Identificar y superar obstáculos

Con frecuencia vemos que las cosas más elementales de la vida, aquellas que son más obvias y evidentes, son las que más dificultades presentan para ser vistas o aceptadas.  René Descartes definió la evidencia como aquello que se capta de un modo claro y distinto, es lo que no requiere razonamiento, pues la mente lo “ve” de un modo nítido, sin necesidad de dar vueltas a ello.

Sin embargo, en ocasiones, pasamos por encima de las evidencias, las tenemos cerca, incluso delante de nuestros ojos, pero no las percibimos como importantes o simplemente las dejamos de lado por considerarlas demasiado simples o poco transcendentes. Esta actitud, un tanto ciega y absurda, es la que genera los más grandes obstáculos a la hora afrontar la ardua tarea de reconstruir después del conflicto.

Señalamos sólo algunas –las más frecuentes- de las muchas “razones” que nos conducen a cerrarnos a ver lo que a simple vista parece evidente:

La primera es el deseo de no querer cambiar nuestro cómodo modo de pensar y de vivir. Nos negamos a ver lo evidente, porque no queremos asumir lo que sería coherente: un cambio de actitud en nuestra actuación. No estamos dispuestos a aceptar aquellas cosas que puedan afectar a nuestro modo de vivir.

Razones de tipo ideológico o religioso. Estamos tan instalados y convencidos de nuestras verdades, que no estamos atentos a la realidad que nos rodea. Por más obvias que sean las cosas que en ella podamos entrever. Somos como aquellas personas que buscando la luz miran al sol,  con lo cual quedan incapacitadas para ver cualquier otra luz, han quedado cegadas por su propia luz.

A menudo, el apasionamiento es otro elemento que impide acercarnos a la realidad y descubrir lo que ésta nos ofrece. Nuestras emociones invaden el nivel racional y no nos dejan ver las cosas tal y como son. Cuántos resentimientos entre las personas, impiden que puedan mirarse a los ojos o simplemente intercambiar una palabra. Nos cerramos en banda, porque no podemos abrir el candado de los sentimientos del rencor o la envidia. Los sentimientos nos llevan a encumbrar a falsos ídolos, estructuras como Patria, Nación, estructuras que a menudo exigen heroicos sacrificios, incluso sacrificios humanos.

Los prejuicios. A menudo nos llevan a no reconocer la realidad,  porque las cosas siempre son como nos enseñaron o mostraron de antemano. No hace falta que mire las cosas porque ya se como son y además es imposible que puedan sorprenderme, porque jamás podrán variar. Estos no sólo no quieren cambiar sino que además les parece que el cambio en los demás jamás podrá llegar a realizarse. Hans Georg Gadamer, el padre de la filosofía hermenéutica del siglo XX, muestra claramente en Verdad y método (1960) cómo los prejuicios son visiones anticipadas de la realidad que hacen imposible una correcta interpretación de la misma. Sólo la conciencia de los mismos puede liberarnos de la visión sesgada que deriva de una mirada marcada por los prejuicios.

Existen más “razones” que ahora no es momento de analizar. Darnos cuenta de las muchas “razones” que tenemos para nuestro inmovilismo, o comodidad, nos alerta de que trabajar por la paz, exige abrir los ojos, y apearse de ideologías, creencias, ídolos, comodidades y prejuicios. Al afrontar procesos de reconciliación hay que apearse de tantas “razones” que nos impiden darnos cuenta de las cosas que hay en nuestro interior y de las que se dan en el ámbito externo de la persona.

Ser conscientes de la cantidad de “razones” que se filtran en nosotros, nos hace más humildes y nos previene de ser prepotentes. Nos abre al diálogo, al encuentro, a la posible solidaridad. Aceptar las cosas y las personas tal y como son es una herramienta importante si queremos construir más sólidamente la paz.

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[1] del artículo “CONSTRUIR LA PAZ SOBRE CENIZAS DE GUERRA”, Capítulo 2. Jordi Cussó, Francesc Torralba, Maria Viñas.
J.Cussó, F.Torralba, M.Viñas
España – Barcelona

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