La paz no exige vidas

Los amigos que nos juntamos aquella tarde para hacer nuestra tertulia habitual estábamos perplejos, casi sin ganas de hablar. El atentado de Madrid nos dejó cabizbajos, impotentes, y no encontrábamos ninguna justificación para una acción de este tipo, ni política, ni religiosa ni ideológica. Aunque nos costaba aceptarlo, la realidad se imponía a nuestras elucubraciones. Rosa María rompía el silencio con la siguiente reflexión: “Quien más quien menos, todo el mundo quiere conseguir en esta vida sus sueños, quiere llegar a realizarse y a vivir la vida con plenitud. Pero no siempre las cosas son sencillas, hay tanta injusticia en el mundo… Y no es una injusticia coyuntural, sino estructural, que parece que no pueda llegar a desaparecer”. Ana se ponía más en la piel de los que sufren: “Y la gente sufre estas situaciones cada dia… Hasta que se cansa de ver morir los amigos, de no tener salidas, ni entre ver ninguna posibilidad de construir nada en la vida”. María, más lúcida, señala los países poderosos: “Y por otro lado no se entiende el silencio y la indiferencia de los que podrían hacer algo. Están ausentes, indiferentes, como si esto no los afectara para nada. Cuando abandonamos a la gente a su desgracia, muchas veces los obligamos a encontrar soluciones desesperadas que tarde o temprano acabaran repercutiendo en nosotros”. Para finalizar, David sentenciaba: “¿Cómo puede ser que los humanos no nos demos cuenta del volcán que tenemos bajo los pies? Lo único que conseguiremos con tantas atrocidades y desbarajuste, es un mundo hecho desde la guerra, el odio y la injusticia, es decir un auténtico polvorín a punto de explotar en cualquier momento y por cualquier hecho. Por pequeña que sea la chispa, encenderá el fuego”. Todas estas personas formamos parte de un grupo de amigos que nos juntamos cada mes para reflexionar sobre la Carta de la Paz dirigida a la ONU. Habíamos hablado a menudo de que la paz es una tarea difícil y compleja, que requiere muchos esfuerzos por parte de todas las personas y grupos de la sociedad. Susana recordaba lo que habíamos comentado en las sesiones pasadas: que los obstáculos más difíciles para conseguir la paz son los internos a las personas, es decir, “que la mayoría de personas no desean que las situaciones cambien, porque ya están bien como están y no quieren cambiar nada. Tienen miedo de que las cosas empeoren, sobre todo en el caso de los que viven en un país desarrollado, con un bienestar y un nivel cultural elevado, porque no quieren renunciar a su nivel de vida”. Su marido, Quim, matiza que “no podemos pasar por alto otros obstáculos, como la pobreza, el subdesarrollo, la marginación y todos los denominados problemas o males estructurales”. “De acuerdo –comenta Susana-, pero el principal obstáculo a la paz es interno, nace de los deseos de poder, de no querer cambiar ciertas situaciones, porque esto nos pide renunciar a demasiadas cosas”. Ignacio se añade a la conversación: “Será difícil que podamos resolver los obstáculos externos si no somos capaces ni de plantearnos con un poco de seriedad los obstáculos internos a las personas”. Pero acciones tan violentas como las vividas en Madrid nos cuestionan si una de las tareas más urgentes de todos los que trabajamos por la paz, no será liberarla. “Si –comenta Mercè-, liberarla de la prepotencia y el orgullo de algunos grupos, que creen que la mejor manera de conseguirla es convertirla en un ídolo al que hay que sacrificar la vida de tantas personas como convenga. Liberarla de ideologías, creencias y todo tipo de verdades esenciales que llenan de falsos contenidos como el “honor, “la patria”, “dios”, “la etnia”, “el territorio nacional”, “la cultura”…, que se utilizan como arma para destruir y deshacer la vida de mucha gente, que seguramente es contraria a la guerra y a todo tipo de violencia”. David vuelve a intervenir: “Hemos construido una serie de ídolos y sacrificamos la vida de las personas para mantenerlos. Tenemos que bajar estos ídolos de esos falsos pedestales; entonces podrán crecer los valores”. Ulrich, un alemán casado con una catalana, sigue diciendo: “La paz no exige vidas, ni doblegar o destruir la libertad de los individuos, sino trabajo, esfuerzo, dedicación, creatividad, recursos, renuncias, e incluso acciones heroicas. Pero no la heroicidad que nos muestran muchos films, sino la de saber asumir la realidad sin resentimientos, rabia ni indignación, y con la capacidad de ponerse a trabajar con la certeza de poder construir un mundo donde todos los humanos tengan del derecho de vivir la vida de acuerdo con su conciencia, sin atentar nunca -no hay ni que decirlo- contra la libertad de nadie ni provocar daños a los otros ni a uno mismo”. “Totalmente de acuerdo con todo esto –apunta Alberto-, pero no olvidemos a nuestro amigo Ángel que tuvo que huir de su país porque la policía lo buscaba y lo quería matar. Tras muchos años de opresión y de lucha decidió iniciar una serie de acciones para liberar a su país de una dictadura brutal. Recordad que nos explicaba  que muchos de sus amigos habían muerto o desaparecido y que delante de tanta injusticia solo le quedaba el recurso de la lucha armada, porque amaba su gente y su tierra”. “Fue impresionante aquel día, aún se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo”, decía Mercè, la esposa de Ulrich. Elena, que hasta ahora escuchaba en silencio, añadía: “¡Qué manera más extraña tienen los gobiernos y algunos movimientos revolucionarios de luchar por su gente!. En nombre de un mundo mejor, de una sociedad más justa, de una vida más digna, de un mañana mejor, hace sufrir y morir a su gente. Para liberarlos lo que hacen es matarlos, como si destruir fuese la mejor manera de liberar. Cuánta gente muere en las guerras! ¿y de qué los han liberado? Continúa habiendo una situación injusta, de opresión, y encima los han matado, es decir, les han robado el tesoro más grande: la existencia. ¿De qué se les ha liberado pues?”. “Es cierto –añade María-; por eso los gobiernos han construido arcos de triunfo y, debajo, monumentos al soldado desconocido con una llama que no se apague nunca. Les han apagado la vida y les encienden una flamita. ¡Que poca gracia hace legar a ser un soldado desconocido! Prefiero que se apague la llama y que no se tenga que apagar ninguna vida humana más, ni que haya más soldados desconocidos”. “Por eso los convierten en desconocidos –replica Antonio-: porque en este concepto caben todos. Si son anónimos no son de nadie, nadie podrá reclamar. Porque las personas que amamos y que han muerto injustamente no son nunca anónimas: tienen nombre y apellidos, rostro, historia, y las personas que los querían los recuerdan toda la vida. Los seres queridos no se olvidan nunca”. Mercè argumenta: “No se arregla la vida de las personas matándolas. Nadie tiene derecho a hacer morir los inocentes. Una vez más los sacrificamos al dios de la historia, la política, la religión, la cultura, la patria o el honor. Todas estas cosas tendrían que estar al servicio de la persona, pero ponemos las personas al servicio de estos conceptos”. Ignacio insiste: “El primer bien que tenemos que defender entre todos es la vida de aquellos que queremos ayudar y liberar, para que puedan gozar de una sociedad más justa”. Antoni, hombre tranquilo y pacífico, reflexiona: “Parece como si las personas necesitáramos la violencia, la guerra, para acabar deseando la paz. Llega un momento en que la destrucción es tan grande, que da igual quién venga y cómo venga, porque lo que realmente queremos es que todo se acabe y que haya paz. Y, ¿valía la pena tanta destrucción, tanto sufrimiento, la muerte de tanta gente, para acabar deseando vivir y gozar de la vida? Si el deseo que todos tuviéramos antes de que la guerra comenzara fuera la paz!”. Elena continua: “Porque lo que la gente más desea es vivir, respirar, amar los amigos, gozar de la vida. Si quieren, que me lo quiten todo, el honor, el sueldo, pero que no me quiten el marido, los hijos, los amigos y la vida. No quiero que mueran los que amo para que el líder de turno quede vivo y me salve de las injusticias presentes”. “¿Quieres decir que no podemos hacer que la gente muera por una causa, sobre todo cuando es justa?”, pregunta Rosa María. “Es que la causa más justa para todos los humanos es vivir en paz y amar. Para esto hace falta luchar: para que todo el mundo viva y ame su gente, sin que haya de morir nadie”. Pero Ana añade un pequeño matiz: “De acuerdo con todo lo que decís, y como máximo delante ciertas situaciones, lo que puedo llegar a hacer es dar mi vida por los amigos, pero no a costa de la vida de los otros. El acto máximo de heroicidad será dar mi vida, para que mis amigos vivan en paz y con justicia. Pero no es suprimiendo a los otros que podremos conseguir este objetivo. Ulrich que quiere ir acabando la tertulia, añade: “Para bien de la gente, de todos los que existen, hay que inventar formas de lucha incruentas, donde nadie haya de morir para salvarse. Uno puede no tener miedo de morir por los amigos, pero para que ellos no mueran. Cuánta creatividad necesitamos para encontrar estos nuevos caminos, que ayuden muchos pueblos a salir de unas estructuras injustas que los hunden y les impiden gozar de la existencia. Este es el gran reto del siglo XXI”. La tertulia se alargaba. Seguramente no se acabaría nunca, porque los temas que afectan a la vida siempre son interesantes y sugerentes. Una cosa vemos clara: que nos tendremos que acostumbrar a no hacer caso de aquellos líderes que piden la vida de la gente para conseguir no sabemos exactamente qué. Que den ellos la suya, es decir, su tiempo, conocimientos, energía, recursos, para conseguir un mundo más justo y humano, pero que no obliguen nunca a la gente a matarse entre ellos. Quien sabe si esta puede ser una nueva manera de valorar nuestros líderes políticos, sociales y religiosos. Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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