Gozar o sufrir, “that is the question”

Soy hijo de una generación que vivió los últimos coletazos de una educación moral muy represiva. Casi todo estaba prohibido, y no sólo porque la dictadura política ponía muchas trabas, sino porque la conciencia de las personas estaba formada desde la represión y desde un gran sentimiento de culpa. Nos educaban para el no: no hagas esto, no digas, no toques… Eran pocas las casas de familiares o amigos donde te invitaban a hacer algo. Todos sabíamos muy bien lo que no teníamos que hacer, pero éramos miedosos cuando había que decidir lo que había que hacer. Además, se añadía el lema pedagógico del momento: La letra con sangre entra. Había que evitar que los niños gozaran, porque así estarían más bien preparados para afrontar la vida, que era entendida sobre todo como sufrimiento. El hecho es que muchas de las cosas que no se podían hacer, precisamente porque estaban prohibidas, eran aún más atractivas e interesantes. Así resultaba agradable transgredir las prohibiciones y, a escondidas de casi todo el mundo, hacer todo aquello que nos decían que no podíamos hacer. Así, con el miedo a ser descubiertos, todo era aún más emocionante y se añadía una descarga de adrenalina a las cosas, que nos ayudaba a vivirlo todo con más intensidad y emoción. ¡Cuántos recuerdos y cuántas anécdotas vividas en la adolescencia y la juventud, que aun hoy son motivo de risas cuando nos reencontramos viejos amigos…! A pesar de esta sonrisa inocente, me parece que muchas personas de aquella generación han quedado instaladas en aquellas emociones infantiles de la vida. No tanto porque sean unos adultos adolescentes, sino porque han perdido capacidad de gozar y de dejar gozar a los otros. Son personas un poco masoquistas que, para poder gozar de la vida, necesitan aquel aire de prohibición, hacer las cosas a escondidas, transgredir alguna norma con cierta sensación de culpa mal entendida. La pedagogía según la cual sólo las cosas que suponían un cierto sufrimiento eran las positivas quedaba enraizada en los hábitos de nuestra vida. Esta reflexión me ha traído a la memoria la conversación con Joseph Pedra. Probablemente porque era uno de los más favorecidos de nuestra pandilla, al menos eso opinaban todas las chicas. Lo envidiábamos un poco, porque él siempre tenía éxito con ellas y los otros pasábamos desapercibidos a las miradas femeninas. Pero tengo que decir, que Joseph no era una persona infatuada; más bien pecaba un poco de ingenua, que aún le hacia más buena persona. Por más que se esforzase, no podía luchar contra él mismo, con lo cual aprendió a sacar provecho de su constitución física. Pep se enamoró de Eugenia, una chica muy guapa que no era de nuestra pandilla. Se conocieron en la autoescuela, mientras estudiaban para sacarse el carnet de conducir. Eugenia era de una familia tradicional y no les hizo ninguna gracia que su hija saliera con un chico que tenía fama de “Casanova”. Ya sabéis que pasa: cosas de pueblos pequeños, todo se sabe, pero en realidad nadie conoce nada, todo son meras suposiciones… Así pues, los amigos de Pep encubrieron aquella relación. En teoría cada fin de semana salíamos todo el grupo juntos, pero en la práctica siempre faltaba Pep y Eugenia, que se incorporaban al grupo cuando volvíamos a casa. Juegos inocentes de juventud que aún ahora nos despiertan una sonrisa ingenua. Pep y Eugenia al final se casaron. Yo fui a vivir a Barcelona y la distancia hizo que fuéramos perdiendo el contacto con los amigos de la infancia. Sabía de uno o del otro, pero las obligaciones de todos hicieron que perdiéramos toda relación. A pesar de todo, siempre hay alguien que al cabo de los años tiene la brillante idea de juntar los amigos de bachillerato. Se organiza una cena y ya nos tienes de nuevo juntos alrededor de una mesa. Un poco más calvos, más gorditos, más…, pero todos nos reconocemos enseguida. El correr de los años nos cambia el físico pero no hay duda que cada uno sigue siendo cada uno… Me tocó sentarme al lado de Pep y lo primero que le pregunté fue por Eugenia. Con un talante serio me dijo que se habían separado. Debía tener ganas de hablar sobre el tema porque toda la cena me estuvo explicando la situación que vivía entonces. “Los primeros años de matrimonio fueron muy bien, pero después la relación se enfrió, le faltaba algo, me decía. En el trabajo conocí una chica y flirteamos; nada importante, porque yo amaba a Eugenia, pero tuvimos una pequeña aventura, ¿sabes? Eugenia lo supo y se molestó. El hecho es que no fuimos capaces de reconducir la situación y al cabo de un tiempo nos separamos. Si tengo que ser sincero te diré que aún la amo a Eugenia. Ahora vivo solo. Después he conocido otras chicas, pero siempre me pasa lo mismo: empezamos bien, pero al cabo de un tiempo de estar juntos, acabamos perdiendo aquella intensidad, como si todo perdiera interés. Estoy mal, pero de momento no salgo adelante”. Me supo mal lo que me decía Pep, vivir en aquella soledad no querida, por no ser capaz de convivir y ser feliz con otra persona… En el postre se inició el baile y la juerga y no continuamos la charla. Al final nos despedimos todos muy contentos del encuentro y  con el deseo de repetirla. Han pasado unos años y nadie ha tomado aún la iniciativa de montar otra cena. A menudo he pensado en aquella cena, porque aquello que me explicaba Pep he visto que se repetía con muchos otros amigos y amigas. Pensé que esto de las parejas rotas y de mucha gente sola incapaz de vivir una relación estable con alguien, quizás era un mal endémico de nuestro tiempo. O quien sabe si es una consecuencia de aquella formación moral tan restrictiva, que sin darnos cuenta había dejado una profunda huella en nuestro ser. Era como un reflejo condicionado de lo que nos habían enseñado de pequeños. Cuando festejábamos todo había que hacerlo vigilando, con mucho cuidado, escondidos por miedo a ser descubiertos. Después se sacaban y todo era diferente, incluso hasta el día de la boda todo el mundo pedía a gritos a la pareja que se besaran. Iban a vivir juntos, en una casa preparada con la ayuda de la familia y los regalos de los amigos, y todo el mundo esperaba que se amasen mucho y que fueran felices. Pero cuando se podían amar con paz y tranquilidad, entonces no eran capaces de ser felices. Les faltaba algo, la relación se había convertido en rutina. Y en este contexto aparece el amigo o amiga, que les ayuda a reencontrar aquel espacio de miedo, de culpabilidad, de hacer alguna cosa a escondidas, que les vuelve el gozo y el sentir lo que habían vivido de jóvenes. Parece que para poder gozar, necesitan aquel punto de sufrimiento que haga subir la adrenalina. Es como si necesitaran la sensación de culpabilidad para gozar de las cosas realmente. Hay que encontrar el equilibrio entre el gozar y el sufrimiento. Pero si sacamos la capacidad de gozar a la gente para prepararlos mejor para lo que tendrán que sufrir, convertimos la vida en un calvario innecesario, sin sentido. Nos queda una imagen desastrosa de la existencia, de la vida humana, en la que, además, iremos buscando continuamente los culpables de tanto sufrimiento. No llegaremos a entender la condición humana y los límites propios de nuestro ser. Hay que enseñar a la gente que la vida es bonita, que vale al pena gozar de lo que somos, de la amistad y de todas las cosas buenas que nos rodean. Esto no es ningún obstáculo para saber que también la vida es sufrimiento, porque el sufrimiento forma parte de nuestra existencia humana. Más bien aquel equilibrio entre el gozo y el sufrimiento es lo que nos puede ayudar a gozar con normalidad de las cosas. Pero si nos privamos del gozo, exagerando la parte del sufrimiento, falseamos la realidad e impedimos que la gente asuma y acepte la realidad con paz y alegría. Y la no aceptación de lo que somos nos impide aceptar a los demás, con lo cual no somos capaces de amarnos a nosotros mismos ni amar a los otros. Y no solo la vida se convierte es un sufrir continuo, sino que sin quererlo, por la misma razón que sufrimos, hacemos sufrir a los demás. Hay que cambiar esta pedagogía. Es importante enseñar a la gente a saber gozar de todo aquello que se pueda gozar: así también podremos soportar todo aquello que nos toque sufrir hasta el día de la muerte.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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