Engendrar y engendro: ¿mismos significados?

El significado de las palabras y su evolución a lo largo del tiempo produce, a veces, situaciones curiosas. En el caso de las palabras engendrar y engendro se produce un hecho curioso, alarmante y simbólico. Por engendrar, se entiende procrear, propagar la propia especie / fig. Causar, ocasionar, formar; mientras que por engendro tenemos feto/ Criatura informe que nace sin la proporción debida / Persona muy fea / fig. Plan, designio u obra intelectual mal concebidos (Diccionario Escolar de la Real Academia Española). Así, mientras engendrar se relacionaría con la magia de la existencia y la procreación, engendro ha derivado a usos despectivos o de cosa inacabada o mal hecha. El uso distinto que hacemos de estos dos conceptos (engendrar y engendro) puede ser un símbolo de la posible irresponsabilidad hacia las nuevas generaciones.

Así, el punto IX de la Carta de la Paz habla de tres puntos clave: la responsabilidad de los progenitores, y de la sociedad, para facilitar medios suficientes a las nuevas generaciones; la necesidad de entusiasmar a las nuevas generaciones en el gozo de vivir; y la importancia de transmitir valores de paz y no menospreciar a nadie. Si miramos los significados despectivos de engendro, veremos que no se adecuan a estos tres puntos, sino más bien al contrario.

Responsabilidad de engendrar

Si aceptamos los significados despectivos de engendro como algo feo e inacabado, razón de más para asumir con gozo y responsabilidad la opción de engendrar para llegar con éxito al final del proceso. Y esta responsabilidad conlleva los siguientes compromisos: procurar un proceso de gestación lo más saludable posible; prepararse para las responsabilidades como progenitores sobretodo en las fases primerizas de la nueva criatura; poder posibilitar los medios para la satisfacción de necesidades y el desarrollo de la nueva criatura; fomentar el gozo de la existencia y darle amor respetando toda su persona; y procurar ofrecerle como herencia un mundo más en paz.

En este sentido, la mayoría de familias asumen como algo natural e importante los tres primeros compromisos, si bien el tercero parece tener fecha de caducidad. ¿Hasta cuándo hay que procurar los medios suficientes para nuestros hijos? ¿Hasta los 18 años? ¿Hasta la emancipación cada vez más tardía? ¿Para siempre? Si el tercer compromiso ya es sinónimo de debate (con ejemplos de padres que se niegan –con sus razones- a abastecer a sus hijos ya mayores de edad por ser, para así decirlo, del grupo de los NI-NI), el cuarto y el quinto no siempre son tenidos en cuenta. ¿Cómo se fomenta y comparte el gozo por vivir?, ¿cómo se lucha para ofrecerles un mundo más en paz?

Es importante que en las fases infantil, adolescente y juvenil – pero también en la adulta- el hijo pueda llenarse de gozo, amor y paz y no sólo de todos los conocimientos que desde la escuela le transmitirán. De poco sirven los conocimientos adquiridos si no pueden pasar por el filtro de los tres ítems anteriores. Así, sólo un conjunto de personas llenas de gozo, amor y paz puede construir una sociedad con los mismos valores. Construir la paz desde la desazón, la indiferencia, el odio, o la violencia es imposible. Además, recuperando el concepto engendro inicial, la responsabilidad de los padres es formar personas libres, inteligentes, responsables, llenas de amor y de paz y que compartan estos valores con la sociedad. Quedarse a medias en el proceso de formación sería, permítaseme la expresión, haber criado un engendro; o sea, haber inacabado la obra.

Irresponsabilidad de engendrar

La no asunción de dicha responsabilidad puede conllevar situaciones problemáticas en todas las etapas del proceso: embarazos no deseados; dilemas de abortos (aunque abortar también debería poder ser visto como un ejercicio de responsabilidad, según sea el caso); gestaciones no saludables con consumos de tóxicos; insatisfacción de las necesidades de los hijos que podrían conllevar la retirada de la guarda y tutela; la no transmisión de amor, respeto (violencia infantil), gozo por vivir; separaciones o divorcios que pueden conllevar dificultades en el hijo… Es ahí donde la sociedad –con sus aciertos y errores, sus acuerdos y discrepancias- asume la corresponsabilidad de decidir qué futuro se quiere para las nuevas generaciones, generando nuevos recursos con el fin de ofrecer un presente mejor a las nuevas generaciones.

La corresponsabilidad política y social frente a las nuevas criaturas

Tanto si los padres pueden asumir el reto de engendrar y educar como si les supera, la sociedad tiene la obligación moral de comprometerse a formar parte de dicho reto y sin fecha de caducidad ninguna; es decir, debe plantearse cómo facilitar recursos y apoyos suficientes, cómo transmitir el gozo por vivir y cómo dejar en herencia un mundo más en paz. Tras la Segunda Guerra Mundial, empezó a nacer la idea de Bienestar Social y de que los gobiernos, con el apoyo de toda la ciudadanía, debían procurar el bienestar común. 65 años más tarde, la crisis y la revolución globalizadora, han desestabilizado –entre otros factores- los distintos modelos de Bienestar Social, pero para nada deberían acabar con su existencia, validez y necesidad. Negar su importancia sería negar la corresponsabilidad social y sería dar vía libre al individualismo desenfrenado. Puede que la idea de Bienestar Social esté en crisis, pero 65 años no son nada si miramos los miles de años que hace que existimos. Así, el Estado de Bienestar no es más que una idea embrionaria, un engendro (en un sentido positivo) que todavía puede crecer y aprender a andar y llegar más lejos.

Por otro lado, no sólo desde las estructuras sociopolíticas debe asumirse el compromiso de la corresponsabilidad. Todos los ciudadanos debemos formar parte del reto. Bien es cierto que mucha gente cree que vivimos momentos de individualismo y egocentrismo desenfrenado, pero a la vez y equilibrando la balanza el siglo XXI recoge los buenos frutos del siglo anterior y se vive el auge de la solidaridad para con los demás hermanos, próximos o lejanos.

Entusiasmo de existir

La existencia es un regalo que no siempre sabemos apreciar. Toda persona debe sentir el placer de su existencia y de luchar por vivirla lo mejor posible. Abraham Maslow, psicólogo humanista, describió cuáles eran las necesidades, ámbitos y su orden de satisfacción para que una persona pueda sentirse realizada completamente. No es aquí el espacio para dar pros y contras sobre su propuesta, ya que sin ir más lejos personas y sociedades sin necesidades básicas cubiertas son más felices que personas y sociedades del primer mundo (su entusiasmo de existir –tan cercanos a la muerte- es encomiable). Lo más importante es aceptar que una persona es completa cuando es capaz de realizarse en distintos ámbitos: satisfacción de las necesidades básicas, de afecto, de reconocimiento social o laboral, de capacidad cognitiva,… Esa inmensa posibilidad y necesidad de toda persona para realizarse (la persona es una construcción constante hasta su muerte) debe ser el principal motor y gasolina que empuje a padres, sociedad y a hijos (niños y adolescentes) para llegar a aproximarse al difícil reto.

Pero el placer de la existencia no debe ser egocéntrico. Padres y sociedad deben inculcar en los niños y jóvenes el placer de formar parte de una sociedad y de poder ser partícipes de su desarrollo, evolución y de su orientación hacia la paz. Al entusiasmo de existir, hay que sumarle el entusiasmo de compartir. Y también el entusiasmo de participar, de aportar. En este sentido, no sólo la familia debe procurar encender tal entusiasmo, sino que la sociedad debe procurar mantenerlo encendido: en el caso de los jóvenes, el entusiasmo puede decaer cuando ven que sus opiniones no se tienen en cuenta, cuando su participación es ínfima porque no es propiciada,… Sus enormes dificultades para acceder al mundo laboral y el panorama actual donde prima el dinero, el beneficio y los “obreros” a los “artesanos” no permiten gozo alguno. Sólo desde el fomento de la participación y la aportación positiva se podrá mantener vivo el entusiasmo de la existencia y la solidaridad. A fin de cuentas –último juego de palabras-, es engendrando (creando, aportando) que empezamos a dejar de ser engendros (obras inacabadas).

Jaume Clavé Escofet
España – Barcelona

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