La antropología tridimensional en La Carta de la Paz

LA ANTROPOLOGÍA TRIDIMENSIONAL DE LA CARTA DE LA PAZ
28-01-2010
El punto número VII de la Carta de la Paz dirigida a la ONU expresa en una apretada síntesis la visión antropológica en que se basa todo el documento: “el ser humano es libre, inteligente y capaz de amar”. Una afirmación muy densa, que ve a la persona con tres dimensiones cuyo desarrollo armónico favorece la paz, y cuyo desequilibrio o atrofia, en alguna de sus dimensiones, puede generar conflicto y hasta guerra.

Este punto es central para la comprensión de la Carta de la Paz, pues ofrece la clave de lectura que explica por qué el documento se dirige tan fuertemente a la libertad y a la inteligencia del lector, solicitándolas e invitándolas hacia la buena querencia y la amistad consigo mismo y con los demás seres humanos.

Esta antropología tridimensional evoca la visión tomista unitaria de la persona, aunque es fruto indudable de los descubirmientos científicos posteriores al microscopio, a saber: la aportación genética del espermatozoo y del óvulo, el código genético irrepetible de cada persona, etc.

Por otra parte, esta visión está emparentada con el existencialismo, pues da valor a aquello que existe más que a las ideas, pero se aleja de él porque no desemboca en angustia, sino en un dinamismo de gozo que genera solidaridad. También pueden detectarse ecos del personalismo francés, pues subraya la importancia de la relación para que el ser humano se desarrolle en plenitud y fortalezca su identidad. No está lejos de Kierkergaard por la relevancia que atribuye a la libertad, pero no hay rastro de una visión dualista -cuerpo y espíritu- de la persona. Deja en penumbra la cuestión de la trascendencia y la posible existencia de un Dios. La Carta de la Paz parece contentarse con llevar al lector hasta la frontera de sus límites -lo enfrenta con su contingencia- para permitirle preguntarse por el sentido global de su vida y para que, si está reconciliado con sus límites, pueda abrirse a un posible Misterio que decidiera revelarse.

Esta tríada está descrita como un todo. Es una unidad formada por tres dimensiones inseparables unas de otras: “el amor no se puede obligar ni imponer, tampoco puede existir a ciegas, sino con lucidez”.

1.“El ser humano es libre”. Esta afirmación supone una fuerte toma de posición ante discusiones seculares. No sólo varios filósofos de la antigüedad, sino sobre todo la “filosofía de la sospecha” de los siglos XIX y XX (Marx, Freud, Nietszche), la negaría por diversas razones, en su mayoría válidas en alguna medida. Sin embargo la Carta de la Paz no asume esta postura por  ingenuidad o ignorancia. Sitúa la libertad humana como atributo primordial y a la vez limitado. Nadie es omnímodamente libre. La forma humana de ser libres se da en y a partir de unas coordenadas espacio-temporales y culturales, desde unas categorías de conocimiento que también son limitadas. Pero con todo y sus límites, que pueden llegar a ser graves si se coarta la libertad y el cultivo de la sabiduría de las personas, queda siempre un margen en el ejercicio de esta libertad. De ahí la importancia de su educación para que crezca. Esta visión se emparenta directamente con la propuesta humanística de Viktor Frankl.

Según Alfredo Rubio –co-autor de la Carta de la Paz- esa primigenia característica del ser humano que es la libertad, se educa y estimula en las primeras fases de la infancia a través de lo bello y lo limpio, por contraste con lo feo y lo sucio. Exponiendo a los niños a estímulos bellos (música, paisaje, olores, caricias, arte), crece su libertad, que naturalmente se orienta a la belleza. Y se favorece también en la limpieza y adecuada armonía -sin que sea necesaria la riqueza o la ostentación- en el ambiente infantil. La libertad, además, crece y se ejercita en la relación con los otros: es inherente a ella una dimensión social que es condición necesaria para su crecimiento, aunque hay sociedades que la obstaculicen si son autoritarias y represivas.

2. “El ser humano es inteligente”. Otra toma de posición muy radical. Existen autores, como Peter Sloeterdij, que señalan la estupidez como característica del ser humano, capaz de autodestruirse, tropezar repetidamente con la misma piedra, destruir el ambiente y desperdiciar lamentablemente sus potencialidades. A pesar de todo, hay una cierta unanimidad en toda la historia de la filosofía, en detectar la inteligencia como característica propia del ser humano, al menos en sus alcances de abstracción, de auto-análisis, de capacidad simbólica, de complejidad en el lenguaje. Todos los demás animales no llegan tan lejos en estas capacidades.

En Occidente se ha sobrevalorado la importancia de este atributo humano, en detrimento de otros como la emotividad y la intuición. El racionalismo, que impulsó la ciencia y el desarrollo tecnológico de manera exponencial, trajo también una fuerte carga de dualismo y desprecio del cuerpo, con enormes consecuencias de desequilibrio e infelicidad para muchos.

El investigador de Harvard, Howard Gardner, en su libro Multiple intelligences (1993), afirma que el ser humano tiene al menos ocho formas de inteligencia: la lógico-matemática, la espacial, la lingüística, la musical, la corporal, la naturalística, la interpersonal y la intrapersonal. Gardner, en su sitio web, añade que «se ha abandonado la comprensión de las formas de la inteligencia humana como entidades biológicas existentes “en la cabeza” o “en el cerebro”, que puedan ser medidas independientemente del contexto social de su ejercicio. La inteligencia es siempre resultado de una interacción entre las potencialidades biológicas y las oportunidades ofrecidas por un contexto particular»[1]. Nuevamente queda de manifiesto la importancia de la educación.

Pero, como señala Joan Corbella [2], no hay que confundir la inteligencia con la sabiduría. Rubio afirma que cuando el niño o la niña crece y está ya en condiciones de, viéndose al espejo, comprender que se trata de él o ella misma, empieza a poder aceptarse. Para Rubio la base de la sabiduría es esta básica aceptación de sí mismo tal como se es. Ciertamente no es fácil que se dé sin el apoyo y amor incondicional de los progenitores. Si la persona –aunque sea pequeña- vive una básica aceptación de sí misma, es decir, que hay sintonía entre lo que es y lo que quiere ser, generará entonces buen amor hacia sí mismo y hacia los demás.

He aquí la tercera dimensión de la tríada:

3.“El ser humano es capaz de amar”.Es interesante el matiz con que se presenta el amor: como una potencia, más que como un atributo en acto. Dice el Punto VII: “Siempre que coartemos la libertad de alguien o le privemos de la sabiduría, estaremos impidiendo que esta persona pueda amarnos. Por consiguiente, defender, favorecer, desarrollar la genuina libertad de los individuos -que entraña en sí misma una dimensión social corresponsable- así como su sabiduría, es propiciar el aprecio cordial entre las personas y, por tanto, poder edificar mejor la paz.” El amor viene a ser el fruto de la libertad y la sabiduría. A su vez, la libertad se consolida en el amor: la libertad sola y sin objeto, termina ahogándose y extinguiéndose.

Notemos que el amor y la amistad son centrales en la Carta de la Paz. De hecho este documento es una fuerte invitación a la amistad: entre contemporáneos, por el hecho de coincidir en la existencia y compartir por ello la responsabilidad del presente; entre grupos de diferentes áreas geográficas y culturales; entre generaciones; entre las clases sociales. La Carta de la Paz parece señalar, sin explicitarlo, que la justicia por sí misma no basta para que haya paz. Es necesario algo más, y ese algo es el afecto libremente otorgado e inteligentemente cultivado.

Este texto podría ser incluso incómodo. Nos coloca ante el espejo y ante nuestra libertad para hacernos una pregunta: ¿quieres, aceptas ser tú mismo/a? Si la respuesta es afirmativa, tendrá muchas y muy buenas consecuencias que van mucho más allá del individuo.

[1] H. GARDNER, Creating the future: intelligence in seven steps.
www.newhorizons.org/future/Creating_the_Future/crfut_gardner.html

[2] J. CORBELLA, «Libertad y responsabilidad» en J.M. Ainaud de Lasarte y otros, «Barcelona en clau de pau.» Barcelona 1998, p. 110
Leticia Soberón Mainero (Doctora en Ciencias Sociales)
Italia – Roma

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