La cultura china según el realismo existencial

JOSÉ ERNESTO PARRA CORTÉS, nació en Bogotá (Colombia). Estudió en Bogotá su Doctorado en Filosofía y en Salamanca (España) Teología. Más tarde, se fue a vivir y trabajar en China y posteriormente en Taiwán, donde ha creado una familia. Actualmente es profesor hispanista del Departamento de Lengua y Literatura Españolas de la Providence University, en la ciudad de Taichung, Taiwan.

El pasado 10 de febrero tuvo lugar una nueva edición del ágora en la Secretaría General de la Carta de la Paz dirigida a la ONU. El invitado fue José Ernesto Parra, profesor hispanista de la Providence University de Taiwan y escritor de una tesis doctoral de Filosofía que estudia la ontología del realismo existencial. En este caso, el encuentro giró en torno a la exposición de una tesina de Máster titulada Preexistencia y culpabilidad en la cultura china Han según la perspectiva del realismo existencial. Una aportación hacia el mutuo entendimiento entre las mentalidades Han y occidental que uno de sus alumnos, Devn, Yok-Him / Cheng, Yï-Hsin, (según se pronuncie en taiwanés o en chino respectivamente) elaboró sobre las posibles relaciones entre algunas de las características de la cultura china y las ideas de la Carta de la Paz dirigida a la ONU.

Para poder elaborar su investigación, Devn, Yok-Him necesitó, en primer lugar, reconocer los valores occidentales que hay implícitos en la Carta de la Paz; y, posteriormente, aclarar e identificar el punto de vista propio y tradicional, para diferenciarlo de las ideas que transmite este documento.

Al trabajar los puntos de la Carta de la Paz fue necesario identificar las diferencias estructurales más profundas entre el pensamiento oriental chino y el occidental. Éstas se dividieron en dos áreas:

– La cosmovisión y el sentido teológico implícitos en las dos mentalidades. En el caso de Extremo Oriente, en China, se creó la mentalidad de que el mundo es increado y que el ser humano ha de considerarse sólo una parte de la naturaleza, de este modo surgió la proyección de un pensamiento religioso politeísta, estructurado en torno al culto a los antepasados, ideas que se fueron difundiendo en el resto de países de Oriente. En Occidente, en cambio, surgió la mentalidad de que un Dios bueno y todopoderoso ha creado un mundo perfecto, el cosmos, dentro del cual el hombre, como hijo suyo, ocupa un lugar preeminente.

– La segunda área es la dedicada a la antropología, al estudio del hombre en relación con la sociedad. En Oriente, tradicionalmente el ser humano no puede diferenciar ni separar su existencia individual de la de su familia, por lo tanto, su bienestar y felicidad están supeditados a la autoridad paterna dentro de su clan familiar patriarcal, no se valora la individualidad personal. En Occidente, en cambio, de acuerdo con su tradición greco-latina, y para poder entender su relación consigo mismo y con Dios, el hombre de la mentalidad cristiana en diálogo con la teología bizantina, creó el concepto de persona. El sentimiento de bien común en Occidente surge de una decisión personal orientada al compromiso y a la solidaridad dentro de una mentalidad democrática y de respeto a los derechos humanos; en Oriente, por el contrario, el individuo se supedita a una estructura jerarquizada que impone las normas de comportamiento social para lograr una organización funcional.

A continuación se comentó el primer punto de la Carta de la Paz en relación con el estudio realizado por Devn, Yok-Him. Según él los chinos, además de creer que de algún modo ya preexistían dentro de su predestinación familiar, no pueden aceptar la idea de que no somos responsables de los actos pasados por el simple hecho de que no existíamos, ya que, por su cultura, los chinos están unidos por sangre con su familia. La importancia de la pertenencia a su linaje es tal, que los errores de los antepasados se heredan sin condiciones.

El invitado nos habló también de otros presupuestos que dificultan la identificación de las ideas de la Carta de la Paz con la cultura china, y del problema con que se encontraron al trabajarlas. En concreto, sobre la contingencia, es decir, el hecho de que podríamos no haber existido si algo en la historia hubiera acaecido de una forma distinta; y sobre la finitud, o sea, que empezamos a existir y algún día dejaremos de hacerlo. Para los chinos es irrelevante porque lo que importa es la existencia de una colectividad y no el ser personal como tal. Además, la concepción de la existencia con tintes más taoístas y budistas es vista como un ciclo en el que todo vuelve, más que como una línea que tiene un principio y un final, idea más frecuente en el pensamiento de origen cristiano en Occidente.

Un aspecto de la Carta que se puede aplicar a la cultura china y que aportaría una solución a su interpretación, es la idea de una nueva estructura social basada en elementos naturales de la sociedad y no en elementos artificiales. Como se dice en el punto VI del documento: “Al organizar en la actualidad las nuevas estructuras sociales que se consideran oportunas para construir una sociedad más firme y en paz, es peligroso, muchas veces, basarlas sobre otras estructuras antiguas, aunque en su momento las vieran convenientes. Es más sólido fundamentar las nuevas estructuras sobre unidades geográficas humanas…”. Punto que podría reflejar la lenta pero segura evolución del pensamiento social oriental.

“Lo que propone la Carta de la Paz”, remarcaba José Ernesto Parra, “nos debe servir para revisar aquello que consideramos verdadero y considerarlo un punto de partida para los pasos siguientes. ¿De qué otra manera podríamos fraternizar para, como decía Alfredo Rubio, autor de la Carta de la Paz, crear un mundo más humano y más libre? Pues en aquello común a todo el mundo, todos tenemos un punto de trascendencia que nos convierte en personas, el amor. Así pues, creo que la clave que más nos acercaría a occidentales y orientales entre sí es nuestra capacidad para amar, tal como lo propone el punto VII de la Carta. Me parece que cuando uno ama se convierte auténticamente en persona, el amor es un acto libre que le confiere al que ama una auténtica e invaluable dignidad personal individual. Sin embargo, a la estructura familiarísticamente colectivizada de la cultura china asentada sobre la piedad filial no le es inherente el amor. Por lo tanto, es hacia este descubrimiento de sí mismos como personas al que los orientales deberían llegar por su propio bienestar y por su propia felicidad. Creo que la contingencia, por sí misma, no garantiza el gozo de existir, sino el sentirse amado al menos por alguien. Es esto lo que creo que sería interesante que se incorporara a la Carta de la Paz.”

La comida y el posterior debate también contó, en esa ocasión, con Antoni Prevosti, doctor en Filosofía y sinólogo que había estado presente en un ágora anterior sobre el pensamiento de Confucio debido a su traducción al catalán de las Analectas del mismo Confucio.

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