La fuerza de la mediación (2ª Parte)

JORDI PALOU-LOVERDOS Abogado, mediador en conflictos y coach para la armonía. Fue objetor de conciencia al servicio militar y lideró en los tribunales una efectiva acción de desobediencia civil que culminó –con los esfuerzos de mucha gente del movimiento por la paz- en la supresión del servicio militar obligatorio en España. Hace más de veinte años que está comprometido con los derechos humanos fundamentales, tanto a nivel nacional como internacional. Es uno de los pocos abogados del mundo autorizado a actuar ante la Corte Penal Internacional (La Haya). Actualmente trabaja con Irma Rognoni desde el Centro Aequitas en Barcelona, en temas de mediación no sólo a nivel familiar  u organizacional sino también en conflictos que involucran a comunidades, pueblos, estados o naciones.

¿Cómo trabajan los resentimientos en un proceso de mediación? Hay varias situaciones en las que se dan ciclos repetitivos de violencia porque no se ha resuelto bien el tema en el pasado. En el proceso de diálogo interruandés, al partir de la base e ir subiendo escalones, es mucho más factible y realizable que no hacerlo al revés, porque presupone muchas cosas que tienen que ver con la historia, con la educación transmitida de padres a hijos y nietos, especialmente en estos países que además tienen cultura oral. Allí la historia no está escrita en libros sino que la pasan unos a otros de generación en generación, y por lo tanto tienen muy presente la historia de siglos atrás porque la han ido explicando y repitiendo. Este es un punto clave que se ha tratado en las sesiones de diálogo y que consideran que con vistas al futuro una de las cosas a realizar es precisamente que la transmisión que se haga sobre el pasado y sobre las potencialidades del futuro sea lo más consensuado posible, en aras a explicar las cosas negativas o las conflictivas, pero también las positivas que han unido diferentes comunidades étnicas como los hutus, los tutsis y los twas, que son las tres comunidades básicas de Ruanda. Una de las cuestiones básicas de cómo desligar ese nudo es precisamente reconocer que no sólo hay cuestiones étnicas que dividen o unen. Hay otras diferencias que no tienen que ver con las cuestiones étnicas que normalmente no se tratan, como las cuestiones regionales, por ejemplo, entre el norte y sur de Ruanda. El hecho de poder hablar abiertamente sobre la realidad de las diferencias, las cosas que separan y las cosas que unen es ya de por sí, transformativo. Si la sociedad civil tiene la capacidad de ser motor, de llevar a toda la sociedad para que dialoguen en esos términos y reconozcan esos términos, cambia completamente el relato oral sobre el pasado, sobre los resentimientos. La Carta de la Paz dirigida a la ONU también hace referencia a la necesidad de construir comunidades sobre bases sólidas, donde no esté presente el resentimiento. Y entonces, ¿cómo se desarma ese entramado de resentimientos en determinados conflictos? Lo que hace el mediador en estas circunstancias complejas de muchos años, de muchas generaciones, es –en primer lugar- intentar llevar a la luz lo que está oculto, intentar comprender cuál ha sido la dinámica de generaciones y cuál es la situación actual. A partir de allí se tienen que producir movimientos de reconocimientos mutuos. A partir de conocer cuál es la situación, de dónde viene, hasta dónde nos afecta, permite reconocimientos mutuos, y luego hay determinadas estructuras que se diluyen y determinadas estructuras que se crean, que se construyen de nuevo. Ese es el principal reto y la principal dificultad que tienen todos esos conflictos: lo hemos visto con el conflicto vasco, lo hemos visto en Irlanda del Norte y también en Sudáfrica, donde los líderes toman una serie de decisiones, pero después las tiene que acompañar la población civil. Nelson Mandela hizo gestos muy interesantes para visualizar que esa reconciliación -esa nueva estructura-  se estaba produciendo desde el momento en que él mismo empezaba a liderar la nueva etapa del país. La primer reacción hubiera sido “eliminar” a los blancos explotadores de cualquier lugar de poder, pero él tuvo la inteligencia de incorporarlos en lugares claves de su acción política de gobierno, en su seguridad privada, y así los incorporó a su equipo y visualizó ante el pueblo de Sudáfrica que era posible trabajar y convivir entre antiguos adversarios, orientados a trabajar juntos por el bien común. ¿Y qué hay sobre la reparación de los daños cometidos, tema del cual también se ocupa la Carta de la Paz? Últimamente se ha puesto de moda un término que engloba muchas cosas y que incluye diversas formas de reparación: es el término justicia transicional, que hace referencia precisamente a diferentes formas de tratar los conflictos violentos de forma paralela, complementaria o simultánea. Una parte muy importante de esta justicia transicional -de pasar de un estado dictatorial a un estado querido democráticamente- es aplicando diferentes formas de reparación. Es importante la reparación simbólica, con todo lo que tiene que ver con la memoria de las víctimas, el ser reconocidos cada uno como víctimas, el revelar verdades ocultas en los conflictos violentos. A partir de aquí hay reconocimientos simbólicos, puede haber estatuas, memoriales, celebraciones, días de celebración de todas las víctimas, etc., donde todo el mundo de alguna manera tenga la oportunidad de sentirse reconocido. Y podemos seguir en intensidad reconociendo ya no sólo lo simbólico sino también el reconocimiento o reparación material, pues se puede hacer una reparación material individual o a la comunidad. En este último caso existen diversas modalidades de reparación material que deberían ser establecidas en los diferentes Acuerdos de Paz o acuerdos transaccionales que ponen fin a conflictos violentos y/o bélicos: reparar económicamente los daños personales (físicos y morales), reparar económicamente a las comunidades afectadas directa o indirectamente por conflictos, construir una escuela, un hospital, restituir medios de producción locales destrozados etc., para curar a las personas que están allí y atender a los niños, a las viudas y viudos, a los ancianos, a los componentes más vulnerables de la sociedad. Eso beneficia a la comunidad y asiste a las víctimas. Los diferentes causantes de conflictos violentos deberían invertir al menos los mismos recursos económicos y humanos que invirtieron en la guerra para la construcción de la paz, en beneficio de los individuos y de sus comunidades. Y ello sabemos que no se produce espontáneamente: si se trabaja adecuadamente todos estos aspectos de reconocimiento mutuo, de reparación, de respeto de derechos y obligaciones y de transformación las personas, las comunidades y la humanidad entera explorarían horizontes creativos insospechados.

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