El puñal y la herida

En Ecuador acaban de hacer un censo para que la gente se defina étnicamente. (artículo publicado en www.elespectador.com)

La pregunta específica decía así: “¿Cómo se identifica usted de acuerdo con su cultura y costumbres?: a) indígena; b) afroecuatoriano; c) negro; d) mulato; e) montubio; f) mestizo; h) blanco; i) otro”. Como la pregunta parte de las costumbres, se supone que uno al responder no debía simplemente mirarse al espejo ni medir la cantidad de melanina en la piel. Pedían, por un acto de introspección, que uno se definiera como blanco, negro, indígena, etc., según la cultura (y eso suponiendo que haya una cultura blanca, otra negra, otra afroecuatoriana…)

En los censos de otras partes del mundo es el funcionario del gobierno quien, después de echarnos un vistazo, hace la clasificación racial correspondiente. En el caso ecuatoriano, entonces, si uno fue un niño negro adoptado por una familia blanca, ahora como adulto (por tradición) debería definirse como blanco, y viceversa, si uno es blanco en apariencia, pero fue adoptado por una familia negra, deberá definirse como negro.  Si aplicáramos, para definirnos, un criterio puramente biológico –genético–, los datos que aporta la investigación científica dicen que todos (desde los suecos hasta los chinos, pasando por los aborígenes australianos para llegar hasta los indios de la Patagonia), todos, tenemos un ancestro común en África, una Eva africana de la cual no hay Homo Sapiens actual que no descienda. Así que en rigor cualquiera de nosotros debería contestar un cuestionario así declarándose afrodescendiente. Pero si uno quisiera descubrir un ancestro más reciente podría hacer otras consideraciones.

Para el caso antioqueño (por poner un ejemplo) se han hecho investigaciones genéticas que dicen que en el 90% de los antioqueños hay un antepasado indígena de sexo femenino y un antepasado europeo de sexo masculino. La conquista, hecha en su mayoría por hombres españoles, que venían sin mujeres, provocó que (por voluntad o por violación) hubiera muchos hijos con mujeres indígenas. Y la masacre y el genocidio, como suele ocurrir desde la antigüedad en las guerras de conquista, ocurrió sobre todo contra los varones indios.

Con la titulación colectiva de tierras, y a veces con la acción afirmativa de los gobiernos, hay ocasiones en que resulta importante y útil tener una definición precisa de la propia pertenencia a algún sexo o a alguna raza. Si yo fuera hermafrodita y hubiera más opciones de empleo para las mujeres, sería preferible que me definiera mujer, en vez de hombre. Eso mismo ocurre con muchos indígenas y muchos afrodescendientes (de aspecto exterior mestizo o mulato) que prefieren definirse como indígenas o negros con tal de no perder ciertas ventajas. Como no hay en absoluto razas humanas puras, decir que uno es esto o lo otro es una elaboración imaginaria.

Entiendo muy bien que si uno está haciendo un estudio sobre población discriminada y encuentra que los negros o los indígenas se mueren, en promedio, mucho más jóvenes que los blancos, porque reciben peor atención médica, es importante tener diferenciaciones étnicas de la población. Pero al mismo tiempo sueño con país y con un mundo en el que las diferencias raciales carezcan de importancia.

Ojalá uno no fuera definido por su pertenencia a un grupo, a una nación o a un pueblo, sino que cada ser humano fuera considerado por lo que es en sí mismo. Las culpas caducan y no conviene vivir siempre rumiando la memoria del oprobio. Si entre mis antepasados hay esclavistas o violadores blancos, si en mis genes hay una esclava o un violador negro, si en la historia de mi sangre hay una mujer india, un abuelo judío o un bisabuelo árabe, de nada de esto yo soy responsable. No puedo cargar con su orgullo ni con su vergüenza. La identidad no es colectiva. Cada uno es lo que es. Y en nuestros países de origen bastardo todos somos, como decía un poeta, el puñal y la herida. De eso somos hijos, del puñal y de la herida.

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