La alegría de ser como soy

Hace pocos días releí el suplemento de un diario de Barcelona, donde se hablaba de Michael Jackson. La verdad es que hacía tiempo que no veía ninguna imagen de este señor: no sé cuántas operaciones llevaba para disimular la forma de los labios, de los pómulos, de la nariz y, sobre todo, los esfuerzos que había realizado para poder emblanquecer el color de su piel. ¡Qué absurdo tan grande! Vivir la vida enfadado con uno mismo, porque no acepto el color de mi piel, o unos trazos determinados de mi rostro. Probablemente de este padecimiento tenga una buena parte de culpa la sociedad actual, que constantemente nos señala y nos hace sentir raros. Se han establecidos unos cánones tan restrictivos que obligan a la gente a hacer cosas realmente absurdas para poder estar dentro. Y con la cosa que nadie quiere estar al margen, nos obligan a unas actitudes que nos impiden disfrutar de la vida. Queda claro que quieren favorecer un infantilismo, para que la gente no se dedique a pensar y trabajar por mejorar nuestro entorno. Recuerdo que, cuando era niño y tenía un rato libre, o iba a dormir, me pasaba el rato soñando que era el futbolista más conocido del mundo, el más aplaudido, el más bien pagado, el más… Todo, hasta que llegaba alguien y te sacaba del sueño para volver a la realidad cotidiana. Por mucho que lo hiciera, nunca era seleccionado por el equipo de mi clase y me tocaba siempre mirar los partidos desde el banquillo. Y así, siempre que podía, volvía a huir al mundo de las fantasías. “Fantasías de niño”, podéis decir. El problema persiste cuando se va creciendo y estos juegos infantiles no desaparecen de tu vida, simplemente cambian de fisonomía. Hace unas semanas fui a visitar a Víctor, un buen amigo, persona activa y con un deseo sincero de cambiar este mundo deficitario en muchos aspectos. A medida que íbamos charlando, iba fijándome en sus ojos, y me daba cuenta que, pese a que eran expresivos, cuando explicaba las cosas, su mirada era triste. En un momento de la conversación le pregunté si estaba contento. Él respondió inmediatamente que sí y continuó hablando de sus experiencias. Dejé pasar un rato y le pregunté de nuevo: ¿estás contento? volvió a responder que sí, pero esta vez se lo pensó antes de contestar. Nos preguntábamos por la gente conocida, la familia, los amigos, los trabajos… cuando de nuevo volví a preguntarle: “¿seguro que estás contento?”,  permaneció callado un buen rato y respondió “sí…, pero no”. “No estoy contento de mí mismo, me cuesta mucho aceptarme tal y como soy. A menudo me reflejo en los otros y descubro mis defectos, mis límites… Y, por mucho que me esfuerzo, no soy capaz de superarme y llegar a ser el que a mí me gustaría”. Ha probado sus límites, ha visto sus incongruencias y no se tolera este conjunto de deficiencias. Le gustaría ser de otro modo, tener unas virtudes que él considera imprescindibles para poder hacer y vivir las cosas. Está convencido de que él debería ser mejor de lo que es y esto lo tiene obsesionado. Y cada vez que se descubre con sus límites, experimenta una clase de frustración que lo deja medio desconcertado y, poco a poco, nota que va perdiendo la alegría para tirar adelante aquello que trae entre manos. Sabe lo que debe hacer, pero no encuentra las fuerzas para tirarlo adelante. Se encuentra en un callejón sin salida. Es curioso que, a sabiendas de que el tesoro más grande que tenemos es la vida, ésta se nos escape con tanta facilidad. Somos como un depósito de agua lleno de agujeros por dónde vamos perdiendo el entusiasmo de vivir. La no aceptación de lo que realmente somos nos lleva a desaprovechar muchos momentos y a quedarnos parados en los arcenes de la vida. Debemos construir nuestra vida dándonos cuenta de que somos cómo somos, o no seríamos de ninguna otra manera. Sólo aceptándonos tal y como somos encontraremos la plataforma adecuada para convertir en realidad todas los potenciales reales que hay en nuestro ser. El contrario es construir nuestro ser sobre arena.   Acontecemos infantiles, seguimos viviendo de sueños imposibles y nos refugiamos en fantasías. Esta proyección utópica y llena de fantasía nos hace sentir seres deficientes, inacabados, imperfectos. Nos pasamos el tiempo detrás de una realidad que no existe, en vez de buscar aquel ser real que soy yo mismo. No acabamos de darnos cuenta de que sólo aceptando lo que realmente soy podré transformar de verdad la realidad de mi vida. Mi amigo Víctor llevaba demasiado tiempo perdiendo el tiempo haciendo mil y una cosas para autoengañarse pensando que esto lo traería a ser aquello que no es ni será nunca. Debemos reponer. Aprender a poner de nuevo las cosas vividas, integrarlas sin que nos hagan daño. Ver, probar y aceptar nuestros límites es lo que nos ayudará a entender que la vida no es una tragedia, sino una maravilla.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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