La alegría de morir

Era un 27 de octubre, al atardecer. Él estaba en cama rodeado de sus amigos, su nueva familia. Nadie de los que estaban allí llevaba sus apellidos, porque no eran parte de su familia, sólo habían compartido los últimos años de su vida, pero los suficientes como para crear una verdadera familia. Eran hermanos en la existencia y estaban unidos en lo más profundo de su ser. Pocos años de convivencia habían sido suficientes para encontrar las raíces más hondas del ser humano. Al final de su vida, Joao Tomé moría acompañado, acariciado y amado. ¡Son muchas cosas vividas! Parecía extraño  que tan pocos años de vida compartidos pudieran significar tantas cosas. Joao moría en plena juventud, solo tenía 35 años. Un día, practicando deporte, chocó con un compañero con tan mala suerte que al caer al suelo se rompió un brazo. En el hospital le hicieron unas pruebas, pero la analítica salió extraña, había que hacer más. Los médicos pidieron una revisión más completa y, poco a poco, se confirmaron las sospechas, Joao tenía una grave enfermedad extendida por todo el cuerpo. Con tristeza, los médicos nos anunciaron que no había nada que hacer. Siendo optimistas calcularon seis meses de vida. Todos nos quedamos muy sorprendidos, abrumados, incrédulos, pero, una vez más, la realidad se imponía. Todos sabemos que un día u otro tenemos que morir, pero la muerte no deja nunca de interpelarnos cuando es tan imprevista y prematura. Se inició una etapa corta, pero intensa, en la vida de Joao. Él era un hombre que estaba contento de haber nacido, de participar de la existencia y de la belleza del mundo, a pesar de que sus límites, en muchas ocasiones, se habían traducido en sufrimiento o dolor hasta su máximo índice: la muerte. En el momento de enfrentar esta última etapa lo hizo con la misma actitud de siempre, sobre todo, con alegría. La aceptación que hizo de su enfermedad y de su próxima muerte, eran un signo visible de cómo agradecía la vida. Pienso que abrazar con alegría la muerte fue su secreto, en definitiva, lo que le ayudó a vivir los últimos meses de su vida de manera tan intensa y plena. A Joao le gustaba compartir la amistad y llenar de contenido los momentos más diversos del día. Había aprendido desde muy joven que el hecho de tener que morir implicaba haber gozado de multitud de cosas que a él le daban sentido y lo llenaban de gozo. Había asimilado que tan sólo mueren los que viven, que la muerte forma parte de la vida, que morir es la última  cosa que hacemos en esta vida y que aceptar la vida comporta aceptar la muerte con la misma intensidad. Aceptar la muerte le provocaba el entusiasmo de vivir la vida con más plenitud y todo aquello que le iba aconteciendo lo vivía con más intensidad. El hecho de enterarse que su vida se acabaría pronto le hizo ser capaz de saborear, de una manera muy especial, todos los instantes, todas las conversaciones, cada la visita o todos aquellos encuentros interpersonales y grupales. Pero lo que más nos llamaba la atención a los que le rodeábamos era que lo hacía sin enfadarse ni rebelarse contra la enfermedad y la muerte próxima. A menudo repetía con su idioma –mezcla de portugués, castellano y catalán-: “es bonito vivir y poder experimentar esta tremenda alegría, y, si tengo que morir, puedo hacerlo contento, porque forma parte de la vida y la he vivido saciado”. Para muchas personas era extraño conocer o ver a alguien que pudiera aceptar, con tanta normalidad, el hecho de morir. Estamos en un mundo que esconde la muerte, que la vive como de espaldas. Un mundo donde siempre queda como una sombra de angustia y donde todo el mundo desearía alargar la vida al máximo, incluso, si fuera posible, estirándola más allá de la muerte. La alegría de Joao sorprendía más que la misma enfermedad o el anuncio de una muerte tan próxima. Sin embargo, él sabía muy bien quien era. Era un ser humano y eso, querámoslo o no, implica  ser mortal y ser mortal comportaba aceptar todas las limitaciones personales (la enfermedad, la vejez, los disgustos, el sufrimiento y el último paso que damos,  la muerte). Para él, todo esto no era nada nuevo. Ya lo había asimilado desde muy pequeño y su agitada historia personal le recordaba la fragilidad de los seres humanos. Joao nació en Mutarara (Mozambique). De muy pequeño fue vendido a un Coronel del ejército  para que estuviera siempre a su servicio. Fue separado de su familia, lejos de su país natal, en Lisboa, donde trabajó como criado del Coronel. Vivió sin papeles, huyendo de muchos peligros legales por su situación amenazadora. Esclavo del siglo XX, huyó buscando la libertad, en una aventura digna de las mejores novelas, para morir en Barcelona acompañado de nuevos amigos, de una nueva familia. Pero lo que más impresiona, es que, a pesar de todo, nunca tuvo ni un solo resentimiento, ni una queja y estuvo agradecido de vivir y experimentar la alegría de gozar de los amigos. Aquél que ha vivido lleno y con plenitud , no teme morir. Aquél que cree vivir satisfecho siempre le falta algo para que esa satisfacción no decaiga. Ese tipo de personas creen que no pueden morir porque no han conseguido sus propósitos. Nunca están preparados y nunca lo estarán. Aceptar la muerte con alegría nos hace libres. Convivir al lado de personas de esta calidad humana te reconcilia con la muerte. Te ayudan a mirarla como parte de la vida del ser humano y de la que no hay que tener miedo. Nadie vendrá a sacarme la vida, sino que seré yo el que me moriré. Igual que hoy salto, visito a los amigos, como, ceno, salgo a la calle…, un día me moriré, y saber convivir con ello con plenitud no asusta, al contrario, favorece el hecho de existir y vivir esta vida, la única vida que tenemos, con entusiasmo. Como decía el Doctor Rubio, “que alegría tener que morir, porque esto quiere decir que existo. En este mundo, los únicos que no mueren son los que no existen”.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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