Historias de la mili

Son las diez de la mañana de un caluroso domingo del mes de mayo. Así me encuentro todos los domingos a Ceuta, quieto en la plaza con el resto de compañeros, en la caserna de Regulares de Tetuan número 1. Esperando que se acabara aquella interminable misa para salir del recinto militar y gozar de unas horas libres. Mientras esperábamos en la explanada y se iba desarrollando la ceremonia religiosa, yo miraba a mis compañeros de reojo. Juan, más bien agnóstico, llevaba cara de mal humor, pedía que asistir a la ceremonia fuese una acción voluntaria, pero siempre recibía la misma respuesta: si quería salir a pasear, debía asistir a la santa misa. A mi derecha  estaba Antonio, sus compañeros decían que era un pasota, que aguantaba lo que hiciera falta mientras lo dejasen tranquilo; los que lo conocemos mejor sabíamos que aquella actitud era puro teatro, una forma de sobrevivir en un ambiente hostil y desagradable. Más adelante estaba Alberto; no le podía ver la cara, pero me la podía imaginar. Él era un hombre creyente, pero su cara tampoco era de alegría, también se sentía incómodo en aquella situación. Cuando las cosas vienen impuestas, aunque sean buenas, no dan nunca buenos resultados. Justo detrás mío estaba Damián. Éste siempre estaba de broma y se escondía detrás la ironía y risa fácil, de todo sacaba un chiste. A pesar de todo, estar allí no le hacía ninguna gracia, si hubiera podido se habría ahorrado ese rato, que siempre definía como la más aburrida. A mi tampoco me gustaba aquella situación, pero, como todos, no tenía más remedio que aguantarme y esperar a que pasara. Todos compartíamos el mismo sentimiento: que se acabara el mal trago de cumplir la imposición de un precepto religioso. Después de una revista de vestuario salíamos de la caserna y sin perder más tiempo íbamos hacia la playa. Allí, liberados del vestido militar, nos sentíamos libres para hablar. No era necesario obedecer a nadie, podíamos gozar sin más condicionantes que los propios de la personalidad de cada uno. Después de un rato de decir tonterías y de reír como a catarsi, empezábamos nuestras conversaciones. Hoy Juan estaba muy rebotado ya que cada vez le cargaba más aquella situación que nos tocaba vivir. Los otros intentábamos calmarlo: “nos quedan pocos días y después ya haremos lo que queramos”; “por unos meses más, amigo, no vale la pena complicarse la vida”… Pero él insistía con vehemencia: todo eso que una persona haga sin libertad no vale nada, las cosas o son humanas, es decir, libres e inteligentes o no valen pera nada. Toda persona tiene derecho a vivir según su conciencia y no se puede obligar a nadie a ir en contra de ello. Todos estuvimos de acuerdo, y rápidamente acordamos que esta situación no se daba sólo en la vida militar obligada, sino en muchos otros aspectos de la vida de una persona. Cuantas veces en el ámbito familiar se nos obligaba a actuar de una manera diferente de lo que creíamos, y no hablemos de lo que pasa en el ámbito laboral y profesional… Que difícil es saber vivir desde la coherencia y no dejarse imponer por les cosas externas! Si les personas, decía Alberto, obedeciésemos sistemáticamente y automáticamente los estímulos externos, nos volvemos esclavos de las realidades externas. Alberto, lanzado en su discurso, decía que ser libre es conocer quien soy yo, es tener consciencia de mi mismo, y después, expresar aquello que realmente soy, y los proyectos que quiero  puedo realizar en mi vida. Damián remataba la jugada diciendo: “ergo, ser libre es ser fiel a uno mismo”. En vez de dejar que cada uno sea el que es y desenvuelva lo que puede llegar a ser, en nombre de una falsa igualdad, les imponemos una especie de cotilla a la que todo el mundo se debe someter; nos ponemos un uniforme civil, militar  y religioso, y creen que así todos seremos iguales. No se dan cuenta que la verdadera riqueza de la vida es dejar que todo el mundo sea el que es, ésto sí que es apostar por la libertad de las persones. Todos intuíamos que tendríamos que hacer un gran esfuerzo para liberarnos de las cotillas mentales que con el paso de los años habíamos ido acumulando y que nos impedían gozar de la libertad personal, y dejar que los otros fuesen libres. Damián, cansado de filosofar, manifiesta que su consciencia le dice que necesita una remojada. Los otros coincidimos con su propuesta y jugando y riendo volvemos de nuevo al agua. Que sea un símbolo de este deseo de liberación.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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