sea, se encuentra siendo, representando un papel en el Gran Teatro y se da cuenta que existe.
TORRALBE, F. (1008). “El sentido de la vida”. Ara Llibres, Barcelona.

 

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