El lamento como implicación ética

Reconstruir la imagen de los enemigos Explicar historias de lamentos -que no historias lamentables- supone rescatar aquellos fragmentos de la Historia de la humanidad en los que la actitud de lamentar haya prevalecido frente a hechos pasados que ya no son reparables por sus contemporáneos. Esta es la finalidad del punto VIII de la Carta de la Paz dirigida a la ONU cuando se dirige a la actuación de los representantes actuales de instituciones que en su pasado hayan cometido agravios en algún momento. Es decir, cuando se dirige a los representantes actuales de cualquier institución, pues, quién esté libre de ello que tire la primera piedra. Fácil nos resulta identificar hechos del pasado que cometieron instituciones como los diversos estados y representantes políticos, la misma Iglesia y tantos ejemplos conocidos por todos que han causado grandes conflictos internacionales. Sin embargo, muchos más ciudadanos de los que nos imaginamos son hoy en día representantes de instituciones –mucho más pequeñas y a nivel micro- ya sean ONG’s, entidades, colectivos, asociaciones o incluso la misma institución familiar. Entendida la institución a nivel mucho más micro, nos toca cercanamente a cada uno. Con ello, vemos como esta actitud que propone el punto VIII de la Carta de la Paz podemos empezar a ejercitarla en nosotros mismos. ¡Qué familia está exenta de haber de lamentar hechos que sus antepasados cometieron hacia otras familias o instituciones! ¡Qué entidad, colectivo, asociación, está exenta de tener que lamentar hechos que sus antepasados cometieron hacia otros grupos! Cuando una actitud que tendemos a recriminar en otros, la sentimos también cercana y podemos identificarla en la propia piel, se nos hace más sensible y a su vez nos convertimos en más benevolentes al mirar bajo esa óptica a quiénes son nuestro punto de mira por tales actitudes. En esos momentos, la indulgencia y la compasión, la mirada caritativa e incluso magnificente minimiza la importancia de tales hechos, cuando hacia los demás tiende a maximizarlos. Así pues, si creemos en la propuesta que se nos hace desde este punto VIII para que las instituciones lamenten los daños que pudieron haber cometido en el pasado sus antecesores en tal representación, deberíamos aplicar dicha actitud también para con los nuestros, con esos micro grupos que representamos. Ello no comporta un mea culpa permanente que conduce al perdón para su liberación, pues no heredamos los daños morales, y si no los heredamos tampoco podemos sentirnos culpables. Sin embargo, sí podemos lamentar eso que ocurrió con la intención de que tal lamento nos implique éticamente, al menos mostrando nuestro desacuerdo. Y aún no compartiéndolo seguimos representando dicha institución, que sabemos no exenta de culpa en el pasado. Además habrá que considerar que con este lamento, mostrando nuestra disconformidad con lo que sucedió, en primer lugar estamos reconociendo que nuestra institución fue actora de tales hechos, en segundo lugar reconocemos que fueron hechos punibles, que causaron agravios en los receptores, y en tercer lugar que deseamos reconstruir la imagen de los supuestos enemigos porque nosotros no los consideramos como tales. Resarcir la imagen del enemigo, reconstruirla, edificarla con un nuevo lenguaje, supone pasar de enemigos a amigos, o al menos a personas dignas de existir. Resarcir esa imagen del enemigo tiene una gran implicación ética a diversos niveles. Por un lado, hacia los presentes para que no sigan considerando enemigos a quienes en el pasado se les tenía por ello. Por otro lado, a nivel de ética dialógica, pues supone un lenguaje anclado en el presente con perspectiva de futuro y no un lenguaje anclado en el pasado; lenguaje que muchas veces los libros de historia perpetúan hacia el futuro.  A su vez, implica una ética relacional nueva en adelante, en la línea de las características propias de una relación cordial donde no haya esclavitud, engaño, falsedad, intereses o ironías. Comporta también un compromiso ético, que parte de la voluntad de no ser indiferentes hacia lo que sucedió y los daños colaterales que aún hoy en día esos hechos comportan. A tal extremo llega ese compromiso, que si es real conlleva la implicación de tratar de resarcir los daños en la medida de lo posible. Este último es un punto delicado. El más coherente, por supuesto, ante una actitud de lamento, pero a su vez el más complejo de llevar a cabo. Por un lado, porque no se convierte en una transacción a modo de saldar deudas para poder estar en paz. Si esto se plantea, por ejemplo, de modo irreflexivo en relación a la población musulmana que vive en nuestro país, teniendo en cuenta los hechos ocurridos en el siglo XV por parte del mundo árabe en relación a la ocupación de Al-Andalus, puede desencadenar consecuencias atroces. En todo caso, cualquier petición de lamento debe ser propuesta de lamento, no impuesto sino sugerido. Además, surgirá con mayor libertad si se percibe esa misma actitud en el entorno más inmediato y próximo, y mucho más si se ha visto practicar de forma habitual, pues sabemos que aprendemos mayormente por imitación. El interés en el tema del lamento institucional sugiere también ahondar en ese reconocimiento de los hechos ocurridos para deslegitimizar la voluntad de olvido, como si con ello salváramos el futuro ignorando el pasado. La terapeuta de la película “La vida secreta de las palabras” muestra la grabación de las revelaciones de los acosados durante la guerra de los Balcanes, entre otros a la protagonista Jana, diciendo que el olvido hace que la historia se acabe repitiendo. Así, la voluntad de reconciliación no va unida a la voluntad de olvido, al menos porque hasta ahora era un proceso imposible a no ser que se sufriera amnesia. Todo ello aún cuando recientemente algunos estudios científicos hablan de la posibilidad de borrar de la mente, a nivel neuronal, recuerdos negativos del pasado en aras de un mayor bienestar y felicidad, pues hay recuerdos que no nos dejan conciliar el sueño, y algunos el impacto emocional de los cuales perpetúan un resentimiento profundo. Reafirmando las palabras de la terapeuta, habrá que asegurarnos de que en algún lugar queden escritos o grabados los horrores de la historia, no con voluntad de poner el dedo en la llaga, sino de no caer en la ingenuidad de no saber hasta dónde puede llegar el afán de causarnos mal y la atrocidad humanas. Si con una actitud de lamento, no por lo que hemos hecho, sino por lo que otros hicieron, conseguimos implicarnos éticamente en las consecuencias convivenciales que ello comporta, probablemente algunas relaciones más cordiales a nivel institucional y personal podremos edificar.   Marta Burguet Arfelis Instituto de la Paz Clemente Mur Santa Coloma de Gramenet, Barcelona

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