La Carta de la Paz vista desde oriente

JOSÉ ERNESTO PARRA CORTÉS, nació en Santa Fé de Bogotá (Colombia). Estudió en la Universidad Javeriana Bogotá su Doctorado en Filosofía y en Salamanca (España) Teología. Más tarde, se fue a vivir y trabajar en China y posteriormente en Taiwán, donde ha creado una familia. Actualmente es profesor hispanista del Departamento de Lengua y Literatura Españolas de la Providence University, en la ciudad de Taichung, Taiwan.

¿Podrías concretar las diferencias entre la cultura oriental y la occidental, los grandes rasgos diferenciales, y cómo se puede entender la Carta de la Paz en cada caso?

Yo creo que se pueden distinguir unos tres rasgos diferenciantes: un rasgo cosmológico o de la idea teológica que se pueda tener, el otro sería un rasgo antropológico y, por último, un rasgo social en donde se incluye la familia.

El primero está definido por la diferencia de concepción en cuanto al origen del universo. En el mundo occidental, de acuerdo a nuestra tradición judeocristiana, vertida en el molde del pensar racional de la cultura grecolatina, interpretamos que el universo ha sido creado por la intervención de Dios. Dentro de esta vertiente principal, surgida en el seno la mentalidad occidental, la naturaleza es un producto de la creación amorosa de Dios, es perfecta, y el hombre en este sentido tiene un papel protagónico porque es la más excelsa creación de Dios y tiene a su cargo el gobierno y el cuidado de toda la naturaleza.

En la cultura oriental es todo lo contrario. El mundo es producto del azar de las fuerzas contrapuestas de la naturaleza, no existe la idea de un Dios creador,  único y todopoderoso. Para los orientales, comandados por los chinos -que han influido a todos los pueblos extremo-orientales que llamamos de raza amarilla-, todo lo que existe es inmanente al mundo sensorial, no hay una realidad trascendente, divina y sobrenatural. Su idea de la deidad es colectiva, son politeístas y sus dioses se mueven también en el ámbito mundano de la cotidianidad de la inmanencia. El hombre, por tanto, es una pieza más de este azar de la naturaleza y no tiene ningún papel especial, ni siquiera por ser inteligente.

El sentido asociativo de la concepción occidental derivado de la mentalidad cristiana, nos hace pensar en la igualdad, en que debemos ser iguales y tener la misma dignidad, y que debemos apoyarnos en unos valores comunes con las mismas oportunidades, y también que debemos ser responsables de lo que hagamos a nivel individual. A pesar de que somos un colectivo, cada uno debe responder de forma totalmente individual, puesto que una de las grandes aportaciones que nos ha venido con el cristianismo de la filosofía bizantina es que somos personas, cada uno con un valor y una dignidad inigualables La propuesta de la Carta de la Paz es el descubrimiento de que las personas somos seres contingentes, es decir, que podríamos no haber existido si algo hubiese sido distinto en la historia anterior a nuestro engendramiento. Al sorprendernos de tener la suerte inmensa de existir, aceptarmos con alegría que seamos tal y como somos, reconociendo con amor que la vida es un don.

La entidad del hombre oriental, por el contrario, está determinada por la fuerza de la sangre de la etnia a la que se pertenece, la que entiende como una gran familia. No distingue claramente entre su existencia individual y la de su clan familiar. En chino, la palabra ”nación“ (guo jia)  significa país/casa/familia; y de igual modo, “yo” y “nosotros” se dice del mismo modo (wo), con la adición de una partícula que denota pluralidad (wo men). Así, todos los chinos  forman una sola familia, y se entienden a sí mismos insertos dentro de esa identidad familiar colectivizada, nunca de forma individual. Pero si en algún momento aflorase el “pequeño yo” habría de supaeditarse al “gran yo”.

La estructura familiar asiática forma un modelo de relación que se transmite a toda la sociedad. El padre copia la misma relación que el emperador con el cielo: el emperador debía gobernar porque su autoridad le había sido emanada desde cielo, por consiguiente, por línea paterna, cada hombre debe educar a su hijo mayor para que continúe este mismo esquema gubernativo en el cual no entran las mujeres ni los menores; estamos ante una sociedad eminentemente jerarquizada. El ideal que para nosotros sería la igualdad, para ellos es un sinsentido, han crecido bajo el paradigma de creer que es mejor ser desiguales, que es mejor ser jerarquizados.

La Carta de la Paz ha surgido de una deducción racional que parte de evidencias realistas existenciales, esto responde al modo de actuación de las sociedades occidentales que se han estructurado en torno a principios que cree de validez universal. Justamente por esto hemos de ajustar estas premisas a un modo de pensar como el oriental, que no se estructura según nuestros mismos principios ni según nuestras coordenadas racionales.

Teniendo en cuenta todo este contexto ¿cómo crees que se podría llegar a aplicar la Carta de la Paz en Oriente?

Siguiendo el esquema de la Carta de la Paz, organizado sobre premisas que se deducen progresivamente, parecería más lógico que lo entendiesen los mayores de edad para que lo aplicasen a los menores, pero esto también sería un sinsentido porque lo que propone la Carta de la Paz es justamente una revolución en el modo de organizar la sociedad de ellos. Yo me imagino que llegar a aplicar la Carta de la Paz propiciaría una desintegración de la sociedad china para aproximarla a un modelo occidental como al que quisiéramos que se aproximara el que propone la Carta de la Paz: esto le llevaría a cada uno a tomar decisiones por si mismo, a ser una persona individual dentro de una sociedad igualitaria. Esto, sin embargo, atentaría contra su estructuración jerárquica y ellos no están ni preparados ni lo admitirían. No obstante, por efecto de la globalización, es decir, de la occidentalización a la que se seguirá enfrentado la sociedad china y oriental en general, las nuevas generaciones, si no vuelven sólidamente sobre los raíles confucianistas para refundamentar su sociedad, se enfrentarán a duras crisis propiciadas por el advenimiento de los estilos de vida propiciados por Occidente, que en muchos casos serían sólo la escoria o lo residual, lo que no constituye la vertiente principal de la civilización occidental edificada sobre el humanismo cristiano.

También nos gustaría profundizar un poco más en la tesina sobre el primer punto de la Carta de la Paz realizada por un alumno tuyo taiwanés. Este punto comenta que los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de lo que sucedió antes de que naciéramos, ¿qué impedimentos encuentran, o pueden encontrar los orientales, en la aceptación de esta evidencia?

El alumno que ha hecho este trabajo, Chen, Yü-Xin ha querido empezar por el primer punto de la Carta de la Paz, ya que sus premisas son progresivas y una se apoya en la otra. Si no se acepta la primera, no se podrían aceptar las demás.

El primer impedimento, y esto es muy importante, es la creencia en la reencarnación, es decir, la idea de que en esta vida estamos pagando los errores y pecados que hemos cometido en otra vida anterior, acompañada también de la negativa a aceptar la finitud de la vida, ya sea por el inicio (si se consideran preexistentes) o por el final (si la muerte es una reincersión en el ser familiar o el comienzo de una nueva purga). Esto constituye el impedimento inicial más grande para aceptar la contingencia (que podíamos no haber sido), la que nos liberaría de los lastres de culpas e ideas despersonalizantes y nos introduciría en todo lo que plantea de manera progresiva la Carta de la Paz

Otro impedimento  crucial con el que los orientales se chocan en este primer punto de la Carta de la Paz es que concretamente los chinos no pueden aceptar que no son responsables de los hechos acaecidos antes de que existieran, porque, como he dicho, no pueden distinguir su propia existencia de la de su grupo familiar. La existencia de su familia, de sus ancestros, es su propia existencia; no saben en qué momento comienza su propia existencia y termina la de sus ancestros, pues también en este punto su padre es un ancestro viviente.

En este contexto aparece el término chen fu: trasmigración de las culpas. Mi alumno Chen Yü Xin nos dice que los orientales creen que cualquier hecho que los antepasados hayan cometido, repercute en los del presente y les obstaculiza la realización de sus planes o deseos, y que les puede causar mala salud o mala suerte… y por eso los del presente tienen que comportarse bien para no causarles mal a los que vendrán después.

El concepto del resentimiento histórico, propiamente dicho, no lo consideran tal con personas de su propia etnia sino con personas ajenas que les han querido hacer algún mal. Un ejemplo sería el caso de los de China Continental en cuanto al resentimiento que tienen contra Japón, los Estados Unidos o contra Europa en general, causado porque en algún momento de su historia los invadieron y les hicieron pagar tributo al apoderarse de su territorio; este hecho supone una vergüenza que quieren vengar.

¿Qué puntos de la Carta de la Paz crees que puede aceptar la mayoría de los orientales, mejor o más fácilmente, y cuáles pueden costar más de entender?

Además del impedimento inicial encontrado en el primer punto, que repercute en la aceptación de toda la Carta de la Paz, mi alumno habla del hecho de darse cuenta de lo que la tradición china les puede coartar, porque aunque sean muy “colectivos”, también son seres humanos y en algún momento también individuales, por lo que necesitan libertad y necesitan autodeterminarse, lo cual se deduce de una atenta lectura lectura de toda la Carta.

Creo que es el sexto punto de la Carta de la Paz, aquel que dice que no debemos apoyarnos en estructuras caducas, sino en estructuras cambiantes y adaptadas a las sociedades actuales. Pues bien, lo que se debe hacer es adecuar las estructuras a la sociedad actual en unidades geográficas, históricas, porque encerradas en si mismas son capaces de generar más dolor. Las estructuras humanas, como todo lo humano, tienen fecha de caducidad, así que es necesario repensar estructuras nuevas para tiempos nuevos.

Por otro lado, quería recalcar que la parte negativa que puede suscitar la búsqueda de nuevas estructuras sociales, es que a causa del afán de los jóvenes por cambiar las estructuras tradicionales, se genere un vaciamiento ideológico, o echen en saco roto lo que ha sido lo esencial de su cultura hasta el momento. El problema puede recaer en que para llenar su vacío hagan acopio no de la vertiente principal de nuestra civilización, o de lo mejor que desde Occidente podemos ofrecer, sino de lo que no debería ser, de lo que constituye un funesto individualismo.

¿Quieres añadir alguna cosa más que pueda ser importante para contextualizar la aceptación de la Carta de la Paz en oriente?

Sí, me gustaría aludir al punto VII de la Carta de la Paz, el que dice que el ser humano es libre, inteligente y capaz de amar: El amor no se puede obligar ni imponer, tampoco puede existir a ciegas, sino con lucidez, surge libre y claramente o no es auténtico. Siempre que coartemos la libertad de alguien o le privemos de sabiduría, estamos impidiendo que pueda amarnos, por consiguiente, debemos defender, favorecer, desarrollar la genuina libertad de los individuos, para que se sientan en capacidad de amar.

Esto quiere decir que en el diálogo sobre la Carta de la Paz con el que queramos brindar un aporte a Oriente, podremos entendernos siempre y cuando nos situemos en el mismo terreno del amor, terreno que haga posible el que nos amemos. En efecto, cuando amamos a alguien con verdadera entrega, este acto voluntario nos individualiza y nos personaliza de tal modo, que ya, sin distingos de raza o de cultura, nos podemos comprender unos a otros como personas situadas en el mismo plano trascendente de gratuidad que nos permite no sólo aceptar nuestra contingencia sino alegrarnos de existir y de aceptar que los demás sean como son y sean tan libres para amar que no podamos imponer ninguna cortapisa a su libertad, a sus oportunidades, para, de este modo abrazados, podernos conectar en el mismo Amor sobrenatural que nos constituye realmente en personas a las que el amor nos iguala en la misma dignidad.

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