Historiar hacia la paz

El pasado sigue presente

Los acontecimientos pasados, las personas que nos precedieron, siguen estando presentes de muchas maneras, pero quizás la manera más vital es a través de las personas que ahora estamos existiendo. Como señala el punto IV de la Carta de la Paz dirigida a la ONU:  “…si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, el devenir habría sido diferente. Se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros enlaces; habrían nacido otras personas, nosotros no. Ninguno de los que hoy tenemos el tesoro de existir, existiríamos.” Sin ellos, no existiríamos nosotros. Y esos ellos son: nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos… Cada uno con su biografía marcada por el momento histórico que le tocó vivir. Periodos de paz, periodos de conflictos familiares o guerras, migraciones, y un largo etcétera de hechos causales y casuales.

La cuestión es que estamos existiendo ahora sin haberlo pedido. La Historia, o mejor dicho, las personas que han ido existiendo a los largo de los años son causa de nuestra presencia en este mundo. Somos fruto de personas que han convivido pacíficamente y han construido sociedades e instituciones muy valiosas, pero también somos fruto de personas que han matado o han sido muertas o denigradas por causas absurdas. Y esto no nos hace ni buenos ni malos, ni mejores ni peores, ni dignos o indignos de la vida que nos ha sido dada. Simplemente nos hace seres existiendo.

Nuestra única oportunidad de existir es el resultado de todo lo acontecido. Cualquier pequeño cambio hubiera generado nuestra no-existencia. Llegar, vivencialmente, a esta evidencia supone una conmoción óntica.

La Historia no es reversible

Cuando estudiamos Historia volvemos la mirada hacia hechos del pasado. Un matiz importante es tener presente que no podemos volver hacia atrás esos hechos para deshacerlos y hacerlos de nuevo con criterios presentes. La Historia se puede describir, pero no se puede re-escribir. ¡Qué bueno que la Historia no sea reversible! Pensar, siquiera, que nosotros –ahora- lo hubiéramos hecho de otra manera, resta valor a lo que otras personas obraron en el pasado. A ojos de los contemporáneos un acontecimiento puede ser catastrófico o benéfico para una región, país o colectivo humano. Sin embargo, para las personas que lo protagonizaron era quizás la única opción de actuar en aquel presente remoto, sea cual fuere su posicionamiento en dicho momento. Podríamos llamar presentismo a la práctica de concebir la cronología de la realidad, es decir, el devenir histórico, sólo con esquemas del presente.

Una postura humilde de quien pretende historiar un hecho, es reconocer de antemano que lo hace desde un presente ajeno a lo que estudia. Por más datos fidedignos que tengamos de aquello que sucedió, no estuvimos ahí presenciándolo para dar fe de que realmente fue como nosotros decimos. Podríamos resumirlo así: “aquí y ahora yo pienso que aquello pudo haber sucedido de tal manera”. El respeto hacia la realidad que se historia es el primer paso en que se cimienta un estudio serio.

El pasado son personas

Muchas veces, cuando se estudia Historia, se piensa en “el pasado” como una construcción abstracta. En realidad la Historia no es “algo que les pasó” a los que nos precedieron. La Historia son las personas mismas. O, mejor dicho, la narración de lo que los seres humanos han ido viviendo a lo largo del tiempo y en geografías determinadas.

La Historia son personas y se ha de concebir como tal, no reducirla a fechas o datos estadísticos. Y, si la persona es multidimensional, la Historia también lo es. Cada ser humano está integrado por dimensiones como la física, la psicológica, la emocional, la espiritual, la social, etc. ¿Por qué no concebir la Historia como un complejo de dimensiones que están conformando un solo cuerpo?

Cuando estudiamos un periodo histórico, hemos de poder pensar en las personas que protagonizaron ese momento: su mentalidad, su constitución física, su alimentación, sus condiciones laborales, sus relaciones domésticas, las instituciones sociales que los cohesionaban, su concepción de la vida y la muerte, las formas de marginación que producían, la manera en que ejercían el poder, sus códigos morales, su relación con la naturaleza… Además del contexto en el que se desarrollaban: el clima, el ecosistema, las catástrofes naturales… Y no sólo su propio entorno social, sino aquel “otro” que son los vecinos y contra los cuales muchas veces se organizan las pequeñas o grandes contiendas.

Buenos y malos

¿Qué hace que juzguemos el pasado? Probablemente la mentalidad maniquea que permea muchas concepciones humanas. Tendemos a dividir las realidades en buenas y malas. Es decir, las que, a ojos del que juzga, le benefician o le perjudican. De este partir el mundo en bueno y malo nacen muchos “ismos”, como los racismos, los sexismos, los nacionalismos, los clasismos, los fanatismos…

El maniqueísmo, en el estudio y pedagogía de la Historia, es un filtro que distorsiona la realidad, ya que encasilla a las personas en buenas y malas. Los seres humanos no somos sólo buenos o sólo malos. Somos seres complejos, cada uno con una historia, una psicología, una sensibilidad y una biología propias que nos influyen en el momento de tomar una decisión o de reaccionar inconscientemente. Por lo tanto, ni todo lo que hacemos es “bueno” o es “malo” como para juzgarnos como buenos o malos exclusivamente.

En determinados momentos históricos, personas o grupos de personas han cometido atrocidades enormes contra otras. Muchas veces esos actos hacen que ese periodo se polarice cuando se historia y se crean bandos de buenos y malos, o se satanizan y se santifican radicalmente a personajes, restando a todos sus matices humanos. Cada vez más se llegan a conclusiones como que en una guerra no hay vencedores ni vencidos, sino que todos pierden en muchos sentidos. O que en un conflicto no hay ni buenos ni malos, sino que se generan relaciones de poder donde unos aprovechan la situación o las características de otros.

El estudio de la Historia y su transmisión y pedagogía muchas veces van impregnados de algunos de los matices que hemos señalado antes, como el presentismo, la despersonalización y el maniqueísmo, entre otros. El hecho de pensar otras épocas sólo con criterios presentes, datándolas y disecándolas como en un laboratorio y partiendo a las personas en buenas y malas, muchas veces va polarizando la Historia y genera que tomemos parte y juzguemos. Esto se agrava cuando se trata de periodos de guerras o, incluso, conflictos locales o familiares. Los presentes somos fruto de los pasados y eso produce en nosotros vínculos afectivos con los que nos precedieron.

Si nos enseñan que otros se aprovecharon o mataron a nuestros antepasados, esto puede generar un rencor que se traslade hacia los descendientes de esos que “nos” hicieron mal.

Muchos de los conflictos actuales, incluso distanciamientos familiares, encuentran un caldo de cultivo en rencores heredados. Rencores familiares, étnicos, nacionales, religiosos, culturales vienen de antaño, es cuestión de estudiarlos serenamente. El acento que falta poner es que somos fruto de la Historia, como decíamos antes, pero no somos culpables o causantes de ella. Nos ha tocado nacer en un lugar y en un momento preciso, pero eso no lo hemos pedido nosotros. No somos culpables de lo anterior, ya que no existíamos antes para haberlo provocado. Ser conscientes de nuestra dimensión histórica presente nos hace libres del pasado.

Se abre la disyuntiva

La libertad no es un ente abstracto, sino una capacidad humana que se encarna en realidades. Somos seres libres del pasado. Hemos dicho antes que el pasado está presente a través de las personas que existimos ahora, pero no sólo a través de personas, sino de otras consecuencias de dicho pasado, como situaciones económicas y sociales, instituciones que han pervivido, manifestaciones culturales y artísticas, costumbres, creencias religiosas, conocimientos científicos y técnicos, etc.

Pero, quizás, una de las realidades en la que más se encarna el pasado es en la memoria histórica colectiva. Sí, todos esos datos, libros, monumentos, edificios, recuerdos, leyendas, tradiciones orales, manifestaciones artísticas, refranes, a través de los cuales se va transmitiendo la historia de manera compartida por una comunidad de personas. Es en esta memoria colectiva donde circulan sentimientos patrióticos, de pertenencia, de identidad…  Pero también es donde circulan los rencores y sentimientos de animadversión hacia otros colectivos, países, etnias o, incluso, generaciones de su mismo grupo.

Se abre la disyuntiva. Cuando conseguimos ser conscientes de que somos libres del pasado, podemos optar entre alimentar rencores del pretérito –aunque no seamos culpables de lo que nos precedió-, ser indiferentes o trabajar porque todos los aspectos constructivos y vitalizadores de una sociedad prevalezcan sobre los que la empobrecen y destruyen.

El punto IV de la Carta de la Paz concluye:

“…La sorpresa de existir facilitará que los presentes nos esforcemos con alegría para arreglar las consecuencias actuales de los males anteriores a nosotros.”

Trabajar por una Historia de la paz no quiere decir historiar sólo acontecimientos pacíficos, periodos de entreguerras, personajes pacificadores, sino contemplar también el tapiz de la Historia con realismo, valorando cada momento con todas sus gamas de colores para aprender cómo han hecho otras personas en diversas situaciones para conseguir o preservar equilibrios de convivencia o sanar heridas de guerra. También implica desmitificar errores históricos o estudiar y develar aquellas cotidianidades pacíficas y personas comunes que pasan desapercibidas para la gran Historia, pero que han asegurado periodos importantes de paz.

Javier Bustamante (Psicólogo)
España – Barcelona

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